Víctima expiatoria

 

Plinio Corrêa de Oliveira (*)

 

Los grandes pecadores son los hijos enfermos para cuya cura se prodigalizan los tesoros de la Iglesia. Los grandes santos son los hijos sanos y operosos que repo­nen a todo momento, en el tesoro de la Iglesia, riquezas nuevas que sustituyan las que se emplean con los pe­cadores.

Todo esto nos permite es­tablecer una correlación: para los grandes pecadores grandes gastos del tesoro de la Iglesia. O esos grandes gastos se suplen con nuevos lances de generosidad de Dios y de las almas santas, o las gracias se vuelven me­nos abundantes y el número de pecadores aumenta.

De ahí se deduce que nada es más necesario para la dilatación de la Iglesia que enriquecer siempre y siempre su tesoro sobrena­tural con nuevos méritos.

Evidentemente, se pue­den adquirir méritos prácti­cando la virtud en cualquier parte. Pero existen, en el jar­dín de la Iglesia, almas que Dios destina especialmente a este fin. Son las almas que Él llama para la vida con­templativa, en conventos re­clusos, donde unas almas privilegiadas se dedican es­pecialmene a amar a Dios y a expiar por los hombres. Estas almas piden a Dios con coraje que les mande todas las probaciones que quiera, si con eso se salvan numerosos pecadores. Dios las flagela sin cesar, de una manera u otra, cogiendo de ellas la flor de la piedad y del sufrimiento para, con esos méritos, salvar nuevas almas.

Consagrarse a la voca­ción de víctima expiatoria por los pecadores: no hay nada más admirable. Tanto más cuanto que hay muchos que trabajan, muchos que rezan; pero, ¿quién tiene el coraje de expiar?

Este es el sentido más profundo de la vocación de los Trapenses, de las Franciscanas, Domini­cas y de las Carmelitas, entre las cuales floreció la suave y heroica Santa Teresita.

Su método fue especial. Practicando la conformi­dad plena con la voluntad de Dios, no pidió sufri­mientos ni los excusó. Que Dios hiciese de ella lo que quisiese. Jamás le pidió a Dios, ni siquiera a sus su­perioras, que apartaran de ella un dolor. Jamás le pi­dió a Dios o a sus supe­rioras una mortificación. Su camino era una plena sumisión. Y, en materia de vida espiritual, una plena sumisión equivale a una plena santificación.

Su método se caracteri­za, además, por otra nota importante. Santa Teresita del Niño Jesús no practicó grandes morti­ficaciones físicas. Se limi­tó simplemente a las pres­cripciones de su Regla. Pero esmerándose en otro tipo de mortificación: constantemente, mil pe­queños sacrificios. Jamás la propia voluntad. Jamás lo cómodo, lo deleitable. Siempre lo opuesto de lo que pedían los sentidos. Y cada uno de estos peque­ños sacrificios era una pe­queña moneda en el tesoro de la Iglesia. Moneda pe­queña, sí, pero de oro de ley: el valor de cada peque­ño acto consistía en el amor de Dios con que se hacía.

¡Y qué amor meritorio! Santa Teresita no tenía vi­siones, ni siquiera los movi­mientos sensibles y natura­les que a veces hacen tan amena la piedad. Aridez in­terior absoluta, amor árido, pero admirablemente ar­diente, de la voluntad diri­gida por la Fe, adhiriéndo­se firme y heroicamente a Dios en la atonía involun­taria e irremediable de la sensibilidad. Amor árido y eficaz, sinónimo, dentro de la vida de piedad, de amor perfecto...

Gran camino, camino simple. ¿No es simple ha­cer pequeños sacrificios? ¿No es más simple no te­ner visiones que tenerlas? ¿No es más simple acep­tar los sacrificios en vez de pedirlos?

Camino simple, camino para todos. La misión de Santa Teresita fue la de mostrarnos una vía que to­dos pudiésemos surcar. Oja­lá nos auxilie para recorrer este camino real que llevará a los altares no apenas una u otra alma, sino a legiones enteras.

 

(*) Trechos de artículo en "Le­gionario", 28 de septiembre de 1947.