Cuando el alma prefiere a Barrabás
“Santo del Día” – 19 de abril de 1966
A D V E R T E N C I A
Transcripción de grabación de una conferencia del Prof. Plinio a socios y colaboradores de la TFP brasileña, que no ha sido revisada por el autor. Traducción y adaptación por este sitio.
Si Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia en relación con el Magisterio tradicional de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contrarrevolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
Me hicieron una pregunta sobre el igualitarismo. La pregunta es: ¿en qué sentido podemos progresar en materia de antiigualitarismo?
Tengo la impresión de que lo principal para progresar en materia de igualitarismo consiste en progresar en la concepción bien precisa de lo que es el antiigualitarismo Es decir, del mal moral que existe en el igualitarismo.
No del antiigualitarismo considerado como una posición filosófica, metafísica, sino del mal moral que existe en el igualitarismo, de manera que no solo se comprenda que el igualitarismo es un mal —me parece que, en ese sentido, la noción está bien asentada entre nosotros—, sino que se tenga también, en relación con el igualitarismo, el horror que se debe tener. ¿De qué manera podemos situarnos correctamente frente al mal moral del igualitarismo?
Tomen ustedes a una persona que sea vulgar, en el sentido propio de la palabra vulgar. No es una persona que, solo porque vive en la época de ustedes, emplea ciertos términos del vocabulario de ustedes, términos que me halaga imaginar que todos ustedes execran, como «chato», «bolar», «cranear», «quebra-galho», «bárbaro», «tártaro», en lugar de «politécnica», «poli», «tá legal» [N.C.: Jergas en portugués utilizadas originalmente con propósitos crípticos que se extendieron al uso general, habitualmente de bajo contenido lingüístico], y demás, expresiones que forman parte del vocabulario corriente y que ustedes deben esforzarse por no usar, pero comprendo que pasen del oído a la cabeza y de la cabeza a la boca de forma un tanto irreflexiva; no se trata de eso.
Pero imaginen ustedes a una persona del siguiente estilo: mira algo, por ejemplo, ve pasar a uno de ustedes con cuello y corbata, mira y dice: «¡Me da rabia!». ¿Por qué? Porque le gustaría que Uds. llevaran cuello, pero sin corbata. «¿Por qué no se pone ese cuello sin corbata?». Si uno se queda con el cuello sin corbata, mira, se enfada y dice: «¿Por qué no se quita la chaqueta?».
Si mira y la persona no lleva chaqueta, dice: «¿Por qué no se saca la camisa por fuera en lugar de meterla por dentro del pantalón?» Y si mira y ve la camisa por fuera del pantalón, dice: «¿Por qué no te pones unos vaqueros?».
Fíjense bien, no se trata aquí de una persona que tiene menos y se pone celosa porque el otro tiene más, sino que se trata de una persona hecha de tal manera que, cuanto más vulgar es una cosa, más se siente en armonía con esa cosa. Y cuanto más elevada es la cosa, más se siente en disonancia, en heterogeneidad con esa cosa, porque le gusta lo vulgar.
* Toda y cualquier fórmula o actitud igualitaria presenta siempre una tónica común: la vulgaridad y una extraña alegría de volverse contra todo lo que es ordenado.
Así que le gusta el tipo que habla dando palmadas en el vientre del otro con el dorso de la mano, escupiendo al suelo, llamando «seu mano», poniendo la mano en el hombro; si no sabe algo, retrocede, dice una mentira espectacular, suelta una carcajada idiota. El otro ve eso y dice: «¡Qué simpático!». Cuando ve a un chico distinguido, bien arreglado, refinado, dice: «¡Presumido! Me da rabia».
Fíjense que la cuestión no es la envidia, sino la vulgaridad. Lo refinado, lo selecto, irrita. Por el contrario, lo vulgar despierta cierta simpatía, porque el tipo se siente identificado con lo vulgar.
Si un tipo así se hiciera rico, no compraría cosas suntuosas. Gastaría estúpidamente en un montón de cosas, pero se quedaría con el cacharro, o, mejor dicho, con los “pantalones cacharro”, y gastaría en un montón de cosas con los “pantalones cacharro”. Porque le gusta el cacharro, le gusta que los pantalones se llamen de cacharro, pues así es como debe ser, porque el símbolo del mundo, de la vida y del orden universal de las cosas debería ser un cacharro.
Eso es lo que le gusta. Por ejemplo, en cuanto a helados, le parece que el helado Kibon [N.C.: marca popular de helado industrializado de baja calidad] es una delicia. Si le hablan de helados más refinados, como Cristallo [N.C.: tradicional confitería de São Paulo], o de otras cosas por el estilo, se enfada. Dice: «¿Por qué esto? A mí me gusta el helado Kibon, porque sabe a jabón. Pero si encuentro un helado que sabe a barro, aún mejor, porque hay que ser bien ordinario, bien vulgar».
Si alguien le dijera: «Tengo un tío que quiere regalarte una habitación magníficamente amueblada, con una alfombra espléndida, cortinas admirables y muebles muy refinados». En cuanto entra, en pocas horas lo ensucia todo. Se cuelga de una cortina, escupe en el suelo, tira colillas por todas partes; al acostarse en la cama, rompe los muelles de la cama, derrama agua. Es un destructor de todo lo que es bonito, de todo lo que está en orden, es norma, por una aversión, una alergia que tiene contra lo que está en orden.
Mira a la sociedad del pasado y ve esas formas de cortesía: «Creed, señor, en las expresiones de la alta…». Él dice: «Qué tontería. ¿No era mucho mejor… que tantas tonterías como esas?».
Digamos… un carruaje, magníficamente enjaezado y tirado por dos yuntas de caballos blancos, todo dorado, con pinturas sobre el oro; las ruedas, por ejemplo, como las de un carruaje de gala de la reina de Noruega, ruedas de cristal. Por dentro… magnífico, con esos cristales, abombado en la parte superior…, con postillones, etc.; mientras anda, él mira aquello, y se le ocurre coger una piedra y lanzársela con un silbido. Y cree que ante aquello ha tomado la actitud correcta, coherente, porque hay que romperlo.
El 4 de enero de 2024, la reina Margarita de Dinamarca realizó su último paseo en carruaje como jefa de Estado.
Es la mentalidad de tantos turistas que van a Minas Gerais a ver las figuras de Aleijadinho, y rompen un dedo de la estatua, escriben su nombre en ella, hacen allí un montón de porquerías. ¿Por qué? Porque hay que romper todo lo que está bien. Todo lo que es elevado hay que mancillarlo.
Los Doce Profetas son un conjunto de esculturas de piedra de jabón realizadas entre 1800 y 1805 por el artista Antônio Francisco Lisboa, conocido como Aleijadinho, y situadas en el atrio del Santuario de Bom Jesus de Matosinhos, en el municipio de Congonhas en Minas Gerais.
* El igualitario tiene tal sordidez de alma que profesa un amor al mal por el mal, a lo sucio por lo sucio y a lo torcido por lo torcido, hasta el punto de preferir a Barrabás a Nuestro Señor.
Esa mentalidad es una mentalidad digna de odio, porque profesa un amor al mal por el mal, porque esto es propiamente amar el mal por el mal. Es el amor a lo sucio por lo sucio, a lo erróneo por lo erróneo, a lo torcido por lo torcido… Barrabás. En aquella época los bandidos no se peinaban, no estaban tan limpitos como hoy.
Barrabás debía de tener una facies horrenda, una mirada desquiciada, una melena, gritos, etc. Imagínenlos uno al lado del otro: un King-Kong de esos y, por otro lado, Nuestro Señor Jesucristo: majestuoso, muy hermoso, sublime, incluso en un momento de desgracia como aquel. Acercarse a los dos y decir: «Es a ese guapito al que quiero» es una depravación, una inmundicia del alma que es como ver al demonio y a Dios y preferir al demonio.
“Acostumbraba el presidente conceder por razón de la fiesta de la Pascua la libertad de un reo, á elección del pueblo; y teniendo a la sazón en la cárcel á uno muy famoso, llamado Barrabás, preguntó Pilato a los que hablan concurrido:
¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás, o a Jesús, que es llamado el Christo o Mesias?” (Mt 27, 15-17)
Ahora bien, esa sordidez del alma está en el igualitarismo. Y por eso hay que entender el igualitarismo para no descender a consideraciones teológicas más profundas, o mejor, ascender a consideraciones teológicas más profundas: el igualitarismo es algo malo en sí mismo y la disposición del alma de la persona antiigualitaria es la disposición del alma por la cual ella, en todas las cosas, busca lo más sublime; no para tenerlo, sino para conocerlo y admitirlo.
Por ejemplo, lo normal en una persona antiigualitaria es, al oír hablar de las llantas de cristal del coche de la reina de Noruega, pensar: «¡Qué pena que no pueda ver esto!». No se trata de ir dentro del coche, sino de ver. Lo propio de la persona medianamente imbuida de igualitarismo es la consideración mecánica de algo sublime.
* Incluso cuando es pobre, el hombre antiigualitario se caracteriza por una actitud de admiración del alma hacia lo sublime, lo elevado y lo grandioso.
La esencia del igualitarismo es decir: «Tampoco hace falta tanto. Bien podría ser una rueda común. ¿Por qué esa mujer pretenciosa se ha comprado esta rueda de cristal?». Es la colita del igualitarismo moviéndose.
El deseo de ver, el deseo de amar, el deseo de conocer siempre lo que es más sublime, más elevado y tener, por tanto, una especie de división del alma respecto a lo que es menos sublime y elevado, esto es precisamente lo propio del espíritu antiigualitario.
El espíritu antiigualitario, jerárquico, busca las cosas más elevadas; no desprecia ni odia las cosas sencillas, y si una persona, sin espíritu igualitario, es pobre, vive dignamente en su pobreza sin despreciarla. No es, por tanto, al pobre a quien el espíritu igualitario desprecia: desprecia lo vulgar.
La casa de la Sagrada Familia, en Nazaret, era muy pobre, pero no era vulgar. Todo bien arreglado, todo recto, todo en orden, todo limpio, todo exacto, todo elevado, aunque dentro de la pobreza. No es esto lo que desprecia el antiigualitario. Él considera incluso la propia pobreza digna como algo bueno. Lo que odia, lo que desprecia, es lo desordenado, lo desarrumado, lo erróneo por amor a lo desarrumado, por amor a lo sucio, por amor a lo vulgar, por amor a lo ordinario. Esto es lo que, propiamente, detesta.
Así pues, aquí estaría un primer punto: examinarnos y procurar entonces continuamente cultivar en nosotros este estado de alma, el cual, a su vez, eleva nuestro espíritu a las alturas del amor de Dios. Así pues, aquí está la primera nota del espíritu antiigualitario.
* Un gran obstáculo que deben superar los espíritus antiigualitarios es la tendencia a encerrarse mediocremente en los patrones en los que se ha nacido
Hay una segunda cosa que queda implícita en la primera, pero es una trampa en la que caen muchos espíritus antiigualitarios: todos están acostumbrados a pensar lo siguiente: la clase en la que nací es la clase en la que el hombre vive bien. Por eso, querer tener más de lo que tengo es un lujo, es una tontería.
¿Para qué? Yo estoy acostumbrado a tal cosa; si a fulano le gusta tal otra cosa, es un lujoso, es un tonto. Porque mis hábitos, hábitos que adquirí en mi infancia, son el patrón de la vida humana.
Y lo más curioso es que esto se nota en todos los ámbitos. Conozco, por ejemplo, a una señora muy rica y un poco paleta. Cuando se le habla de costura francesa, ella dice: «¡Qué tontería! Mira, ¡hasta en la calle Sebastião Pereira, en Clipper [N.C.: Tienda por departamentos muy popular, entonces en São Paulo] hay tantos vestiditos bonitos! ¿Para qué hace falta la costura francesa?». Porque ella se crio al nivel de Clipper, a pesar del dinero que tiene, y cree que eso está bien. Su norma es la norma del mundo.
Esta misma señora decía una vez: «¿Comida de Europa? … Ah, la comida de Europa no es nada. Cuando voy a mi finca y como esos pollos, con esa abundancia brasileña, ¡eso sí que es comida! En ningún lugar del mundo se come como aquí en Brasil». Es una tontería. Se crió comiendo pollo y deleitándose con el pollo. Por eso cree que no necesita nada más que el pollo. El pollo es lo máximo.
Habrá [otras] señoras con la misma mentalidad, que están acostumbradas a comer pollo solo una vez al mes. Entonces dicen: «¿Para qué tanto lío con el pollo? Un buen asado bien fuerte, con tocino, muchas zanahorias, una salsa espesa, junto con patatas, arroz, coliflor, mantequilla, y ya tienes un plato completo. Nada de pollito, nada de salsa y del caviar, ni hablar. Esto sí que está rico».
Y así se llega hasta el pan con plátano: «Lo de la carne, tonterías. Estamos cansados, cogemos un pan grande, le ponemos un plátano enorme y tenemos una comida sana y ya está».
* Criticar el nivel de vida que nos supera proviene del amor propio.
Todos tendemos a criticar el nivel de vida, lo superfluo, el nivel de vida que es superior al nuestro. Y ahí entra el amor propio: «Lo que a mí me basta por completo; yo vivo perfectamente bien así, ¿qué tiene ahora ese petimetre que cree que no? ¡Qué tontería! ¿Qué piensa? ¿Qué es más que yo?».
Así es como funciona la mente. Y cuando no es vanidoso, es algo peor: «¡Tonto! Se deja engañar por la publicidad. Ha acabado convencido de que el paté es bueno, cuando la cebolla es mejor que el paté».
La cosa circula. Y si uno le dice que el paté tiene algo refinado, él dirá: «Qué refinado, ni nada. Se lo está creyendo. Los literatos se lo han metido en la cabeza. Lo que hay son frijoles. Uno se come una buena feijoada [N.C.: cozido de alubias negras y carnes de cerdo], se atiborra y eso está bueno; ni siquiera cenamos. Y ahí viene él con su paté refinado, con un trocito en una tostadita. Eso es cosa de hombre afeminado, de cretino».
No puedo olvidar un episodio que me ocurrió en mi época de muchacho. Fui a una finca en un lugar del interior de São Paulo caracterizado por una abundancia —no sé si hoy en día sigue siendo así— de tierra roja que daba miedo. Esa finca solo tenía dos lavabos: uno en el cuarto de baño y el otro en el comedor. Y si teníamos prisa, teníamos que lavarnos la cara en el comedor, donde la gente estaba comiendo o tomando café.
Allí fui yo. Llegué y, por descuido, cojo la toalla, la dejo caer al suelo y se mete en la tierra roja. Digo: «Qué fastidio, tengo que pedir otra toalla». Al oír eso, tres o cuatro chicos de mi edad soltaron una carcajada: «¿Pedir otra toalla por culpa de ese polvo? Ese polvo te lo vas a tragar ahí fuera; ya te limpias la cara de una vez con polvo». Me enfadé mucho ante la situación y ellos se dieron cuenta de que la cosa iba a acabar en incidente y dijeron esto, que lo resume bien: «Bueno, como has tenido una educación muy refinada —fíjense en el concepto de educación muy refinada—, no soportas las cosas que nosotros soportamos».
Es decir, es muy refinado, es superfluo, es superabundante no untarse la cara con el polvo del suelo. Esto es un concepto de cierta cosa y es un cierto estado de ánimo. Ese estado de ánimo proviene de ese concepto igualitario: «Lo que me basta a mí, basta absolutamente para todos. Y esa cretina de la reina de Noruega es pretenciosa y se empeña en ir en un coche con ruedas de cristal, cuando mi madre va muy bien en el coche con neumáticos Goodyear y está muy bien».
Una segunda cosa es comprender que hay exigencias de refinamiento, de requintes, de buen gusto que uno no comprende, pero que ni por eso constituyen tonterías; caracterizan al sagaz, que supo percibirlas. Hay que adoptar una actitud de humildad, de comprensión ante aquello que no hemos sido capaces de comprender.
En estas dos direcciones, creo que aún nos queda algo de progreso por hacer. No sé si peco de juicio temerario, pero las fisonomías, mientras hablaba, me hacen ver que, al menos en algún punto, no he pecado de juicio temerario. He aquí estas consideraciones para avanzar en el tema del igualitarismo, tal y como se me ha solicitado.