«Dolor moral, tibieza y traición: meditaciones sobre la Pasión de Cristo y la Pasión de la Iglesia en nuestros días»

“Santo del Día” – 29 de marzo de 1969


A D V E R T E N C I A

Este texto es transcripción y adaptación de cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber pasado por ninguna revisión del autor.

Si el profesor Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia con relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:

“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso, algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.

Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.

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Simon Bening (1483–1561) – Hoja única de manuscrito con escenas de la Última Cena – c.1525–30 – Flandres, Bruges

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Como el encargado de las fichas del Santo del Día no está presente, voy a leerles y comentarles excerptos del Evangelio del Domingo de Ramos.

El Evangelio del Domingo de Ramos, según san Mateo, contiene la narración completa de la Pasión. Ustedes ya escucharán esta narración en las iglesias mañana. Por lo tanto, voy a elegir solo uno de los textos para hacer el comentario. Quizás el texto inicial, en el que Nuestro Señor está con los apóstoles en el Monte de los Olivos, y después su juicio. La crucifixión y la muerte las dejaría para otra ocasión. El texto es el siguiente.

«Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo:» – [Mt XXVI; 2-25]

«2 Bien sabéis que de aquí a dos días debe celebrarse la Pascua, y que el Hijo del hombre será entregado a muerte de cruz.

«3 Al mismo tiempo se juntaron los príncipes de los sacerdotes, y los magistrados del pueblo, en el palacio del sumo pontífice, que se llamaba Caiphás;

«4 y tuvieron consejo para hallar medio cómo apoderarse con maña de Jesús, y hacerle morir.

«5 Y de miedo de que se alborotara el pueblo, decían: No conviene que se haga esto durante la fiesta.

«6 Estando Jesús en Bethania, en casa de Simón el leproso,

«7 se llegó a él una mujer con un vaso de alabastro, lleno de perfume o ungüento de gran precio, y derramólo sobre la cabeza de Jesús, el cual estaba a la mesa.

«8 Algunos de los discípulos al ver esto, lo llevaron muy a mal diciendo: ¿A qué fin ese desperdicio,

«9 cuando se pudo vender esto en mucho precio, y darse a los pobres?

«10 Lo cual entendiendo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer, y reprobáis lo que hace, siendo buena, como es, la obra que ha hecho conmigo?

«11 pues a los pobres los tenéis siempre a mano; mas a mí no me tenéis siempre.

«12 Y derramando ella sobre mi cuerpo este bálsamo, lo ha hecho como para disponer de antemano mi sepultura.

«13 En verdad os digo, que doquiera que se predique este Evangelio, que lo será en todo el mundo, se celebrará también en memoria suya lo que acaba de hacer.

«14 Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue a verse con los príncipes de los sacerdotes, y les dijo:

«15 ¿Qué queréis darme, y yo le pondré en vuestras manos? Y se convinieron con él en treinta monedas de plata (Treinta siclos era el precio de un esclavo, Exod. XXI, v. 32).

«16 Y desde entonces andaba buscando coyuntura favorable para hacer la traición.

«17 Instando el primer día de los ázimos, acudieron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Dónde quieres que te dispongamos la cena de la Pascua?

«18 Jesús les respondió: Id a la ciudad en casa de tal persona, y dadle este recado: El Maestro dice: Mi tiempo se acerca, voy a celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos.

«19 Hicieron pues los discípulos lo que Jesús les ordenó, y prepararon lo necesario para la Pascua.

«20 Al caer de la tarde, púsose a la mesa con sus doce discípulos.

«21 Y estando ya comiendo, dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me hará traición.

«22 Y ellos, afligidos sobremanera, empezaron cada uno de por sí a preguntar: ¡Señor! ¿Soy acaso yo?

«23 Y Él en respuesta dijo: El que mete conmigo su mano en el plato para mojar el pan, ese es el traidor.

«24 En cuanto al Hijo del hombre, él se marcha, conforme está escrito de él; pero ¡ay de aquel hombre, por quien el Hijo del hombre será entregado! mejor le fuera al tal si no hubiese jamás nacido.

«25 Y tomando la palabra Judas, que era el que le entregaba, dijo: ¿Soy quizá yo, maestro? Y respondióle Jesús: Tú lo has dicho, tú eres».

Los dolores morales de la Pasión: más desgarradores que los físicos

Esta parte inicial de la narración del Evangelio es conmovedora, porque muestra los dolores que Nuestro Señor Jesucristo sufrió en el Huerto de los Olivos. Dolores que, a mi juicio, son los más desgarradores de toda su Pasión, porque fueron dolores morales, mucho más crueles que los dolores del cuerpo. Vemos cómo los dolores que Nuestro Señor sufrió durante la Pasión se le acercan, y cómo Él también va al encuentro del dolor.

Vemos que Nuestro Señor Jesucristo, Hombre-Dios, que se presenta aquí como quien ya sabía lo que iba a suceder y como quien se encuentra en la profunda tristeza de los acontecimientos que se producirían, prevé los acontecimientos. Y el evangelista San Mateo va anotando todos los hechos que explican lo que sucedió. Todo en su narración es sintomático de lo que luego ocurriría.

Es decir, Nuestro Señor, antes de entregarse en manos de los verdugos, se entregó voluntariamente en manos de aquellos que precedieron a los verdugos de su cuerpo: fueron los verdugos de su alma. Pasó por un verdadero martirio, por la tibieza de los apóstoles —de la que aquí hay un síntoma verdaderamente alarmante—, y luego, por la ingratitud y la maldad de Judas. Y Él fue profetizando todo lo que sucedería. Luego, al final, la profecía se cumplió y, como un rayo, cayó sobre Él el castigo de Dios, ya que Él era el Cordero sin mancha, que debía ser destruido, para sacrificarse, para salvar a los hombres.

Ante la profecía de la Pasión, la indiferencia de los suyos; la conspiración de los enemigos

Fíjense en lo revelador que es el relato. Comienza así: «Bien sabéis que de aquí a dos días debe celebrarse la Pascua, y que el Hijo del hombre será entregado a muerte de cruz.». Como ven, pues, Él profetiza todo lo que le iba a suceder.

Algo interesante: no observamos, por parte de los discípulos, en esta narración, la reacción que cabría esperar. Si creían en Jesucristo como Dios, si sabían que Dios no puede equivocarse ni engañar a los demás, no podían tener la más mínima duda de que esa crucifixión ocurriría. Ya deberían haber dado por hecho, como un hecho consumado, que Nuestro Señor, de hecho, sería crucificado. Ahora, verán ustedes cuál fue su actitud.

«3 Al mismo tiempo se juntaron los príncipes de los sacerdotes, y los magistrados del pueblo, en el palacio del sumo pontífice, que se llamaba Caiphás;

«4 y tuvieron consejo para hallar medio cómo apoderarse con maña de Jesús, y hacerle morir».

Ustedes están viendo que Él primero profetizó, para que luego hubiera la conspiración. Es decir, Él no profetizó después de la conspiración, de manera que Él pudiera haber sabido de esa conspiración por algún canal que le hubiera dado la información. La narración del Evangelio es clara: primero, Él profetizó; después de haber profetizado, los hechos que Él profetizó comenzaron a desarrollarse. Entonces hubo la conspiración de los que le odiaban, tramando, reuniéndose y queriendo llevar el odio hasta sus últimas consecuencias, y matarlo. Ante ese odio de los adversarios, ¿cuál es la actitud de los que seguían a Nuestro Señor Jesucristo?

La unción en Betania: gesto profético y reación tíbia de los discípulos

Sigue:

«6 Estando Jesús en Bethania, en casa de Simón el leproso, 7 se llegó a él una mujer…»

Por lo tanto, esta profecía de Nuestro Señor debió hacerse fuera de Jerusalén, probablemente en casa de Simón el Leproso, o al menos en alguna casa de Betania.

«…7 se llegó a él una mujer con un vaso de alabastro, lleno de perfume o ungüento de gran precio, y derramólo sobre la cabeza de Jesús, el cual estaba a la mesa.

«8 Algunos de los discípulos al ver esto, lo llevaron muy a mal diciendo: ¿A qué fin ese desperdicio…?

blankEs decir, mientras unos tramaban contra Él, los discípulos consideraban un derroche el precioso ungüento derramado sobre su frente sagrada.

Uds. ven la diferencia… Y están viendo lo peor: Él estaba consintiendo en eso; cuando se hizo, probablemente puso una expresión de agrado, porque el resto de Su actitud lo indica.

Es decir, [la actitud de los apóstoles] tiene el valor de una objeción contra Él. No solo contra el gesto de ella, sino contra Él, que lo consentía; es decir, Él estaba aceptando ser ungido con un perfume precioso, cuando debería haber tenido celo por los pobres e interrumpir aquel gesto. ¿Quién sabe si aquel perfume aún podría ser aprovechado por algún pobre?

Su respuesta es una respuesta muy triste:

«10 Lo cual entendiendo Jesús, les dijo:…»

Parece que hablaron entre ellos, y Nuestro Señor intuyó lo que dijeron, porque dice:

«10 Lo cual entendiendo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer, …?».

Seguramente ellos estaban hablando con la mujer, no con Nuestro Señor, y Nuestro Señor entonces intervino:

«10 Lo cual entendiendo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer, y reprobáis lo que hace, siendo buena, como es, la obra que ha hecho conmigo?».

La tibieza apostólica

Lo que quiere decir: «Hay que hacer esta función; y vosotros no tenéis doctrina, no sabéis cómo son las cosas, no tenéis espíritu, no valéis nada. Vosotros os oponéis a mí; yo os diré: ¡Esto es bueno!».

Ahora bien, esto fue al final de su predicación, después de haber impartido toda la doctrina que podía a esos hombres; y esos hombres cometen un error que es de lo más grave. El error es muy grave, porque es no comprender todo lo que Él merecía. Es, por tanto, un error muy grave.

El problema de la pobreza y la delicadeza de Jesucristo frente a la insensibilidad de los suyos ante la profecía de Su muerte

Luego da la explicación —es curioso que Él podría dar la siguiente respuesta: «Yo soy Dios, ¡me lo merezco!»—, pero da una explicación diferente:

«11 pues a los pobres los tenéis siempre a mano; mas a mí no me tenéis siempre».

Es decir, da una especie de corrección a lo que se podría llamar una…[fallo de la cinta].

¡Pobrecito, pobrecito, pobrecito! Nuestro Señor muestra que no todo debe ir para el pobre. Él, que había sido el ejemplo y el padre de la caridad, mostraba con su actitud que no todo está hecho para el pobre; que el pobre es un valor, pero no es un valor supremo. Y Él se contrapone al pobre; es el amor al pobre y el amor a Dios los que están en oposición.

Como verán ustedes dentro de un momento —si me lo recuerdan—, es la Iglesia constantiniana en oposición a la nueva Iglesia de los pobres. Entonces, Nuestro Señor da la explicación: «pues a los pobres los tenéis siempre a mano». Como quien dice: el problema de la pobreza es irremediable; procurad remediarlo, aliviarlo, pero no procuréis eliminarlo, porque no es eliminable. «Pero yo voy a morir [mas a mí no me tenéis siempre]». Como quien dice: “¿No recordáis que voy a morir? ¿No recordáis la profecía que hice ni siquiera en el momento en que mis verdugos se dirigen hacia mí para matarme? ¿No tenéis hacia mí una actitud de afecto, una actitud de adoración?”que es la única que se podría tener ante Él—, pregunta Él, y continúa con una explicación que toca más en lo vivo:

«12 Y derramando ella sobre mi cuerpo este bálsamo, lo ha hecho como para disponer de antemano mi sepultura».

Estaban en una reunión, y en una reunión con cierto carácter festivo; Él habla allí de su sepultura. Ahora bien, ¿quién debía preparar su cuerpo para la sepultura? Los cuerpos eran ungidos para la sepultura, y Él estaba siendo ungido.

El gesto de esa mujer tenía algo de profético. ¿A quién correspondía preparar su cuerpo para la sepultura? ¿A sus discípulos? ¿A sus apóstoles? Era natural; esa misión les correspondía a ellos. Muy bien. No solo eso, ni siquiera piensan en ello a pesar de haber recibido la confidencia de que Él sería muerto, sino que la cosa fue más allá: cuando otra hizo lo que ellos no hicieron, ellos estorbaron a quien lo hizo. No está lejos de la figura del “sabugo” (*), que no solo no hace lo que debe, sino que después estorba a quienes deben hacerlo como debe ser.

Ahora, su actitud. Deberían caer en sí, deberían sentirse desolados, deberían sufrir un shock. Pero la tibieza…

«13 En verdad os digo, que doquiera que se predique este Evangelio, que lo será en todo el mundo, se celebrará también en memoria suya lo que acaba de hacer».

Lo que Él dijo es [solo] una parte de la verdad. Si Él no estuviera por encima de toda comparación —nada ni nadie puede compararse con Nuestro Señor, desde ningún punto de vista—, diríamos que fue ‘saint-simoniano’ (**). Porque, de hecho, lo que ocurrió fue más que eso, y Él podría haber dicho lo que ocurrió. Es cierto que en todas partes donde se predique este Evangelio, se recordará lo que hizo esa mujer. Pero hay más: en todas partes donde se predique este Evangelio, se dará a conocer el mal que ellos hicieron. Y Él podría haber dicho: Hasta el fin de los siglos, la vergüenza de ellos, de ese gesto, quedará patente.

Aquí está; la Iglesia lo canta; lo cantaba el Domingo de Ramos. Ahora ya no figura en el Evangelio —al menos en el Evangelio que he escuchado hoy—. Pero la Iglesia lo cantaba el Domingo de Ramos: su infamia, su tibieza; allá donde se predique este Evangelio, se ha enseñado lo que fuera de ellos. Y Nuestro Señor sabía lo que era.

Ahora noten su delicadeza. En lugar de decirles las cosas a la cara y estallar con ellos, que es lo que mi corazón pediría, es lo que yo desearía: me gustaría verlos estallar de vergüenza en el suelo; yo, Plinio, es lo que querría. Más aún: a juzgar por mis impulsos, me gustaría estar allí y añadir, decir: «¡Villanos! Nuestro Señor no os lo ha dicho, pero yo os lo digo; ¡Él me relató que por todas partes se dirá que, en ese momento de vuestras vidas, no valíais nada! ¡Erais indignos! ¡Y peores que indignos!». Cómo me gustaría decir eso.

Nuestro Señor no lo dijo. Mirad su delicadeza. Y eso no quiere decir que practico el mal en querer decirlo. Diré más: mi deseo de decirlo tiene el valor de una reparación. Y Él, cuando eso ocurrió, vio mi deseo. Y mi deseo debió de haberle consolado. No quiere decir que Él no lo hiciera. No quiere decir que no se deba hacer siempre. No quiere decir que, en su sabiduría superior, Él tuviera razones para no hacerlo. Y Él nos dio, ahí, no una lección de serenidad que podría haber dado, sino una lección de delicadeza en su máxima expresión. En el momento de recibir la bofetada y el ultraje de quienes le eran más cercanos, Él elogia a la mujer, defiende a la mujer, pero no los acusó, aunque todo eso sea un libelo acusatorio contra ellos. Pero Él no acusó. Más aún. Toda la impresión que da la narración es que ellos no se dieron cuenta. Porque, “sabugo” es eso. Están contentos. Seguro que van a comer.

Judas Iscariote: de la tibieza a la traición consumada

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Fra Angelico – Judas vende al Señor

Fíjense en esto: once se quedaron en la tibieza; uno se llenó de odio, y fue Judas. Ese no fue un “sabugo”, sino un traidor. Y aquí está.

«14 Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue a verse con los príncipes de los sacerdotes, y les dijo:

«15 ¿Qué queréis darme, y yo le pondré en vuestras manos? Y se convinieron con él en treinta monedas de plata (Treinta siclos era el precio de un esclavo, Exod. XXI, v. 32).

Es curioso que él ya pareciera saber que los príncipes de los sacerdotes se habían reunido para matar a Jesús; es decir, Jesús dijo que sería crucificado, no dijo [por] quién, y él ya lo sabía. Y mordió de lleno:

«16 Y desde entonces andaba buscando coyuntura favorable para hacer la traición.

¿Cuál era esa oportunidad? Aquí se dice. Si lo arrestaran en medio de la gente, podría haber revuelta. Y ahí vemos que las bases siempre son menos malas que las cúpulas; había que atrapar a Nuestro Señor en un momento en que estuviera aislado. Entonces acechó el momento en que Nuestro Señor fue al Monte de los Olivos, para entregar a Nuestro Señor. Porque allí no había más que los apóstoles. Es decir, él sabía que Nuestro Señor estaba en mala compañía; lo sabía porque estaba al tanto de todo.

Jesucristo se entrega voluntariamente: obediência absoluta a la voluntad del Padre

Ahora, fíjense en el papel de Nuestro Señor. Sabiendo todo esto, se dirige al lugar donde no tenía defensa alguna. Y se pone en manos de los sabugos —suplicándoles, toda la noche, que tuvieran piedad de Él— para luego ser arrestado por los enemigos, por los malhechores. ¿Por qué? Porque sabía que esa era la voluntad del Padre Eterno, y Él obedecía hasta la muerte. Es decir, es una obediencia absoluta a los designios de la Providencia; viendo, sin embargo, lo que debía suceder. Mirad qué ejemplo para nosotros.

«17 Instando el primer día de los ázimos, acudieron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Dónde quieres que te dispongamos la cena de la Pascua?

«18 Jesús les respondió: Id a la ciudad en casa de tal persona, y dadle este recado: El Maestro dice: Mi tiempo se acerca, voy a celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos.

«19 Hicieron pues los discípulos lo que Jesús les ordenó, y prepararon lo necesario para la Pascua».

Preparación de la Pascua y anuncio explícito del traidor

Es importante cómo Nuestro Señor afirma la importancia de su Pasión. Los hombres, solemos decir «mi tiempo» para referirnos al tiempo en que estábamos vivos. Luis XIV, cuando se dio cuenta de que iba a morir —aún le quedaban algunos días de vida—, solía decir con frecuencia, en sus conversaciones, lo siguiente: «En el tiempo en que yo era rey, hice tal cosa, e hice tal otra…». En «mi tiempo» se refería al tiempo en que había sido rey, pero Nuestro Señor no: su «tiempo» es el día de su muerte.

«Mi tiempo está cerca»; esto significa exactamente que el gran día de su vida, el fin para el que estaba viviendo, ¡era morir! Y que su gran obra, su gran victoria, aún estaba por llegar: era el momento en que sería crucificado. Por eso dijo: «Mi tiempo está cerca, mi tiempo ha llegado».

Y quiso honrar a ese hombre cenando en su casa:

«… Mi tiempo se acerca, voy a celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos. Hicieron pues los discípulos lo que Jesús les ordenó, y prepararon lo necesario para la Pascua.

«20 Al caer de la tarde, púsose a la mesa con sus doce discípulos.

«21 Y estando ya comiendo, dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me hará traición».

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«… empezaron cada uno de por sí a preguntar: ¡Señor! ¿Soy acaso yo? Y Él en respuesta dijo: El que mete conmigo su mano en el plato para mojar el pan, ese es el traidor» – GHERARDUCCI, Don Silvestro dei – Gradual 2 for San Michele a Murano (Folio 78) – c. 1395 – The Morgan Library and Museum, New York

La maldición sobre Judas: la sentencia más severa del Evangelio

Ya ven ustedes: ese «En verdad» es una forma de jurar, es una antigua forma de juramento. Y entonces Él dijo: «Uno de vosotros me hará traición». Ahí, la acusación fue dura y la gente se conmovió.

«22 Y ellos, afligidos sobremanera, …

En ese punto se entristecieron mucho.

«… empezaron cada uno de por sí a preguntar: ¡Señor! ¿Soy acaso yo?

«23 Y Él en respuesta dijo: El que mete conmigo su mano en el plato para mojar el pan, ese es el traidor.

«24 En cuanto al Hijo del hombre, él se marcha, conforme está escrito de él; pero ¡ay de aquel hombre, por quien el Hijo del hombre será entregado! mejor le fuera al tal si no hubiese jamás nacido».

Aquí Él lanza la maldición contra Judas Iscariote; Él, que había sido tan delicado con los discípulos, contra Judas lanza la maldición, Él dice lo peor de todo, Él profetiza la perdición eterna de Judas. Y Él dice, de Judas, lo peor que se puede decir, porque hubiera sido mejor para él no haber nacido. Así pues, es el infierno lo que tenía ante sí. La acusación es el infierno.

Hoy se dice que la Iglesia no pronuncia excomuniones, y se dice que esto se hace a imitación de la mansedumbre de Nuestro Señor Jesucristo, de la dulzura de Nuestro Señor Jesucristo. ¿No es esto algo mucho peor que una excomunión? Porque la excomunión no es la condena de alguien al infierno; aquí es la condena al infierno. Es tajante, es absoluto: «Uno de vosotros me va a traicionar». Claro que Él sabía quién era; incluso dijo: «Aquel que meta la mano conmigo en el plato; etc.».

«25 Y tomando la palabra Judas, que era el que le entregaba, dijo: ¿Soy quizá yo, maestro? Y respondióle Jesús: Tú lo has dicho, tú eres».

Aquí entra aún algo que es una mezcla de delicadeza y aplastamiento. Porque, en lugar de decirle a Judas: «Así es…» o algo por el estilo, Él le lanza la palabra a Judas, como quien dice: «Te juzgo por las palabras de tu boca. ¿Eres un traidor que pregunta por la traición? Muy bien. El traidor eres tú». Es decir, con Judas, las cosas están selladas, la profecía está hecha y se cumplirá.

¿Como explicar la tibieza de los apóstoles? Psicología espiritual del desánimo

Aquí presento algunas meditaciones, algunas reflexiones. Se ve, por ellas, cómo un alma puede volverse dura, puede volverse fría. Porque no se trata solo de haber presenciado las maravillas que vieron los apóstoles, ni de haber escuchado las palabras extraordinarias que ellos oyeron…; sino, sobre todo, de aquello que me parece que debió de ser la maravilla suprema: haber visto a Él, a Nuestro Señor Jesucristo. Basta contemplar la Sábana Santa de Turín para entender que, o bien un hombre tiene el corazón de piedra, o bien, al verlo, lo sigue sin vacilar y ya no piensa en otra cosa.

Pues bien, a pesar de todo eso, a pesar de todo lo demás, ellos mismos realizaron milagros en nombre de Nuestro Señor. Es decir, no solo los vieron, sino que hicieron esos milagros: expulsaron a los demonios cuando Nuestro Señor les mandó predicar; creo, si no me equivoco, que hicieron curaciones, pero sin duda oyeron hablar de la expulsión de demonios; cooperaron en esos milagros, lo tenían todo. Pero, ¿qué llevaba a esos hombres a la duda?

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Van Orley, Bernard – Cristo en el Huerto de los Olivos, con los apóstoles dormidos 1500 / 1600 (siglo XVI) – Museo del Louvre

¿Cuál era la razón de ese estado de ánimo que tenían? Era la duda. Porque, como Uds. pueden ver: si no era duda, era una fe apagada, una creencia indiferente, una frialdad respecto a todo aquello. Algo inexplicable según las reglas de la lógica humana. Ese algo inexplicable que se afirmará aún más adelante, es lo siguiente: su tibieza durante la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, durante su agonía en el Huerto de los Olivos. Después, durante la Pasión, cuando huyen.

¿Cómo se explica todo esto? ¿Es… intelectual, es un rechazo? ¿Qué había en Nuestro Señor que pudiera causar un rechazo? En Él no había nada que pudiera causar un rechazo. Era por completo adorable, por completo perfecto; en Él no había nada que no pudiera, de manera superlativa, atraer en todo momento, y desde todos los puntos de vista. ¿Qué había entonces? Ustedes ven que ese rechazo tiene todos los rasgos del desánimo. Es el abatimiento —incluido el sueño en el Huerto—; todo tiene todos los rasgos del desánimo, todos los rasgos de la rendición. A mi modo de ver, la cosa está ahí. Tendría que consultar a un comentarista para ver si es cierto. No estoy seguro.

Pero cuando Nuestro Señor les dio el poder de hacer milagros, no recordaban que los hacían en Su nombre. Y, por usar el lenguaje que les es querido, “megalizaron” (***), empezaron a creerse unos colosos y a pensar que lo hacían por sus propias fuerzas. Y se volvieron muy grandilocuentes, y pensaban que el día del triunfo terrenal de Nuestro Señor no estaba lejos.

Por eso, cuando vieron acercarse los acontecimientos, y cuando se dieron cuenta de que tras aquel triunfo de Jerusalén —en el que quizá habían creído que estaban a punto de ser ministros de Estado—, todo había cambiado, y que la causa de Nuestro Señor estaba peor que nunca; y que ellos, en lugar de ser ministros del rey, Hijo de David, no eran más que los oprimidos, perseguidos como el «criminal Hijo de David» cuando esto sucedió, tengo la impresión de que cayeron en el abatimiento.

Ambiciones humanas frustradas: el origen del desaliento apostólico; aplicación a las vocaciones actuales

Querían la victoria cercana, una victoria inmediata. En lugar de la victoria, llegaba el aislamiento, llegaba el desprecio. Y entonces cayeron en esto: nuestro rey no nos ha dado el triunfo que pensábamos; no ha hecho de nosotros a los grandes hombres, no nos ha dado la carrera que esperábamos para Él y para nosotros. Esperábamos ser hombres de renombre en Jerusalén; esa Jerusalén, centro del mundo, porque en ella nacimos. Esperábamos ser grandes hombres allí. Nos vemos despreciados en Jerusalén. Ya no tenemos valor para vivir, ya no tenemos valor para seguir a este hombre. Ya no sabemos vivir sin Él, ya no sabemos vivir con Él. Vamos a postrarnos en el sueño. Nuestras familias no creen que seamos grandes hombres; nuestras familias creen que estamos siguiendo a un fracasado, nuestras familias creen que nuestra carrera se ha echado a perder. Nos miran y se ríen por lo bajo.

San Pedro debió de pensar: y mi primo, que hoy tiene dos barcas en el lago de Tiberíades, mientras que yo no tengo ninguna… ¡Qué vergüenza no tener dos barcas en el lago de Tiberíades…! Esa barca mística de la que Él habló, eso nunca llega… También hay tanta espera y tanto sufrimiento… Quiero ser como mi primo… O mejor que él. Me gustaría tener tres barcas…

Si fuera importante en São Paulo, si fuera importante en Río, si fuera importante en Belo Horizonte, en Buenos Aires, en Santiago de Chile… en no sé qué otras ciudades… Pero, en mi camino hacia la importancia, mis allegados se ríen de mí… Los hombres a los que admiro me tienen en poca estima, ni siquiera hablan de la TFP. Cómo estoy exhausto, cómo estoy fatigado. ¡Qué sueño! ¡Este “Santo del Día” no acaba nunca! Doctrina enorme… ¡Qué torrentes de doctrina! No lo aguanto. Estoy cansado de tomar notas; y, si no tomo notas, me duermo.

¡Ay! Las demoras de la Divina Providencia… Las recompensas son admirables, pero tardan en llegar, y solo se dan a quienes saben esperar.

De la “sabugada” a Pentecostés: transformación por el Espíritu Santo

Ahora, demos un salto por encima de la Pasión: esa gente no valía nada; era una “sabugada” horrible, merecía los peores terrores. Se reúnen a los pies de Nuestra Señora y comienzan a rezar; desciende sobre ellos el Espíritu Santo; Nuestra Señora trae al Espíritu Santo. —San Luis María Grignion de Montfort lo expresó de manera admirable: Ella es la Esposa del Divino Espíritu Santo; y donde está la esposa, allí va el esposo; y forman a Jesús en las almas—; desciende el Espíritu Santo sobre ellos, en forma de lenguas de fuego, y cambian por completo. Y ellos difunden por la Tierra un Evangelio lleno del relato de sus infamias, de la gloria de Jesús y de la gloria del Espíritu Santo que los convirtió.

La contrición verdadera: condición para la Resurrección y lucha espiritual

Me gustaría escuchar a San Pedro, a los demás apóstoles, a San Juan, contando el mal que hicieron. ¡Me gustaría escuchar el amor con el que lo contaban! Me gustaría tener un poco de la contrición con la que ellos contaban todo eso. Me gustaría pedir perdón como ellos supieron pedir perdón. El entusiasmo con el que contaban: «Pequé, fui infiel, yo…, yo no lo hice; pero el sol de la virtud, que es Nuestro Señor Jesucristo, tenía todas las razones de su parte. Él hizo así, Él me superó de tal manera, Él me aplastó de tal manera y aun así me resucitó de tal manera. Y aquí estoy yo para cantar las grandezas y la gloria, la misericordia y la bondad divinas».

¡Cuán conmovedor debe de haber sido todo esto!, y cómo se comprende que, al oírlo, aquellos hombres tan malos del paganismo comenzaran a conmoverse, comenzaran a cambiar de actitud, comenzaran a llorar por sus propios pecados. Empezaran a llorar con ese llanto de paz, y no de pánico. Con ese llanto —casi diría— de consuelo, que es el llanto de la verdadera contrición. Qué cosa tan admirable sería eso: ¡esas llamas de sabiduría, de contrición y de amor de Dios encendiendo el mundo entero!

Preparación para la Semana Santa: examen – ¿cómo hemos sido con la Iglesia? –, arrepentimiento y propósito de lucha

Debemos prepararnos para la Semana Santa —puesto que estamos en una conferencia preparatoria para ella— con estas consideraciones. Debemos recordar lo que hemos sido para el Grupo (****), que es para nosotros la Iglesia Católica, la célula de la Iglesia en la que debemos estar. Debemos preguntarnos cómo hemos sido con la Iglesia. En esta Pasión de la Iglesia, ¿hemos sido, con ella, como los apóstoles debieron haber sido con Nuestro Señor? ¿O hemos sido también fríos, indiferentes, tibios? En esta prueba y en estos vendavales del mundo, ¿cómo hemos sido?

Debemos tener contrición. Comprender el mal que hemos hecho. La contrición no es tanto un agua que se extrae del subsuelo bombeando con fuerza, sino una lluvia que se obtiene del Cielo a fuerza de pedirla. Hay que pedir esa contrición. Pero una contrición que traspase el alma de parte a parte, de tal manera que, cuando llegue la fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor, estemos renovados, que también nosotros hayamos resucitado de los escombros de la vida espiritual; o, al menos, de nuestros defectos, de nuestras infidelidades, etc. Y, cuando llegue el día de Pentecostés, podamos recibir al Espíritu Santo; podamos enfrentarnos a la Batalla con la lanza en ristre, con la verdadera lanza. La verdadera lanza es el guerrero, es el esclavo de Nuestra Señora puesto, frente al adversario, erguido, puntiagudo, brillante, limpio como una lanza. Bien entendido: para herirlo, para postrarlo, para proclamar el Reino de María.

Que estos sean nuestros propósitos al entrar en la Semana Santa.


NOTAS

(*) Sabugo —En Brasil, “sabugo” significa la mazorca de maíz a la que se han quitado todos los granos. Es, pues, algo que solo sirve para tirarla a la basura y, por analogía, se usa en el lenguaje interno de la TFP para designar a la persona que pierde la primera visión luminosa que tenía de la TFP. Se queda un poco indiferente, un poco paralizada, sin entusiasmo —por usar la expresión que se usa dentro de la TFP— se queda «ensabugada».

(**) Saint-Simon — Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon, 1675-1755 fue un duque de la corte de Luis XIV y escribió unas memorias prolijas en las que describía la vida de corte del «Grand Siècle» y sus costumbres, entre ellas, de manera especial, las fórmulas de cortesía vigentes en aquella época. Por analogía, en el lenguaje interno de la TFP, ser «saint-simoniano» es observar, en mayor o menor medida, pero de alguna forma, las fórmulas de cortesía y los modales de los tiempos antiguos.

(***) “Megalizaram” — neologismo derivado de la palabra “mega” = grande. O sea, se vanagloriaron de una virtud que no era intrínseca en ellos, que procedía de Nuestro Señor.

(****) Grupo — Antes de la fundación oficial de la TFP (1960), existía un círculo cohesionado de discípulos en torno a Plinio Corrêa de Oliveira. A ese núcleo inicial —aún informal— ya se le denominaba «Grupo». El término se mantuvo por inercia y por tradición interna, incluso después de la institucionalización jurídica.

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