Comentários sobre la Resurrección del Señor
“Santo del Día”, 05 de abril de 1969
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una adaptación de la transcripción de grabación de una conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira a socios y cooperadores de la TFP, por lo que mantiene el estilo verbal, y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia en relación con el Magisterio tradicional de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.

De manera muy simbólica, la Providencia permitió que, por el juego natural de los fenómenos meteorológicos, cayera una tremenda tormenta poco después de que nuestra campana anunciara la resurrección de Nuestro Señor —y nosotros estuviéramos aquí en esta paz, en el esplendor de estas luces, en la belleza de nuestra sede, en la quietud de la alegría de nuestro convivencia fraterna, a los pies de Nuestro Señor—, de tal manera que se estableciera un contraste impactante entre lo que ocurre aquí y lo que ocurre allá afuera.
Me parece que este contraste encierra una enseñanza: comprendamos, por un lado, la diferencia que existe entre la vida del católico practicante —por muchas pruebas, tormentos y dificultades que esta vida pueda conllevar— y, por otro, lo que ocurre en el mundo.
Junto a la reliquia del Santo Leño, a la corona de espinas, a los clavos —que son copias de los clavos de la Pasión—, a la corona de Nuestra Señora, ese contraste produce necesariamente en nosotros un sentimiento de gratitud hacia Nuestra Señora, porque Ella, de manera tan inmerecida, nos ha llamado a esta situación, a este consuelo, a esta protección, a este resplandor en medio de las tinieblas, a esta seguridad en medio de la tormenta, a esta misión en un momento en que todo el mundo abandona la misión que debe cumplir.
El resto de las consideraciones las limitaremos al comentario del Evangelio correspondiente al día de hoy. Está tomado de la «Concordancia de los Santos Evangelios», de Dom Duarte [Leopoldo e Silva, primer Arzobispo de São Paulo].
«En la noche del sábado, cuando ya amanecía el primer día de la semana, María Magdalena, madre de Santiago y Salomé, compraron perfumes para ir a embalsamar a Jesús.
«El primer día de la semana, saliendo muy temprano, cuando aún estaba oscuro, llegaron ellas al sepulcro al salir el sol, llevando los perfumes que habían preparado. Y se decían entre sí: “¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?”, porque era muy grande.
«Y he aquí que hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo y, acercándose, removió la piedra y se sentó sobre ella. Y su aspecto era como un relámpago y sus vestiduras como la nieve. Por miedo a él, los guardias se asustaron y quedaron como muertos. María vio que la piedra había sido apartada del sepulcro y corrió a buscar a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.
«Las otras mujeres también vieron que la piedra había sido apartada del sepulcro y, al entrar, no encontraron el cuerpo del Señor Jesucristo. Y sucedió que, mientras estaban consternadas por ello, he aquí que se presentaron junto a ellas dos hombres vestidos con ropas resplandecientes. Y como ellas se asustaron y bajaron los ojos al suelo, les dijeron: “No temáis, porque sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, sino que ha resucitado, como había dicho. Acordaos de lo que os dijo cuando aún estaba en Galilea: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y resucite al tercer día’. Venid a ver el lugar donde fue puesto el Señor, e id pronto a decir a sus discípulos y a Pedro que ha resucitado y que va delante de nosotros a Galilea. Allí lo veréis, como él os dijo. He aquí que os lo he anunciado”. Entonces se acordaron ellas de las palabras de Jesús. Y saliendo, huyeron del sepulcro, porque les había invadido el temblor y el pavor, y a nadie dijeron nada, pues estaban poseídas por el miedo.
«Mientras tanto, salieron Pedro y aquel otro discípulo y llegaron al sepulcro. Ambos corrían juntos, pero aquel otro discípulo corrió más deprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro. Inclinándose, vio los lienzos puestos en el suelo, pero no entró. Llegó entonces Simón Pedro, que le seguía, y entró en el sepulcro y vio los lienzos puestos en el suelo. Pero el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no estaba con los lienzos, sino que estaba doblado en un lugar aparte. Entonces entró también aquel discípulo que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, pues aún no comprendía la Escritura de que Él había de resucitar de entre los muertos. Y los discípulos se volvieron a casa.
«Al resucitar Jesús por la mañana, el primer día de la semana, se le apareció primero a María Magdalena, de quien había expulsado siete demonios. Ella estaba junto al sepulcro, desde fuera, llorando. Mientras lloraba, se inclinó, miró hacia el sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido depositado el cuerpo de Jesús. Le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Ella les respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Al decir esto, se volvió y vio a Jesús de pie, pero no sabía quién era. Jesús le dijo: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el jardinero, le dijo: «Señor, si tú lo has quitado, dime dónde lo has puesto y yo lo llevaré». Entonces Jesús le dijo: «María». Volviéndose, ella le dijo: «Rabboni», que significa: Maestro. Jesús le dijo: «No me toques, porque aún no he subido a mi Padre. Pero ve a decir a mis hermanos que subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».
Este bellísimo Evangelio de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo está tan lleno de enseñanzas, tanto en lo general como en los detalles, que uno se vería tentado a comentarlo todo. Evidentemente, la concisión me obliga a no hacer [tal] comentario. Pero me parece que, como la línea general es bastante conocida, resulta más interesante ir comentando aquí, allá y más allá uno u otro detalle que resulte ilustrativo. Así pues, le repito y voy comentándole.
«En la noche del sábado, cuando ya amanecía el primer día de la semana, María Magdalena, María, madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ir a embalsamar a Jesús».

Uno se pregunta: tres Marías. ¿Dónde está la otra María? ¿Dónde está Nuestra Señora? Se ve que su dolor era tan grande, su recogimiento era tan grande, su esperanza era tan grande, que Ella se elevaba por encima de todas las circunstancias concretas y de todas las disposiciones concretas, incluso las más solemnes, incluso las que más se referían al cuerpo de Su divino Hijo. Ella estaba en recogimiento, estaba fuera y por encima de todos los acontecimientos. Y, por eso, las otras la servían y hacían por Ella, por mediación de Ella, por instigación de Ella, por orden de Ella, lo que Ella misma hubiera querido hacer.
Debemos imaginar a Nuestra Señora en un estado sublime de recogimiento, en el que todo el dolor de la Iglesia, todo el júbilo de la Iglesia, toda la esperanza de la Iglesia estaban concentrados, para luego ser distribuidos a todos los fieles a lo largo de todos los tiempos. Y es por eso que de aquella que es, después de Nuestro Señor, el centro de la resurrección —porque Ella es aquella sobre quien convergieron todas las alegrías y glorias de la resurrección de Nuestro Señor como sobre un foco central—, no se dice ni una palabra, porque Ella es superior a todo alabanza, es superior a toda referencia, es superior a cualquier mención. Ella se eleva por encima de todo.
Nos corresponde solo pensar en ello y continuar con reverencia la narración. Porque en el umbral de la punta de la habitación donde estaba Nuestra Señora no penetró el cronista del Evangelio y tampoco nosotros somos dignos de penetrar. Es solo sentir ese perfume de la devoción de Nuestra Señora desde fuera, dejarnos llevar y seguir adelante. Esa es la razón del silencio de este Evangelio respecto a Nuestra Señora.
«El primer día de la semana, saliendo muy temprano, cuando aún estaba oscuro, llegaron ellas al sepulcro al salir el sol, llevando los perfumes que habían preparado. Y se decían entre sí: ¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro? Porque era muy grande».
¡Fíjense qué bonito! ¡Llegaron al sepulcro cuando amanecía! Porque la alegría pascual tiene algo de matutino. Nuestro Señor, que sale de entre la muerte, se simboliza como el sol que se levanta de entre la noche. ¿Han pensado alguna vez en la primera noche de Adán [fuera del Paraíso]? Cuando vio caer las tinieblas sobre el mundo, y luego se durmió. El miedo a que las cosas nunca volvieran a arreglarse…, a volver a ser lo que eran. Y cuando vio salir de nuevo el sol, de entre la noche, y contempló ese esplendor, ¡el pensamiento de la resurrección! Nuestro Señor era el sol que salía de entre la muerte, y aquellas que fueron a informarse de ello llegaron al sepulcro justo en el momento en que el símbolo representaba la realidad que había tenido lugar.
¡Ahí ven ustedes cómo Nuestro Señor ama la naturaleza que Él creó! Cómo le gusta hacer todas las cosas en consonancia con la naturaleza, y dando valor al símbolo del que Él mismo es el autor. Entonces ustedes comprenden también, adecuadamente, por qué el Evangelio menciona esa hora. Todas estas cosas tienen un mundo de significados místicos, de significados alegóricos, de significados reales. Aquí está uno de esos significados.
Llevaban perfumes que habían preparado para esa ocasión. Esto nos recuerda exactamente aquellas palabras de Nuestro Señor: que su cuerpo había recibido el perfume de aquella mujer y ya estaba siendo preparado para el entierro. Los cadáveres se perfumaban con aromas. Ellas estaban tan seguras, tan olvidadas de la profecía de la resurrección, y tan seguras de que Nuestro Señor no había resucitado, que llevaban todo, el ungüento, para ungir el cadáver. ¡Llegaron allí y se encontraron con un Dios resucitado!
Ustedes están viendo lo razonable que era que Nuestra Señora se mantuviera por encima de los acontecimientos. Nuestra Señora sabía que no lo encontrarían allí. Nuestra Señora tenía que alentar el acto de piedad de ellas, pero no podía participar en ese acto, que no se correspondía con lo que Ella sabía. Así que ellas fueron con sus perfumes. Esos perfumes eran una expresión de su alma. Quien ofrece perfumes lo hace porque tiene amor y desea que su alma suba a Dios como un perfume de suave aroma. Llevaban ungüentos perfumados para ungir a Nuestro Señor.
Ahora vean, por otro lado, ¡la confianza de estas mujeres! Sabían que allí había una piedra muy pesada. Podían temer persecuciones y la tarea que iban a realizar era imposible. Pero nada las detuvo. Confiaban en que, al obedecer a la voz interior de la gracia, ninguna piedra les impediría el paso. Cuántas veces la gracia nos llama a algo, y nosotros decimos: «Pero ¿quién apartará una piedra tan pesada de nuestro camino?». La respuesta es esta: confiemos en Nuestro Señor, porque si la gracia nos llama allí, no hay piedra que alguien no aparte. En este caso concreto, los ángeles apartaron la piedra. ¡Cuántas veces los ángeles han apartado piedras de nuestro camino! Confianza y caminar hacia todas las piedras, porque los ángeles las apartarán por nosotros por orden de Nuestra Señora.
«Y he aquí que hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo y, al acercarse, hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago y sus vestiduras como la nieve».
No se imaginan lo que siento al no tener el más mínimo talento para la pintura… Porque me gustaría saber pintar eso. Es la imagen —o al menos una de las imágenes— que tengo de un ángel. Y es un ángel descrito por el propio Espíritu Santo. ¡Puede haber algo más glorioso, más espiritual, más casto, más fuerte, que un espíritu que es como un relámpago, pero vestido como la nieve! ¡Es la fuerza y la pureza del alma que se entregó a Nuestra Señora! ¡Es uno de los símbolos del hombre verdaderamente católico! Es una descripción de los Apóstoles de los últimos tiempos, que deben ser verdaderamente ángeles. ¡Qué ideal para nosotros, que tantas veces somos blandos, somos débiles, somos tibios… Pedirle a Nuestra Señora que nos haga como ángeles de la resurrección! Y… una piedra en el camino para que se implante el reino de María. ¡Ojalá fuéramos nosotros ese ángel! ¡Ángel fuerte, majestuoso como el relámpago, puro como la nieve, que aparta la piedra de la Revolución y hace que la Contra-Revolución, con sus ungüentos, ¡llegue hasta el lugar de la resurrección!
Fíjense en otra cosa interesante: ¡la presencia del ángel provoca un terremoto! ¿Por qué la presencia del ángel provoca un terremoto? Tal es la superioridad de la naturaleza del ángel, tal es su grandeza, que hay una especie de incongruencia entre la naturaleza y él. Y se comprende que, en la proximidad de ciertos ángeles, la materia tiemble, su fragilidad tiemble. ¡Pero bendita sea la tierra que tembló por la presencia del ángel! ¡Bendito el ángel que hizo temblar la tierra! ¡Esa es la tierra que tiembla para dar gloria a Dios, después de haber temblado de indignación por el deicidio que se había cometido! Entre los dos terremotos hay una especie de armonía, de simetría: el terremoto del castigo, pero después el terremoto de la gracia; el terremoto de la presencia del ángel, de la reconciliación y de la alianza. ¡Son hechos tan grandiosos, que merecían ser celebrados con terremotos!
«Por miedo a él, los guardias se asustaron y quedaron como muertos».
Los guardias vieron al ángel. Quedaron como muertos.
«María vio que la piedra había sido quitada del sepulcro y corrió a avisar a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba».

Es curioso, pero da la impresión de que [ella] no sintió el terremoto. Ni siquiera vio al ángel en su naturaleza angelical. Pero vio que el sepulcro estaba abierto. De las tres, aquella de la que el Espíritu Santo, en el Evangelio, dice que amaba a Nuestro Señor, es María Magdalena. ¡Mirad qué cosa tan hermosa! En lugar de tener el valor de entrar en el sepulcro, comprendió que el hecho era tan augusto que no le correspondía a ella hacerlo. Es el sentido jerárquico y antiigualitario de la Iglesia el que se manifiesta desde aquellos albores, a pesar de que algunos miserables hablan de igualdad en la Iglesia de las catacumbas. Ella no hace eso. Ella va corriendo a hablar con el jefe de la Iglesia. Ella va a contar lo que ha visto, para que él tome las medidas que las circunstancias exigen, porque no le corresponde a Ella.
Fíjense, por un lado, en toda la belleza del papel del sexo femenino: el amor que lleva el ungüento que […] constituyó dentro de la Iglesia. Pero fíjense en la jurisdicción del hombre y en la jurisdicción de San Pedro, de la Jerarquía. Ocurre el hecho. Ella, que tenía el corazón rebosante de amor, va a hablar con él. Ahora verán ustedes cómo ese sentido de la jerarquía jamás produce falta de distancia psíquica, pero en medio de la efervescencia del momento no pierde en absoluto sus derechos. Verán ustedes cómo continúa el resto de la narración. Ella dijo:
«Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto».
Ella miró, no entró. Fue enseguida a avisar.
«Las otras mujeres también vieron la piedra apartada del sepulcro y, al entrar, no encontraron el cuerpo del Señor».
Ellas tenían menos la idea de la jerarquía, o sabiendo que la jerarquía había sido avisada, entraron entonces. Algunas cosas son así, pero es bonito que el primer pensamiento fuera para San Pedro.
«Y sucedió que, al entrar, consternadas por ello, he aquí que se presentaron junto a ellas dos hombres vestidos con ropas deslumbrantes».
Es decir, los ángeles tomaron forma de hombres y, para que podamos comprender cómo eran esas ropas deslumbrantes, tenemos que recordar cómo eran las ropas de aquella época. No podemos imaginar a dos ángeles vestidos con chaqueta y pantalones como los que llevan ustedes, y mucho menos vestidos con la infame ropa de pícaro de hoy en día. Porque es inimaginable que un ángel aparezca con una chaqueta resplandeciente y una corbata deslumbrante. Hay tal villanía en nuestros trajes que no nos atrevemos a hacer monumentos con ellos. ¿Quién hace un monumento de bronce de una persona con pantalones, chaquetita y bastoncito? ¡No es posible! En aquella época se usaban túnicas, y estas tienen dignidad.
Y entonces, aparecieron dos ángeles con forma de hombres, de aspecto resplandeciente, brillantes, y se pusieron a hablar. Lo que es muy bonito es ver que los dos hablan como uno solo y es un cántico como más o menos el que hemos visto hace un momento. Es decir, dos cantan una sola cosa. Representan, evidentemente, a todos los coros de los ángeles. Estos dos indican la pluralidad de ángeles comprometidos en la misión y, naturalmente, sus voces no serían dos voces iguales, sino dos voces que se armonizaban. Y el Evangelio no habla de música, ni de canto. Debería ser una proclamación. Eran dos heraldos que anunciaban, por tanto, ese hecho. Lo más curioso es que al final hablan en singular como si fueran uno solo: «tal misión me fue encomendada». Tal es su unísono, y tal es la unión de las almas que aman a Dios. Aquí viene entonces su mensaje.
«No temáis, porque sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?»
Hay una cierta reprimenda en la pregunta; una cierta reprimenda en medio de esa alegría. ¿Por qué buscáis entre los muertos a Aquel que está vivo? Veréis cómo se desarrolla el pensamiento al respecto.
«No está aquí, sino que ha resucitado, como había dicho».
Aquí viene lo importante: «como había dicho». Recordad lo que Él os dijo. Recordadlo. Hay una cierta reprimenda a esa falta de fe que, con la excepción de Nuestra Señora, tuvieron todas aquellas personas: cuando estaba en Galilea, Él lo dijo. Ahora, las palabras de Nuestro Señor, citadas por el ángel:
«Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y resucite al tercer día».
Esa fue la cita, como quien dice: «esas fueron las palabras —recordadlas ahora y confundíos». Pero eso se dijo de tal manera que, siendo una lección, no era, sin embargo, para producir, en ese momento, una contrición. Tanto es así que vemos que, en lugar de sentir contrición, sintieron alegría. Empezaron a alegrarse.
«Venid a ver el lugar donde fue puesto el Señor, e id pronto a decir a sus discípulos y a Pedro que ha resucitado…».
Los ángeles confirman: la misión de ellas no tenía que ver con la misión de María Magdalena. La misión de María Magdalena era decir que el sepulcro estaba vacío. Ellas debían decir que se habían aparecido dos ángeles y que habían anunciado la resurrección. Ahora bien, como los ángeles no le hablaron a Pedro, ustedes ven que se puede hacer la conjetura: aquellas que fueron fieles al pie de la cruz recibieron el mensaje. El que no estaba allí presente, no recibió el mensaje. Era el papa, era el príncipe de los apóstoles: no recibió el mensaje. Alguien me dirá: «Pero ¿por qué? ¿Acaso San Juan Evangelista no estaba presente?». Verán que él se empeña en dar preeminencia a San Pedro. La narración siguiente lo establece:
«… ha resucitado y va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo: “He aquí que os lo he advertido».
Es decir, el ángel también envió un mensaje a los apóstoles.
«Entonces se acordaron de las palabras de Jesús».
Es decir, está muy claro que lo habían oído, que lo sabían y lo habían olvidado. En medio de la agonía y la angustia, si ellas fueran la nueva generación, se podría decir que habían perdido la distancia psíquica y habían ignorado las palabras de Nuestro Señor.
«Entonces se acordaron de las palabras de Jesús. Y, al salir, huyeron del sepulcro, porque les había invadido el temblor y el pavor. Y no dijeron nada a nadie, pues estaban poseídas por el miedo».
Pero no es un miedo al castigo. Se intuye que es el contacto con lo augusto, con lo grandioso. Se quedaron quietas. ¿Actuaron bien o mal? No encuentro, en el Evangelio, aclaraciones al respecto.
«Mientras tanto, salieron Pedro y aquel otro discípulo y vieron el sepulcro. Ambos corrían juntos».
Pero tenían noticia de la otra [mujer], de que el sepulcro estaba vacío.
«Ambos corrían juntos…».
Ahora fíjense en lo significativo que es:
«…pero aquel discípulo (el discípulo a quien Jesús amaba) corrió más deprisa que Pedro…».
Es claro que puede ser que San Pedro fuera mayor, que estuviera un poco deteriorado, lo comprendo bien. El hecho es que el que más amaba, corría más. El amor corre…
«…y llegó primero al sepulcro. Inclinándose, vio los lienzos puestos en el suelo, pero no entró».
El amor le llevó a ir deprisa, pero es el mismo amor el que le llevó a dar precedencia a aquel a quien Nuestro Señor había dado la precedencia. Él no entró. Esperó a que entrara San Pedro. Vean cómo se manifiesta aquí el espíritu jerárquico de la Iglesia y cómo esa carrera suya no era una carrera sin distancia psíquica. Era una carrera llena de orden, era una prisa llena de falta de prisa. Era tan equilibrada, tan santa —animam suam in manu sua tenet; sosteniendo su propia alma en las manos—, que al llegar —cuando el hombre de la ‘generación nueva’ (**) está más embalado—, se detuvo. Se detiene y espera a que llegue San Pedro. ¡Cuánto respeto, cuánta reverencia! Pero todo pasó a la historia.
«Llegó, pues, Simón Pedro, que le seguía…
Algo que se repite, «que le seguía»; esto se dice varias veces,
«…y entró en el sepulcro y vio los lienzos puestos en el suelo. Pero el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no estaba puesto con los lienzos, sino que estaba doblado y en un lugar aparte».
Ustedes ven la belleza del respeto al cuerpo humano y, por tanto, al cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Hay una dignidad de la cabeza, hay una dignidad de la frente, hay una dignidad del rostro, que es algo especial en el hombre. Y por eso, el sudario, que tocó el rostro, no estaba colocado junto con los otros paños. Más aún: los paños estaban en el suelo. El sudario estaba en un lugar aparte. Se intuye que era un lugar más distinguido. Quizás una hendidura en la roca, quizás algo así, allí estaba el sudario. Uno queda abismado, porque Nuestro Señor Jesucristo es todo adorabilidad. Si pudiéramos besar cualquier parte de su cuerpo, la planta de sus pies sagrados sería un honor que jamás mereceríamos. Pues dentro de lo sagrado hay como que una distinción.
El sudario estaba colocado a un lado. El sudario estaba puesto en otro lugar. Esto concuerda con algo que siempre he pensado: que el santo Sudario de Turín no era ese sudario. El santo Sudario de Turín tiene el rostro y el cuerpo entero. Y, además, una noticia publicada ayer en los periódicos, que transcribía un artículo del «Osservatore della Domenica», en el que se recogían los estudios de un médico sobre este tema, decía que el médico que, al estilo europeo, estudió durante 40 años el Santo Sudario de Turín (eso es muy europeo), llegó a la conclusión de que el sudario de Turín, es el sudario en el que [Jesús] fue envuelto, pero no es el sudario que tocó Su rostro. No es, por tanto, el paño que Lo cubría en el momento de la resurrección.
La noticia decía algo que, para quien tiene sientimientos y un ápice de sensibilidad, resulta sumamente conmovedor y alimenta extraordinariamente la devoción al Santísimo Corazón de Jesús. La noticia decía que ese médico sostenía que la causa de la muerte de Nuestro Señor fue que, por el sufrimiento, su corazón físico, de carne, se partió en dos. Y da una explicación médica, que yo no sería capaz de repetir aquí. En fin, en esas o en aquellas condiciones, con un dolor extremo, el corazón se rompe. Y con el corazón roto, Él murió.
Es impresionante que, al igual que el corazón, se rasgara el velo del Templo. Ahora bien, ¿qué prueba más conmovedora de amor hacia nosotros podría darnos Él, que un corazón que por amor a nosotros se parte en dos? ¿Qué más podemos esperar? ¿Qué más podemos imaginar? Me gustaría que esto pudiera demostrarse, para que se pudiera incluir una invocación especial en la Letanía del Sagrado Corazón de Jesús: «Oh Corazón [que] se partió en dos…»
Si esto es cierto, ¿pueden imaginarse lo que sufrió Nuestra Señora, que sin duda lo supo, cuando se enteró de que el corazón de su Hijo se partió en dos?… Piensen en la madre de cualquiera de nosotros, ¿qué sentiría si supiera que su hijo sufrió tanto que murió porque su corazón se partió? Normalmente, pienso en la mía, ella moriría. ¡Así son las madres! ¿Cómo era Nuestra Señora? ¿Qué sufrió Ella en ese momento? ¡Cuántas muertes habría preferido sufrir antes que pasar por eso!
Pero Ella lo quiso así. Ella quiso que el Corazón de él eventualmente acabara partiéndose en dos. Porque si ese era el designio de Dios para nuestra redención, tanto, tanto, tanto deseaba Ella nuestra redención, que lo habrá deseado así. Pero «nuestra» es una forma de hablar. Aunque fuera solo la mía, todo eso habría sido dado por Dios como algo bien empleado. De modo que cada uno de nosotros debe razonar sobre este hecho como si hubiera ocurrido solo en su propio beneficio. Y aquí comprendemos lo que es la dulzura del Corazón de Jesús. Porque después de eso viene la redención, viene el perdón, viene Pentecostés, viene la Iglesia, viene, en fin, toda la suavidad de la civilización cristiana, toda la grandeza de la civilización cristiana. Aquí ustedes comprenden lo que significan estas cosas. ¡Qué impresionante es esto!
«Entonces entró también aquel discípulo que había llegado primero al sepulcro».
El Evangelio lo subraya bien: «después, y solo después, entró el discípulo fiel». San Juan, si fuera orgulloso, habría podido decir: «Bueno, San Pedro es el jefe, pero yo tengo el derecho. ¿No era yo quien estaba al pie de la cruz? ¡Ahora me toca a mí! Yo voy allí». No. Entonces y solo entonces… Porque ese era el jefe. El que ama es verdaderamente así. No quiere el primer lugar. Quiere amar. Y aunque aquel a quien ama quiera dar el primer lugar a otro, él quiere eso y quiere ese primer lugar para el otro. Porque supo amar. ¡Qué lección para nosotros!
«Y vio y creyó….
Nos quedamos asombrados: ¡Vio y creyó! Da a entender que, con todo su amor, fue en ese momento cuando creyó. ¡Y era el discípulo amado!
«…pues aún no comprendían la Escritura de que Él debía resucitar de entre los muertos».
La reprimenda de las mujeres fue lo suficientemente grande como para que entendamos la referencia a ellos. Más aún cuando ellos aún no lo comprendían.
«Y los discípulos volvieron de nuevo a casa».
¿Por qué volvieron? Porque Nuestro Señor dijo que se les aparecería de nuevo en Galilea.
«Habiendo resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de quien había expulsado siete demonios».
¡Qué curiosa es esta referencia! ¡Recordar esto en este momento! Pero es que es la victoria de Él sobre el demonio. Y la identificación es con aquella a quien Él hizo tanto bien, aquella en quien Él obró un milagro tan grande. Es la belleza de la contrición y del perdón. Primero se le apareció a ella.

Ustedes están viendo que hay un primer-primero, que es el primer superprimero. ¿Quién fue la primera a quien Él se le apareció? Ya lo están viendo: en la primera hora, el primer rayo de belleza, el primer momento fue evidentemente para Nuestra Señora (*). Solemos contemplar el encuentro de Nuestro Señor con Nuestra Señora en el Vía Crucis. No conozco nada más bello. Pero conozco algo tan bello: ¡es su encuentro con Él resucitado! Su alegría, su Magníficat, ¿qué habrá sido eso? Solo en el Cielo podremos saberlo.

«Ella estaba junto al sepulcro, desde fuera, llorando. Mientras lloraba, se inclinó, miró hacia el sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido depositado el cuerpo de Jesús. Le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Ella les respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Al decir esto, se volvió y vio a Jesús de pie, pero no sabía quién era».
¿Por qué esto? No parece tener ninguna relación con la ignorancia de ellos respecto a las Escrituras. Cuántas cosas recordó ella cuando Él le dijo: «¡María!» Esas mil veces que Él le dijo, con cariño, «María», todo despertó en su alma. Entonces, ella entendió. Y dijo enseguida lo que, sin duda, le había dicho mil veces a Él: «Maestro», Raboni.
«Jesús le dijo: No me toques».
Se ve que ella quería ir a su encuentro. ¡Vean qué hermosa intimidad tenía ella con Él! Ella lo vio, quería ir a su encuentro. Seguramente quiso abrazarlo, quiso besarle las manos, algo así, o los pies. Y Él dijo esa palabra: «No me toques», y dio la razón: porque aún no he subido a mi Padre. Razón, para mí, un tanto misteriosa. Sublime y misteriosa. Hay una grandeza en ello… Hay toda la distancia entre esta vida y la otra vida: «Aún no he subido a mi Padre, pero ya estoy al otro lado del río de la muerte. El río de la muerte sigue corriendo entre nosotros. Aunque estoy resucitado, no estoy resucitado para esta vida. Estoy resucitado para el Cielo. No me toques».
«Pero id a decir a mis hermanos…
Fíjense en el cariño, llamando hermanos a los Apóstoles.
«…que subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios».
Se había pronunciado el perdón y todo seguía en un tono de alegría.
NOTAS
(*) La tradición católica (especialmente en los Padres de la Iglesia, santos como San Ignacio de Antioquía, San Ambrosio, San Alberto Magno, etc.) afirma que Jesús se apareció primero a su Madre antes de aparecer a las santas mujeres o a los apóstoles. Sin embargo, esto no está narrado en los Evangelios, por lo que es una creencia piadosa muy antigua, pero no dogma.
1. San Ignacio de Loyola (Ejercicios Espirituales) Es uno de los textos más claros y autorizados:
«Primero: apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento.»
San Ignacio coloca esta aparición como la primera de todas en la Cuarta Semana de los Ejercicios.
2. Santa Teresa de Jesús (Cuentas de conciencia) Jesús mismo le reveló a Santa Teresa:
«Díjome que en resucitando había visto a Nuestra Señora, porque estaba ya en grande necesidad, que la pena la tenía tan traspasada, que aún no tornaba luego en sí para gozar de aquel gozo… y que había estado mucho con Ella, porque había sido menester harto consolarla.»
3. La Venerable María de Ágreda (La Mística Ciudad de Dios) Describe detalladamente la escena:
«Estando así prevenida María santísima, entró Cristo nuestro salvador resucitado y glorioso, acompañado de todos los santos y patriarcas. Postróse en tierra la siempre humilde reina y adoró a su hijo santísimo, y su Majestad la levantó y llegó a sí mismo… recibió la Madre Virgen un extraordinario favor.»
(**) “Generación Nueva” — Los jóvenes que se incorporaron al Grupo a partir de cierta época (sobre todo a partir de los años sesenta y setenta), que presentaban mayores debilidades o dificultades en alguna cualidades de espíritu: menor lógica, menor seguridad interior, mayor dispersión, menor perseverancia, etc.