Canciller y Mártir

 

“O Jornal”, Rio de Janeiro, 22 de junio de 1935

 Santo Tomás Moro (*7-02-1478 +6-07-1535) fue canonizado por el Papa Pío IX; en 2000 fue declarado patrono de los estadistas y políticos por el Papa Juan Pablo II.

Santo Tomás Moro (*7-02-1478 +6-07-1535),  canonizado por el Papa Pío IX, en 2000 fue declarado patrono de los estadistas y políticos por el Papa Juan Pablo II.

El 6 de julio del 1535, a golpes de la justicia inglesa, moría Santo Tomás Moro, ex -miembro del Parlamento Inglés, ex-sub-sheriff de Londres, ex-consejero del rey, ex-canciller de Inglaterra, elevado a la categoría de hidalgo y nombrado caballero, uno de los más famosos escritores de su época, autor de una obra inmortal – la “Utopía” – y amigo íntimo de Erasmo de Rotterdam, el gran humanista del siglo XVI.

Condenado a muerte, determinaba la sentencia del tribunal que le abriesen el vientre y le arrancasen las entrañas. Pero la “clemencia” de Enrique VIII había convertido esa pena en decapitación. En el día establecido, se dio la ejecución. Por un momento brilló, al sol de verano, el arma empuñada por las manos trémulas del verdugo. La cabeza del criminal rodó por tierra. Todo estaba consumado. Él expiaba un crimen nefasto que a otros, tanto antes como después de él, les había costado un precio aún mayor: ser católico.

Su vida siempre fue una brillante ascensión, en la cual la gloria y el poder corrían a su encuentro, si bien los despreciase, volviendo sus ojos hacia otra felicidad, que la inconstancia de la política y la tiranía del rey no le podrían robar.

Siendo aún joven, su noble alma se dejó atraer por el encanto místico de un monasterio benedictino, donde quiso alistarse como soldado, en la milicia sagrada del sacerdocio.

Pero la Providencia lo impulsó hacia otros rumbos y, cuando se vio obligado a reducir el tiempo consagrado al estudio de la Teología, su materia predilecta, para ceder lugar a la Filosofía, intervino la voluntad paterna, que lo obligó a relegar a un segundo plano esos estudios tan costosos, para imponerle que emplease lo mejor de su tiempo a graduarse en Derecho en Oxford.

Dócil, Tomás Moro obedeció. Adquirió en la famosa Universidad de Oxford conocimientos jurídicos eminentes. Por esa razón, vio abrirse delante de él las puertas de la política y del Parlamento y por ellas ingresó.

En la rápida ascensión que lo guindó a los más altos cargos del gobierno, cualquier observador superficial podría imaginar que el jurista y el político habían matado definitivamente al filósofo y al teólogo en Tomás Moro, y que nada más, en el protegido de Enrique VIII, habría de perdurar del estudiante idealista de otros tiempos.

Pero sucedió lo contrario. Señor de una gran inteligencia, pudo formar, a la par de una ciencia jurídica notable, una profunda cultura filosófica. Y sus producciones, de las cuales la más famosa fue la “Utopía”, lo colocaron en el primer plano de los escritores europeos de su tiempo, valiéndole la admiración de reyes y príncipes, así como la fraternal amistad del inmortal Erasmo.

Existe, entre el político que asciende a los más altos cargos de la administración provisto de profundos conocimientos filosóficos, jurídicos y sociales, y el político que lleva a las eminencias del poder como único equipaje una pequeña cultura y una gran ambición, la misma diferencia que existe entre el médico y el curandero. El primero se orientará por la ciencia no menos que por la práctica. El segundo procederá con un empirismo ciego, aplicando a los problemas de hoy el mismo repertorio de fórmulas que “le salieron bien” ayer.

Santo Tomás Moro pertenecía al primer grupo. El político no mató en él al filósofo ni al teólogo; pero el filósofo y el teólogo gobernaron al político, iluminándole el camino, dilatándole los horizontes y dirigiéndole la acción.

Henrique VIII, c. 1531 - Joos van Cleve - Royal Collection
Henrique VIII, c. 1531 – Joos van Cleve – Royal Collection

Fue precisamente en esta ocasión cuando Enrique VIII le cogió en el momento más brillante de su carrera para imponerle el trágico dilema: o creía o moría; o se adhería a la herejía protestante o incurría en la ira del rey, terrible presagio de futuras desgracias.

Es el momento crucial de su existencia. Por un lado, la vida le sonríe; por otro lado, la consciencia le apunta el camino del deber. No duda. Entrega su renuncia y se retira a la vida privada.

Fue entonces cuando se desató sobre él la ira real. Llevado a la prisión, fue sometido a diversos interrogatorios, en los cuales el soldado de los derechos del Papado mostró una energía, una grandeza de alma, un desprendimiento digno de los mártires de las primeras eras cristianas.

Hans Holbein the Younger - Thomas Howard, 3rd Duke of Norfolk (Royal Collection).JPG
Thomas Howard, III Duque de Norfolk por Hans Holbein el Joven, Colección Real.

Al Duque de Norfolk, quien le decía que “la indignación del príncipe significaba la muerte”, redarguyó noblemente: ¿“Eso es todo, my lord? Realmente entre Vuestra Gracia y yo no hay sino una diferencia: es que yo moriré hoy, y Vuestra Gracia morirá mañana.”

Encarcelado en la Torre de Londres por un año, enfermo, privado del supremo conforto de los Sacramentos, todo conspiraba contra su constancia, inclusive –suprema tentación– los ruegos afectuosos de su esposa y de su hija, incapaces de acompañarlo en la dolorosa grandeza del martirio. Por fin, su familia se vio reducida a tal miseria, que tuvo que vender los trajes usados por él en la corte, ¡para pagar el alimento indispensable para que Moro no se muriese de hambre en la prisión!

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Thomas Cromwell, c. 1532-3, atribuido a Hans Holbein el Joven

En los interminables interrogatorios, fue a su encuentro la perfidia de Tomás Cromwell, que buscaba por medio de hábiles preguntas convencerlo del crimen de alta traición. Moro, no obstante, no se dejó enredar y, con la tranquila firmeza de un alma pura, pronunció esta frase que resume toda su defensa: “Soy fiel al rey, no le hago mal a nadie, ni difamo a quien quiera que sea; si eso no es suficiente para salvarle la vida a un hombre, no quiero vivir por más tiempo.”

Finalmente, le quitaron los libros de oración. Cerró, entonces, las ventanas de su celda, y se mantuvo en la oscuridad, a meditar sobre la muerte, hasta que llegó el día en el cual debería beber la última gota del cáliz.

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Santo Tomas delante del verdugo – escena tomada del film “El hombre que no vendió su alma

Caminó hacia el martirio con la naturalidad de quien cumple un deber. Y ni siquiera ahí abandonó aquella cordura de espíritu que tan armoniosamente se aliaba a su invencible energía. Lo exhibió en dos momentos extremos de indefectible humour inglés. Como estaba poco firme la escalera del patíbulo, le pidió al verdugo que lo ayudase a subir. “Con respecto a bajar –añadió jocosamente– yo me las arreglaré solo”. Después de haber abrazado al verdugo, se arrodilló y le pidió tiempo para arreglar la barba. Bromeando, dijo después al verdugo: “No la cortes, ella no tiene la culpa”. Oró, y entregó su gran alma a Dios.

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En una época en la cual el desprestigio se va proyectando como una sombre siniestra sobre tres categorías de hombres que sirven de fundamento a la sociedad –los políticos, los científicos y los militares– la Iglesia acaba de elevar a la honra de los altares a tres modelos admirables de honra y virtud, justamente en estas tres clases. Canonizó a Santa Juana de Arco; canonizó a San Alberto Magno y acaba de canonizar a Santo Tomás Moro.

En su gesto hay simplemente un acto de justicia para con los Santos. Pero la Providencia permitió que sus procesos de canonización sólo ahora llegasen a su término, para que sirvan como una protesta bien alta contra la desmoralización que hiere justo el prestigio de la ciencia, de la autoridad y de la espada, sin las cuales la sociedad no puede vivir.

Y fue más allá en su reacción. No predicó sólo con ejemplos tomados del pasado. Inspirándose en la doctrina de la Iglesia, tres grandes figuras modélicas se formaron en nuestro tiempo para dignificar la ciencia, restaurar el prestigio de la autoridad y reinstaurar la dignidad de la espada: Contardo Ferrini uno de los más grandes estudiosos del derecho romano de su siglo; Foch el vencedor de la Gran Guerra; y finalmente Dolfuss, el canciller mártir.

Ejemplos como estos, más que mil argumentos, pueden arrastrar a la gente a la defensa de la Iglesia y de la civilización amenazada por los [comunistas] que vienen de Moscú, o por los neopaganos que se regimientan en Teutonia….

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