
Legionario, São Paulo, 28 de enero de 1940, n.º 385, pág. 2
Pacifismo
Por Plinio Corrêa de Oliveira
Creo que nunca ha sido más oportuna una digresión sobre el pacifismo que en estos días de guerra que atravesamos. Porque, en realidad, el pacifismo nunca parece haber contribuido tanto a desviar las conciencias, ablandar las voluntades y desarmar las resistencias más justas e imperiosas. Y, sobre todo, nunca ha tratado de ocultarse tan insistentemente como en nuestros días bajo la piel del cordero, haciéndose muy católico.
Creo, pues, que los lectores de «Legionario» sacarán provecho de dedicar un poco de tiempo a reflexionar sobre el tema.

Una de las notas características de la moral católica es que no solo recomienda el amor al bien, sino que enseña que cada virtud, considerada directamente, debe ser amada dentro de ciertos límites, so pena de convertirse en defecto.
¿Cuáles son estos límites? Los que son impuestos por otras virtudes más elevadas. Si nuestro amor por una determinada virtud no está motivado por razones muy verdaderas y muy puras, degenera fácilmente en pasión y, con ello, se convierte en defecto. De ahí la aparición de tantas virtudes que no son más que una caricatura de la verdadera virtud y perjudican profundamente, en la masa del pueblo, la concepción exacta de la auténtica perfección moral.
Será preferible que ejemplifiquemos. La Iglesia siempre ha predicado el patriotismo como un deber sagrado. Los lazos que la naturaleza ha establecido entre los hombres de un mismo país, como la comunidad de sangre, lengua, carácter, tradiciones, costumbres, aptitudes, etc., crean vínculos afectivos especiales que nos obligan a una caridad particular hacia nuestros compatriotas.
A esto se suma la serie de obligaciones que tenemos con el Estado, como consecuencia inevitable de los beneficios que recibimos de él. En general, estas circunstancias, que son inseparables de la naturaleza humana y que, por lo tanto, han sido queridas por Dios, autor de la naturaleza, nos obligan a una solidaridad especial con nuestro país.
Sin embargo, desde que estos sentimientos naturales se desvirtúan y se transforman en mera expresión de egoísmo y pasión, el patriotismo se corrompe en un imperialismo criminal o en una estatolatría perfectamente pagana.
¡Cuántas y cuántas veces los atentados más monstruosos contra el derecho internacional se han explicado como brotes heroicos del patriotismo de una nación agresora! ¡Cuántas y cuántas veces, por otra parte, los derechos más sagrados de los individuos, las familias o las corporaciones han sido pisoteados con el pretexto de que los intereses de la Patria así lo exigían!
Recorrámos la Historia, y ella nos mostrará que, en nombre del auténtico patriotismo, se han practicado las acciones más heroicas, pero que bajo el pretexto de un falso patriotismo se han practicado también los crímenes más repugnantes.
¿Por qué esto?
¿Se puede decir que los autores de tales crímenes exageraron la virtud del patriotismo? No. Considerando las cosas al pie de la letra, una virtud nunca puede exagerarse, ya que, por muy intensa que sea, sigue siendo siempre una virtud, que alcanza, en su cenit, el grado heroico propio de la santidad. La virtud no exagera, como no es posible exagerar la salud. La virtud es la salud del alma, y cuanto más sana es el alma, mejor y más perfecta.
Pero la virtud puede ser desfigurada, mal entendida y mal aplicada. No se trata de un aumento de intensidad, sino de una deformación. No es la virtud del patriotismo llevada al máximo de su intensidad lo que produce el imperialismo guerrero y criminal. Es la deformación del patriotismo lo que llega a tal resultado. La perfección del patriotismo forma héroes. Su deformación da lugar a bandidos.
Exactamente lo mismo puede decirse de la bondad. No hay virtud más incomprendida que esta. En general, se cree que el hombre debe ser una especie de cretino, incapaz de percibir diligentemente las intrigas ajenas y de protegerse contra ellas, de invertir enérgicamente contra el error y el vicio, o de luchar virilmente en defensa de sus derechos.
De ahí ciertas frases de uso corriente: «¡Pobrecito! Era tan bueno que acabó en la miseria con los suyos». Esto no es en general bondad, sino la caricatura de la bondad. El católico —dijo Nuestro Señor— debe aliar la prudencia de la serpiente con la inocencia de la paloma. En general, los fracasos, los engaños, las ridículas situaciones a las que se exponen muchas personas consideradas «muy buenas» no provienen de la inocencia de la paloma, sino de la ausencia de la astucia de la serpiente.

Este es, precisamente, el caso del pacifismo. Nadie más que la Iglesia lamenta las guerras y se esfuerza por evitarlas. Pero la Iglesia está muy lejos de entender que, por eso, la guerra es la mayor de las catástrofes. La Iglesia aprecia tanto la vida humana que lamenta y evita en la medida de lo posible la guerra. Sin embargo, comprende bien que hay cosas de mucho mayor valor que la vida terrenal.
A este respecto, San Agustín hace una grave observación. El gran Doctor muestra que el mayor mal de la guerra no reside en la destrucción de vidas humanas que, en esta tierra, tarde o temprano serán devoradas por la muerte, ni en la mutilación de cuerpos que, tarde o temprano, la corrupción de la tumba mutilará a su vez. El mayor mal de la guerra es la ofensa hecha a Dios por el pecado del agresor, porque una ofensa a Dios es algo mucho más lamentable que la desaparición de cientos o miles de vidas.
Si la expiación de los pecados del hombre tuvo como precio la vida del Hombre-Dios, ¿cómo no admitir entonces la gravedad de un pecado y la doctrina del gran obispo de Hipona?
¿Qué valores se superponen a la vida terrenal?
Ante todo, la vida eterna. ¿De qué le sirve al hombre, pregunta San Pablo, ganar el mundo entero, si pierde su propia alma? Del mismo modo, ¿de qué le sirve vivir más de un siglo en este mundo si después el infierno lo acoge por toda la eternidad? Así pues, situados entre la apostasía y la muerte, debemos preferir esta última.
Este es el sentido de la heroica resistencia de los mártires y de las guerras santas que, pisoteando resueltamente cualquier pacifismo mórbido, la cristiandad desarrolló en el pasado para preservarse de los ataques de los moros, albigenses y protestantes. Este es también el sentido de quienes, armas en mano, se oponen en nuestro siglo a la propagación de doctrinas hostiles a las de Nuestro Señor Jesucristo, doctrinas que, encarnadas en herejes, han conquistado el poder y disponen de los inmensos recursos militares de naciones enteras. En segundo lugar, viene la dignidad y la integridad territorial.
La brevedad de un artículo de periódico no nos permite examinar las múltiples hipótesis de guerra lícita, reconocidas por el Doctor Angélico [Santo Tomás de Aquino]. Sin embargo, bastará para este propósito destacar que hay casos en los que considera la guerra un deber. Y esto basta para demostrar que la paz a toda costa no puede constituir un programa digno del espíritu católico.
Esto es, por cierto, lo que afirmó de manera irrefutablemente clara el Santo Padre Pío XII en su reciente carta al presidente Roosevelt. El Santo Padre dice que, cada vez con mayor claridad, observa la creciente dificultad que los círculos internacionales oponen a una «paz justa y sana». Y añade formalmente que desea una paz auténtica, conforme a la justicia internacional, y no conforme a combinaciones diplomáticas efímeras que, tarde o temprano, harían derrumbarse la paz «construida sobre arena».
Esa paz, añade el Papa, solo podrá ser asegurada por los estadistas que tengan «una comprensión suficientemente clara de las necesidades de la humanidad y un profundo respeto por los mandamientos del Evangelio, ya que solo ellos se encuentran en el camino recto y justo. Solo a ellos se les dará el poder de crear la paz, de compensar los gigantescos sacrificios de esta guerra y de facilitar los medios por los que se encontrará un entendimiento más equilibrado, pero confiado y más fecundo entre las naciones».
Parece imposible afirmar con mayor claridad que se derrumbarán como castillos de naipes los intentos de paz con algún jefe de Estado que se erija en defensor de la civilización anticatólica.
¿Cómo, entonces, ser pacifista a toda costa?
Nota: Traducción sin revisión del autor.