Pentecostés (24/05): la venida del Espíritu Santo y el fuego de la gracia

Una reflexión maravillosa y profunda sobre la fiesta de Pentecostés

Charla con jóvenes, 22 de mayo de 1994


A D V E R T E N C I A

El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.

Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.

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Pentecostés: la irrupción del Orden divino y del fuego de la gracia

Mis caros, es muy bueno, es excelente celebrar la fiesta de Pentecostés, que es la venida del Divino Espíritu Santo, que desciende sobre toda la Iglesia Católica. La Iglesia Católica, que en aquel tiempo era pequeña: era Nuestra Señora, los Apóstoles y algunos fieles que habían permanecido en la fe en Nuestro Señor Jesucristo, a pesar de todo lo que sucedió en Su Pasión y con Su Muerte.

Sabemos de hecho que fue gracias a la fiesta de Pentecostés que el número de fieles se multiplicó de repente, más allá de toda medida concebible. Porque cuando se produjo la venida del Espíritu Santo, se produjo fuera del Cenáculo —y presumiblemente dentro del Cenáculo también— un gran estallido, un gran estruendo. Pero esos estruendos deben entenderse, presumiblemente, como estruendos muy hermosos, porque lo que hace el Espíritu Santo, lo que viene de Dios, suele ir acompañado de belleza, de grandeza.

No hay ningún dato concreto, que yo sepa, que no autorice la siguiente imaginación que voy a hacer; al no haber nada en sentido contrario en la Sagrada Escritura, es lícito imaginar.

Podríamos imaginar que aquel estruendo no se produjo bajo la forma común de un estruendo de artillería —pues ni siquiera existía la artillería en aquella época—, sino que sería un estruendo que, por lo tanto, se podría imaginar como una explosión armónica y angelical.

La palabra «explosión» conlleva la idea de desorden y caos, porque es algo que se destruye por la descomposición de sus elementos interiores. Es una destrucción, por tanto, y una destrucción es un fenómeno que va acompañado de desorden. Es generada por el desorden y seguida de desorden.

El descenso del Divino Espíritu Santo fue precisamente lo contrario, fue la venida de Aquel que es el Orden, de Aquel que es la buena composición de las cosas: es el Creador.

Sería natural, por tanto, que aquella explosión —que podría llamarse explosión por ser una irrupción brusca, fuerte y enfática de sonidos— no fueran sonidos cualquiera, sino sonidos angélicamente bellos, angélicamente concatenados entre sí. De manera que sería como ciertas músicas —las hay— que comienzan con una gran salida, una gran «entrée» [apertura, entrada, n.d.c.] sonora.

Podemos imaginarnos esto, podemos imaginarnos que deliciosos perfumes se esparcieran por el aire. Nada o muy poco tendrían que ver con el concepto común de perfume de perfumería de tienda, pero serían perfumes y serían olores más espirituales que materiales, y que se esparcirían por todo el universo palpable de aquellos alrededores, partiendo del lugar donde estaba el Cenáculo. Y que, con sonidos, con olores, con hermosas reacciones de la naturaleza, pájaros que se reunieran para cantar y otras cosas, la venida del Espíritu Santo fuera celebrada, por así decirlo, por toda la Creación, entrando Él, sin embargo, a través de Nuestra Señora.

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San Pedro predicando después de Pentecostés Masolino da Panicale – Capilla Brancacci, Sta. María del Carmine – Florencia

Él descendió sobre Nuestra Señora y, a través de Nuestra Señora, se difundió en las diversas lenguas de fuego que descendieron sobre los Apóstoles. Después, esas lenguas de fuego que descendieron sobre los Apóstoles y que iban a transformarlos, esas lenguas de fuego se extenderían por toda la Tierra, porque los Apóstoles llevaban consigo ese fuego y lo difundían. Ahí está el fuego de la gracia, el fuego de la Iglesia Católica, que se extiende, se difunde hasta hoy entre nosotros, fruto de la venida del Divino Espíritu Santo.

La presencia de la gracia: contraste entre el vacío protestante y la plenitud de lo sagrado católico

Recuerdo algo de mi infancia que refleja una impresión puramente individual. Pero, en fin, ya que estamos conversando aquí en familia, tiene cabida que lo exprese.

En las cercanías de mi casa, de la casa donde, por así decirlo, nací, en la Alameda Barão de Limeira [en la ciudad de São Paulo], construyeron, cuando yo tenía tal vez unos diez años, once años, algo así, una horrible iglesia protestante. Esa iglesia estaba en un lugar por el que me veía obligado a pasar con cierta frecuencia para hacer cosas que tenía que hacer, etc. Como aún era muy niño, siempre salía con mi hermana, una prima que se educó con nosotros y una fräulein, una institutriz alemana que nos acompañaba.

El pastor protestante de esa iglesia era alemán. No hace falta que os diga que, en el extranjero, los que son de la misma patria tienden a conversar y a ser uno solo. Por eso, mi Fräulein —que era católica, pero una católica… era una excelente Fräulein y una católica muy tibia— entraba en la iglesia protestante con nosotros para hablar con el pastor.

Tengo la impresión de que iban a intercambiar ideas sobre el curso de la Primera Guerra Mundial. Alemania estaba muy involucrada en la Primera Guerra Mundial y Brasil le había declarado la guerra a Alemania, de modo que no podían hablar de eso en la calle, solo en sus casas, y ella entraba allí para conversar con su alemán sobre la guerra, etc. Supongo, porque nos mantenía alejados.

Esa fue la única vez en mi vida que entré en una iglesia protestante. Pero yo no sabía que era una iglesia protestante y ni siquiera tenía una idea clara de lo que era el protestantismo. Sabía que aquella iglesia no era católica y que tenía una especie de maldición.

No puedo olvidar que, mientras la fräulein hablaba con el pastor, mi hermana, mi prima y yo paseábamos de un lado a otro por la iglesia para matar el tiempo. No rezábamos porque no era una iglesia católica y solo se reza en una iglesia católica. Dábamos vueltas por allí. Tenía unas sensaciones, que no sabía explicar, de vacío, de cero, de no haber nada dentro.

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Iglesia de Santa Cecilia – Pila Bautismal

Muchas veces, por casualidad, justo después de pasar por allí, íbamos a la iglesia de Santa Cecilia. Es toda una otra iglesia; esa es católica, me bautizaron en esa iglesia. Entraba en la iglesia católica y tenía la impresión de un lugar lleno, con calor, con una vida difusa en su interior. Pero una vida difusa que me daba la sensación de que, al pasar la mano así, encontraba bendiciones. Sabía que no era así, que era una mera impresión, pero esa impresión la tenía. Era palpable, era casi como una lluvia hecha solo de rocío.

Dondequiera que caminásemos, la iglesia era muy sonora. Tiene una acústica muy buena —esa iglesia católica— y, al caminar por ella, los pasos resonaban armoniosamente por todo el resto de la iglesia. Pero era un sonido bonito, el sonido de los pasos de tres niños caminando por allí. No era nada, era el caminar de los inocentes.

¡Entonces me gustaba eso, era algo extraordinario! Mientras que sentía un horror por la iglesia protestante. Pensaba que aquello era maldito.

Cuando supe claramente que había iglesias que no eran la católica y que aquella era una de ellas, mi actitud quedó definida.

Lo primero: «Nunca más volveré a poner un pie allí. La fräulein puede moverse o revolverse como quiera; yo me quejaré con Doña Lucilia. Pero, aunque Doña Lucilia quiera que vaya, no iré. En esa porquería, no volveré a poner un pie». Primera decisión inapelable.

La segunda decisión es: «Cuando esté en una iglesia católica, recordar cómo es esa iglesia protestante, para saber valorar la iglesia católica, todo ese ambiente de la iglesia católica, que viene de los órganos, de las vidrieras, de las imágenes, de todo y de nada: viene de Dios».

Estoy seguro de que al menos muchos de ustedes habrán sentido lo mismo que yo al entrar en las iglesias católicas. ¡La bendición, la unción, algo especial que no se encuentra en ningún otro lugar del mundo!

Nuestra Señora, Mediadora de las gracias, y Pentecostés como llamado a la conversión

Esto llega hasta Pentecostés y llega hasta el Cenáculo. Creo que [fue] el primer ambiente de la Tierra enteramente bendecido y perfectamente sacrosanto, donde esta impresión no solo descendió, sino que permaneció mientras duró el edificio, mientras se celebraron en él ceremonias sagradas; la presencia de un imponderable católico que todas las cosas católicas llevan en sí; tengo la impresión de que esa presencia —que es una manifestación del Divino Espíritu Santo— descendió por primera vez en Pentecostés.

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La venida del Espíritu Santo Flandes, Juan de – 1496-1504 Políptico de “Isabel la Católica”

Así pues, podemos imaginar Pentecostés con Nuestra Señora sentada en una sala, con doce sillas formando más o menos un semicírculo, y Ella presidiendo desde una silla con brazos, como si fuera un trono, colocada en un estrado más alto que los de ellos, y todos rezando.

¿Por qué todos rezaban? Porque habían hecho un largo retiro espiritual y habían pedido gracias, y las gracias descendían sobre cada uno a raudales, porque Nuestra Señora rogaba con ellos. Toda oración que no se haga por medio de Nuestra Señora no llega a Dios. Ella es la Mediadora universal de todas las gracias.

Este es un punto de la doctrina católica que se resume así:

Toda oración que el fiel dirige a Dios por medio de Nuestra Señora es escuchada, ya que Ella es su Madre y Él hace lo que Ella desea. Y porque Ella es nuestra Madre, tiene para con nosotros toda clase de misericordias y bondades, y al ver nuestras imperfecciones, nuestras faltas, comienza por obtener de Dios para nosotros el conocimiento exacto y la ponderación exacta de lo que hemos hecho. Con ello, obtiene también para nosotros el pesar por lo hecho: es la contrición. La preciosa contrición, que hace agradable a los ojos de Dios el alma hasta hace poco cargada de pecados.

Entonces esa alma sigue dirigiéndose a Dios por medio de Nuestra Señora y comienza a recibir gracias y gracias.

¿Cuántas gracias habrán recibido ellos? ¿Qué gracias habrán recibido así junto a Nuestra Señora, pudiendo hablar con Ella?

No sé si Uds. alguna vez se han imaginado en esa situación. ¡Es algo inimaginable! Poder hablar con Ella, tal vez levantarse, hacer una profunda reverencia en su presencia, pedirle perdón, acusarse de los pecados cometidos, y Ella mirando con una bondad indescriptible, con una delicadeza indescriptible, diciendo al final: «Hijo, voy a rezar por ti. Ten por seguro que tus pecados te serán perdonados». Él permanece aún un rato más de rodillas. Al fin y al cabo, se anima y va al lugar que había dejado vacío.

Un ardor crepita en la sala. Uno se levanta y se acusa, luego otro se acusa. Aprovechan para contar hechos de la vida de Nuestro Señor que solo se vivieron entre Él y ellos, y que los demás desconocen, y todos lo hacen con una avidez extraordinaria.

En medio de esto —que es un silencio elocuente, o una elocuencia silenciosa— el fervor va en aumento y, en un momento dado, todos están más en el Cielo que en la Tierra. Y Nuestra Señora se eleva a una altura inimaginable, sin perder el contacto con sus hijos.

En cierto momento comienza a aparecer una luz. Cuando la luz se vuelve más intensa y el perfume de esa luz se extiende más, se produce una explosión armónica, luminosa y perfumada. Los Ángeles cantan, Nuestra Señora está sumida en profundo recogimiento, como en el momento en que la Encarnación del Verbo tuvo lugar en su seno purísimo, o en el momento en que apareció en sus manos, nacido misteriosamente de su interior, su Hijo, y Ella por primera vez lo miró a Él y Él a Ella. ¡Es algo extraordinario!

Todo esto podemos imaginarlo, pero imaginarlo con cuidado, para no imaginar nada que sea mentira. Porque la imaginación vuela, pero al volar, de vez en cuando se rompe las piernas. Hay que tener cuidado de no imaginar nunca algo que no esté de acuerdo con lo que enseña la Iglesia y con lo que está en la Escritura. Porque lo que enseña la Iglesia está en la Escritura; por lo tanto, está en la narración dictada por el Espíritu Santo de lo que ocurrió allí.

Pero nuestra alma puede imaginar cosas para alimentar su propio fervor y hacerse una idea de cómo es la cosa, de cómo habrán sucedido las cosas.

Si Pentecostés fuera hoy, ¿cómo sucedería?

Hay un dato fundamental que distingue los días de hoy de los días de antaño. En aquel tiempo existía el mal. El mal era tal que hubo la Pasión y la Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Más aún: entre los fariseos a quienes Nuestro Señor reprendió con tanta vehemencia, había un hombre que más tarde fue un vaso de elección, pero que en aquel tiempo era el fariseo apóstol Saulo, quien fue uno de los asesinos de San Esteban, el primer mártir de la Iglesia Católica. La prueba de que existía el mal eran los saduceos, los fariseos, los escribas, los doctores de la ley y todo el mundo que aplaudió su Pasión y Muerte, todo el mundo que aclamó, pidiendo que fuera liberado Barrabás, el infame, para que el Justo fuera ejecutado.

Había maldad, pero no había Revolución. Es decir, la Revolución es una forma organizada de maldad, es una forma articulada, está estructurada como si fuera un país invisible, existe por todas partes. No es visible en ningún lugar, pero existe por todas partes; por todas partes trama, por todas partes busca atacar.

En nuestros tiempos, existiendo la Revolución, si tuviéramos que imaginar un fenómeno parecido al de Pentecostés, tendríamos que imaginar —¡y con qué gusto! — a los Ángeles por todas partes aplastando la Revolución.

Y una conversión completa, un repudio total de todo el mal que habríamos hecho. Un amor total por todo el bien que estábamos llamados a hacer y no habíamos hecho. Un amor total por el bien que había en nosotros, pero que no había crecido tanto como debía. ¡Y un vuelo hacia la santidad!

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