Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Misericordia y Severidad

 

 

 

 

Extractos del libro «En Defensa de la Acción Católica» (1943)

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Nuestro Señor es por excelencia el modelo de bondad, pero también de combatividad. Sigamos sin restricciones los pasos de nuestro Divino Redentor (abajo, la expulsión de los vendedores del templo - Giotto)

 En su vida, pasión y muerte, el Divino Maestro nos dio magníficas lecciones de misericordia, pero además de ello fue el ejemplo —en el más alto grado que se pueda imaginar— del increpador justiciero en la condenación del mal. Sin duda, Nuestro Señor Jesucristo predicó la misericordia, pero jamás propugnó la impunidad sistemática con relación al mal.

Formulamos el propósito de reservar para el análisis de los textos del Nuevo Testamento un capítulo especial [en el libro “En Defensa de la Acción Católica”] más amplio, en que cuidaríamos particularmente de la posición en que se encuentran ante ellos las doctrinas que defendemos.

Es obvia la ventaja de un estudio especial en ese sentido. Hacemos la apología de doctrinas de lucha y de fuerza –lucha por el bien, por cierto, y fuerza al servicio de la verdad. Pero el romanticismo religioso del siglo diecinueve desfiguró de tal manera en muchos ambientes la verdadera noción de catolicismo, que éste aparece a los ojos de un gran número de personas, aún en nuestros días, como una doctrina mucho más propia “del dulce Rabbí de Galilea”, de que nos hablaba Renan —del taumaturgo un tanto rotariano por su espíritu y por sus obras, con que el positivismo pinta blasfemamente a Nuestro Señor—, que del Hombre-Dios que nos presentan los Santos Evangelios.

En ese orden de ideas, se suele afirmar que el Nuevo Testamento instituyó un régimen tan suave en las relaciones entre Dios y el hombre, o entre el hombre y su prójimo, que todo el sentido de lucha y de severidad habría desaparecido de la religión. Se volverían así obsoletas las advertencias y amenazas del Antiguo Testamento, y el hombre habría quedado emancipado de cualquier obligación de temor de Dios o de lucha contra los adversarios de la Iglesia.

Sin impugnar la observación de que en la ley de la gracia haya realmente una efusión mucho más abundante de la misericordia divina, queremos demostrar que a veces se da a este gratísimo hecho un alcance mayor del que en realidad tiene. No hay, gracias a Dios, católico alguno que, por poco instruido que sea en los Santos Evangelios, no se acuerde del hecho narrado por San Lucas, que expresa de modo admirable el reinado de la misericordia, más amplio, más constante y más brillante en el Nuevo Testamento que en el Antiguo. El Salvador fue objeto de una afrenta en una ciudad de Samaria. “Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos [los habitantes de la ciudad]?» Él se volvió y los regañó, y dijo: «No sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido a destruir vidas humanas, sino a salvarlas». Y se encaminaron hacia otra aldea” (9, 54-56).

“Y tú, Cafarnaún (foto arriba), ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Pues os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti”

Misericordia no significa impunidad sistemática del mal

¡Qué admirable lección de benignidad! ¡Con qué consoladora y gran frecuencia Nuestro Señor repitió lecciones como ésta! Conservémoslas grabadas bien hondo en nuestros corazones, pero grabadas ahí de tal manera que deje lugar para otras lecciones no menos importantes del Divino Maestro. Él predicó ciertamente la misericordia, pero no predicó la impunidad sistemática del mal. Si Jesús aparece en el Santo Evangelio muchas veces perdonando, aparece también más de una vez castigando o amenazando. Aprendamos de Él que hay circunstancias en que es necesario perdonar, y en que sería menos perfecto castigar; y también circunstancias en que es necesario castigar, y sería menos perfecto perdonar. No incurramos en una unilateralidad de la que el adorable ejemplo del Salvador es una condenación expresa, ya que Él supo hacer, tanto una, como otra cosa. No olvidemos jamás el memorable hecho que San Lucas narra en el texto anterior. Y tampoco nos olvidemos de este otro, simétrico al primero, y que constituye una lección de severidad que se ajusta armónicamente a la de la benignidad divina, en un todo perfecto; oigamos lo que de Corozaín y Betsaida dijo el Señor, y aprendamos con Él no sólo el divino arte de perdonar, sino el arte no menos divino de amenazar y de castigar: “¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Pues os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti” (Mt 11, 21-24).

Nótese bien: el mismo Maestro, que no quiso mandar el rayo sobre el caserío del que hablamos más arriba, ¡profetizó para Corozaín y Betsaida desgracias aún mayores que las de Sodoma! No arranquemos página alguna al Santo Evangelio, y encontremos elementos de edificación y de imitación en las páginas sombrías como en las luminosas, pues tanto unas cuanto otras son saludabilísimos dones de Dios.

Si la misericordia amplió la efusión de gracias en el Nuevo Testamento, la justicia, por otro lado, encuentra en el rechazo de gracias mayores, crímenes mayores que castigar. Íntimamente entrelazadas, ambas virtudes continúan apoyándose recíprocamente en el gobierno del mundo por Dios. No es exacto, pues, que en el Nuevo Testamento sólo haya lugar para el perdón, y no para el castigo. 

Los pecadores antes y después de Cristo

Incluso después de la Redención, el pecado original siguió existiendo con el triste cortejo de sus consecuencias en la voluntad y en la inteligencia del hombre. Por otro lado los hombres continuaron sujetos a las tentaciones del demonio. Y todo esto hizo con que no desapareciera de la tierra el pecado, por lo que la Iglesia continuó navegando en un mar agitado, en el cual la obstinación y la malicia de los pecadores erigen contra ella obstáculos que a cada momento debe romper. Basta una mirada, aunque superficial, en la Historia de la Iglesia, para dar a esta verdad una evidencia cruel. Más aún. La gracia santifica a los que la aceptan, pero el rechazo de la gracia hará a un hombre peor de lo que era antes de recibirla. Es en ese sentido que el Apóstol escribe que los paganos convertidos al cristianismo y después arrastrados por las herejías se vuelven peores de lo que eran antes de ser cristianos. El mayor criminal de la historia no fue ciertamente el pagano que condenó a muerte a Jesucristo, ni siquiera el sumo sacerdote que dirigió la trama de los acontecimientos que culminaron en la crucifixión, sino el apóstol infiel que por treinta monedas vendió a su Maestro. “Cuanto más alto se sube, más grande es la caída”, dice un proverbio de nuestra sabiduría popular. ¡Qué profunda y dolorosa consonancia tiene esta aserción con las enseñanzas de la teología!

Así, la Santa Iglesia tiene que enfrentarse en su camino con hombres tan malos o aún peores que aquellos que, vigente el Antiguo Testamento, se sublevaron contra la ley de Dios. Y el Santo Padre Pío XI, en la Encíclica Divini Redemptoris, declara que en nuestros días no sólo algunos hombres, sino “pueblos enteros están en peligro de caer de nuevo en una barbarie peor que aquella en que yacía la mayor parte del mundo al aparecer el Redentor” (nº 2).

Por lo tanto, la defensa de los derechos de la verdad y del bien exige que, con un vigor mayor que nunca, se doble la cerviz de los múltiples enemigos de la Iglesia. Por eso el católico debe estar presto a blandir con eficacia todas las armas legítimas, siempre que sus oraciones y su cordura no bastaran para reducir al adversario.

En los siguientes textos, notemos cuántos y cuán admirables ejemplos de argucia penetrante, de combatividad infatigable, de franqueza heroica encontramos en el Nuevo Testamento. Veremos así que Nuestro Señor no fue un doctrinador sentimental, sino el Maestro infalible que, si por un lado supo predicar el amor con palabras y ejemplos de una insuperable y adorable dulzura, supo también, con la palabra y con el ejemplo, predicar con insuperable y no menos adorable severidad el deber de la vigilancia, de la argucia, de la lucha abierta e intensa contra los enemigos de la Santa Iglesia, que la dulzura no pueda desarmar.

(continua)


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