Importante misión de la nobleza y de las élites en nuestros días

por Plinio Corrêa de Oliveira

Catolicismo, N° 511, Julio de 1993, págs. 6 e 7

 

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Entrevista a Plinio Corrêa de Oliveira

CATOLICISMO: ¿Por qué ha querido usted hablar de la nobleza?

Plinio Corrêa de Oliveira — Actualmente, me parece que la actitud de la opinión pública frente a la nobleza está mucho menos marcada por los errores de la Revolución Francesa.

En efecto, podemos discernir hoy en día, a medida que el tiempo pasa, que los errores de la Revolución de 1789 van “envejeciendo” y perdiendo actualidad. Esto no significa que dicha actualidad sea pequena, sino que es menor de lo que era, tendiendo a decaer cada vez más.

En el momento de esa transición histórica, es interesante tratar de la cuestión de la nobleza, que estuvo de tal manera en el centro de todas las reflexiones, de todas las agitaciones y hasta incluso de casi todos los crímenes practicados por la Revolución Francesa.

CATOLICISMO: ¿Y cuál es el papel que usted atribuye a la nobleza en los días de hoy?

Plinio Corrêa de Oliveira — No se trata propiamente de atribuirle un papel a la nobleza, sino de reconocer ese papel de cara al panorama objetivo de la realidad contemporánea. La nobleza aún existe, sus títulos aún son usados, sus personalidades frecuentemente son objeto de especial consideración. Y hasta, en la línea de lo que antes dije, en muchos lugares el prestigio de la nobleza está ascendiendo.

¿En qué consiste el papel de la nobleza en nuestros días? No es ya el papel que ella desempeñaba antiguamente, el de participar, de algún modo, en la dirección del Estado, sea mediante el gobierno de territorios, en los cuales esta clase social ejercía un poder feudal, sea por medio de la acción preponderante en actividades de importancia capital en el Estado y en la sociedad.

Así, la nobleza, otrora, como clase eminentemente militar, contribuía con elementos suyos en el reclutamiento y formación de la oficialidad de cada país. La casi totalidad de los oficiales eran nobles. Ciertas altas funciones, como la de diplomático y la de magistrado, eran, en gran medida, también ejercidas por nobles, lo que caracterizaba, por tanto, la nobleza como una clase muy poderosa.

Ocurre que la opinión pública de aquel tiempo, no masificada por los medios de comunicación social y por todos los efectos, tan numerosos, que acarreó en el mundo entero la revolución industrial, tenía en alto grado la noción de la importancia y de la respetabilidad de cada una de esas tareas ejecutadas por la nobleza. Razón por la cual tributaba a esa clase social un respeto especial.

Con la Revolución Francesa, todo esto cambió. El falso dogma revolucionario, de que la suprema norma de justicia, en materia de relación humana, consiste en la igualdad absoluta entre todos los hombres, fue aceptado como verdadero por incontables personas. De ahí, la presión igualitaria de la Revolución operó, sobre el Estado y la sociedad, efectos inmediatos y no raras veces violentos, a la par de efectos graduales que se desarrollaban más a través de la propaganda que de la fuerza.

Así, en un considerable número de Estados, el igualitarismo político condujo a la eclosión de golpes de fuerza, cuyo efecto era la substitución de monarquías por repúblicas, con la consiguiente abolición de las funciones políticas de la nobleza.

Pero en otros Estados, los progresos del igualitarismo se hicieron sentir por la lenta erosión de los poderes políticos, específicos de los monarcas y de los aristócratas, con la correspondiente reducción de unos y de otros a meras figuras representativas. Es éste, en nuestros días, el caso del rey de Suecia, o de la Cámara de los lores, en Inglaterra.

CATOLICISMO: ¿Y en el campo social?

Plinio Corrêa de Oliveira — Esa decadencia política acarreó naturalmente cierta disminución social, pues el ejercicio del poder constituye, en sí mismo, una fuente de prestigio social.

Pero, en ese campo, las transformaciones más importantes se debieron a factores científicos y económicos. El progreso acelerado de las ciencias, iniciado a finales de siglo XVIII y prosiguiendo más o menos hasta nuestros días, propició la aparición de técnicas nuevas, aplicables a los más variados dominios de la existencia humana. En consecuencia, las técnicas de las producciones agrícola, pecuaria e industrial, la llegada de los medios de comunicación y del transporte, etc. influenciaron a fondo las costumbres sociales. No sólo las costumbres, sino también las propias estructuras de la sociedad, pues la aparición de un método nuevo para producir un determinado artículo, así como la invención de un sistema nuevo para combatir una enfermedad pueden ser considerados por un pueblo como acontecimientos más importantes que una victoria militar.

Así, la invención del avión por Santos Dumont o del teléfono por Grahan Bell (dígase de paso que éste se habría quedado en el rol de los inventores desconocidos, si no fuese por la proyección que le confirió la sorpresa admirativa del emperador del Brasil don Pedro II) tuvieron más importancia para los Estados Unidos y para el mundo que muchas de las batallas célebres de los siglos XIX y XX.

A eso se añade el ejercicio de profesiones a veces altamente rentables, aunque quizá cada vez más arriesgadas, como las de carácter estrictamente financiero, y se tendrá el cuadro del formidable dislocamiento que se dio: de una economía con base estrictamente inmobiliaria y, de modo especial, rural, a otra sobre todo urbana, financiera, industrial y comercial. Y se verá que las actividades profesionales, que otrora conferían riqueza y prestigio, pasaron hoy a un segundo plano, con ventaja para las nuevas, colocadas ahora en primer plano.

De todo esto vino el que la nobleza, con todo su inapreciable caudal de principios, de tradiciones, de estilos de vida y de maneras de ser, perdió en muchos lugares buena parte de su influencia, que quedó haciendo cruel falta a los otros estratos sociales, que empezaron a vivir bajo el influjo desajustado, y hasta a veces caricato, del nouveaurichismo.

Pío XII conclama a la nobleza a que reuna todos los medios, nada despreciables, que les restan, para contrarrestar ese efecto nocivo. El Pontífice espera que ella lo haga en un noble sentido de preservación y de elevación religiosa, moral y cultural, para bien de sí misma, como de las otras clases sociales, desde el más modesto trabajador hasta el mundo de los nuevos millonarios.

CATOLICISMO: ¿Se le puede considerar a América como siendo un continente en donde se habrían constituido verdaderas élites tradicionales?

Plinio Corrêa de Oliveira — Sin duda. En muchas de ellas se conservan hasta nuestros días, desde las poéticas nieves del Canadá, aún monárquico, hasta las naciones más meridionales del Continente.

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