Sus manos hacían el Bien. Por eso las ataron

 

Plinio Corrêa de Oliveira (*)

 

¿Por qué fue el Señor atado por sus verdugos? ¿Por qué impidieron el movimiento de sus manos, sujetándolas con duras cuerdas? Sólo el odio o el temor lo pueden explicar. ¿Por qué odiaban así estas manos? ¿Por qué las temían?

La mano es una de las partes más expresivas y más nobles del cuerpo humano. Cuando los Pontífices y los sacerdotes ben­dicen, lo hacen con un gesto de manos. Cuando el hombre ino­cente y perseguido se ve satu­rado de dolores e implora la jus­ticia divina, su último amparo contra la maldad humana, es también con las manos que maldice. Para rezar, el hombre junta las manos o las levanta al cielo. Cuando quiere simbolizar el poder, empuña el cetro. Cuando quiere expresar la fuerza, empu­ña la espada.

Cuando habla a las multitudes, el orador acentúa con las manos la fuerza del raciocínio que convence o la expresión de las palabras que conmue­ven. Es con las manos que el médico suministra la medicina y el hombre cari­tativo socorre a los pobres, a los ancianos, a los niños.

Y por eso los hombres besan las manos que hacen el bien, y colocan esposas en las manos que practican el mal.

¿Tus manos, Señor, qué hicieron? ¿Por qué fueron atadas?

Con bondad inefable, asumiste nues­tra naturaleza humana. Quisiste tener un cuerpo humano, por amor a los hom­bres. Fue para hacer el bien, que tus divinas manos fueron creadas.

¿Quién puede describir, Señor, la gloria que esas manos —ahora sangrientas y desfiguradas, y no obstante tan dignas desde los primeros días de tu infancia— ­dieron a Dios cuando las besaron por primera vez Nuestra Señora y San José? ¿Quién puede describir con cuánta ter­nura hicieron a María Santísima el primer cariño? Con cuánta piedad se unie­ron por primera vez en actitud de oración? Con cuánta fuerza, cuánta nobleza, cuánta humildad trabajaron en el taller de San José?

Manos de Maestro, pero también de Pastor. No sólamente enseñabas sino que guiabas. Tus divinas manos tuvie­ron virtudes misteriosas y sobrenatura­les para acariciar a los pequeños, acoger a los penitentes, curar a los enfermos. Manos tan sobrenaturalmente fuertes, que a su imperio se doblegaban todas las leyes de la naturaleza, y con un mínimo movimiento suyo el dolor, la muerte, la duda huían.

Pero, estas manos que fueron tan suaves para los hombres rectos como Juan, el inocente, y María Magdalena, la penitente, estas manos fueron también terribles para el mundo, el demonio y la carne.

¿Por qué están ahí atadas y hechas carne viva? ¿Acaso será por obra de los inocentes? ¿de los penitentes? ¿O bien por obra de los que de ellas recibieron merecido castigo y contra ese castigo diabólicamente se rebe­laron? ¿Es porque alguien tenía miedo de ser curado? ¿Acari­ciado? ¿Quién teme acaso la salud? ¿Quién odia el carirïo?

Señor, para comprender esa monstruosidad, es preciso creer en el mal. Es preciso reconocer que los hombres son tales que su naturaleza facilmente se rebe­la contra el sacrificio, y que cuando sigue el camino de la revuelta contra el sacrificio, no hay infamia ni desorden de la cual no sea capaz. Es preciso reconocer que tu Ley impone sacrificios, que es duro ser casto, ser humilde, ser honesto, y, consiguientemente, es duro seguir tu Ley. Tu yugo es suave, sí, y tu carga es leve. Pero no es porque no sea amargo renunciar a lo que en nosotros hay de ani­mal y desordenado, sino porque Tú mismo nos ayudas a ser fie­les.

Y cuando alguien dice no, comienza a odiarte, odiando a todo el bien, toda la verdad, toda la perfección de la que Tú eres la propia personificación.

Curiosa paradoja. Tus enemigos con­tinúan temiendo a tus manos, aunque estén atadas. Y por eso te matarán. Aman tanto el mal, que perciben, aún bajo la humillación de las cuerdas que te prenden, la fuerza de tu poder... y ¡tiem­blan! Muerto, todavía infundes terror. Es necesario lacrar tu sepulcro y cercar de guardias armados tu cadáver.

¡Oh Señor, cuántas veces tus adver­sarios tiemblan delante de Tu iglesia, en tanto que sus hijos, que deberían creer en Ella viéndola amarrada, lo consideran todo perdido! ¡Y pactan con tus enemi­gos!

¡Qué lección! Nuestra esperanza no debe estar en las concesiones, ni en la adaptación a los errores del siglo. ¡Nues­tra esperanza está en Tí, Señor! Atiende las súplicas de los justos que Te implo­ran por medio de María Santisima el término de la crisis en la que se debate tu Iglesia, en nuestros días.

 

(*) Trechos del artículo publicado en “Catolicismo”, Abril 1952 (www.catolicismo.com.br)