“Santo del Día”, 26 de abril de 1986
A D V E R T E N C I A
Este texto es transcripción de cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber pasado por ninguna revisión del autor.
Si el profesor Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia con relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:
“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso, algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.
Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.
«Aunque camine por el valle de la sombra de la muerte, no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo» (Sal 23,4)
En la clausura de un período de preparación para la Consagración a la Virgen por el método de San Luís María Grignion de Montfort (Esclavitud de Amor), los jóvenes participantes pidieron al Prof. Plinio unas palabras de aliento y orientación, sobre todo en el sentido de la perseverancia en los propósitos asumidos en el acto de la Consagración.
El Prof. Plinio les dio como ejemplo su lucha en su adolescencia y juventud por la perseverancia, en un mundo ya entonces profundamente corrompido, y de como le valió da Confianza en el auxilio materno de la Virgen María.
Al veros aquí, en tan hermoso número, a vos que acabáis de realizar un acto de consagración a Nuestra Señora, como esclavos [de amor], según la espiritualidad de San Luis María Grignion de Montfort, no puedo dejar de deciros algo.
Y al veros tan jóvenes y en tal número, evidentemente mis recuerdos se remontan a mis años de juventud. Se remontan a aquella época lejana, a aquella época en la que yo tenía 15, 16, 17 años. El camino de la vida es muy largo, y los que tienen vuestra edad tienen dificultades para comprender que los que tienen la mía tuvieron una vez vuestra edad; de tal manera las distintas etapas de la vida son diferentes. Pero así es, y todos pasamos por los mismos caminos.
Y, mirando el punto remoto en el que yo estuve y en el que estáis vosotros, recuerdo que había una cosa, una actitud de ciertos mayores hacia mí, que me dejaba abismado de perplejidad. Los miraba y me preguntaba: «¿Pero no pasó él por mi edad? ¿No pasó por mis problemas? ¡¿Y se atreve a decirme esta tontería?!».
* Cuando era joven me preguntaba: ¿acaso los mayores no tienen ante sí los mismos problemas que yo?
Él me miraba y decía: ¡Qué joven eres! ¡Eres joven! ¡Qué maravilla! ¡La vida se abre ante ti! ¡Qué alegría para ti tener ante ti todos los placeres, tener toda la salud de la juventud que se prolongará durante mucho tiempo, hasta el final de tu madurez! ¡Salud, dinero, situaciones, todo está abierto para ti!… ¡Oh! ¡Qué hermoso es el camino de la vida para ti! ¡Adelante, muchacho!
Tenía ganas —perdón por el prosaísmo— de sacar la lengua. Exteriormente sonreía, porque una señora a la que quise y veneré mucho me enseñó a decir «no», pero también me enseñó a sonreír. Y yo sonreía… Pero, internamente, pensaba: «¿Acaso él no tiene ante sí el mismo problema que yo? La vida se me está abriendo; ¡esta vida que se me está abriendo es una batalla! Se plantea el noble, pero terrible problema: ¿perseverar, sí o no?
«Veo tu vida, conozco tu pasado. Sé lo que fuiste y lo que no debiste haber sido. Te miro y veo que eres lo que no deberías ser. Tú, o no quisiste ser como eres, pero caíste y acabaste como acabaste, ¡tuviste la culpa! Fuiste débil o fuiste malo —ser débil es una forma de ser malo—, o ni siquiera pensaste en tener virtud en la vida y ya en tus primeros pasos te dirigiste hacia el lodazal. ¿Quién eres tú? No lo sé. Pero al menos sé quién soy yo.
«Y, por encima de todas las facilidades a las que aludes, y que tendré o no tendré —no son tan abundantes como dices para ser amable, veo que en este campo de las realidades terrenales también tendré dificultades—, pero no me interesan. Me interesa una cosa: ¡Vi, creí y amé a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana!
«Gracias a Nuestra Señora Auxiliadora, a su ayuda, creí hasta lo más profundo de mi alma, y sigo creyendo, y siento que no es suficiente, y quiero, a lo largo de todos los días de mi vida, creer cada vez más.»
* Hay que creer en la Santa Iglesia y practicar los Mandamientos
«Pero sé que creer no basta. Hay que practicar. Y sé que practicar es duro. Es duro porque siento en mí los obstáculos a esa práctica. Es duro porque siento los obstáculos a mi alrededor. Veo todo un mundo unido a mi alrededor que quiere apartarme de esa práctica. Ya sea por sonrisas como la tuya, viejo prevaricador, ya sea por otras formas de atracción, ya sea por intimidación: Vas a hacer carrera. Para hacer carrera, deberás tener muchos amigos. Para tener muchos amigos, tienes que ser un hombre impuro como los demás. ¡Ve y sé impuro!» Y así sucesivamente…
Sé cuánta presión hay dentro y fuera de mí para no perseverar. Y yo quiero perseverar absolutamente. Más aún: no solo quiero perseverar yo, quiero luchar para que los demás también perseveren.
La Revolución —aún no sabía su nombre, pero ya conocía su horrible rostro— yo la odiaba. Y esperaba contribuir a su derrocamiento.
¡Qué luchas tan enormes! ¿Cómo tener valor para ello? ¿Cómo tener fuerza para ello? ¡Qué enorme deseo de luchar, qué enormes dificultades para vencer!
De ahí surge un temor: ¿seré fiel hasta el final? ¿Venceré hasta el final? ¿Seré un luchador fiel? En esta batalla, ¿seré siempre un luchador fiel? Como luchador, ¿pondré todas mis fuerzas en ella?
Si me entrego por completo, Nuestra Señora hará el resto. ¿Pero cómo es eso de entregarse por completo?
* Lo único que me interesaba: ¡perseverar, progresar y vencer!
Y este era un problema que se me planteaba, y que se planteaba con tanta intensidad que era el único problema de mi vida y era lo único que me interesaba: ¡perseverar! ¡Progresar y vencer!
Este problema se formuló de manera suave, pero muy precisa, por las peticiones que ustedes me hicieron espontáneamente, en el momento en que les entregaba la capa (*), pidiendo tal o cual favor, que Nuestra Señora les concediera esto, expresando tal o cual dificultad. Y yo recordaba mi juventud.
Recuerdo que, tras terminar mis estudios secundarios, me matriculé en la histórica Facultad de Derecho de São Paulo [del Largo de San Francisco]. Y lo que se decía era que el ambiente hormigueaba alrededor de cada novato, de cada nuevo alumno; hormigueaba de impureza, hormigueaba de impiedad, hormigueaba de tentaciones.

Me recuerdo a mí mismo. ¿Qué edad debía tener? Era un poco mayor que la media de vosotros, tenía 16 años. En la secundaria había perdido un año por enfermedad. Y por eso ingresé en la Facultad de Derecho no con 15 años, que era la edad mínima permitida, sino con 16. Me recuerdo a mí mismo subiendo las escaleras de la Facultad para entregar mi solicitud de inscripción, matriculación como estudiante, la solicitud clásica. Yo en la fila, con esa serie de nuevos compañeros con los que iba a pasar cinco años. Pero ustedes saben bien que a su edad cinco años son cinco eternidades. ¡Cinco años, Dios mío! Bueno, iba a pasar cinco años con ellos. Y mirándolos de reojo: este tiene buen aspecto, aquel tiene buena cara, y aquel otro, ¿cómo será?
* Al entrar en la facultad, tenía tanto miedo de no perseverar que sentía mi corazón latir en la garganta
Recuerdo que el miedo a no perseverar era tan grande que sentía el corazón latir aquí [en la garganta]. Tengan en cuenta que soy poco emotivo, soy muy tranquilo. Bueno, el miedo era tal que sentía el corazón latir aquí.
Entregué la solicitud. Todo el tiempo pensaba: ¡Nuestra Señora me ayudará! Ella, que ya me ha ayudado en tantas otras cosas, en tantas otras dificultades, también me ayudará ahora.
Cinco años después terminé mi carrera. Con su gracia, cuando terminé, se fundó la Acción Universitaria Católica en la Facultad de Derecho. Y en esa facultad, que era considerada un antro de impiedad, se iba a celebrar la misa de graduación. Venía a predicar el sermón el predicador más importante de Brasil en aquella época, el padre Leonel Franca, jesuita, autor de libros famosos, una verdadera celebridad.
Y cuando entré por la mañana para asistir a la misa y comulgar, etc., me sorprendió ver que había un banco construido en madera, como este, con sillas como estas, y todos los profesores de la Facultad de Derecho con toga, y algunos con el rosario en la mano.
Mi corazón rebosaba de alegría. Pero no era la alegría de pasar esos exámenes por los que pasaba todo el mundo, algo banal. Mi alegría era otra: ¡había perseverado! ¿Por qué? ¡Porque había puesto toda mi confianza en Nuestra Señora!
* Al final del curso rebosaba de alegría: ¡había perseverado! Eso es lo que les deseo a ustedes.
Les deseo exactamente eso. Y lo deseo con toda mi alma y con todo mi corazón. Por eso, incansablemente, a todos o casi todos los que pasaron por aquí para recibir la capa, les mostré el libro «El libro de la confianza» [del Rvdo. Pe. Thomas de Saint-Laurent], que tiene una imagen de Nuestra Señora con el Niño Jesús en brazos. Esta imagen es de una iglesia de Roma [la Capilla del Pontificio Seminario Romano], y debajo de la imagen está escrito: «Mater mea, fiducia mea», que en español significa: «Oh, Madre mía, oh, mi confianza». Es decir: «Tú, que eres la razón de mi confianza, en ti pongo toda mi confianza».
Hay un salmo que dice: «In te Domine speravi, non confundar in aeternum (Sal 30,2) —En ti esperé, Señor, que no sea confundido por toda la eternidad». Recuerdo que yo adaptaba el salmo: «In te, Mater, speravi, non confundar in aeternum». Porque confiando en María, se confía en Nuestro Señor Jesucristo. Ella es el canal hacia Él, y Él es Él, es el único, es el Hombre-Dios.
Mis caros, os digo: hijos míos, nunca, pero nunca en el sentido estricto de la palabra, nunca dudéis de la confianza a lo largo de la batalla que comenzáis. Confiad siempre y confiad plenamente. Confiad con los ojos cerrados.
Y como a ustedes les gustan las anécdotas, terminaré recordando una que me sucedió a mí. Ya era un hombre, ya era profesor universitario. En São Paulo había una hermosa capilla, que ya ha sido demolida (**). Allí fui a rezar en un momento de gran aflicción, en el que una serie de problemas de nuestro apostolado parecían irremediables.
Bueno, recé ante el Santísimo Sacramento que estaba frente a mí. Había una imagen muy bonita de Nuestra Señora, al alcance de mi mirada, Nuestra Señora del Sagrado Corazón. No hace falta decir que también le recé a ella. Pero me levanté sin mucho consuelo.
* «Aunque camine en las sombras de la muerte, no temeré ningún mal: ¡en tu luz veremos la luz!».
Cuando me levanté, de forma mecánica, recorrí con la mirada las vidrieras y vi dos que no eran muy bonitas, fabricadas aquí mismo en Brasil, pero que tenían debajo citas y palabras de las Escrituras. Y uno de ellos decía: «Nam et si ambulavero in valle umbrae mortis, non timebo mala — Aunque camine por las sombras de la muerte, no temeré ningún mal» (Sal 23,4). Y encima estaba Nuestro Señor Jesucristo. Y más adelante, otra imagen de Nuestro Señor con las palabras: «In lumine Tuo videbimus lumen — En tu luz veremos la luz».
Entendí: aunque camine en las sombras de la muerte, no temeré ningún mal, porque mi confianza me hará vencer, por la misericordia de Nuestra Señora. No es que yo lo merezca. Si tuviera que merecerlo, me desanimaría. Pero porque Ella es buena, porque Ella es mi madre, Ella es Madre de Misericordia.
¡En tu luz, oh Corazón de María, veré la luz! ¿Qué luz? «Lumen Christi», la luz de Nuestro Señor Jesucristo.
Tomad estas frases de la grabadora, llevadlas, escribidlas en vuestro librito. Y en el momento de la dificultad… ¡Las dificultades vendrán! Lo bello de nuestro camino es que tiene dificultades.
Un poeta francés [Corneille, en «Le Cid»] escribió: «À vaincre sans péril, on triomphe sans gloire — A vencer sin peligro, se triunfa sin gloria». Es natural. ¿Qué gloria hay desde aquí hasta la esquina de la calle Martim Francisco? ¡Ninguna! No hay peligro, basta con caminar; ya has llegado. ¡No hay gloria! Pero si aquí hubiera una guarida de comunistas queriendo dispararnos, atacarnos, y dijéramos: «No, señor, salga de aquí, ¡vamos nosotros!». Habría riesgo, ¡ahí hay gloria!
El riesgo no es una desgracia, la derrota en sí misma no es una desgracia. Si la derrota nos derriba, cuando nos levantamos, nuestra estatura moral es mayor.
Mis caros, a alguien a quien quería inmensamente, para animarle a veces le decía: «¡Fuerza, energía, énfasis y resolución!». Les digo a ustedes: bajo la mirada de María Santísima, ¡fuerza, energía, énfasis y resolución!
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NOTAS
(*) “Capa” — el Prof. Plinio hace referencia a la prenda característica que usan los miembros de la TFP en sus manifestaciones públicas, cuyo simbolismo lo explica el propio autor abajo:
“Lo mismo ocurre con la capa que utilizan los colaboradores de la TFP. Esta capa tiene como objetivo, por así decirlo, aislar su figura de la vestimenta común, transformándolos, por así decirlo, en bustos en los que se proyectan en una línea ideal y una línea histórica a los ojos del pueblo.
“El colaborador, el socio de la TFP que se presenta revestido con la capa, se presenta rodeado de sus ideales y alcanza muy fácilmente el objetivo de la capa, que es llamar la atención del público que pasa. Para vender publicidad, lanzar eslóganes, llevar el estandarte que entusiasma a las multitudes, la capa es un complemento indispensable.
“Estos son nuestros símbolos, esta es su explicación”.
(Entrevista de 1 de junio de 1982 que puede ser vista aquí)

(**) Referencia a la capilla del Colegio Des Oiseaux, en cuyas instalaciones funcionaba el Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras Sedes Sapientiae, posteriormente agregado a la Pontificia Universidad Católica de São Paulo, y en la cual el Prof. Plinio era catedrático de Historia Moderna y Contemporánea desde 1937.