La gloria verdadera nace de la Cruz: meditación sobre el Domingo de Ramos

 

Charla a los miembros del Sector Obrero de la TFP brasileña, 27 de marzo de 1994


A D V E R T E N C I A

Grabación de una exposición del Prof. Plinio para colaboradores del sector obrero de la TFP brasileña, que no ha sido revisada por el autor.

Si Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia en relación con el Magisterio tradicional de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Las palabras «Revolución» y «Contrarrevolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.

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En la entonces sede del Consejo Nacional de la TFP brasileña, el profesor Plinio recuerda el significado de la fiesta litúrgica del Domingo de Ramos, haciendo aplicaciones concretas a la vida cotidiana, especialmente con motivo de las celebraciones de la Semana Santa.

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Procesión de Las Palmas, organizada por la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén, el Domingo de Ramos en Astorga, León, España.

Una vez más tengo la alegría de estar aquí en compañía de mis hijos obreros, y ello en un día que es a la vez día de alegría y día de tristeza para la liturgia católica y, por tanto, para las almas de todos nosotros los católicos.

* La Iglesia contempla el triunfo del Domingo de Ramos con una mirada luminosa de alegría, pero al mismo tiempo ya empañada por las lágrimas

Es el Domingo de Ramos. Es, por tanto, el domingo en el que la Iglesia conmemora un gran triunfo de Nuestro Señor Jesucristo, pero en el que ella mira hacia atrás, hacia ese triunfo, con una mirada luminosa de alegría, pero al mismo tiempo ya empañada por las lágrimas.

Porque si piensa en la victoria que Nuestro Señor alcanzó en esos días, sus ojos de madre, ojos previdentes, que tienen la noción de todo lo que le puede suceder de bueno y de malo a su hijo, los ojos de Nuestra Señora ya disciernen, para allá del Domingo de Ramos, de las alegrías del Domingo de Ramos, la mirada de Nuestra Señora ya discierne las tristezas de la Semana Santa.

Pero también es cierto que, más allá de las tristezas de la Semana Santa, su mirada y su corazón ya disciernen las alegrías de la Pascua y de la Resurrección, y las alegrías de la Ascensión de Nuestro Señor al Cielo.

De modo que es todo un panorama el que la liturgia nos revela ante nuestros ojos y al que debemos dirigir nuestra mirada en ese día.

Domingo de Ramos. ¿Qué ramos son esos? ¿Por qué este domingo? ¿Qué ocurrió en esa ocasión?

* Por su persona, Nuestro Señor cautivaba: verlo era adorarlo, verlo era quedar cautivado por todo lo que Él es, por todo lo que emanaba de Él, y era, por tanto, convertirse en su seguidor.

Ocurrió que Nuestro Señor, que obró innumerables milagros y cautivó a multitudes no solo por sus milagros, sino por la sabiduría de sus enseñanzas. No solo por sus milagros y enseñanzas, sino por su Persona. Verlo era adorarlo, verlo era emocionarse con todo lo que Él es, con todo lo que emanaba de Él, y era, por lo tanto, convertirse en su seguidor.

Nuestro Señor consiguió numerosos seguidores entre el pueblo elegido de antaño, que en pocos días se convertiría en el pueblo deicida. Nuestro Señor tenía —hasta ese momento celebrado en el Domingo de Ramos— una popularidad extraordinaria entre el pueblo de Israel, por usar una palabra moderna que los antiguos no conocían.

Y, a decir verdad, no podía ser de otra manera. Admirable como era, poderoso como era, de tal manera que cuando calmó la tormenta en el lago de Genesaret, los apóstoles hicieron este comentario: «vere, venti et mari obediunt eum —en realidad, hasta los vientos y los mares obedecen su orden». Tan poderoso que, con una sola orden, transformó el agua en vino en las bodas de Caná, y así en adelante.

Él, en el Monte de las Bienaventuranzas, recibiendo a la multitud hambrienta que estaba allí y que se había dejado llevar hasta el desierto; a medida que Él se adentraba en el desierto, ellos caminaban con Él para escucharlo. Pero Él sabía perfectamente que esa multitud en breve no tendría qué comer. Entonces, ¿qué hacer? Ya se habían adentrado tanto en el desierto que era imposible volver sin caminar mucho tiempo y pasando gran hambre; no tenían víveres, no tenían agua, tan escasa en ciertas partes de esas zonas de nuestro globo. ¿Qué hacer en esas condiciones?

Nuestro Señor predicaba.

La multitud no pensaba en el pan ni en el agua porque solo pensaba en su palabra, pero Él pensaba en la multitud y, al ver que pronto habría escasez, ordenó a algunas personas cercanas a Él que recorrieran la muchedumbre recogiendo todos los víveres que pudieran para distribuirlos en su momento entre la multitud. Pero llega el apuro: solo consiguieron recoger, si no me equivoco, cinco panes y cinco peces. No recuerdo si eran cinco o siete. Para una multitud como aquella no era nada.

* La perplejidad de un espíritu práctico ante la multiplicación de los panes

Entonces, para Nuestro Señor fue una cruel decepción, porque se diría que era un líder sin aptitudes de liderazgo: llevó a la multitud locamente hacia el desierto, buscó hablar a esas multitudes, edificarlas —edificó mucho—, pero se olvidó de la parte práctica. Eso no es propio de un verdadero líder, de un verdadero jefe que tiene que fijarse también en los aspectos prácticos. Y empezó con toda naturalidad a hacer la distribución.

Esos siete panes y siete peces —digamos que fueron siete, no lo recuerdo bien— se fueron multiplicando milagrosamente porque, al igual que Dios creó al principio de todas las cosas, creó la Tierra, creó… en fin, todo lo que nos cuenta el Génesis; Él fue sacando de la nada todo ese universo— allí, en ese acto, iba sacando panes y peces para aquella gente, pero sacándolos de la nada. No había nada; Él creaba y daba.

Y repartió tal cantidad de panes y de peces y otras cosas, que al final sobró, y entonces, por orden Suya, la gente recogió y organizó de alguna manera esos víveres y muchos se llevaron cestas enteras llenas de víveres, ellos que habían entrado en el desierto sin pensar en nada.

Es una prueba de poder…

Pueden imaginarse lo que pensó la gente cuando vio aquello. Imagínense en medio de esa escena, imagínense a algunos de ustedes con un espíritu excesivamente práctico y censurando interiormente a Nuestro Señor porque había dado un paso imprudente al aventurarse en el desierto sin los recursos necesarios, y de repente empiezan a darse cuenta de que los panes no se acaban nunca. Pero ¿de dónde y cómo venían esos panes? ¿De dónde venían esos peces? Sí, evidentemente allí era un desierto y en el desierto no hay pan ni hay peces. Ustedes lo comprenden… Y Él repartiéndolos con esa divina naturalidad.

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Los hermanos Limbourg, La multiplicación de los panes y los peces de las Très Riches Heures du Duc de Berry; c. 1411-1415 – Chantilly, Musée Condé.

Se lo pueden imaginar muy bien: nosotros, tantos siglos después, dos mil años o más desde aquel acontecimiento, cuando oímos narrarlo, nos sentimos emocionados; imaginen qué impresión habrían tenido ustedes en aquel momento… Es algo difícil de calcular la impresión de aquella multitud.

El resultado fue que, en la fiesta de la Pascua, Nuestro Señor entró en Jerusalén y el pueblo, que sabía que Él iba a Jerusalén, le preparó una manifestación colosal, incluso desde los tejados de las casas —los tejados de las casas en Oriente son planos, por lo que son como auténticas terrazas—; había gente mirando, aullando, etc., y gritando «hosanna» —«hosanna» significa «¡viva!», es una aclamación así—: «Hijo de David; Jesús, hijo de David».

¿Por qué hijo de David?

* David fue uno de los reyes más grandes, de vida más agitada, más accidentada, con manchas oscuras y actos de virtud como soles.

David, ustedes saben bien que fue uno de los reyes de Israel, y uno de los mayores, con una vida muy agitada, llena de altibajos, con manchas oscuras y actos de virtud como soles.

David fue el fundador de la dinastía que reinaba en Israel. De esa dinastía, es decir, de ese linaje de personas, él fue el fundador. Y Nuestro Señor Jesucristo era descendiente suyo. Y según las leyes de sucesión al trono, Nuestro Señor Jesucristo era quien tenía derecho a ser rey de Israel. Pero como los romanos se habían apoderado de Israel, al igual que de casi todo el mundo conocido, con sus tropas, su poder militar, sus generales, etc., bien conocidos. No consintieron, ni consentirían, que Nuestro Señor fuera rey. Pero el pueblo comenzó a aclamar: «Hosanna, Jesús, hijo de David». Hijo de David significa heredero del trono. Heredero del trono significa un trono que en ese momento le correspondía a Él, pero que los romanos usurparon cuando se instalaron al frente del Estado de Israel.

Era una especie de grito «independentista» del pueblo, que esperaba que Nuestro Señor, con su gran poder, del mismo modo que calmaba los mares y los vientos, acabara con los romanos. Y todos se alegraban. Solo pensaban en los intereses materiales, no pensaban en otra cosa.

Bueno, aclamaciones, aclamaciones, etc. En definitiva, un gran triunfo. Pasa el día, y al día siguiente comienza la Semana Santa.

* Justo al día siguiente del gran triunfo del Domingo de Ramos, Jerusalén era como un tumor reventando de calumnias contra Nuestro Señor.

Es decir, los romanos gobernaban a través de unos judíos que se hacían pasar por los auténticos gobernantes de Israel. Y, por lo tanto, por los verdaderos amigos del pueblo israelita. Y esos romanos y esos judíos urdieron una conspiración para matar a Nuestro Señor. Y en esa conspiración comenzaron a circular calumnias, urdidas por los judíos y apoyadas por los romanos, contra Nuestro Señor entre el pueblo. Y al día siguiente de un triunfo tan grande, Jerusalén estaba como un tumor reventando de calumnias, y de calumnias contra Él.

Se puede imaginar la cantidad de mentiras que debía haber, el odio que había contra Él para que esas mentiras y ese odio pudieran superar la impresión causada por los méritos, por los milagros, por la santidad de Nuestro Señor.

El hecho es que entonces comenzó la Pasión, comenzó la Pasión que conduce hasta la crucifixión. Es esta semana, en esta Semana Santa, cuando la Iglesia conmemora precisamente el triunfo y el paso del triunfo a la impopularidad, al odio y a la condenación injustísima de Él a la muerte y a Su muerte. Esto es la Semana Santa. Conmemora estas cosas tan tristes.

Y luego, de repente, celebra la resurrección de Nuestro Señor y la victoria de Nuestro Señor.

* Es en torno a la religión católica donde nuestras almas se reúnen, se conocen, se reconocen y se disponen a luchar por Nuestro Señor.

Sé que ustedes ya conocen todo esto, pero nos alegra a todos los católicos reunirnos al pie de un crucifijo, o dentro de un lugar donde todo habla de religión, y es en torno a la religión católica donde nuestras almas se reúnen, se conocen, se reconocen y se disponen a luchar por Nuestro Señor; es en un edificio así donde hoy comenzamos nuestra Semana Santa (*).

Durante esta semana debemos releer el Evangelio para recordar todo lo que le sucedió a Nuestro Señor durante la Semana Santa. Al releer el Evangelio, debemos pedirle a Él, por medio de Nuestra Señora, que prepare nuestras almas para sacar provecho de esta lectura, y que con cada día que pase estemos más unidos a Nuestra Señora y, por medio de Nuestra Señora, a Nuestro Señor Jesucristo.

De modo que, cuando llegue el momento trágico para todos, a las tres de la tarde del Viernes Santo, en el que se conmemora la muerte de Nuestro Señor Jesucristo, los acontecimientos tan tristes que entonces tienen lugar —Nuestro Señor, que está a punto de expirar en la Cruz, entre dos ladrones, y que allí mismo sigue haciendo el bien a los hombres— [nuestras almas estén unidas a Su sufrimiento].

* Nuestro Señor crucificado, pisoteado, escupido, humillado y maltratado de todas las formas posibles, afirmaba, sin embargo, su gloria para ese mismo día.

Los dos ladrones discuten entre sí y el Buen Ladrón le dice al malo: «¿Por qué esas blasfemias que sueltas? Tú y yo somos ladrones, y merecíamos el castigo que estamos sufriendo; Él es inocente, Él no lo merece. No protesto por la justicia que merezco, doy gracias por la justicia que merezco; voy a morir, merecía morir, soy un vil ladrón. Pero que Él —y en ese «Él» se concentraba todo lo que hay de único en Nuestro Señor— sufra estos padecimientos es algo injusto, profundamente injusto».

El Evangelio no cuenta qué respondió a esto el mal ladrón. Nuestro Señor escuchó lo que el buen ladrón le dijo al malo y le dijo al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Así, Él, crucificado, pisoteado, escupido, humillado, destrozado de todas las formas posibles, afirmaba, sin embargo, su gloria aquel mismo día. Iba a morir, pero como iba a ir al Paraíso ese mismo día, todo aquello, por lo tanto, en poco tiempo se reduciría a nada. Una muerte muy dolorosa, un hiato terrible, ¡pero después…!

Y la primera canonización que existe en la Iglesia es la de San Dimas, el buen ladrón canonizado directamente por Nuestro Señor.

* Más allá de los dolores de la Pasión, Nuestro Señor comienza a cantar el amanecer de la Resurrección.

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Cristo de la Expiración – Pontificia, Real e Ilustre Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Expiración y Nuestra Madre y Señora del Patrocinio en su Dolor y Gloria – Sevilla

Nuestro Señor expira. Antes de morir, dice con gran voz —voce magna, dice el Evangelio, con gran voz—: «Deus, Deus meus, ¿quare me dereliquisti? — Dios, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Da la impresión de que perdió la esperanza, que perdió la confianza, y que el vínculo que unía a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad con la Primera, vínculo indescriptiblemente perfecto, santo, etc., se rompía. Pero era mentira.

Esas palabras «Dios, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» son el comienzo de un salmo que acaba previendo la resurrección de Nuestro Señor, y entonces Él mismo comienza a cantar, más allá de sus dolores, la aurora de la resurrección. Es algo sumamente hermoso.

Después, dice el Evangelio: que, inclinando la cabeza, «eflavit spiritum — su espíritu se fue».

Mis caros amigos, al menos en medio del ajetreo de mi vida, en un día que suele ser, en cierto sentido, más ajetreado que el resto, que es el domingo, encuentro el tiempo necesario para recordar todo esto junto con ustedes y ayudarles a pasar una Semana Santa dedicada por completo a ello.

* Junto a Nuestro Señor, la televisión desempeña el papel del mal ladrón: es el vehículo de la blasfemia, el vehículo de la negación, el vehículo del mal.

¡Nada, nada, nada, pero mil veces nada de televisión encendida en casa! En la casa de un buen católico no entra la televisión. Si por desgracia entrara, que se le rompa la mandíbula, que se le cierre la boca el primer día de Semana Santa. Y si por alguna circunstancia tiene que encenderse la televisión después, que sea solo para lo indispensable, poco, y que la muerte de la televisión quede decretada como homenaje de los hombres a la muerte de Cristo. Porque la televisión es la gran máquina de perdición, y ella, junto a Nuestro Señor, desempeña el papel del mal ladrón. Es el vehículo de la blasfemia, es el vehículo de la negación, es el vehículo del mal, ¡no queremos ser eso! Somos como el Buen Ladrón, nos oponemos al mal ladrón, [le] callamos la boca…

Si tiene que haber música en nuestras casas, que sea música de tocadiscos, de algún otro aparato de sonido, pero músicas bellas, músicas sacras, etc. Y así, a las tres de la tarde, que la familia esté reunida, que los amigos católicos de la familia que quieran estar allí acudan para reunirse con ella, y que todos recen a las tres en punto oraciones apropiadas para el momento en que la Iglesia conmemora la muerte de Nuestro Señor.

* Tras la muerte de Nuestro Señor, comienza el cumplimiento de los castigos por Él previstos.

El velo del Templo se rasgó, se hizo la oscuridad, el mundo se oscureció y las tumbas de los justos se abrieron y ellos salían muertos, con los ojos cerrados. Pero al reconocer a las personas con las que se encontraban, y a quienes a menudo habían conocido en vida, se detenían y decían:

«Tú, malvado, que has hecho todas esas cosas, que tienes esos crímenes, que has cometido esas infamias, mira ahora esta voz de un muerto que te habla desde lo más profundo de las sombras de la muerte, acerca de la eternidad; mira el castigo que te espera, ¡arrepentite, miserable! Y confía en la misericordia de Dios. Y si no confías, estarás pe-r-di-do, perdido, perdido».

Y esas almas —almas, pero actuando en su propio cuerpo— recorren toda Jerusalén dejando al pueblo aterrorizado.

En el Templo, los Ángeles salen. Durante todos los siglos de existencia del Templo, este estuvo habitado por los Ángeles. Pero desde el momento en que la sinagoga mató a Cristo, dejó de ser la iglesia de Dios. Entonces su templo dejó de ser el templo de Dios y los Ángeles salen del Templo. Queda vacío. Nadie entra. Todo está aterrorizado. Hasta que, tras 40 años, los romanos entran en Jerusalén y destruyen la ciudad maldita.

Estos son los recuerdos que era oportuno recordar junto con ustedes. Oremos en esta ocasión por la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, para que esté libre de pastores que la desvíen de su fin; de falsos profetas que también la desvíen de su fin, para que sea más fiel que nunca a sí misma y enemiga tenaz e indestructible de todos aquellos que de una u otra manera luchen contra la Causa católica.

Con esta meditación, les recomiendo que tengan especial cuidado en orar, en meditar sobre la TFP, para que amen a esta TFP que es como un arca de Noé, para que quieran estar en ese arca cueste lo que cueste, durante el tiempo que sea, hasta que llegue la feliz ocasión en que veamos que el diluvio cesa y aparece el arco de la alianza. Y sintamos que la Revolución ha muerto y que la Contra-Revolución ha vencido.

Ahí tienen, mis caros, esta exposición demasiado larga; pero el gusto por la compañía y, sobre todo, el gusto por el tema me han llevado a esta extensión. Ahí lo tienen, con mis deseos, ya anticipados, de una Santa Pascua tras una Semana Santa seria, dolorosa, valiente, victoriosa, para que así, tras esa Semana Santa, ustedes estén más que nunca preparados para las grandes luchas de la «Bagarre» (**). Todo está dicho.


NOTAS

(*) La sede a que se refiere el Prof. Plinio es la entonces Sede del Consejo Nacional de la TFP brasileña, hoy sede del Intituto Plinio Corrêa de Oliveira, llamada Sede del Reino de María por ser especialmente consagrada a la Virgen María y a su Reino, acorde a las profecias, entre otros, de San Luís María Grignion de Montfort.  La sala principal de la sede puede ser “visitada” aquí.

(**) “Bagarre” – «Bagarre» es una palabra francesa que designa una situación de confusión, provocada por una disputa o una pelea. Plinio Corrêa de Oliveira la utiliza como metáfora para describir el castigo que le espera a la humanidad si no se convierte, tal y como advirtió Nuestra Señora en Fátima.

 

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