“Santo del Día” – 7 de abril de 1972
A D V E R T E N C I A
Transcripción de grabación de una conferencia del Prof. Plinio a socios y colaboradores de la TFP brasileña, que no ha sido revisada por el autor.
Si Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia en relación con el Magisterio tradicional de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contrarrevolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
Jean Fouquet – La construcción del Templo de Jerusalén
ca. 1470-1475 – Bibliothèque Nationale de France
Vamos a comentar una nota extraída de Weiss [N. C.: Juan Bautista Weiss — Historia Universal], que dice lo siguiente:
«Las catedrales se construían en silencio. Todo el edificio está impregnado del simbolismo más profundo. El rosetón sobre el pórtico es el símbolo del silencio. Significa que en esa sala sagrada debe permanecer en silencio todo lo mundano. Los jefes de la Iglesia concedían indulgencias; los pecadores expiaban sus delitos contribuyendo a las construcciones. A veces, miles de personas tiraban de una carga; sin embargo, no se oía ni un solo ruido. Si descansaban, solo hablaban de sus pecados, que confesaban con oraciones y lágrimas».
«Los directores de las obras eran monjes y seglares vinculados a la Orden Benedictina. En los grandes monasterios había talleres de constructores donde se instruía a los hermanos seglares y, a continuación, se les enviaba a construir».
«En los talleres reinaba el silencio. Para eliminar las palabras ociosas, se ideó un lenguaje adecuado de señales con la cabeza, con los dedos, etc. Por ejemplo: mover las manos una sobre otra, como si se serraran, significaba rapidez; poner un puño sobre el otro significaba metal; ponerse la mano derecha en la barbilla era señal de seglar».
El hecho histórico: las catedrales construidas en silencio por toda la población
Aquí tienen ustedes el hecho histórico. El hecho histórico tiene, como telón de fondo, ese principio de que las condiciones económicas de la época no permitían que la archidiócesis sufragara la construcción de la catedral. Se necesitaba tal mano de obra, se requería tal cantidad de materiales, se necesitaba, en definitiva, tal esfuerzo común para que se construyera una catedral como aquella, que era absolutamente imposible pensar que, ya fuera el erario eclesiástico o el erario del rey, pudieran sufragar la construcción de la catedral.
Así pues, toda la población, para poder ofrecer a Dios un edificio magnífico, un edificio que estuviera a la altura no de la situación económica, ni siquiera de las circunstancias materiales de la población, sino que estuviera a la altura de los ideales de la población, se unía. Y todos trabajaban codo con codo para que esas construcciones se hicieran realidad. No solo las personas de baja condición social realizaban los trabajos serviles, sino que también lo hacían las personas de la más alta condición social. Y, como hemos tenido ocasión de ver, hasta los príncipes de la casa real, hasta los príncipes de sangre imperial, arrastraban las piedras y trabajaban como obreros manuales, para construir la casa de Dios, para expresar su convicción de que el principado tiene como razón suprema —como todas las cosas existentes en la Tierra— servir a Dios y servir a la Santa Iglesia Católica.
Ahora bien, es interesante señalar, pues, el silencio que reinaba durante la construcción; es decir: nadie hablaba. Sin embargo, no basta con decir que nadie hablaba durante la obra material de construir: todos los trabajos preparatorios de la construcción se realizaban en silencio. Así, todos arrastraban los materiales. A veces, mil personas unidas para tirar de piedras particularmente pesadas. Todos arrastraban los materiales en silencio.
En los momentos de descanso, solo se podía hablar para contarle al otro el pecado que se estaba expiando al trabajar en la construcción de la catedral. Y en los propios talleres benedictinos —que preparaban, que eran escuelas de artistas y artesanos para la construcción de las catedrales— se mantenía el más riguroso silencio.
El simbolismo del rosetón: luz para la catedral, así como el silencio es la luz para el alma

Silencio bellamente simbolizado por el rosetón, que era el centro de la catedral. Es decir: en la fachada de casi todas las catedrales había un hermoso rosetón; es decir, una vidriera en forma de rosa, a través de la cual se colaba la luz hacia el interior de la catedral. Era la abertura de luz más importante hacia el interior de la catedral.
Y el rosetón (aquí no se explica, pero sin duda debe ser eso) significaba la principal fuente de luz para la catedral, así como el silencio es la principal fuente de luz para el alma (1).
Es decir, si queremos que nuestras mentes sean como catedrales adornadas con hermosos rosetones, entonces debemos tener en nuestras almas el rosetón del silencio, debemos saber guardar el silencio, debemos saber no hablar. Debemos amar, de esta manera, el recogimiento; porque, así, nuestra alma se llenará de luz. Este es el símbolo tan hermoso que se encontró para recordar el silencio en el que se construyeron las catedrales.
La participación universal en la obra de Dios
Las catedrales se construyeron con un espíritu de piedad, con un espíritu de reparación. Todos querían trabajar en ellas, para dar gloria a Dios. Pero muchos eran pecadores, y entendían que, al guardar silencio y construir la catedral, expiaban sus pecados.
Y en la Edad Media existía un curioso concepto al respecto: el hombre que había cometido un pecado no tenía derecho a jactarse del pecado cometido; no tenía derecho a contarlo con indiferencia. Pero, si contaba su pecado con dolor, con un dolor evidente, se entendía que estaba realizando un acto de penitencia; y ese acto de penitencia era objeto del respeto de todos. De modo que al pecador que quisiera mostrar una especie de santa franqueza ante los demás, al contar ante ellos el mal que había cometido, se le escuchaba con atención. Y él terminaba, por lo general, pidiendo que rezaran por él, para que obtuviera el perdón de Dios por el pecado que había cometido.
Así pues, ustedes tienen ese aspecto edificante de ver también a los pecadores trabajando en la construcción de la catedral; y a los pecadores también guardando silencio.
¿Cuál era la ventaja del silencio para quienes construían la catedral por piedad? ¿Cuál era la ventaja del silencio para quienes construían por arrepentimiento, por expiación?
La visión sobrenatural del tiempo y de la obra
Para los que construían por piedad, es evidente. El silencio no solo permite, en el orden material de las cosas, una mejor organización de la obra y un mejor aprovechamiento del tiempo, sino que hace que las personas concentren su espíritu; que recuerden la intención más elevada que tiene quien construye una catedral. Quien construye una catedral no se limita a apilar una piedra sobre otra; no se limita a hacer una imagen para colocarla en una pilastra; esas son partes de un todo. Está trabajando para ese todo, está construyendo la catedral.
Y la intención de aquellos hombres que construían aquellas catedrales era que duraran hasta el fin del mundo, y que, hasta el último instante en que hubiera vida en la Tierra, aquellas catedrales atestiguaran el esplendor de la fe católica y recibieran a multitudes que acudieran allí a rezar.
Y, de hecho, sus intenciones se hicieron realidad. Ustedes ven, por toda Europa, catedrales magníficas —por cierto, algunas en América también, aunque no sean de estilo gótico: la hermosa catedral de México, por ejemplo— que, durante siglos, han acogido a las multitudes y han dado testimonio, ante los ojos de todo el mundo, de la capacidad que tiene la Iglesia católica para inspirar el arte, la cultura y la civilización; haciendo sentir, haciendo que se tocara con las manos, la fuerza y la santidad de la Iglesia católica.
Catedral Metropolitana de México – Plaza del Zócalo – México – A derecha (mirándola de frente) está el Sagrario Metropolitano, del siglo XVIII, con adoración perpetura y celebraciones de bautismos, matrimonios, etc.
Para que esta elevada intención estuviera siempre ante sus ojos, era necesario que guardaran silencio; porque, si comenzaba la conversación, se iniciaba algo que ustedes no conocen bien, pero que existía en aquella época, llamado «patio de las vanidades» (2); uno empezaba a alardear sobre la obra que estaba realizando, queriendo eclipsar al otro… Fenómenos que se daban en la Edad Media, y que el hombre moderno ha superado [¡ironía!…].
Un día daré una conferencia a ustedes explicando en qué consistía; porque ustedes ni siquiera saben lo que es la jactancia, no saben lo que es el patio de las vanidades… Nuestro siglo XX ha superado completamente esas cosas que había en la Edad Media. Pero, en fin, en aquella época era así.
Así que, para no “megalizar” (3), para no dispersarse, guardaban silencio. Y se dedicaban a ese trabajo, arrastrando piedras, pero pensando todo el tiempo: «Estoy construyendo una catedral para la gloria de Dios».
Morían en paz, sin haber visto la catedral terminada; lo cual, para nuestra impaciencia del siglo XX, es algo tremendo. Pensar que uno trabajó diez años arrastrando piedras para una catedral, y que las torres y los muros de la catedral se alzaron a partir de eso —porque cada piedra es un bloque de piedra, y eso llevó no sé cuántos años de trabajo, y sin saber cuándo terminaría la catedral. Pero morían en paz, pensando: «Mientras esta catedral esté en pie, tal piedra y tal otra piedra, yo ayudé a arrastrarlas. Desde lo alto del Cielo veré cómo se construye la catedral, y veré la gloria de Dios brillar en la Tierra; yo formé parte de eso». Esta era la muerte en paz de los justos. En todo esto pensaban en silencio, y por eso construían en silencio las catedrales.
El silencio y el enfrentamiento con el propio pecado
¿Y por qué guardaban silencio los pecadores?
Es obvio. Si hay algo en lo que al hombre no le gusta pensar es en su propio pecado. Al hombre le gusta mucho pensar en sus propias virtudes; en su propio pecado, no. El pecado trae consigo el remordimiento; y el remordimiento duele como una mordedura. El hombre necesita ser honesto, necesita ser íntegro, para no temer la mordedura del remordimiento. Ahora bien, resulta que, precisamente, el pecador no es íntegro ni honesto. Entonces, ¿cómo va a afrontar su propio remordimiento? ¡Cuántas veces huye el pecador del remordimiento!
Ellos, entonces, cargaban las piedras; trabajaban en las catedrales, pensando en el pecado que habían cometido: «Este cuerpo pecador ha pecado de tal manera —mató a un hombre, o se contaminó en la impureza, o se desmoralizó en la borrachera, o quién sabe qué—; ahora, es justo que pague». Viene la cuerda y viene el peso de la piedra; viene el dolor, viene el sudor, viene el esfuerzo, viene el cansancio. Y el hombre, ante sí mismo, con esa idea: «Me lo merezco, es justo. Necesito expiar».

Y aquellas piedras cargadas por horror al pecado —y, por tanto, por una forma bellísima de amor al bien— representaban lo que dice uno de los salmos de David: «Pues mi falta yo bien la conozco y mi pecado está siempre ante mí; contra ti, contra ti sólo pequé, lo que es malo a tus ojos yo lo hice. Por eso en tu sentencia tú eres justo, no hay reproche en el juicio de tus labios» (Sal 51, 5-6).
Aquellos eran pecadores que, de hecho, estaban contritos, porque miraban de frente su propio pecado, no rehuían mirarlo; y, por eso, expiaban. Eran conciencias rectas, conciencias limpias, que reconocían todo el mal que habían hecho y querían pagar por ese mal. Así se santificaban. Y muchas veces, después, ya no era por expiación, sino por amor; era, tal vez, por expiación de otros por quienes cargaban esas piedras hasta el final de su vida. Así se construyeron en silencio las grandes catedrales.
La catedral espiritual: el Reino de María
Nosotros estamos construyendo una gran catedral. Una catedral que es más bella que la de Notre Dame, es más bella que la Sainte-Chapelle, es más bella que la catedral de Colonia, es más bella que la catedral de San Esteban, es más bella —y no es tan difícil— que la basílica de San Pedro; es más bella que la catedral de Burgos, es más bella que el Monasterio de Batalha y que todo lo demás que ustedes quieran.
Esta catedral es el ¡Reino de María! (4).
Construimos esta catedral en la noche del pecado, en la noche del siglo XX. En este apogeo de la Revolución, arrastramos piedra a piedra, labramos en la oscuridad, en la tormenta y en el lodo el material para esta catedral.
Las almas como piedras vivas
¿Cuál es ese material?
Son las almas que ingresan en la TFP, son las almas que atraemos a la TFP, son las personas en cuya mente detenemos el proceso revolucionario mediante nuestra acción, para lograr de esta forma que sean sensibles a la gracia cuando llegue el Grand Retour durante la Bagarre, y puedan ser aprovechadas para el Reino de María.
¡Trabajamos por todas esas almas! Nuestras propias almas son piedras vivas con las que cada uno de nosotros construye esa catedral; ¡porque cada uno de nosotros va a ser una piedra viva de esa estupenda catedral que es el Reino de María!
¿No es natural que construyamos también en silencio, sin tomar cada pequeña tarea por lo que es, sino pensando en el conjunto del servicio que se está realizando, pensando en el ideal que queremos llevar a cabo? No queremos convertir solo a Fulano, Mengano, Zutano; no queremos salvar solo nuestras almas; ¡queremos hacer una obra que represente la conversión del mundo y la duración durante siglos —quizás durante milenios— del Reino de Nuestra Señora sobre la Tierra!
Y es por eso que conviene —cuando un apóstol itinerante busca traer a alguien a la TFP… un eremita (5) itinerante recorre vastedades… un ermitaño en clausura reza o trabaja por la victoria de nuestra causa… nosotros, que no pertenecemos a ningún êremo, pero que servimos a la TFP en esta lucha de cada instante… nosotros, que de todas formas trabajamos para hacer avanzar la TFP… conviene que recordemos que no estamos realizando esa tarea inmediata, no estamos atrayendo aquí a fulano, no estamos sirviendo de instrumento a la gracia para santificar un alma u otra alma; eso son etapas intermedias en nuestro camino; nuestro gran fin es el Reino de María.
El silencio o recogimiento como condición del apostolado auténtico
Para que tengamos siempre esto presente, conviene guardar silencio, conviene estar en silencio, para poder concentrarnos, para poder meditar, para adquirir distancia psíquica.
Cuántas veces tenemos pecados que expiar… Y qué bueno es, para expiar los pecados, cargar a los demás. Creo que puedo decirles que tengo un poco de experiencia en esto; ¡y que cargar gente es mucho más duro que cargar piedras! Porque la piedra al menos no protesta y, cuando la ponemos sobre los hombros, no se mueve. Pero cargar con gente es una locura. Llevamos a uno… Cuando llega arriba, se pone a dar patadas, a hablar, a cantar; pide bajar; se detiene, tiene sueño, se sacude; luego dice que no; luego quiere en ese mismo momento. Y ahí vamos nosotros cargando eso cuesta arriba. ¡Es algo de otro mundo!
Cargar almas: la forma más ardua y meritoria de trabajo
Pero, también, ¡qué mayor mérito tiene llevar almas que llevar piedras! Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo para salvar almas y no para cargar piedras. ¡Cargar almas es terrible! Carguen almas. Cada uno de nosotros comience por cargar la propia, que es siempre la más terrible; porque, para cada uno de nosotros, no hay nada más duro de cargar que a nosotros mismos; nada nos atormenta más que cargarnos a nosotros mismos.
Entonces, llevémonos a nosotros mismos, llevemos a los demás: con un buen consejo, con una buena insistencia, con una oración, con una palabra amable en el momento oportuno; sin pretensiones, ni orgullo, ni megalomanía; con una reprimenda adecuada. Sobre todo con un buen ejemplo, con un ejemplo edificante, ocupémonos de llevar a los demás.
El silencio como fuente de luz, fuerza y fecundidad
Hagámoslo en silencio y recordaremos nuestro gran propósito; es la construcción de esto que es una catedral y una fortaleza —no es solo una catedral y, sobre todo, no es solo una fortaleza— ¡y que es el Reino de María que está por venir! Entonces comprenderemos que nuestro silencio también está abriendo el rosetón en el Reino de María.
El rosetón del futuro: esperanza en el Reino de María
En el Reino de María seremos almas silenciosas, almas recogidas, que, cuando hablan, lo hacen para tronar, para arrasar o para construir; no hablan para decir banalidades. Cuando callan es para acumular dinamismo y energías, para acumular gracias con las que hablar adecuadamente. ¡Seremos la roseta del Reino de María!
Por eso, recomiendo encarecidamente a quienes han recibido la insignia del silencio: la fidelidad al silencio; a quienes han recibido la gracia eremítica: la fidelidad exquisita al silencio; pues a ellos, mucho más que a los demás, les incumbe mantener el silencio. Y, tan pronto como comience a abrirse, en plena época de la Bagarre, el espléndido rosetón del Reino de María, que a través de ella se filtren ya sobre este mundo la luz y la gloria de Nuestra Señora, y que comience el Gran Retour para muchas almas.
NOTAS
(1) En el libro de Fernand Schwarz, Symbolique des cathédrales, symboles et lumière, en el capítulo tercero, consacré à Suger, l’abbaye de Saint-Denis et a la théologie de la lumière, se lee :
L’abbaye de Saint-Denis, un destin royal et une œuvre théologique
En l’an 1124, l’abbaye de Saint-Denis, gardienne des reliques du saint martyr qui avait converti la France au christianisme au IIIe siècle et était vénéré à l’époque comme le patron de la maison royale, est solennellement proclamée par Louis VI, sanctuaire national de France (elle a servi de caveau à certains de ses illustres rois, et a été en outre le témoin du sacre de Charlemagne). En clair, on promet à Saint-Denis un destin équivalent à celui de Rome ou de Constantinople.
Suger conçut la cathédrale de Saint-Denis comme une œuvre théologique, qui s’inspirait largement des écrits de la figure légendaire du saint et martyr Denys, que l’on confondait à l’époque avec Denys dit l’Aréopagite, métaphysicien de la lumière qui inspira le XIIe siècle.
Toute chose participe de la lumière divine.
Pour Denys, la lumière est le premier principe de cette métaphysique. Il fait ici référence à la splendide théologie de la lumière de l’Évangile selon saint Jean, dans laquelle le logos divin est conçu comme la lumière véritable qui brille dans les ténèbres et qui est à l’origine de toutes choses. «Je suis la lumière du monde; celui qui me suit ne marche point dans les ténèbres, mais aura la lumière de la vie». Évangile selon saint Jean, VII, 12.
(2) El Prof. Plínio utilizaba la expresión «patio de las vanidades» para referirse al al espacio social en el que las personas buscan prestigio, aplausos y reconocimiento humano. Es una imagen irónica y crítica que empleaba con frecuencia en sus conferencias. Representa el patio público (no necesariamente un local físico) donde las vanidades humanas desfilan en busca de aprobación. El lugar donde las personas se preocupan por «caer bien», por ganarse prestigio social, fama o elogios del mundo. Una especie de «Vanity Fair» (Feria de las Vanidades), pero con un tono más brasileño y católico-tradicionalista: el espacio de la vida mundana, de la ostentación, de la reputación y del «¿qué van a decir?».
(3) “Megalizar” — neologismo derivado de la palabra “mega” = grande. O sea, vanagloriarse de una virtud que no es intrínseca en sí mismo o que, de todo, no se tiene.
(4) Reino de María – San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, prevé la llegada a la Tierra de una era «en la que las almas respirarán a María como el cuerpo respira el aire», y en la que innumerables personas «se convertirán en copias vivas de María» (Cap. VI, art. V). A esa era la llama Reino de María.
Esta profecía encaja orgánicamente con la de Nuestra Señora en Fátima. En efecto, tras predecir varias calamidades para el mundo, Ella afirmó: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». O sea, será una obra de Ella y la posición del Prof. Plinio era la de trabajar para que el mayor número de almas estuviese en condiciones de acceder a esa conversión.
No es milenarismo ni utopía; el Prof. Plinio insiste en que No se trata de un paraíso terrenal perfecto Ni de una fase final antes del fin del mundo (en el sentido milenarista condenado por la Iglesia). Es una era histórica mejor, pero aún dentro de las limitaciones humanas.
(5) Eremitas — los miembros de la TFP que residían en los “Êremos”, lugares de retiro y formación espiritual, inspirados en la tradición eremítica, destinados a crear un ambiente de silencio, disciplina y vida interior para los miembros, como complemento a la acción pública de la entidad.