La Cruz enterrada… y el “Residuum revertetur”: un nuevo triunfo de la Cruz de Jesucristo en el Reino de María

“Santo del Día” – 3 de mayo de 1966


A D V E R T E N C I A

El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.

Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.

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La invención (encuentro) de la Santa Cruz

Del libro de horas *Très Belles Heures de Notre-Dame* (Libro de oraciones de Turín-Milán)

 

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Hoy (03/05) celebramos La Invención de la Santa Cruz por Santa Elena, madre de Constantino.

Comentario de D. Guéranger [Dom Prosper-Louis-Pascal Guéranger, O.S.B; “El Año Liturgico”]

 

«LA CRUZ ENTERRADA Y PERDIDA. — Nunca el orgullo de Satanás sufrió una derrota tan dolorosa como al ver que el árbol instrumento de nuestra perdición, se convirtió en instrumento de nuestra salvación. Descargó su rabia impotente contra este madero salvador, que le recordaba cruelmente el poder invencible de su vencedor y la dignidad del hombre rescatado por tan elevado precio. Hubiera querido aniquilar esta Cruz temible; pero reconociendo su impotencia para realizar tan abominable designio, trató al menos de profanar y ocultar a las miradas del mundo un objeto tan odioso para él.

«Incitó, pues, a los judíos a enterrar vergonzosamente el madero sagrado que el mundo entero venera. Al pie del Calvario, no lejos del sepulcro, había una profunda fosa. En ella arrojaron los hombres de la Sinagoga la Cruz del Salvador juntamente con la de los ladrones. Los clavos, la corona de espinas y la inscripción arrancada de la Cruz fueron también arrojados a la fosa que los enemigos de Jesús hacen rellenar de tierra y escombros. El Sanedrín cree haber acabado con la memoria del Nazareno que fue crucificado sin que descendiera de la Cruz.»

(…)

«Pronto los lugares de nuestra redención fueron profanados por la superstición pagana; un templo a Venus en el Calvario y otro a Júpiter en el santo sepulcro; tales fueron las indicaciones con que la burla pagana conservó, sin pretenderlo, el recuerdo de las maravillas que se realizaron en aquellos lugares».

 (…)

«Con la paz de Constantino los cristianos destruyeron estos vergonzosos monumentos, y apareció a sus ojos el suelo regado con la sangre del Redentor, y el glorioso sepulcro se expuso a su veneración. Pero la Cruz no apareció todavía y continuaba oculta en las entrañas de la tierra.

Descubrimiento de la Cruz. — La Iglesia no entró en posesión del instrumento de la salvación de los hombres hasta algunos años después de la muerte del emperador Constantino (año 337), generoso restaurador de los edificios del Calvario y del Santo sepulcro (Estos santuarios fueron consagrados el 13 de septiembre del año 335). Oriente y Occidente se regocijaron al saber la noticia de ese descubrimiento, que venía a poner el último sello al triunfo del cristianismo. Cristo sellaba su victoria sobre el mundo pagano, levantando su estandarte, no en figura, sino realmente, aquel madero milagroso, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, y ante el cual en adelante todo el mundo cristiano doblará la rodilla».

 

Hasta aquí los comentarios de D. Guéranger. Ahora bien, Ana Catalina Emmerich, en sus «Visiones y Revelaciones Completas», declara lo siguiente:

“Que Santa Elena ordenó destruir el templo que se alzaba sobre el Santo Sepulcro, pero los judíos no querían hacerlo; sin embargo, se desató una espantosa tormenta que barrió de allí todos los escombros y también muchas casas de los judíos construidas a su alrededor. Entonces, un gran temor se apoderó de los judíos y comenzaron a trabajar.”

La Cruz enterrada: la tentativa de borrar la Redención

Tengo la impresión de que este aspecto de la historia de la Cruz que evoca D. Guéranger es algo muy significativo, como símbolo de muchos aspectos de la historia de la Iglesia. Imagínense esto: termina la crucifixión, nuestro Señor es bajado de la Cruz, su cadáver es entregado al cuidado de Nuestra Señora y de las santas mujeres, de San Juan Evangelista y de otros, que lo ungieron, lo embalsamaron, lo prepararon para el entierro, etc.

Y al mismo tiempo que suceden estas cosas y que Nuestro Señor va a ser sepultado, al mismo tiempo, o al menos casi al mismo tiempo, los perseguidores de Nuestro Señor hacen lo siguiente: cavan una fosa y recogen los restos de la Pasión —la escalera, los clavos, la corona de espinas, la Cruz—, los arrojan a la fosa y los tapan para que no perdure memoria de ello. Y sobre eso, para sepultar a la Cruz, se construye entonces un templo pagano sobre ese lugar.

Vean que es algo horrible, tanto más cuanto que aquí se habla de un templo pagano construido en alabanza a Venus y otro templo pagano construido en honor a Júpiter, siendo que sobre el Calvario, que era el lugar donde la Cruz, es decir, el sufrimiento, la renuncia a todos los placeres de la tierra se habían llevado, allí, en ese lugar, el demonio construyó, muy a su manera infame, un templo a Venus, porque realmente se necesitaba un templo a la lujuria, a la impureza, para enterrar la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

Bueno, está enterrada, el lugar se vuelve desierto, Nuestro Señor Jesucristo resucita, los apóstoles se dispersan, pasan los años, pasan los siglos y la Cruz sigue enterrada. Sigue enterrada con la corona de espinas, sigue enterrada con todo lo demás, hasta que la gente se olvida de dónde estaba el Santo Madero, de dónde estaba la Santa Cruz, ya nadie piensa en ello y se ha acabado, y se diría que todo está perdido.

La Cruz reaparece: el descubrimiento que sella un triunfo

Al fin y al cabo, tras el paso de los siglos, en las noches de aquella tierra, donde solo entrarían gusanos y tal vez correría algún pequeño arroyo, algo de humedad que deteriorara la cruz, esa sería la historia de la Cruz enterrada, ignorada, abandonada, olvidada, con el rastro perdido.

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San Luis: estatua de la capilla inferior de la Sainte-Chapelle. Al fondo: capilla superior. La Corona de Espinas en el relicario actual.

Sin embargo, llega un momento determinado, Constantino vence. Constantino vence, Santa Elena realiza la Invención de la Santa Cruz, atestiguada por milagros que no dejan ninguna duda de que era la verdadera Cruz; entonces la verdadera Cruz es sacada de allí con un honor sin igual, con procesiones famosas, y hasta hoy es respetada y venerada en todo el mundo; trozos de la Cruz en los anillos de los obispos, en las cruces pectorales de los obispos de todo el mundo; trozos de la Cruz en la corona de los reyes; trozos de la Cruz en las catedrales más grandes de Europa; de la corona de espinas, para albergar, si no me equivoco, un clavo, o dos, una espina de la corona de Nuestro Señor, San Luis erigió la mayor maravilla arquitectónica de todos los siglos, a mi ver, que es la Sainte-Chapelle.

“Un residuo volverá”: la ley de los triunfos tras las humillaciones

Entonces, ¿ante qué nos encontramos? Un residuo volverá. La historia de la Cruz es la historia del ultramontanismo, es la historia de la ortodoxia, pisoteada, herida, negada, escarnecida; se dirá que ya no volverá, pero siempre vuelve. Es decir, otra vez “residuum revertetur”. O sea, un resto volverá una vez más, son los nuevos triunfos tras las humillaciones. Y triunfos cada vez mayores, seguidos de humillaciones cada vez mayores.

Ustedes dirán: Dr. Plinio, con la Cruz no hay, en este momento, ninguna humillación. En este momento es adorada, venerada por toda la tierra. Es casi tan respetada como en la época de la Edad Media.

La humillación de hoy: dos religiones y el progresismo dentro de la Iglesia

A simple vista, se diría que eso es cierto. Pero cuando percibimos todas las humillaciones que sufre hoy la Iglesia; cuando pensamos en la afirmación de Marcel de Corte —ese gran intelectual católico cuyos textos he tenido ocasión de leer ahora en la reunión, escribiendo en la revista (..?..), de que hoy hay dos religiones dentro de la Iglesia Católica, y que hay una religión que es una mezcla de cristianismo en descomposición y de ateísmo naciente y que se llama progresismo, y que vive, como una leprosa, en el seno virginal de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana—, comprendemos cuánto falso culto, cuánto acto de irreverencia, cuánto desprecio de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo hay en todo esto. Tanto más cuanto que la Cruz de Nuestro Señor es un símbolo; y el desprecio de la Cruz es menos el desprecio del madero que el desprecio de la gloria del espíritu de sacrificio que la Cruz representa.

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Cruz oscura, seca, negra, sin adornos, de Nuestro Señor Jesucristo” en el Patio de la Santa Cruz, de la entonces Sede del Reino de María en la calle Pará, São Paulo – Conferencia del Prof. Plinio a los socios y cooperadores de la TFP con motivo del inicio de la campaña de difusión del número especial de «Catolicismo» (n.º 220/221, de abril/mayo de 1969) en el que se denunciaban los órganos semiclandestinos que propagaban la subversión en la Iglesia (23 de junio de 1969).

En ninguna época de la historia, por desgracia, los católicos han estado tan lejos de lo que San Luis Grignion de Montfort describe: la locura de la Cruz.

Esperanza cierta: un nuevo triunfo con el Reino de María

Ustedes comprenden por ahí cómo la Cruz está nuevamente pisoteada, está nuevamente pisada bajo los pies. Pero Nuestra Señora nos concederá la gracia de que, cuando llegue Su Reino —que evidentemente será el Reino de Su Corazón—, pero en el centro de Su Corazón está la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en esa ocasión asistiremos a un nuevo triunfo de la Cruz. Y la implantación, en pleno centro del mundo, del Reino de María (*), de la Cruz oscura, seca, negra, sin adornos, de Nuestro Señor Jesucristo, que representa el sufrimiento, el sufrimiento de la renuncia a uno mismo, el espíritu de mortificación, el espíritu de austeridad, serio y que va hasta el final, y que acepta completamente el sacrificio.

Ese es el espíritu de la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Propongo, por tanto, que nos dirijamos “ahora a la reproducción de la Cruz que está aquí —ustedes saben que tiene un papel en nuestra historia, porque fue una de las cruces del congreso de Sierra Negra— y que recemos allí.

 

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Crucifijo venerado en la entonces Sede del Reino de María de la TFP, hoy Instituto Plinio Corrêa de Oliveira

 


NOTAS

(*) Reino de María – San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, prevé la llegada a la Tierra de una era «en la que las almas respirarán a María como el cuerpo respira el aire», y en la que innumerables personas «se convertirán en copias vivas de María» (Cap. VI, art. V). A esa era la llama Reino de María.

Esta profecía encaja orgánicamente con la de Nuestra Señora en Fátima. En efecto, tras predecir varias calamidades para el mundo, Ella afirmó: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». O sea, será una obra de Ella y la posición del Prof. Plinio era la de trabajar para que el mayor número de almas estuviese en condiciones de acceder a esa conversión.

No es milenarismo ni utopía; el Prof. Plinio insiste en que No se trata de un paraíso terrenal perfecto Ni de una fase final antes del fin del mundo (en el sentido milenarista condenado por la Iglesia). Es una era histórica mejor, pero aún dentro de las limitaciones humanas.

 

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