Domingo de Ramos
Plinio
Corrêa de Oliveira (*)
Un defecto que disminuye frecuentemente la eficacia de las meditaciones que
hacemos, consiste en meditar los hechos de la vida de Nuestro Señor sin hacer
ninguna aplicación a lo que sucede en nosotros o a nuestro alrededor.
Así, nos sorprende la versatilidad e ingratitud de los judíos, ya que
éstos, después de proclamar con la más solemne recepción el reconocimiento que
debían al Salvador, poco después lo crucifican con un odio que a muchos llega a
parecer inexplicable.
Sin embargo, esa ingratitud y esa versatilidad no existieron solamente en
los judíos de los tiempos de la existencia terrena de Nuestro Señor.
Aún hoy, ¡en el corazón de cuántos fieles tiene Nuestro Señor que soportar
esas alternativas de adoraciones y de vituperios! Y esto no sucede únicamente
en la intimidad, en general inescrutable, de las conciencias. ¿En cuántos
países, Nuestro Señor ha sido sucesivamente glorificado y ultrajado, en cortos
intervalos de tiempo?
No empleemos nuestro tiempo exclusivamente en horrorizarnos delante de la
perfidia (...) deicida. Para nuestra salvación nos será utilísimo reflexionar
sobre nuestra propia perfidia.
Puestos los ojos en la bondad de Dios, podremos así, conseguir la enmienda
de nuestra vida.
* * *
Nadie ignora que el pecado es un ultraje hecho a Dios. Quien peca
mortalmente expulsa a Dios de su corazón, rompe con Él las relaciones filiales
que le debemos como criaturas, y repudia la gracia.
Así, hay una marcada analogía entre el gesto de los judíos, matando al
Redentor, y nuestra situación cuando caemos en pecado mortal. En efecto,
¡cuántas y cuántas veces, después de haber glorificado a Nuestro Señor
ardientemente, por nuestros actos o al menos después de haber tomado con los
labios aires de quien lo glorifica, caemos en pecado y lo crucificamos en
nuestro corazón!
Lo mismo se da con muchas naciones contemporáneas. Realizan manifestaciones
católicas imponentes, en que glorifican públicamente a Nuestro Señor. Al mismo
tiempo, los estadistas por ellas mantenidos en el poder traman, ora en silencio,
ora de manera apenas disfrazada, ¡la ruina de las instituciones católicas y la
demolición de la civilización contemporánea, en sus lineamientos aún católicos!
Así, mientras tales católicos proclaman su amor a la Iglesia de Cristo, por su
negligencia, por su tibieza, por su indiferencia, permiten que la Iglesia sea
lentamente maniatada, que su influencia sea sabiamente solapada, que su
actividad sea engañosamente coartada, a fin de que, el día en que suene la hora
del ataque violento la reacción se haya tornado enteramente imposible.
Evidentemente, pueblos como esos, después de haber aclamado a Nuestro Señor
como Rey o mientras lo hacían, preparaban persecuciones y tristezas que poco
diferían de la grande y divina tragedia de Semana Santa.
* * *
Gracias a Dios, sin embargo, no es sólo la versatilidad y la perfidia de
los judíos lo que sobrevive en nuestros días. También se encuentran –y cómo son
conmovedores– gestos que recuerdan de modo irresistible la piedad, tan dulce
hacia Cristo y tan audaz frente a sus perseguidores, de la Verónica.
Si es cierto que nuestra época se caracteriza por grandes e inesperadas
defecciones, no es menos cierto que el historiador verá en ella, en el futuro,
una época de grandes santos, admirables por la virtud de la fortaleza, de la
prudencia, de la templanza y de la justicia, de las cuales el mundo parece tan
radicalmente olvidado.
Nuestro Señor, indudablemente, es muy ultrajado en nuestros días. Seamos
nosotros algunas de aquellas almas reparadoras que, si no por el brillo de
nuestra virtud, al menos por la sinceridad de nuestra humildad –humildad
inteligente, razonable, sólida, y no sólo humildad de palabrerío sonoro y
cuello torcido– reparemos en estos días santos, junto al trono de Dios, tantos
ultrajes que, incesantemente, le son infligidos.
(*)
Legionário, N° 447, 6 de abril de 1941.