Da obra “Meio século de
epopéia anticomunista”, Editora Vera Cruz Ltda., São Paulo, 1980, pags. 398-399:
Lançada
na Espanha nova edição de Revolução e
Contra-Revolução
Numeroso público compareceu ao lançamento da nova
edição em espanhol do livro Revolução e Contra‑Revolução, do Prof. Plinio
Corrêa de Oliveira, promovida pela Editorial Fernando III, El Santo, de Madrid. O ato realizou-se no dia 21 de novembro de 1978, no
salão do prestigioso clube "La Bilbaína",
de Bilbao. Inicialmente o Sr. José Francisco Hernandez,
Presidente em exercício da Sociedade
Cultural Covadonga — entidade espanhola autônoma e coirmã das diversas TFPs
— fez uma apresentação do livro. A seguir foi projetado um audiovisual sobre as
atividades da Sociedade Cultural
Covadonga.
A nova edição saiu com um prólogo, especialmente
escrito pelo autor, que situa na temática do livro a Espanha contemporânea .
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Prólogo
Al prologar esta nueva edición española de REVOLUCION Y CONTRA-REVOLUCION,
espontáneamente me vino al espíritu la pregunta de cuál sería la relación entre
la temática de la obra y el pasado histórico de España, principalmente con los
problemas que preocupan en la actualidad a la opinión pública de la nación.
Estas relaciones se presentaron ante mí tan candentes y tan numerosas, que
desbordan los naturales limites de un prólogo.
Me limito, por tanto, a algunos aspectos de la Historia de España en
nuestro siglo, y de su vida actual.
Desde hacía mucho tiempo, pero en especial en los últimos años del reinado
de Alfonso XIII, la opinión pública española se presentaba dividida en varias
corrientes, formando una inmensa gama ideológica, desde el auténtico
tradicionalismo hasta el comunismo.
Del mismo modo, como frecuentemente ha sucedido en otros países, cuando se
presentan situaciones análogas, la mayoría de las personas no estaban en
ninguno de estos dos polos ideológicos. Ocupaba la vasta zona intermedia,
dispersándose en corrientes, o específicamente centristas, o matizadas de
coloraciones hacia la derecha, sucesivamente más tradicionalistas, o hacía la
izquierda, sucesivamente más próximas del comunismo. Hasta rozar tangencialmente
las corrientes extremas.
En tales situaciones, la mayor parte de las veces, la definición de
pensamientos y de rumbos, el dinamismo, la iniciativa en una palabra, se
encuentran en los pulos minoritarios. Pero, la fuerza publicitaria, el poder financiero,
la influencia social y el poder político —sobre todo, la fuerza del número— se
encuentran en la zona intermedia.
La gran dificultad para la mayoría intermedia consistia, en la España de
entonces, en determinar si su posición era estable, o representaba sólo una
etapa de un largo caminar histórico. Las voces procedentes de las diversas
corrientes componentes del polo de la derecha le gritaban que retrocediese en
el camino iniciado desde la invasión francesa, en el siglo XIX, pues, de no
hacerlo, acabaria por despeñarse irremediablemente hacia el polo de la extrema
izquierda. En este último, los gritos dirigidos al centro eran discordantes:
ora eran amenazas de destruirlo en el caso de no proseguir rápidamente su
caminar hasta el comunismo, ora eran llamamientos amables para una mera
colaboración con los rojos contra la derecha. Colaboración que la mayor parte
de las corrientes del centro presentían, más o menos conscientemente, acabaria
dando ventajas al comunismo.
Tal vez sea falso decir que la masa centrista de la población se abrumase
en reflexiones para escoger entre estos llamamientos discordantes. Procuraba
más bien llevar despreocupadamente su vida cotidiana, cediendo a la agradable
propensión de no mirar hacía los factores de su propia debilidad, e imaginarse
instalada segura para siempre en un cómodo pacifismo a medio camino de los
llamamientos opuestos, que se combatían entre sí con el afán de conquista.
El problema que la cómoda posición —difícilmente separable de las
posiciones centristas— procuraba ignorar, entretanto saltaba a la vista. En
líneas generales, España era como la describían los tradicionalistas, o al
menos, los sectores anticomunistas de la opinión pública. Entre borrascas y
bonanzas, el País fue transformándose gradualmente. Y cada transformación lo
iba distanciando más del polo que abandonaba. Con esto, ¿encontraría alguien en
la Nación un punto de equilibrio y estabilidad en donde reposase largamente
durante la dolorosa andadura, antes de llegar al polo opuesto? ¿Qué fue hasta
entonces la Historia de España en el siglo XX? ¿La conquista ardua de un
dilatado equilibrio, o la caída trágica hacía el abismo?
El curso de los acontecimientos vino a demostrar que inadvertidamente el
centro se iba dividiendo a medida que los llamamientos discordantees de los dos
polos se hacía oír, y que la España auténtica —tradicional y católica— y la
anti-España atea, apátrida e igualitaria, caminaban hacia una terrible confrontación.
El centro no era una posición definida y estable, entre otras dos
igualmente definidas. Era una posición confusa, subconscientemente inquieta y
vacilante, entre dos posiciones fijas y determinadas. Los acontecimientos
históricos de entonces confirmaron la tesis de la inestabilidad de tantas
situaciones intermedias e indefinidas, que por el propio hecho de su indefinición,
indican no ser etapas en el desenvolvimiento procesivo de tendencias
psicológicas, convicciones ideológicas y estructuras político-económicas
vacilantes, rumbo a posiciones más definidas.
Ocurrió el choque entre las izquierdas dominadas por el comunismo y la
derecha anticomunista, en la gloriosa Cruzada de 1936.
Durante mucho tiempo, las corrientes centristas no quisieron ver que este
acontecimiento se aproximaba, y por eso no estuvieron en condiciones de
evitarlo.
Al observar la actual situación política española, y sin tener la
pretensión de pronunciarme sobre los varios aspectos, tan complejos, de que
ella se reviste, me parece ver que poco a poco se va tornando presente, una vez
más, en esencia el mismo problema, con los inevitables cambios de matices
impuestos por el paso del tiempo.
A medida que el horizonte político español se define, se establecen también
en el sector centrista las posiciones ideológicas y políticas sucesivamente
más cargadas de comunismo o de hostilidad contra él. Y, en consecuencia, la
gran pregunta que va emergiendo del panorama político español me parece que es
esta: ¿hasta qué punto estas posiciones intermedias no son más que situaciones
transitorias de un caminar hacía la izquierda o hacia una posición nitidamente
anti-izquierdas?, o ¿hasta qué punto ellas representan un rechazo firme, estable
e indiscutible de esos dos polos, y una fijación conservadora a cualquier precio
de las situaciones intermedias, que a sí mismas se proclaman moderadas, capaces
de unir y de salvar?
En cuanto al propio eurocomunismo —con sus ademanes moderados o hasta más o
menos «centristas»—, en España representado por la corriente política dirigida
por Carrillo, la pregunta es válida y tal vez más válida para él que para cualquier
otra formación política española contemporánea.
Sin duda, el eurocomunismo quiere ser, y de eso hace ostentación, un
comunismo suavizado. ¿Es posible un comunismo suavizado? ¿O el eurocomunismo,
en la apariencia una «apostasia» del comunismo soviético «ortodoxo», tendrá
como desenlace histórico atraer, por su propia «moderación», masas que a su vez
serán absorbidas por el comunismo ortodoxo? ¿Qué es el eurocomunismo en España,
o fuera de ella? ¿Un cisma? ¿Un punto terminal? ¿Una red lanzada para atraer peces
incautos, o una etapa inexpresiva, esto es, una simple curva sin importancia,
del vasto río comunista?
En esta perspectiva, ¿qué es el propio comunismo ortodoxo? ¿Un punto
terminal?, o ¿una simple etapa de lo que el imagina ser la interminable
evolución humana, de donde se pasará hacia el anarquismo, y de este a otra
situación transitoria casi imposible de preveer en nuestros días?
Bien se sabe que la doctrina marxista, coherente con su intrínseco
evolucionismo, abomina los puntos terminales, y pretende ser la precursora del
anarquismo, y de todo cuanto a él pueda seguir.
Pero si esa es la doctrina, la realidad puede ser bien diversa. Y no es
imposible que ciertos líderes comunistas se inclinen a prolongar por un largo y
negro «milenio» la estructura sobre la cual establecen su presente dominación.
Un tal «milenio» es tal vez el único sentido que se pueda atribuir en
historia evolucionista, a la expresión «punto fijo y último» del continuo
caminar ideológico.
Tales temas presentan aspectos universales, sobre los cuales a todos es
lícito reflexionar. Pero ellos se revisten en cada país de aspectos nacionales
sobre los cuales el extranjero debe ser muy circunspecto.
No pretendo opinar sobre estos problemas en los aspectos que son
específicos de la España actual y sobre los cuales un no español —aunque tan
próximo a España por los vínculos de Brasil con el pueblo vecino y hermano de España,
Portugal— debe eximirse de hacer un pronunciamiento.
La lectura del libro REVOLUCION Y CONTRA-REVOLUCION trae solamente el
recuerdo de que problemas análogos desafiaron la argucia de todos los que
vivieron en el ámbito de la civilización occidental y fueron llamados a
participar de grandes crisis como el Renacimiento y el Humanismo, el Protestantismo,
en el siglo XVI, la Revolución Francesa, en el siglo XVIII, y la Revolución
comunista, en el siglo XX. Y si no a participar, por lo menos a formar un
juicio sobre esas crisis.
El Humanismo cristiano pretendió ofrecer una posición estable que no
resbalase hacia el neopaganismo. El protestantismo pretendió ofrecer una
posición religiosa estable que no resbalase hacia el ateísmo. La Revolución
Francesa pretendió realizar el igualitarismo político y social estable, que no
llegase al igualitarismo económico. Por fin, el comunismo no llama la atención
de las masas con el Estado omnímodamente igualatario, señor de toda la economía.
En su conducta nada hace suponer que tenga como objetivo, a plazo medio o
último, la destrucción del Estado y la implantación e instauración de la anarquía.
Pero ya aparecen en el flanco izquierdo del comunismo nuevas formas de
izquierdismo que, nacidas de él y nutridas de su leche, lo atacan con singular
violencia, y caminan hacia el anarquismo. Lo que en el cuadro político italiano
se ha tornado particularmente claro.
Por cierto, muchos de los que se adhirieron a estas varias revoluciones no
lo habrían hecho si hubieran constatado que preparaban la llegada de la etapa
siguiente. Es para evitar que se repitan en nuestros días análogos equívocos,
que la lectura de REVOLUCION Y CONTRA-REVOLUCION puede ser útil. Mostrar que
estas revoluciones se relacionan entre sí como etapas de un gran proceso,
formando en su conjunto una gran Revolución única, es la verdad que mi estudio
presenta y tiene por fin profundizar.
En qué sentido esta constatación puede ser aprovechada por los españoles de
hoy, a vueltas con los complicados problemas de su Patria, de Occidente y del
Mundo, es sobre lo que yo me abstengo de pronunciarme.
La presentación de las tres grandes revoluciones seguidas de la Cuarta
Revolución —en el plano político la «herejia» anarquista nacida del flanco del
comunismo y de la cual acabo de hablar, pero también en otros planos los
movimientos nacidos de la contestación de jóvenes en la Sorbonne en 1968, y
cuya punta de lanza tal vez sea en nuestros dias el movimiento «punk»
anglo-americano— podría inducir a un error. Seria éste el de la
irreversibilidad del movimiento revolucionario. Para evitar ese error, mi
estudio contiene la definición de lo que entiendo por Contra-Revolución, cuales
son sus metas y —en un plano siempre teórico— cuáles son sus métodos.
También aqui me abstengo de aplicaciones concretas al panorama español,
dejando a mis lectores que las hagan según las inspiraciones de su fe y de su
patriotismo.
Sólo me queda manifestar la esperanza de que la lectura de esta obra pueda
ser una contribución, aunque muy indirecta, para que los lectores actúen en un
sentido beneficioso para España, y, por tanto, para la Civilización Cristiana,
de la cual el pueblo espanol continúa siendo, en nuestro siglo, un admirable
baluarte.
[firma]
Plinio Corrêa de Oliveira
21-3-78