Nuestra Señora de La Salette: sobrenaturalidad, majestad regia y bondad

“Santo del Día” – 19 de septiembre de 1966


A D V E R T E N C I A

El presente texto es una adaptación de la transcripción de una grabación de una conferencia dada por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira a los miembros y cooperadores de la TFP, manteniendo así el estilo verbal, y no ha sido revisado por el autor.

Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, seguramente pediría una mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia en relación con el Magisterio de la Iglesia. Es lo que hacemos aquí, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

“Católico romano apostólico, el autor de este texto se somete con ardor filial a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por error, en él apareciera algo que no se ajustara a esa enseñanza, lo rechaza categóricamente”.

Las palabras “Revolución” y “Contrarrevolución” se utilizan aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro “Revolución y Contrarrevolución“, cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de “Catolicismo“ en abril de 1959.

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19 de septiembre es día de la aparición de Nuestra Señora de La Salette. En el libro del Pe. Pie Raymond Régamey O.P., “Les plus beaux textes sur la Vierge”, se lee una declaración hecha por Mélanie Calvat, la niña que vio a Nuestra Señora:

“Aspecto: La Santísima Virgen era alta y bien proporcionada. Parecía tan ligera que un soplo podría alcanzarla, y sin embargo permanecía inmóvil e inalterable. Su fisonomía era majestuosa, imponente, pero no imponente al modo de los grandes de la tierra. Infundía un temor respetuoso, al mismo tiempo que Su majestad infundía respeto entremezclado con amor. Ella atraía. A su alrededor, como en Su persona, todo inspiraba majestad, esplendor y magnificencia de una reina incomparable. Parecía hermosa, clara, inmaculada, cristalina, celestial. También me parecía una buena madre llena de bondad, dulzura, amor por nosotros, compasión y misericordia”.

Es el caso de decir que Mélanie merecía entrar en la Academia Francesa de las Letras —esa pastorcilla analfabeta— por esta descripción. Porque es una descripción admirable. Leeré toda la hoja y después lo comentamos.

“Lágrimas: La Santísima Virgen lloró durante casi todo el tiempo que me habló. Sus lágrimas fluían lentamente, una a una, hasta sus rodillas, y luego, como chispas de luz, desaparecían. Eran brillantes y llenas de amor. Yo hubiera querido consolarla y que no llorara. Pero me parecía que necesitaba mostrar sus lágrimas para demostrar mejor su amor olvidado por los hombres. Las lágrimas de nuestra tierna Madre, lejos de debilitar su aire majestuoso de Reina y Señora, parecían, por el contrario, embellecerla, hacerla más amable, más radiante.

“Ojos: Los ojos de la Santísima Virgen, nuestra tierna Madre, no pueden describirse con lenguaje humano. Haría falta un serafín para hablar de ellos, haría falta el lenguaje mismo de Dios, de Dios que formó a la Virgen Inmaculada, obra maestra de su poder. Los ojos de la augusta María parecían mil y mil veces más hermosos que los brillantes, los diamantes y las piedras preciosas. Eran como la puerta de Dios, a través de la cual se veía todo lo que puede encantar el alma. Sólo ellos bastarían para ser el Cielo de un bienaventurado; bastaría para hacer entrar a un alma en la plenitud de la voluntad del Altísimo, entre todos los acontecimientos que se suceden en el curso de la vida; bastaría para impulsar a un alma a continuos actos de alabanza, de acción de gracias, de reparación y de expiación.

Solamente esta visión concentra el alma en Dios y la vuelve como un muerto viviente que mira las cosas de la tierra, incluso las aparentemente más graves, como juguetes de niños. El [alma] sólo quería oír hablar de Dios, de Su gloria. El [¿pecado?] es el único mal que ve en la tierra y por ello moriría de dolor si Dios no la sostuviera”.

Es verdaderamente hermoso cada uno de los puntos relativos a la apariencia de Nuestra Señora. De las ideas que se simbolizan en la aparición de Nuestra Señora —hay varias ideas simbolizadas— yo podría elegir tres: la primera idea es la de un ser completamente celestial, que está inundado de valores y gracias sobrenaturales, como corresponde a lo que, según el reciente “Santo del Día” de Don Sigaud, el ángel llamaba la gracia personificada. De hecho, como si personificara la gracia de Dios. Así pues, la primera idea es de sobrenaturalidad.

La segunda es la de una majestad regia, que no tiene nombre; que se expresa en ella toda, pero que por otra parte se irradia a su alrededor.

Y la tercera, que a la Revolución no le gustaría ver combinada con la majestad, es una bondad que tampoco tiene nombre, una piedad, una misericordia, una condescendencia, un derramamiento afectuoso de todos sus dones sobre los demás para hacer partícipes a los demás de esos dones, que es algo que parece contradictorio con la majestad, pero que es el corolario indispensable de la majestad y es esa efusión incomparable de bondad que hay en la Virgen. Y por eso todos los rasgos que se dan aquí quieren simbolizar esto.

Vean Uds. ahora la narración:

“La Santísima Virgen era alta y bien proporcionada”.

blankEs un distintivo de la majestad, exactamente de la majestad, la altura. Tanto es así que a los príncipes que no son reyes se les llama Alteza [N.R.: según la RAE: altura, elevación, sublimidad, excelencia]. Caro que no es altura física. Pero la altura física es una imagen física de la altura en los otros sentidos. Y por eso no era necesario, pero convenía a Nuestra Señora la altura física, convenía una altura bien proporcionada. Porque una altura bien proporcionada es lo contrario de la altura monolítica, de la altura abrumadora. Es la perfección de sus proporciones lo que hace que la altura sea exactamente condescendiente y, por así decirlo, accesible. Es el encaje de diversas pequeñas cosas en ella, con gracia y armonía, lo que hace que esta altura sea variegada. Es una unidad en la variedad.

La perfección de sus proporciones casi contrarresta lo que su estatura podría tener de asustador. Luego continúa:

“Parecía tan ligera que un soplo podía alcanzarla”.

Verdaderamente, un ente enteramente espiritual, en el que el cuerpo no era más que una dependencia completamente dominada por el espíritu; y por lo tanto no sujeta a la ley de la gravedad y a la atracción de la tierra. Lo sobrenatural en Ella estaba en su plenitud. Luego continúa:

“Infundía un temor respetuoso, al mismo tiempo que Su majestad infundía respeto entremezclado con amor”

Así pues, era un respeto que infundía temor por un lado y amor por otro. Esta es la imagen de la verdadera majestad. Es una majestad que infunde miedo reverencial, es decir, es un miedo compuesto no por el miedo al látigo, que por cierto puede entrar, sino que está compuesto por ese miedo a desagradar a un ser tan elevado y, por otro lado, un amor que ella infundía por el hecho de ser quien era. Y así eso está expresado espléndidamente.

“Ella atraía”.

Nuestra Señora de La SaletteEn efecto, la verdadera majestad atrae. La verdadera majestad no repele. Cuando se ve a una majestad que repele, es una falsa majestad. Por ejemplo, Napoleón tenía una majestad que repelía, porque era un marmita ordinario. No tenía nada de majestad auténtica. La verdadera majestad atrae, no repele.

“A su alrededor, como en Su persona, todo inspiraba majestad, esplendor y magnificencia de una reina incomparable”.

¿Qué había a su alrededor? Un pequeño campo ordinario, con algunas malas hierbas, algo más. Pero cuando Ella entró, todo se transformó en un palacio. ¿Por qué? Porque la Escritura dice: [“Omnis gloria eius filiæ regis ab intus” (Sl 44, 14)], toda la gloria de la hija del rey —que es Nuestra Señora— proviene de su interior, y Ella comunica esta gloria a todo lo que la rodea.

“Parecía hermosa, clara..”

Es la claridad luminosa, sobrenatural.

“…Inmaculada, cristalina, celestial…”

Es muy interesante para alguien que, como yo, ama los cristales, ver la necesidad de añadir la idea de cristalino para subrayar la pureza y la diafanidad que hay en ella; algo de la nobleza de los cristales aparece en su interior. Si me lo recordaren podré contarles algo sobre los cristales, incluso fuera del “Santo del Día” para no quitarle tiempo. Bueno, ahora viene el corolario:

“También me parecía una buena madre llena de bondad, dulzura, amor por nosotros, compasión y misericordia”.

En otras palabras, he aquí la yuxtaposición perfecta. Por eso San Bernardo, en la Salve, pone esta paradoja justo al principio: “Dios te salve, Reina…”; luego, “…y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra”. Sumamente Reina, sumamente Madre y Madre de suma misericordia. Esta yuxtaposición nos da bien la idea de la majestad perfecta.

San Pío X

Se puede ver un poco de esto en la figura de San Pío X en el cuadro que está colocado en la sala de San Pío X en la [sede de la calle] Aureliano Coutinho [São Paulo] y que la considero mejor desde el punto de vista fisionómico que la fotografía grande, pero muy bella, del mismo San Pío X, en la sede del Alcázar. San Pío X aparece allí con una tal fuerza de expresión en su fisonomía que uno ve que es un héroe que no retrocede ante nada y no teme a nada. Pero hay tanta dulzura irradiando de su fisonomía, tanta bondad, que es imposible no quererle y respetarle. Es la verdadera grandeza católica en su buena expresión.

A seguir habla de sus lágrimas. La Virgen lloró. Pero hay dos maneras de llorar: hay una manera de llorar llena de debilidad y hay una manera de llorar llena de sobriedad. Lloramos cuando estamos bajo el dolor, pero también podemos llorar cuando estamos por encima del dolor. Veamos cómo es el llanto de la Virgen.

“La Santísima Virgen lloró durante casi todo el tiempo que me habló. Sus lágrimas fluían lentamente, una a una, hasta sus rodillas…”

blankTodo es simbólico, ¿no? Eran lágrimas que fluían lentamente, indicando dominio. Nada desaliñado, nada convulsivo, nada de pianto d’opera. Nada de eso. Eran las lágrimas de una reina llenas de una noble tristeza, una serena tristeza. Se suceden, llegan hasta la rodilla para indicar el impulso con que se lloran. La profundidad del alma que hay en ellas. Como para indicar que así como la lágrima recorre casi la longitud de su cuerpo, este dolor inunda casi toda el alma, inunda todo el alma. Es un hermoso símbolo. Luego añade:

…y luego, como chispas de luz, desaparecían

La forma en que desaparecían… ¿Qué podría acontecer con las lágrimas de Nuestra Señora? ¿Caer en la tierra? ¿Convertirse en una bolita mezclada con tierra o prosaicamente empapar su vestido? ¿Se puede entender a una reina con los vestidos húmedos y pesados de lágrimas? No. Así que ese desaparecer como chispas es una belleza. La lágrima que brilla en el último momento, da luz y es recogida por el Padre Eterno en sus esplendores. Es una bellísima solución a un problema que fácilmente podría volverse prosaico. Luego sigue:

“Eran brillantes y llenas de amor.”

Las lágrimas de una reina así también debían ser luminosas. No podían ser lágrimas opacas. ¿Qué pensarían Uds. de lágrimas terrosas? No podía ser. Las lágrimas de Aquella que es todo pureza sólo pueden ser lágrimas cristalinas. Y, dice Mélanie, un resplandor de amor. Uno comprender que cierto resplandor pueda significar especialmente amor. Vean Uds. todo el mundo de tacto que hay en todas estas formulaciones. ¡Qué bien pensado está todo! Continúa:

“Yo hubiera querido consolarla y que no llorara. Pero me parecía que necesitaba mostrar sus lágrimas para demostrar mejor su amor olvidado por los hombres. Las lágrimas de nuestra tierna Madre, lejos de debilitar su aire majestuoso de Reina y Señora, parecían, por el contrario, embellecerla, hacerla más amable, más radiante”.

Embellecían la majestad. Una verdadera reina es tal que tiene una belleza cuando está alegre, otra belleza cuando está triste, otra belleza cuando está despreocupada. Todas son bellezas especiales. Las lágrimas de la Virgen le dieron una belleza inconfundible, que es la belleza del dolor de la reina. Es un aspecto fisonómico propio. Pues bien,

“…parecían, por el contrario, embellecerla, hacerla más amable…”, hacerla más digna de amor —amable ahí quiere decir allí más digna de amor—, más radiante.

Eso es lo curioso. Radiante en el siguiente sentido: más irradiante. No es que estuviera alegrísima, es más bien que su personalidad se expandía.

Los ojos —el rostro es el resumen del cuerpo, los ojos resumen el rostro— son la quintaesencia de toda la expresión del cuerpo. Entonces, ¿cómo se expresaría el alma de Nuestra Señora en la parte más expresiva de su santísimo cuerpo?

“Los ojos de la Santísima Virgen, nuestra tierna Madre, no pueden describirse con lenguaje humano. Haría falta un serafín para hablar de ellos, haría falta el lenguaje mismo de Dios, de Dios que formó a la Virgen Inmaculada, obra maestra de su poder”

Realmente, es la sublimidad. Lo propio a la sublimidad es que no puede ser descrita por el lenguaje humano.

“Los ojos de la augusta María parecían mil y mil veces más hermosos que los brillantes, los diamantes y las piedras preciosas”

Aquí viene de nuevo una comparación que me es muy querida: compara no sólo sus lágrimas, sino también sus ojos con los cristales, con las piedras preciosas; de tal manera que ésta es, en el orden de la materia, una criatura excelente.

“Eran como la puerta de Dios, a través de la cual se veía todo lo que puede encantar el alma”

La expresión es magnífica. Porque en las letanías se dice: Nuestra Señora Janua caeli, puerta del cielo. Y realmente, Nuestra Señora es la manifestación más clara de Dios, más que cualquier ángel. Y quien mira a los ojos de la Virgen está mirando la más alta manifestación de un alma, un alma que es el espejo de la justicia de Dios. Por eso nos damos cuenta de que es algo totalmente inefable, indecible. No se puede decir cuál es la expresión de la mirada de la Virgen.

Sabana Santa de Turin
Sabana Santa – detalle

Tengo la impresión de que más trascendente sólo la mirada de Nuestro Señor Jesucristo. Y de esto, bueno, no hay palabras que decir. No hay nada que decir. Si pensamos en las mil miradas de Nuestro Señor, si seguimos las escenas del Evangelio pensando en la mirada que tuvo en la Última Cena, esto solo da una meditación sobre los Evangelios sobreabundante, magnífica. Tomar el Santo Rostro e imaginar cómo era. Sobre todo, creo que las dos imágenes donde mejor se puede hacer esa meditación son la Sábana Santa y el Beau Dieu d’Amiens, que, por lo que sé, es la imagen más bella de Nuestro Señor. Para mí, es la imagen perfecta de uno de los aspectos de Nuestro Señor.

Le Beau Dieu (catedral de Amiens, Francia)
Le Beau Dieu (catedral de Amiens, Francia)

Y sigue:

“Sólo [esta visión de los ojos de la más pura de las Vírgenes] bastaría para ser el Cielo de un bienaventurado”

Habla de la más pura de las vírgenes, naturalmente porque la pureza de esa mirada le llamó la atención. ¿Y cómo no va a ser purísima? Tengo la impresión de que es una mirada castificante. Cualquiera que mirara esa mirada podría ser casto de por vida en el acto. Sólo porque su mirada fuera capaz de contemplar la mirada inmaculadamente pura de Nuestra Señora.

“…bastarían para ser el Cielo de un bienaventurado; bastaría para hacer entrar a un alma en la plenitud de la voluntad del Altísimo, entre todos los acontecimientos que se suceden en el curso de la vida; bastaría para impulsar a un alma a continuos actos de alabanza, de acción de gracias, de reparación y de expiación”

Estos son los actos de culto: alabanza, acción de gracias, expiación y reparación. En otras palabras, bastaría eso para tener tanto que alabar, tanto que expiar, tanto que reparar, tanto que agradecer, que toda la vida se dedicaría a ello.

“Solamente esta visión concentra el alma en Dios y la vuelve como un muerto viviente que mira las cosas de la tierra, incluso las aparentemente más graves, como juguetes de niños”

O sea, explica que una vez que una persona ha visto esto, no le importa nada más, sólo le importa no pecar.

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Ahora voy a hacerles un pequeño contraste, en la línea de los “Ambientes—Costumbres” [1]. Piensen en la mirada de la Virgen y compárenla con el ambiente de la habitación que aquí fue descrito [¿ayer?]. Uds. comprenden quién estaba en esa habitación. Un “quién” con “Q” mayúscula. ¿Quién estaba en esa habitación? Uno se ríe con cierta indulgencia, diciendo: Ah, ¡desorden de estudiante! [Por el contexto se advierte que se trataría de algún personaje joven, de alto rango, tomando actitudes descompuestas en su ambiente. El Prof. Plinio lo compara con la seriedad y majestad de la mirada de la Virgen y deduce las enseñanzas que abajo explica].

No es verdad. El hijo de la sabiduría, el hijo de la Virgen no hace cosas así en ninguna edad de su vida. Porque es serio, porque es sabio, porque es correcto, porque no le gusta el desorden en ninguna circunstancia, en ninguna situación. Y la indulgencia en este sentido está fuera de lugar, porque así son [hoy] los jóvenes cuando son jóvenes, y luego cuando se hacen mayores componen el mundo tal y como lo vemos.

Así que de esto hay que reírse, sí, pero no con indulgencia. La risa de la severidad, la risa de la censura, porque esa es la manifestación, en estado juvenil, de ese reino del diablo que estamos viendo aquí afuera. Y así es como hay que considerar las cosas.

Dicho esto, pidamos a Nuestra Señora de La Salette que impregne nuestras almas con algo de todas estas gracias. Y, sobre todo, que tengamos el deseo de ver sus ojos sagrados, el espejo de su rostro, el espejo de su corazón.

Que tengamos así el deseo de ver los ojos de la Virgen en el Cielo. Imaginen que el Cielo fuera sólo esto: para nosotros, por toda la vida, por toda la eternidad, sentir los ojos de la Virgen sobre nosotros. Y los ojos divinos de Nuestro Señor Jesucristo mirándonos. Que no hubiera nada más y nos bastara para inundarnos de felicidad eterna.

Así, para darnos el deseo del Cielo, deberíamos pensar en una eternidad [delante de] esos ojos, que contienen toda variedad de expresiones, toda expresión de amor por nosotros, de sublimidad, de grandeza de Dios, todo eso posado sobre nosotros, mirándonos, analizándonos, empapándonos, y nosotros eternamente empapándonos de ellos. No haría falta nada más para que tuviéramos un inmenso deseo del Cielo, un deseo tan grande del Cielo que nos viéramos tentados de rezar una oración que los ultramontanos no deberían rezar. Es la oración que pide morir pronto, porque en esta tierra las cosas son definitivamente demasiado repugnantes.

Así que recemos para concluir.


[1] “Ambientes-Costumbres” – El Prof. Plinio se refiere al estilo de comentarios de la sección “Ambientes, Costumbres, Civilizaciones” del periódico “Catolicismo”, que por muchos años escribió.  Esa sección constaba del análisis comparativo de aspectos del presente y del pasado, teniendo por objeto monumentos históricos, fisonomías características, obras de arte o artesanía, que eran presentadas al lector a través de fotos. Tales análisis, hechos a la luz de los principios que explicité en Revolución y Contra-Revolución, tenían como meta mostrar que la vida diaria, en sus aspectos tanto ápices como triviales, es susceptible de ser penetrada por los más altos principios de la Filosofía y de la Religión. Para más detalles ver “Autorretrato filosófico: un verdadero pensador debe ser también un observador de la realidad palpable de todos los días”

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