“Santo del Día” – 2 de julio de 1965
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
Louis-Jean-François Lagrenée – La Visitación – Último cuarto del siglo XVIII – Colección Real – Museo del Prado – Madrid
Hoy celebramos la fiesta de la Visitación de Nuestra Señora. [N.C.: En el actual calendario se celebra en el día 31 de mayo]. Hagamos algún comentario, aunque sea breve, porque ya es muy tarde, sobre la Visitación de Nuestra Señora.
Creo que ya el año pasado, en la fiesta de la Visitación de Nuestra Señora, comentamos el «Magnificat», que fue el canto de Nuestra Señora cuando fue saludada por Santa Isabel. Hay otro conjunto de circunstancias que no son tan centrales en la Visitación, pero que son muy importantes y que pueden comentarse en la fiesta de hoy.
La importancia de las estirpes y del parentesco en la Visitación
En primer lugar, hay algo curioso: la importancia del aspecto genealógico de esta fiesta. Como ustedes saben, Nuestro Señor, según las profecías, tenía que nacer de la Casa de David. Y San Juan Bautista también era de la Casa de David. Ahí vemos la importancia que la Providencia concedía al hecho de que Nuestro Señor y el Precursor fueran de la Casa de David.
Además, la importancia del parentesco, aunque lejano, entre Nuestra Señora y Santa Isabel, y cómo se le tenía en cuenta hasta tal punto que, siendo una la Madre del Mesías y la otra la madre del Precursor, y que el hecho de que Santa Isabel estuviera esperando un hijo fuera una razón aducida por la Providencia para que Nuestra Señora la honrara con su visita, sumamente honorable, aun así, se le dijo que era por ser su prima: «Isabel, tu prima, ha concebido, etc.».
Es decir, como el parentesco representa algo definido y activo dentro de este contexto, por una serie de aspectos. Lo que muestra bien cómo la organización de la familia moderna, que reduce los parentescos a sus grados más elementales, más mínimos, es una organización errónea. Y como, por el contrario, el sentido de la familia es el de un árbol frondoso en el que, cuanto más vivaz es el sentido de familia, más importa el parentesco y más se tienen en cuenta los lazos de sangre.
Es algo curioso, pero cuando las personas de hoy hablan de parentesco, de genealogía, etc., personas que tienen en poca cuenta los parentescos, dan la misma impresión que da el individuo que prolonga una charla inútil. “Estás contando que eres primo de aquel otro de allá, pero ¿qué importancia tiene esto?, ¡mejor olvidarlo! ¡Esto es una nota que no tiene ninguna importancia! No tiene ningún efecto en el orden práctico de las cosas, ¿por qué arrastras esta repercusión estúpida e insípida y además se la vas a contar a los demás?” ¡No! La consanguinidad representa un vínculo ontológico entre las personas, mayor en la consanguinidad de los parentescos que en la que existe con los demás.
La organización patriarcal en la civilización católica
Y en una civilización católica, lo cierto es que cuanto más vigorosa es la familia, tanto más se extiende y tanto más es consciente de sus vínculos remotos; así como cuanto más vigoroso es el árbol, tanto más extiende sus ramas frondosas. Y esto lo vemos en toda la antigua organización patriarcal, basada en gran medida en la familia, y vemos esto sancionado y tenido en cuenta por la Providencia en la propia economía de la Redención.
El castigo de Zacarías: severidad y misericordia
Otra cosa curiosa es la severidad con la que la Providencia castiga al padre de San Juan Bautista, Zacarías. Es evidente que se trata de un alma elegida. El honor que tuvo de estar casado con Santa Isabel, el hecho de que fuera, al fin y al cabo, el padre del Precursor muestra que era un hombre, un sacerdote muy amado por Dios. Sin embargo, ¿qué es lo que ocurre? Este hombre tiene un momento de duda y queda mudo. Y ese mutismo solo se disipa ante la Visitación de Nuestra Señora. ¿Cómo explicar que otros cometan pecados mucho mayores y no reciban un castigo tan severo? Sin embargo, esta alma elegida es castigada con tanta dureza.
Es algo que se explica un poco así: imaginen ustedes a un padre que tiene dos hijos. Un hijo es «cor unum et anima una» con él. Sienten de la misma manera, piensan de la misma manera; el hijo es propiamente el alter ego del padre. El otro es un hijo malo. Es un Esaú. Un tipo que se preocupa por cosas secundarias, no entiende bien al padre, un poco gruñón, etc. El padre, a este segundo hijo, le perdona esto, le perdona aquello, le perdona lo otro. Al primer hijo lo colma de predilecciones y bendiciones. Pero una ofensa cometida por ese primer hijo le afecta mucho más que una cometida por el segundo. Precisamente porque él era más. Precisamente porque de aquel no esperaba eso. De manera que hay una especie de susceptibilidad o de mayor sensibilidad de ese padre hacia este hijo, porque es el bueno. Entonces, al mismo tiempo castiga más, pero hace del castigo una condición mayor de misericordia.
Son, pues, esos castigos llenos de misericordia, que duelen mucho y que hacen mucho bien. Y que salvan mucho. Y que indican una mayor cercanía de la Providencia hacia esa alma que hacia otras almas a las que se toca de manera un tanto indefinida, de tal forma que Dios ni castiga tanto, ni recompensa tanto, y se mantiene en la indefinición de una Providencia general.
Ustedes ven esto con frecuencia en la vida de numerosos santos. Algunas infidelidades muy castigadas. A veces, es hasta sorprendente. San Bernardo, el gran San Bernardo de Claraval, sufrió durante toda su vida de una dolencia estomacal extremadamente molesta. Ahora bien, ¿por qué? Él lo explicaba, daba la razón. Es que él, en su juventud —vean la razón por la que él pensaba que se trataba de un castigo—, había ayunado de manera intemperante. Nos resultaría más fácil comprender que fuera por ser glotón. ¿No es así? Comió en exceso, le pesó al estómago, le hizo daño a la salud; el resto de su vida no pudo comer bien. De acuerdo. Está claro, ¿no? Por haber tenido, en virtud de la penitencia, una cierta intemperancia que es una impenitencia, tuvo ese castigo hasta el final de su vida. Ahora bien, ¿cuántas gracias le trajo ese castigo? ¿Cuántas fuentes de bendiciones le supuso?
Esto es algo indecible. Y muestra bien cómo la Providencia entrelaza las cosas de una manera que ni siquiera podemos comprender bien, porque es un poco incomprensible. Hay algo incomprensible en la estructura de la cosa, que entrelaza el castigo y la gloria en la vida de los amados.
El resultado es que, en el momento en que Zacarías soltó la lengua, quedó atestiguado el hecho milagroso que estaba ocurriendo allí. Su curación dio una gloria de milagro a los acontecimientos que allí transcurrían. Y con esto, su curación fue un factor para la gloria de Dios y fue una especie de cooperación que él aportó para poner de manifiesto el carácter maravilloso de aquellos acontecimientos. Ustedes ven, por tanto, cómo todo esto se entrelaza y cómo hay misterios en ello, indescifrables en la tierra.
Podemos comprender el principio, pero, en cuanto a las aplicaciones, estas permanecen a menudo totalmente indescifrables. Pero, por una cuestión de economía de la Providencia también, en general, las cosas más elevadas son las más misteriosas y, por ello, recíprocamente, las más misteriosas son las más elevadas. Y por eso, en los casos en que hay mucho de misterioso, hay, en general, un principio más elevado que en los otros casos. Tenemos ahí una consideración colateral.
Reflexión sobre la verdadera felicidad frente a la obsesión terrenal; placeres espirituales superiores a los placeres materiales.
Bueno, otra cosa que me parece importante aquí es el estremecimiento de gozo de San Juan Bautista. Santa Isabel lo mencionó cuando escuchó la voz de Nuestra Señora. Ese estremecimiento de gozo nos lleva también a una reflexión. Estamos en una época en la que existe más que nunca la obsesión por la felicidad, por la felicidad terrenal. Todos se preocupan muchísimo más en ser felices en esta tierra que en ser felices en el Cielo. Y las personas que buscan la felicidad en esta tierra caen en un engaño del demonio. Porque no comprenden cuál es la única forma de felicidad posible en esta tierra.
La única forma de felicidad posible en esta tierra es aquella de la que disfruta el alma que es tan recta que es capaz de los placeres que provienen de la contemplación de la verdad y del conocimiento de la santidad y la virtud. Y con esto se estremece de alegría por completo. San Juan Bautista, ya en el seno materno, dio ejemplo de ello. Escuchó a Nuestra Señora y se estremeció de alegría.
Los grandes estremecimientos de alegría, en la tierra, solo son propios de las almas que comprenden verdaderamente que, en la tierra, solo valen los placeres que son presagios de los placeres del Cielo. ¿Y cuáles son esos placeres?
Cuando la persona medita, cuando toma conciencia de la santidad de la Iglesia, de la belleza divina de la Iglesia, de la belleza divina de la vida de los santos que la Iglesia ha engendrado, de la belleza divina tan misteriosa de la historia de la Iglesia, incluso en sus humillaciones actuales.
Cuando la persona contempla, además de la Iglesia, el universo y todo el orden del universo, cómo está hecho, en qué medida simboliza verdaderamente a Dios, etc., la persona es capaz de alegrías que están completamente por encima de las alegrías de la tierra.
Alegrías, por ejemplo, como las de un joven muy rico que conozco, cuya principal alegría es tener un gran taller mecánico, en el que ha invertido miles y miles de “contos” [N.C.: Un «conto de réis» equivalía a un millón de “réis”, una unidad monetaria de gran valor en el Brasil colonial e imperial] y en el que se pasa martilleando, retorciendo, arreglando y sudando. Al final consigue arreglar un coche viejo, lo vende por cuatro duros y compra otro coche viejo para arreglarlo. Esa es la alegría de su vida… Peor aún cuando son chatarra. Pero ¿qué son todas esas alegrías? ¡Eso no es nada!
Dirán ustedes: «No, lo que da gusto es saborear un buen coñac». Hay dos formas de hacerlo: quien bebe coñac con la lengua no puede imaginar lo mucho más agradable que es beberlo con la cabeza… ¡Pero es verdad!… Es un poco como quien contempla un palacio; una vez vi una fotografía de un palacio de marajá en la India, a orillas de un lago. Un palacio de mármol blanco, con el techo todo de cobre y reflejándose en el lago, al atardecer, todas esas flores, ese espectáculo deslumbrante.
Bueno, hay una forma en que el turista mira eso. ¡Ay! ¡Qué blanco!… ¡Qué dorado!… ¡Qué agua!… Conclusión: Nadaré en esa agua. ¡Se da un baño! Y ya está, su placer está hecho. Ahora bien, hay otro que es el placer del artista, que sabe definir en su mente, no solo para sus ojos, lo maravilloso que tiene el palacio. Ese placer es evidentemente mucho mayor que el del baño del turista, que sale de allí, se seca y se pone unas chanclas cualesquiera. El placer del artista es mucho mayor.
La visión del universo y de la Iglesia como símbolos del paraíso
El hombre religioso está más por encima del artista de lo que el artista está por encima del turista. Porque el hombre religioso ve en todo eso el símbolo de otra vida, de otro orden del ser, de otra realidad, de un paraíso, incluso el paraíso material que existe más allá de la realidad de esta tierra, el paraíso terrenal y luego, fuera de la tierra, el paraíso celestial, y que todas esas cosas existen de otra manera, inimaginablemente bella, de la que se tiene un cierto atisbo aquí, a pesar de todo lo que de ahí se pueda extraer. Y entonces, de ahí surge una alegría que hace estremecer de júbilo el alma del hombre.
Ahora bien, Nuestra Señora es el compendio de todo el universo (*), y eso merecería casi una conferencia para demostrarlo. Esa es una gran verdad. Una verdad incomparablemente mayor es que nadie tiene tanta alegría como el verdadero católico, que sufre todo lo que se puede sufrir, pero cuya alegría es mayor que sus propios sufrimientos. Profundizar en estas grandes alegrías es en la historia de los santos, de Nuestro Señor, de Nuestra Señora, de la Iglesia; sería quizás lo adecuado, sería quizás un enfoque para abordar esto de manera global a lo largo de los “Santos del Día”.
(*) Sobre este tema, recomendamos a nuestros visitantes la lectura de “SANTÍSSIMA VIRGEM — Síntese de todas as perfeições do universo”