“Santo del Día”, 18 de abril de 1973
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una adaptación de la transcripción de grabación de una conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira a socios y cooperadores de la TFP, por lo que mantiene el estilo verbal, y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia en relación con el Magisterio tradicional de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
Ahora, unas breves palabras sobre la forma en que ustedes deben entrar en el Jueves Santo y recibir la Comunión del Jueves Santo.
Ustedes saben que la Iglesia considera que los últimos actos de la vida de Nuestro Señor Jesucristo constituyen un todo único, desde el primer acto, que es la institución de la Santa Cena, hasta su muerte y resurrección. Constituyen un todo único porque representan el culmen, la cumbre de la perfección de su vida, cuando Él termina su obra terrenal instituyendo el Santo Sacrificio de la Misa y la Sagrada Eucaristía y dando la Primera Comunión a Nuestra Señora, a los Apóstoles, a las santas mujeres y, en general, a los fieles que estaban allí. Después, entonces, Él sale.
El acto de la institución de la Eucaristía es un acto festivo por su naturaleza. Es festivo porque es una enorme gracia que Él concede a toda la humanidad; es festivo porque se realizó en una ceremonia del antiguo rito judío que es la última y la más elevada de todas las ceremonias de la antigua sinagoga agonizante; es la ceremonia de la Misa, la institución de la Sagrada Eucaristía; es un acto aún de la religión judía y Él celebra la Pascua, es decir, el paso de los judíos por el Mar Rojo, que se consideraba el milagro supremo de la religión hebrea y que los judíos conmemoraban muy solemnemente, lo celebraban festivamente, porque era una liberación.
Esa liberación de los judíos a través del Mar Rojo era un símbolo precursor de la Redención que Nuestro Señor Jesucristo iba a operar para toda la humanidad.
Es decir, un símbolo del sacrificio de la Cruz. El Mar Rojo se abrió, los judíos pasaron y los egipcios se quedaron. Por la muerte de Nuestro Señor Jesucristo se abrió para nosotros, los llamados, el camino al Cielo. Y para aquellos que dijeran que no, esos se quedan, se quedan en el paganismo, se quedan en la Revolución, se quedan en la incredulidad y van al Infierno.
Así pues, la muerte de Nuestro Señor Jesucristo nos abrió el camino al Cielo, del mismo modo que la apertura del Mar Rojo lo abrió al pueblo elegido —que prefigura a los católicos— hacia la tierra prometida, hacia Israel, que era prefigura del Cielo. Este es el pensamiento.
* En la Última Cena, todos estaban de fiesta, excepto Nuestro Señor
Así pues, en esa ceremonia, Nuestro Señor Jesucristo instituyó el Santo Sacrificio de la Misa, que era una celebración anticipada del Sacrificio de la Cruz. Entre la Cruz y la Misa existe una íntima correlación.
Por lo tanto, lo celebró festivamente, distribuyó la Comunión a todos los Apóstoles, pero era una festividad llena de tristeza para Él, porque a su mesa estaba sentado el traidor; porque recibía actos de adoración de los Apóstoles a quienes veía que iban a traicionarlo. Todos los que le rodeaban iban a traicionarle. Incluso San Juan, que tuvo ese acto de intimidad con Él al apoyar la cabeza sobre su pecho y preguntarle quién le iba a traicionar; incluso él huiría en el momento crucial. Así pues, todos estaban de fiesta, excepto Nuestro Señor Jesucristo, quien, en el momento en que daba la mayor prueba de su misericordia, de su caridad, que era la institución de la Misa y de la Eucaristía, en ese mismo instante ya estaba previendo toda la ignominia de la que sería objeto.
La única alegría perfecta que Él tuvo aquel día fue cuando le dio la Comunión a Nuestra Señora. En ese momento sí, porque Nuestra Señora recibió, como pueden imaginar, la Eucaristía perfectamente bien, y desde ese momento, según todo lleva a creer, la sagrada hostia nunca dejó de estar dentro de Ella. Entre una comunión y otra, las sagradas especies se conservaban en Ella, como en un sagrario vivo, como en el tiempo de la Encarnación, cuando Ella estaba gestando el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
Aparte de esto, Él no tuvo alegría, y en su vida no tuvo más alegría que mirar a Nuestra Señora y, aun así, a Nuestra Señora transformada en la Reina de los Dolores, a causa de la Pasión que Él sufría y de la compasión que Ella sentía por la Pasión de Él.
A seguir, una vez instituida la Santísima Eucaristía, ocurre algo trágico: Nuestro Señor sale de un Cenáculo iluminado, de un Cenáculo festivo, y se adentra en la noche. Pero en aquellas noches mal iluminadas de aquellas ciudades antiguas. Atraviesa un tramo de la ciudad, sale con los Apóstoles de la ciudad, todos recitando himnos religiosos propios de la ceremonia de la Pascua, y se dirige al Huerto de los Olivos.
Y en el Huerto de los Olivos comienza entonces su Pasión. Comienza primero la Pasión del Alma y después la Pasión del Cuerpo. En la Pasión del Alma, Él prevé absolutamente todo lo que le sucedería y lo va aceptando punto por punto, y va sufriendo en el Alma todos los tormentos espirituales de su Pasión.
En la Pasión del Cuerpo, después, se entrega a sus verdugos y comienza a ser torturado hasta que muere en lo alto de la Cruz.
* Actitudes de luto recomendadas para el Jueves y el Viernes Santos
Pues bien, mañana la liturgia tradicional de la Iglesia recordaba estas dos cosas. Era festiva, es decir, se celebraba la Misa del Jueves Santo, el sacerdote con vestimentas blancas, toda la Iglesia en fiesta. Pero, al mismo tiempo, algo conmovedor y muy evocador: junto al altar se preparaba un sagrario especial.
Cuando terminaba la misa, el sacerdote se dirigía, ya sin que las campanas sonaran, sino tocando matracas en señal de dolor, a un altar donde había un sagrario en forma de tumba, y entonces subía y encerraba las sagradas especies en la tumba.
Es decir, una vez terminada la fiesta, Nuestro Señor Jesucristo entró en las tinieblas del reino de la muerte, y comenzó entonces a enfrentarse a las penurias de la muerte; y por eso el ambiente de la Iglesia era un ambiente de alegría y de tristeza, pero de una tristeza que dominaba esa alegría, porque tal era el torrente de tristezas que iba a abatirse sobre Nuestro Señor que, evidentemente, la alegría quedaba empañada.
Ese es el estado de ánimo con el que debemos vivir el día de mañana. Es decir, debemos considerar el día de mañana un día sagrado, debemos considerarlo sagrado tal y como yo lo veía sagrado en la época en que era niño.
En la época en que yo era niño, los coches los jueves, viernes y sábados hasta el mediodía —porque al mediodía sonaba el Aleluya, era la Resurrección—; los jueves, viernes y sábados hasta el mediodía, los coches no tocaban el claxon; eso era posible en aquella época, porque había poco tráfico; los trenes no hacían sonar el silbato; las campanas no tocaban, no había radio en aquella época, pero en las casas particulares casi todo el mundo tenía un instrumento, ya fuera un piano, un violín o algo por el estilo: no se tocaba música, nadie cantaba, no había fiestas ni reuniones sociales.
Y cuando la gente iba a la iglesia a misa de Jueves Santo, iba todavía con trajes festivos; después de la misa, todo el mundo se ponía trajes negros y los llevaba el jueves por la tarde, el viernes todo el día y el sábado por la mañana, hasta la Resurrección.
Es decir, todos se revestían de un enorme luto por la muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Los padres prohibían a los niños que se rieran a carcajadas, les prohibían que hicieran grandes travesuras.
Comenzaba el ayuno; todos ayunaban y el ayuno antiguo, que era un ayuno riguroso. Todos iban a las iglesias a rezar y a pedir perdón por sus pecados. Es decir, una atmósfera de contrición, una atmósfera de tristeza comenzaba a llenar el mundo en esta ocasión.

Y esto, caros amigos, es lo que deberían hacer ustedes mañana, Jueves Santo. Si no fuera porque no quiero que la TFP parezca demasiado espectacular, recomendaría —y tal vez lo recomiende el año que viene porque, a medida que un lado se vuelve espectacular, nosotros nos quedamos del otro— que todos nos pusiéramos corbata negra ese día y que pusiéramos en nuestra flámula una banda negra, cubriendo en parte al león, para indicar nuestra participación en el duelo por Nuestro Señor Jesucristo y para indicar cómo creemos que el mundo debería llevar las cosas, para protestar contra ese Jueves Santo sin santidad que se celebra por ahí.
Pero ustedes también deben evitar las conversaciones sin sentido, evitar las conversaciones tontas, las conversaciones fútiles, y hablar solo lo necesario.
Lo ideal perfecto, si ustedes quieren pasar el Jueves Santo y el Viernes Santo perfectamente bien —no quiero imponerlo, pero lo recomiendo—, lo sugiero: a quienes se sientan inclinados a ello —estoy seguro de que le daría una gran alegría a Nuestra Señora—, sería que a partir de la Misa del Jueves Santo, después de la Comunión, mantuvieran el silencio durante el Jueves y el Viernes, por completo, de manera que no hablaran salvo de lo indispensable.
Qué belleza en las sedes de la TFP: silencio absoluto, grupos de jóvenes caminando juntos por la calle, nadie hablando con nadie. ¡Qué maravilla, qué enseñanza, qué edificación! Cómo sería recomendable esto para todos ustedes. Por eso no quería dejar de hacerles esta recomendación.
* Una forma de consolar a Nuestro Señor es comulgar bien el Jueves Santo.
¿Qué actitud de vida espiritual [tomar en ese día]? La actitud debe ser la siguiente: la Iglesia enseña un hecho muy hermoso que es este —tendré ocasión de volver sobre este hecho mañana—: cuando Nuestro Señor Jesucristo instituyó la Eucaristía, como Él es Dios, veía de antemano todas las comuniones que habría en el mundo hasta el fin de los tiempos. Y se alegró con las comuniones bien hechas; se entristeció con las comuniones tibias y se estremeció de horror ante las comuniones sacrílegas.
Él, por tanto, vio, en el momento de instituir la Sagrada Eucaristía, todas mis comuniones y en ese momento sintió alegría o tristeza por ellas. De modo que hoy, al comulgar bien, aumento la alegría de Nuestro Señor Jesucristo en el acto ya pasado de la institución de la Santísima Eucaristía, y al comulgar mal aumento su tristeza de hace dos mil años, en el acto ya pasado de la institución de la Sagrada Eucaristía.
¿Qué haríamos para consolar a Nuestro Señor en el momento en que instituyó la Eucaristía? Podemos hacerlo ahora, preparándonos para una buena comunión mañana.
¿Qué es una buena comunión mañana? Es una comunión en la que tratamos de recordar su bondad al instituir la Eucaristía. Es decir, Él dijo: «Mi Cuerpo es verdaderamente alimento, mi Sangre es verdaderamente bebida», y así se instituyó la Sagrada Eucaristía. Es un acto de suma intimidad con el hombre, de la mayor intimidad que se pueda imaginar. Si Él no hubiera instituido esto, no se nos habría pasado por la cabeza la posibilidad de algo así, tal es la intimidad que Él instituyó con nosotros.
Debemos dar gracias por ello, recibirlo con veneración, recibirlo con confianza, porque Él entra en nuestra morada espiritual como entró en todas las casas de Palestina. Entró para enseñar, entró para sanar, entró para santificar. Eso fue lo que hizo durante toda su vida.
Bien, pidámosle que nos enseñe, que nos cure. Que cure mucho más los defectos del alma que los del cuerpo, pero también podemos pedirle por los del cuerpo, las enfermedades, etc., que nos santifique.
Después, una vez hecha esta Comunión, pidámosle perdón por nuestras faltas y pidámosle disposición de alma para que podamos vivir bien el Viernes Santo.
Mañana, si Dios quiere, por la noche, haré con ustedes una meditación sobre el Viernes Santo y, si lo desean, podrán escucharla el Viernes Santo durante el día para alimentar el espíritu y pasar un Viernes Santo lleno de piedad.
* Debemos dar gracias a Nuestra Señora por las gracias recibidas por medio de Ella y participar de su alegría y de su tristeza.
Por supuesto, todo lo que estoy diciendo aquí solo se puede entender bien en relación con Nuestra Señora. Nuestra Señora es la mediadora de todas las gracias. Ella pidió por nosotros las comuniones que recibimos, Ella pidió por nosotros la gracia: para mí, Ella pidió la gracia de hablarles; para ustedes, Ella pidió la gracia de que me escucharan esta noche cuando les hablara de Él y de Ella.
Ustedes deben, pues, pedir todo esto de lo que acabo de hablar, por medio de Ella. Agradecerle a Ella que nos haya obtenido esto. Participar de su alegría al ver que se instituía la Eucaristía, participar de su dolor al tener en cuenta las comuniones mal recibidas.
Y con esto, que ustedes comiencen la Semana Santa en un ambiente de recogimiento. Por lo tanto, esto les es muy recomendable, sobre todo después de la Comunión, mantener una atmósfera de total recogimiento.
Me refiero a después de la Comunión; es muy recomendable que acudan a Misa y que comulguen allí, porque el día en que se instituyó la Misa, conviene que asistamos a la Misa; es más que razonable. El centro del culto católico es la Misa, por lo que conviene que asistamos a la primera Misa, en unión con Nuestra Señora, que también asistió a la primera Misa.
Estas son las recomendaciones que les doy al comienzo de esta Semana Santa.