¿Qué merece más aprecio: los milagros o la grandeza de la doctrina (enseñanzas)?

A D V E R T E N C I A

Transcribimos a seguir extractos tomados de los comentarios a la Catena Aurea, de Santo Tomás de Aquino, sobre el Evangelio de San Juan (6, 1-11) tal y como fue publicado por el mensual “Catolicismo”, Noviembre de 1996. “Catolicismo” utilizó, para ello, traducciones de fuentes fiables, como el servicio de traducción al portugués de la Santa Sede, o bien su redacción se sirvió de la edición francesa del “Osservatore Romano”, o incluso —según el documento— puso a disposición de sus lectores una versión basada en la propia “Acta Apostolicae Sedis”.

Para evitar doble traducción tomamos el texto en español del sitio https://hjg.com.ar/catena/c698.html. La adaptación del texto es conforme a lo publicado en “Catolicismo”.

La utilidad de la lectura de estas “Verdades olvidadas” —con las debidas adaptaciones— es subrayada por el Prof. Plinio en un artículo de “Catolicismo” de abril de 1952: “Es necesario poner de relieve aquellas máximas que el demonio, el mundo y la carne tratan en todo momento de relegar a un segundo plano”.

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Verba Tua manent in aeternum

“Los milagros no se hicieron para los fieles, sino para los infieles” (San Pablo).

“Más sabios eran los que, según San Mateo, admiraban sobre todo la grandeza de su doctrina”.

Comentarios tomados de la Catena Aurea de Santo Tomás de Aquino

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“Después de esto, pasó Jesús a la otra parte del mar de Galilea, que es de Tiberíades. Y le seguía una grande multitud de gente, porque veían los milagros que hacía sobre los enfermos: Subió, pues, Jesús, a un monte, y se sentó allí con sus discípulos. Y estaba cerca la Pascua, día de la fiesta de los judíos. Y habiendo alzado Jesús los ojos, y viendo que venía a El una gran multitud, dijo a Felipe: “¿De dónde compraremos pan para que coman estos?” Esto decía por probarle: porque El sabía lo que había de hacer. Felipe respondió: “Doscientos denarios de pan no les basta, para que cada uno tome un poco”. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces: mas ¿qué es esto para tanta gente?” Y dijo Jesús: “Haced sentar a la gente. En aquel lugar había mucho heno. Y se sentaron a comer, como en número de cinco mil hombres. Tomó Jesús los panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los que estaban sentados: y asimismo de los peces, cuanto querían”

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Este mar tiene diferentes nombres, según los diferentes sitios por donde se extiende, pero en cuanto a su situación presente, se llama mar de Galilea por la provincia y Tiberíades por la ciudad.

Se dice mar, no porque el agua sea salada, sino según a la costumbre hebrea, que denomina mares a todas las grandes reuniones de agua.

Este mar lo pasó repetidas veces el Señor para esparcir la palabra de su doctrina entre todos los pueblos que habitan junto a él.

Milagros del cuerpo y regeneración del espíritu

Pasa de pueblo en pueblo con el fin de probar la voluntad de los hombres y con el de volverles más ávidos y solícitos en la fe. De aquí es que sigue: “Y le seguía una gran multitud, porque veían los milagros que hacía en todos los que estaban enfermos”. A saber, volvía la vista a los ciegos y hacía otras cosas por el estilo. Y ha de tenerse en cuenta que a todos los que sanaba del cuerpo los regeneraba en el espíritu.

Gozando de tan alta doctrina, sólo se fijaban en los hechos extraordinarios, porque sus entendimientos estaban oscurecidos, pues los hechos extraordinarios [milagros], como dice San Pablo (1Cor 14,22), no fueron dados a los fieles, sino a los infieles. Eran, pues, más sabios aquellos que, según San Mateo (Mt 7,28-29), quedaban estupefactos ante la grandeza de su doctrina.

Subió al monte a causa del milagro que pensaba realizar. Subió también al monte para enseñarnos a hacer silencio en el interior, huyendo de los tumultos y de la agitación de las cosas mundanas. Porque la soledad es muy a propósito para la contemplación (o para el conocimiento de las cosas sublimes y la meditación de las cosas divinas).

Prosigue: “Y habiendo alzado Jesús los ojos”, para que conozcamos que no estaba simplemente sentado con sus discípulos, sino que les hablaba alguna cosa con cuidado y los atraía hacia sí. Después, mirando a lo lejos, vio una multitud que se acercaba.

En los milagros operados por el Redentor, poder criador ilimitado

¿Con qué fin pregunta a Felipe [dónde comprar pan]? Él sabía en verdad que aquella reunión de discípulos necesitaba de más amplios conocimientos, como sucedía con Felipe, que dijo después: “danos a conocer al Padre, y con esto tenemos bastante”, por cuya razón lo instruye antes del suceso, porque si el milagro se hubiera verificado sencillamente, no hubiese brillado tanto. Y así ahora, antes del acontecimiento, lo obliga a confesar la carencia de pan, para que conozca mejor la magnitud del milagro. Por esto sigue: “Esto decía por probarle”.

Porque si hubiese conocido claramente que Aquél era el Creador, no hubiese desconfiado de su poder. Pero el Señor vio que Andrés era parecido a Felipe, aunque su pensamiento se elevaba un poco más. Había oído el milagro que Eliseo había hecho con los panes de cebada, pues alimentó a cien hombres con veinte panes ( 2Re 4). Se levantó mentalmente a algo más elevado, pero no pudo llegar a la cumbre, lo cual se manifiesta por lo que sigue: “¿Mas qué es esto para tanta gente?” Creía, por lo tanto, que de pocos había de hacer pocos y de muchos, muchos, el que hacía milagros, pero esto no era verdad. De igual manera le era fácil alimentar a las multitudes, ya fuera de pocos, ya de muchos (porque El no necesitaba de una materia limitada). Y para que no pareciese que las criaturas eran ajenas a su poder, utiliza las cosas creadas para hacer milagros.

Antes de las refecciones: oración y acción de gracias

¿Y por qué cuando iba a curar al paralítico no ora, ni cuando resucita a los muertos, ni cuando calma la tempestad del mar y aquí ora y da gracias?

Para manifestar que aquéllos que empiezan a comer, deben dar gracias a Dios. O de otro modo: ora en las cosas pequeñas, para que se vea que no ora por necesidad. Porque si necesitase orar, esto lo haría con mucha más razón en los milagros de mayor importancia. Pero como los hacía con autoridad propia, da a entender que aquí ora por acomodarse a nuestro modo de ser y además, como había mucha gente delante, convenía enseñarles que esto sucedía por la voluntad de Dios. Y, por tanto, no oraba cuando hacía algún milagro en secreto, pero ora en presencia de muchos, para que no crean que es enemigo de Dios.

Catena Aurea – Evangelio según san Juan, 6:1-14

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Se llama Catena Aurea la obra que resulta de recopilar escritos de los “Padres de la Iglesia”, siguiendo los textos completos de los Evangelios, a modo de exposición o comentario. Entre las varias catenas que se hicieron en la Edad Media, una de las más conocidas es la hecha por Santo Tomás de Aquino (siglo XIII), que es la que aquí se ofrece (https://hjg.com.ar/catena/c698.html).

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