Entre la Cristiandad y la Revolución: reflexiones sobre una crisis política
«Legionário» n.º 656, 4 de marzo de 1945
A D V E R T E N C I A
El presente texto es traducción y adaptación de extractos de un artículo en el periódico “Legionario” y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
PREÁMBULO
En marzo de 1945, Brasil atravesaba la fase final de la crisis del Estado Novo, caracterizada por la apertura a la redemocratización y la legalización del Partido Comunista. En ese contexto, Plínio Corrêa de Oliveira evitó alinearse directamente en las disputas partidistas y destacó los aspectos más profundos del momento, considerándolos parte de la crisis de la Civilización Cristiana. Este editorial anticipaba ideas que el autor desarrollaría más tarde en «Revolución y Contra-Revolución», en particular la oposición entre Revolución y Cristiandad y la defensa de una reacción católica organizada.
Los lectores acostumbrados a la franqueza y la valentía con que esta publicación aborda todos los problemas de actualidad querrán saber, sin duda, qué pensamos de los acontecimientos políticos que están acaparando la atención de la opinión pública.
Fieles a nuestra orientación tradicional, consideraremos únicamente los aspectos espirituales de la situación actual. No es que no nos interesen las cuestiones temporales. Los problemas espirituales no existen en este mundo en un estado espectral, desencarnados de toda relación con lo temporal. El propio servicio a los intereses del espíritu exige a veces —y sobre todo durante las grandes crisis— una fuerte intervención en lo temporal. Sin embargo, incluso en este caso, la distinción entre ambos campos debe permanecer siempre muy clara. Lo espiritual no se confunde con lo temporal, y lo domina como el Cielo domina la tierra. Dedicado al servicio de la Iglesia, el “Legionário” es celoso de esa distinción, y se siente a gusto en la esfera espiritual, de la que no desea salir salvo en el caso de que un imperioso deber de conciencia le obligue a ello.
Nos encontramos, pues, en el ámbito del espíritu y de los principios. Y es desde aquí desde donde contemplaremos a grandes rasgos el panorama nacional.
* * *
Antes de nada, ampliemos nuestros horizontes para ver en toda su amplitud la crisis por la que atraviesan actualmente Brasil y el mundo.
Cuando hablamos de catolicismo y política, nos vienen inmediatamente a la mente los problemas, por así decirlo, clásicos, que suelen debatirse a este respecto: la indisolubilidad del vínculo conyugal, la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, las capellanías militares, etc. Sin duda, la consagración de estas garantías en nuestras leyes fundamentales reviste gran importancia para la vida religiosa del país. Son los hitos luminosos de la «reconquista» católica tras la catástrofe positivista de 1891. Es fácil percibir que, en la vorágine de los debates políticos, pueden desaparecer de improviso. La innegable gravedad de este peligro está lejos, sin embargo, de contener o expresar toda la importancia que esta crisis universal presenta para la Iglesia.

La Sainte-Chapelle (París), construida por orden de San Luis IX (siglo XIII), rey de Francia, para albergar la Corona de Espinas de Nuestro Señor (planta superior)
«No, la civilización no está por inventarse ni la ciudad nueva por construirse en las nubes. Ha existido, existe, es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana, de la revolución y de la impiedad»(1). Por lo tanto, la civilización cristiana posee grandes vestigios, todavía vivos en nuestros días. 1) Carta Apostólica Notre Charge Apostolique, de 25 de agosto de 1910, in Doctrina Pontificia, vol. II, BAC., Madrid, 1958. |
Una vez más, repetimos: es necesario que ampliemos nuestros horizontes. En primer plano está en juego una simple cuestión de leyes. Pero en el fondo de todo esto existe una cuestión de civilización. La civilización cristiana no es una quimera, ni una fórmula vacía, y mucho menos un sueño irrealizable. Existió, aún existe, puede dejar de existir. La formaron siglos de fe ardiente. Se fundó sobre la piedra angular que es Cristo, y lentamente, paso a paso, año tras año, los mártires, los confesores, los pontífices, las vírgenes y los doctores fueron levantando sus murallas. Murallas santas, hechas de piedras, piedras vivas, traídas por la Sangre de Cristo, de la muerte al reino de la gracia. El mortero que las une se compuso con las lágrimas, el sudor y la sangre de cientos de generaciones de santos. El trazo general de la obra se dedujo en días y noches, semanas y siglos de ardiente trabajo, del inmenso libro de la creación visible y de las páginas divinas de la Revelación. Poco a poco se levantó el grandioso edificio, el Reino de Dios entre los hombres, la civilización genuina nacida de la Sangre de Cristo, la gran «Civitas» occidental y cristiana que, en la amplitud de sus líneas a la vez nobles y maternales, altivas y plácidas, fuertes y acogedoras, tenía algo de templo, de fortaleza, de escuela, de hogar y de casa de caridad.
No se piense que esta edificación fue obra meramente humana. No existiría sin la gracia y, a su vez, servía a la propia expansión de la gracia. La Iglesia Católica es una llama que brilla en cualquier atmósfera. La Iglesia recibe su luminosidad intrínseca, no de los hombres, sino del propio Sol de Justicia que es Jesucristo. Sin embargo, no hay que olvidar que el brillo de esa llama divina puede irradiarse más o menos, según la opacidad del aire en el que arde. La civilización cristiana es la atmósfera serena y diáfana que permite la irradiación omnidireccional de la llama evangélica. Las civilizaciones paganas, por el contrario, saturan de vapores la atmósfera social y suelen oscurecer, con las densas nubes de los prejuicios y las pasiones, la plena visibilidad y la irradiación universal del esplendor de aquel que fue puesto como «lumen ad revelationem gentium».
A finales de la Edad Media, esa estructura se resquebrajó. Poco a poco, la crisis se agravó y hoy se encuentra en plena desintegración. Pobre y gran Civilización Cristiana, en la actualidad solo emergen uno u otro de sus gloriosos capiteles, las últimas bóvedas que la furia de los bárbaros aún no ha derribado. Amamos estos santos y nobles restos con el amor ardiente y la nostalgia abrasadora con que los antiguos judíos contemplaban las ruinas del Templo destruido y abandonado. Sí, amamos sus ruinas, y si de ellas no quedara nada, amaríamos aún su polvo.
Y para nosotros, que nos encontramos entre los escombros de esa gran ciudadela en ruinas, el problema no es saber si se salvará aún tal o cual resto de columna o de muralla. Es la gran batalla que, de un momento a otro, tal vez comience a librarse; la batalla última y decisiva que desde hace tanto tiempo anunciaron De Maistre [Joseph-Marie de Maistre] y Veuillot [Louis Veuillot]. La gran cuestión es, pues, saber si, sí o no, la obra ha de ser rehecha; si los últimos restos de la «civitas christiana» serán derribados para dar lugar a la torre de Babel, o si los artífices de la confusión serán expulsados del mundo; si los bárbaros rojos [comunistas] o pardos [nazistas/fascistas] serán barridos de la faz de la tierra; si los mercenarios, los aventureros, los apóstatas y los demoledores de toda clase serán expulsados del recinto sagrado del mundo cristiano, para que los hijos de la luz erijan de nuevo la gran Ciudad que es el Reino de Dios entre los hombres.
Hay en germen una terrible y gravísima opción ideológica que nos acecha en esta tormentosa encrucijada de caminos políticos. Unos discuten a quién pertenecerá el mando, y otros de qué manera se organizarán las finanzas; en cuanto a nosotros, nos detenemos en la encrucijada de los caminos, tratando de conocer los fantasmas confusos que nos esperan a lo largo de los caminos… de todos los caminos.
Los problemas actuales encierran en su núcleo las consecuencias más radicales para el futuro, un futuro a su vez tan grave que en él casi toda la humanidad puede abandonar o reconquistar el camino de la eternidad. Esta es la situación a la que hemos llegado. No le restamos alcance, reduciéndola o resumiéndola como si todos los intereses de la Iglesia se resumieran únicamente en unos pocos retoques en el edificio social.
* * *
Estas líneas no tienen doble sentido y, por ello, no se vea en nuestro silencio sobre las cuestiones temporales ninguna forma de manifestación o pronunciamiento a favor de uno u otro bando, ni siquiera una afirmación de neutralidad. Ser neutral es también afrontar un problema y afirmar la equivalencia de las soluciones a la vista. Es, por tanto, tomar posición ante ellas. Ya hemos dicho que, aquí, estamos haciendo plena abstracción de los problemas temporales y, por eso mismo, no adoptamos ante ellos ninguna actitud, ni siquiera la de una cómoda neutralidad. Como ciudadanos, como brasileños, está claro que tenemos nuestra opinión. No es este el momento ni el lugar adecuado para manifestarla. Por el contrario, debemos a nuestros lectores el ejemplo de una perfecta subordinación a la escala de valores, de modo que seamos capaces de pronunciarnos sobre lo espiritual con la más plena abstracción de todo lo que es contingente y temporal.
* * *