Catolicismo Nº 70 – Octubre de 1956 (www.catolicismo.com.br)
AMBIENTES, COSTUMBRES, CIVILIZACIONES
Esplendor de la concepción jerárquica y cristiana
de la vida
La onda satánica del
igualitarismo, que desde la revolución protestante del siglo XVI hasta la
revolución comunista de nuestros días viene atacando, calumniando, solapando y
haciendo marchitar todo cuanto es o simboliza jerarquía, presenta toda
desigualdad como una injusticia. Es propio de la naturaleza humana —dicen los
igualitarios—que el hombre se sienta disminuido y vejado al curvarse ante un
superior. Si lo hace es porque ciertos preconceptos, o el imperio de las
circunstancias económicas, le obligan a ello. Pero esta violencia contra el
orden natural de las cosas no queda impune. El superior deforma su alma por la
prepotencia y por la vanidad que lo llevan a exigir que alguien se curve ante
él. El inferior pierde con su gesto alienante algo de la elevación de
personalidad propia al hombre libre e independiente. En otros términos, siempre
que una persona se curva ante otra hay un vencedor y un vencido, un déspota y
un esclavo.
La doctrina católica nos dice
exactamente lo contrario. Dios creó el Universo según un orden jerárquico. Y
dispuso que la jerarquía fuese la esencia de todo orden verdaderamente humano y
católico.
En contacto con el superior, el
inferior puede y debe tributarle todo el respeto, sin el menor recelo de
rebajarse o degradarse. El superior, a su vez, no debe ser vanidoso ni
prepotente. Su superioridad no proviene de la fuerza, sino de un orden de cosas
muy santo y deseado por el Creador.
En la Iglesia Católica, las
costumbres expresan con admirable fidelidad esta doctrina. En ningún ambiente
los ritos y las fórmulas de cortesía consagran tan acentuadamente el principio
de jerarquía. Y tampoco en ningún otro se ve tan claramente cuánta nobleza
puede haber en la obediencia, cuánta elevación de alma y cuánta bondad puede
haber en el ejercicio de la autoridad y de la preeminencia.
* * *
En una cartuja española un monje besa
arrodillado el escapulario de su superior. Es la expresión de la más entera
sujección.
Sin embargo, considérese
atentamente la escena y se verá cuánta varonilidad, cuánta fuerza de
personalidad, cuánta sinceridad de convicción, cuánta elevación de motivos el
humilde monje arrodillado pone en su gesto. Contiene éste cualquier cosa de
santo y caballeresco, de grandioso y sencillo, que hace pensar al mismo tiempo
en la “Legende Dorée”, en la “Chanson de Roland” y en las “Fioretti” de San
Francisco de Asís.
Arrodillado y desconocido, es
este religioso humilde mayor que el hombre moderno, molécula vanidosa,
impersonal, anónima e inexpresiva de la gran masa amorfa en que se ha
transformado la sociedad contemporánea.
* * *
Tras la humildad del monje
consideremos la del gentilhombre.
El conde Wladimir d'Ormesson fue hasta mediados de 1956 embajador de
Francia ante la Santa Sede. En nuestra fotografía lo vemos revestido con
uniforme solemne de diplomático, arrodillado ante el Santo Padre Pío XII con
ocasión de una audiencia. Es difícil imaginar una actitud que exprese, tan
completamente y al mismo tiempo, una alta conciencia de su propia dignidad y un
vivo respeto ante la autoridad excelsa y suprema, ante la cual el embajador
tiene la honra de encontrarse. La rodilla en tierra, pero el tronco y el cuello
erectos, la nobleza y reverencia del saludo, todo, en fin, muestra cuánto
respeto y cuánta dignidad contienen los tradicionales estilos diplomáticos, de
los cuales el Conde se muestra aquí intérprete fiel, y que fueron elaborados en
los siglos aureos de la civilización cristiana.
* * *
Por otro lado, considérese al
prior. Hay una especie de contraste entre su gran figura blanca, erecta,
robusta, estable, que expresa autoridad, seguridad y paterna protección y la
expresión fisonómica que parece neutra, impasible, serena, un poco distante. La
figura expresa la actitud oficial del prior. La fisonomía traduce el desapego,
la simplicidad del hombre. Pues no es al hombre en cuanto tal, sino al cargo, a
quien el homenaje se dirige.
Y, con el debido respeto,
consideremos la posición del Pontífice. Sentado en un pequeño trono, no se
levanta para recibir el homenaje del embajador. Sin embargo, inclina
ligeramente el busto para aproximarse más al Conde. Conserva su mano en la de él.
Da a toda la acogida una nota de amenidad muy marcada. Y manteniéndose, no
obstante, enteramente como Papa, da todas las muestras de la más entrañable
benevolencia y del mayor aprecio hacia el embajador.
* * *
Cuatro actitudes inspiradas en
una visión muy jerárquica de las cosas, todas ellas nobles, dignas, honrosas,
aunque cada una a su modo. En una palabra,
esplendor de la humildad cristiana y belleza de una vida jerárquica...