¿Puede un Papa caer en herejía? Nuestra posición clara y leal respecto al Papado.

Conferencia para Corresponsales y Esclarecedores de la TFP – 26 de enero de 1985


A D V E R T E N C I A

Este texto es transcripción de cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber pasado por ninguna revisión del autor.

Si el profesor Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia con relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:

“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso, algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.

Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.

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Conferencia de Clausura de un Congreso de Corresponsales y Esclarecedores de la TFP en São Paulo

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Reverendísimos señores sacerdotes, señoras, estimados amigos:

Ha llegado el momento de la conversación. Ya no de la exposición, de la conferencia, sino de la pregunta y la respuesta. Es, por tanto, el momento de la intimidad, de la apertura del corazón , uno de los actos más agradables, uno de los actos más acogedores de nuestro Encuentro, que demuestra que es posible, bajo la inspiración de la Iglesia, del espíritu católico y en la atmósfera específica de la TFP, mantener esta extraordinaria intimidad; intimidad entre las mil trescientas personas inscritas en este Encuentro, más socios y colaboradores de la TFP reunidos en este inmenso salón, en torno a respetables y queridos miembros del clero y de la mesa directora de la TFP.

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Imagen de Nuestra Señora de Coromoto venerada en la entonces sede del Consejo Nacional de la TFP, hoy sede del Instituto Plinio Corrêa de Oliveira

Pero quien habla de intimidad en el sentido pleno y más suave de la palabra no puede dejar de reconocer que esta se realiza de manera especial cuando está presente la madre. En la convivencia materna, la persona de la madre lleva la intimidad a su máxima expresión. Y cuando se habla de la madre, por muy buena que sea la madre que se tiene o se ha tenido, por muy querida y añorada que sea, en el vuelo más alto no es a ella a quien se dirige el espíritu católico, sino a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo.

Ayer tuvimos aquí la imagen de Nuestra Señora de Coromoto presidiendo esta reunión. Hoy ha entrado aquí en un ostensorio una pequeña reliquia. ¿Qué reliquia es y qué relación tiene con la Virgen Madre, llamada en la Letanía Santa Virgen de las Vírgenes, pero que también podría llamarse Santa Madre de las madres? Es una relación que me complace recordarles, ya que aún no se ha hecho en ningún acto anterior de este encuentro.

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La imagen de Nuestra Señora de las Lágrimas, que se encuentra en la Basílica de San Juan de Dios en Granada, vertió, según todo lleva a creer, lágrimas de sangre el día 13 de mayo de 1982.

Si no me equivoco, el año pasado, una imagen de Nuestra Señora de las Lágrimas, en la en la basílica San Juan de Dios de Granada, una hermosa imagen de Nuestra Señora de los Dolores o de las Lágrimas, se puso de repente a derramar lágrimas. Inmediatamente, el pueblo granadino, muy católico, acudió en masa a contemplar el hecho y mojó paños, algodones en las lágrimas, y los guardó como reliquias etc. Se extendió por toda España como la pólvora la noticia de que Nuestra Señora había llorado en Granada.

¿Qué significaban esas lágrimas?

Las mismas lágrimas que Nuestra Señora había derramado en Fátima, evidentemente. ¿Por qué ese llanto? Pero es evidente, es el mismo llanto de La Salette, de todas partes: Nuestra Señora llora porque su mensaje no ha sido atendido; Nuestra Señora llora porque el mundo se está deslizando por el precipicio, en lugar de caminar hacia su Sabio e Inmaculado Corazón.

El resultado es que, con esta afluencia de gente, se pensó inmediatamente en mandar examinar las lágrimas y autentificar el milagro, etc. La TFP española, TFP-Covadonga, tomó varias medidas para difundir esta noticia por toda España. Pero, en un acto que no nos corresponde juzgar, el arzobispo de Granada ordena separar la imagen, encerrarla y alejarla de la convivencia con el pueblo.

Hablando con una persona más o menos cercana a la sacristía de la catedral de Granada, esta persona dijo no saber nada. Pero luego, llevada por los buenos modales y la piedad de los representantes de la TFP, terminó diciendo: «Sí, lloró, y tengo aquí un trozo de algodón empapado con estas lágrimas; se lo doy».

Parte de este algodón nos fue entregada por la TFP española y la guardamos en este relicario en forma de corazón, porque representa bien los dolores del Inmaculado Corazón de María y queríamos que presidiera la reunión de hoy, y estoy seguro de que con la devoción y el contentamiento de todos ustedes.

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La posición de la TFP frente a Juan Pablo II y la Iglesia posconciliar

Tengo varias preguntas que se refieren a la posición de la TFP frente a Su Santidad el Papa Juan Pablo II y necesito tratar este tema. Las respuestas a estas preguntas serían incompletas si no se tratara este tema tan concreto, tan importante y central para nosotros los católicos. Así que voy a entrar directamente en materia.

La infalibilidad de la Iglesia: cómo se plantea la cuestión en términos católicos desde San Pedro hasta nuestros días

Hace un momento he hablado de la Iglesia tal y como la instituyó Nuestro Señor. Es el momento de hacer la siguiente pregunta: ¿Cómo instituyó Nuestro Señor el papado?

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“Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam”

Ustedes saben que Nuestro Señor dijo a San Pedro: «Pedro, tú eres piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».

Dicho esto, está asegurado que el papado no caerá en error hasta el fin de los siglos. Porque si cae en error, las puertas del infierno prevalecerán contra ella. De esto se tiene que la infalibilidad de la Iglesia, cuando está unida al Papa, la infalibilidad del Papa como jefe de la Iglesia, está asegurada. Y debo decir que, en mi adolescencia, cuando mi fe pasó de ser —no diría implícita, pero casi innata con el bautismo y la sangre brasileña— a ser algo reflexivo, meditado, de repente encontré esto que yo conocía así… lo encontré de repente en la punta de una reflexión y me causó un entusiasmo incomparable: la infalibilidad de la Iglesia y de la Iglesia sobre todo en la persona del Papa.

El amor del Prof. Plinio a la infalibilidad papal, a Nuestra Señora y al Santísimo Sacramento

Ya tenía, tal vez unos 14 o 15 años, en esa ocasión, y ya tenía bastante experiencia de la vida para percibir los desvaríos y las locuras que estaban como en una represa a punto de derramarse sobre el mundo contemporáneo. De todo lo que sucedió después yo ya tenía una idea confusa. Me di cuenta de que íbamos hacia el abismo, me di cuenta de que solo de un lugar provenían las consignas, la paz, la fe, la sabiduría, la moral, la limpieza, la pureza: ¡era el Magisterio de la Iglesia Católica!

¡Qué hermoso! —reflexionaba yo—, qué bueno, qué santo, que Nuestro Señor Jesucristo hubiera instituido que un hombre al frente de la jerarquía, él mismo, fuera infalible por la asistencia del Espíritu Santo. De tal manera que, cuando quisiera hablar, usando el carisma de la infalibilidad, no cayera en error. Porque reunir a todos los obispos del mundo, celebrar un concilio, definir cada punto, eso no funciona. De vez en cuando funciona; en ocasiones excepcionales está bien. Normalmente hay uno que habla: es el timonel del barco, conoce el camino, indica hacia dónde hay que mirar. ¡Oh, maravilla!

Soy de naturaleza entusiasta; me gusta admirar; cuando encuentro algo digno de admiración, por grande o pequeño que sea, me siento como en casa. La admiración es el hogar de mi alma. ¡Estoy hecho para admirar! Y puedo decir que muchas, muchas cosas he admirado a lo largo de mi vida, seleccionadas con tanto cuidado que las decepciones han sido muy pocas. No admiro cualquier cosa. No soy un glotón de la admiración. No devoro cualquier admiración, ¡no! Vamos a seleccionar. Pero, bien seleccionado, ¡qué alegría!

Sin embargo, debo decir que nunca, en la Tierra, he admirado algo tanto como la infalibilidad del Papado.

[Aplausos extensos]

Dije deliberadamente: «no admiré tanto», porque hay algo que admiré más. En todo caso, vean, mi admiración es tan grande —y creo que el papado la merece—, el papado es tan digno de admiración que, en muchos sentidos, no sé si debo decir en todos los sentidos, ¡por encima del papado solo está Nuestra Señora!

Cuando se habla de Nuestra Señora, la voz se eleva, los ojos se fijan en el cielo y el pecho se ensancha. Pero hay alguien tan elevado que, cuando se habla de él, los ojos se concentran, la voz se vuelve baja, la cabeza se inclina reverentemente y se dice: «¡Es la Sagrada Eucaristía!».

La realidad de algunos Papas que andaron mal, pero no lo enseñaron

Por eso mismo, mi alma de adolescente se sentía herida cuando veía a algún ateo decir, en mi presencia, que había habido papas inmorales en la época del Renacimiento; cuando oía mencionar este o aquel hecho desagradable de la vida de algún papa. Y aún más: me indignaba y decía que no era así —aunque no conociera la historia de ese papa—, y con toda la fuerza de mis fuertes pulmones gritaba: «No es cierto, eso no habría sucedido porque el papa es el papa», hasta el día en que oí decir lo mismo a un sacerdote, culto e inteligente, ¡un jesuita!

Me sentí como se sentiría un diamante si alguien lo rayara y quedara con esa marca; eso es lo que sentí cuando oí eso. «Pero entonces, ¿la Iglesia dice eso de sí misma? Pero entonces, ¿la Iglesia que la liturgia describe como una dama hermosa, una reina de gran belleza, sin arrugas ni manchas en la piel, tiene este horrible defecto? ¿Esta, la Iglesia? Me quedé atónito…

Luego pensé: si esto es así, no puede ser feo, ¡porque es en Ella! ¡Ella es la fuente de toda belleza!

Estudié… y, como siempre me ha sucedido dentro de la Santa Iglesia Católica, caminando por la pradera de su doctrina, cuando encuentro algo que no entiendo, me detengo con una esperanza especial. ¡Lo que entiendo, lo entiendo! Se acabó. Ahora, la cuestión es lo que no entiendo: porque como Ella no se equivoca y yo sí, en lo que a mí me parece un bulto en la tierra, que encuentro, hay un cofre de joyas de su sabiduría que me queda por descubrir. Y voy sediento tras el tesoro que mi mente no ha sido capaz de descubrir… ¡Oh,maravilla!

Eso es lo que ocurrió con el caso del papado. Entendí, aprendí, dicho muy resumidamente, que Nuestro Señor instituyó ese carisma para el Papa cuando habla «ex cathedra», es decir, cuando tiene la intención, oficialmente y como sucesor de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, de definir una verdad para los fieles. Y cuando dice que está hablando en esas condiciones, a menudo lo dice explícitamente, a veces lo dice implícitamente, pero siempre lo dice; cuando lo dice, es estricta y absolutamente infalible, porque el Espíritu Santo protege su inteligencia de cualquier error al respecto.

Pero fuera de esas condiciones, fuera de los documentos del Magisterio de la Iglesia favorecidos, inspirados por el carisma de la infalibilidad, ¿es infalible el Papa?

En una encíclica en la que no alega su propia infalibilidad, ¿qué valor tiene esa enseñanza? ¿Qué valor tiene en una bula, en una constitución apostólica, una enseñanza de un Papa? ¿No puede estar equivocado? ¿Qué enseña la Iglesia al respecto?

Enseña lo siguiente: que, normalmente hablando, incluso en los documentos, en los pronunciamientos que no están garantizados por el carisma de la infalibilidad, el Papa suele tener razón. Y que, salvo razones muy sólidas y fuertes que pueda tener una persona muy segura en la doctrina y que haya estudiado mucho, y con mucho espíritu católico, la persona debe optar —salvo en esa circunstancia— por la idea de que ella está equivocada y el documento está en lo cierto.

El Magisterio ordinario continuo: otra fuente de infalibilidad

Pero hay una circunstancia en la que es especialmente fácil notar que en un documento pontificio se ha colado un error: es cuando todos los papas que han enseñado sobre el tema, a lo largo de los siglos, han enseñado lo mismo, y en un momento dado llega un papa y enseña lo contrario. Porque si un documento pontificio del Magisterio ordinario puede contener un error, una larga tradición de documentos pontificios en el Magisterio ordinario no puede enseñar el error y, por lo tanto, esa continuidad de la tradición forma la infalibilidad.

Alguien me dirá: «Dr. Plinio, ¿qué hay de hermoso en eso? Usted habla con tanto entusiasmo, pero yo no veo qué hay de hermoso en eso. Sería mucho más hermoso si Nuestro Señor hubiera puesto un Papa infalible siempre; incluso cuando dice que esta agua es «Caxambu» y no «São Lourenço» [n.d.c.: marcas locales de agua embotellada], sería mucho más seguro. Y si fuera así, usted se entusiasmaría. Ahora, como no es así, ¿se entusiasma?».

¡Así es! Con todo lo que Dios hace, si Dios quiere, me entusiasmaré mientras viva. Pero para nosotros, los hombres, hay una razón especial para encontrar belleza en ello. La razón es la siguiente: un Papa es un hombre; fue concebido en pecado original; está sujeto a error, por muy sabio que sea, está sujeto a error. Santo Tomás de Aquino, que no fue papa, pero fue el sol de los Doctores, Santo Tomás, cuyo nombre es incomparable dentro de la Iglesia, Santo Tomás sostuvo que Nuestra Señora fue concebida en pecado original. La Iglesia definió lo contrario.

El hombre, de vez en cuando, se equivoca, incluso cuando no es papa. Y es bueno que esto suceda, de modo que algunos papas se equivoquen, en condiciones muy claras en las que no han hablado «ex cathedra». Es bueno que esto suceda para demostrar lo débil que es el hombre hasta allá. ¡Solo Dios es fuerte! Cuando Dios habla por aquel a quien Él, en determinadas condiciones, ha garantizado la infalibilidad, nunca se produce el error. Y si no entiendo quién se equivocó, ¡fui yo! Además, con el debido respeto, con la debida reverencia, con la debida prudencia, si hay razones, debemos exponer, debemos someter, debemos afirmar, debemos conversar, porque puede suceder.

La «Resistencia» de San Pablo

Hay razones, hay hechos de la historia de la Iglesia que son sintomáticos en este sentido. Por ejemplo, los «Hechos de los Apóstoles» cuentan que San Pedro tenía una determinada orientación en relación con los judaizantes, los judíos convertidos a la religión católica, en cuanto a ritos, prácticas, etc. San Pablo pensó que eso ponía en peligro la formación de los fieles en la fe. Fue a Antioquía, que entonces era la capital del papado, para hablar con San Pedro y resistió a él «cara a cara». Son las palabras que emplea el propio «Hechos de los Apóstoles». San Pedro le dio la razón a San Pablo. El Espíritu Santo habló por boca de San Pablo y luego habló por boca de San Pedro. Por boca de San Pablo cuando le reprendió, por boca de San Pedro cuando reconoció su error. ¡Ahí está!

¡Hay casos impresionantes!

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Martirio del papa Marcelino, manuscrito francés, extraído de la Legenda Aurea de Jacopo de Varazze.

Ustedes saben que en las arenas romanas había un ídolo con un altar con incienso, que se quemaba cuando el individuo quería escapar del martirio. Y arrojar el incienso [al altar] simbolizaba que renunciaba a la fe católica y aceptaba el culto a ese ídolo. Pues bien, un papa llamado Marcelino, llevado a la arena, tuvo miedo. ¿Saben lo que hizo? Cualquier historiador lo reconoce: tomó el incienso y lo arrojó al fuego. Era un papa que reconocía la verdad del ídolo. ¿Cómo se explica eso?

Es que no hizo una definición «ex cathedra», fue un acto personal suyo. En aquella ocasión cayó en herejía; abandonó la fe. Pero no dijo que, como papa, estaba definiendo que aquel ídolo era el verdadero. Por eso volvió a las catacumbas, lloró su pecado, pidió perdón; fue perdonado y la Iglesia hoy lo venera en los altares. ¡San Marcelino, mártir!

Cuando tengamos perplejidades al respecto, qué bueno sería decir: «¡San Marcelino, rogad por nosotros!».

Llevado, arrastrado, por segunda vez, a las fieras, las enfrentó y su alma, purificada por su propia sangre, subió a los Cielos y fue inmediatamente recibida por Dios. San Marcelino, rogad por nosotros.

Uno de los santos más combativos y fogosos que ha tenido la Iglesia fue el gran San Jerónimo, Doctor de la Iglesia. San Jerónimo sostiene, en uno de sus documentos, que el Papa de su época, Liberio, había caído en herejía. Si fuera herejía pensar que un Papa cae en herejía, él no sería Doctor de la Iglesia, porque un Doctor de la Iglesia no defiende la herejía. ¿Cómo se puede justificar esto?

No voy a entrar aquí en el caso histórico del papa Liberio. San Zózimo, según san Agustín, cayó en la herejía pelagiana y luego se arrepintió y siguió. San Vigilio también se unió a los monofisitas. Y así una serie de otros. Pero nunca dieron una definición ex cathedra. Como individuos, erraron; como individuos, pecaron; como individuos, fueron perdonados. Ojalá todos estén en el cielo, como lo está San Zózimo y como lo está San Marcelino, y sobre todo como lo está el grande y glorioso San Pablo, ¡que no erró!

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Sobre la posibilidad teológica de un Papa hereje

Uds. ven, pues, cuánta belleza hay en esta historia de la Iglesia vista así; cuánta hermosa complejidad. Y por eso, en un libro escrito por un conocido mío sobre la cuestión del «Novus Ordo Missae», un libro muy bien documentado, muy bien razonado, muy bien documentado y con muy buena aprobación eclesiástica, se sostiene la siguiente tesis: que un papa puede caer en herejía. El libro cita a papas que sostienen que el papa puede caer en herejía. Así lo sostuvo Adriano II y también lo sostuvo el VI Concilio Ecuménico (El Sexto Concilio General o Tercer Concilio de Constantinopla, convocado en 678 por el emperador Constantino Pogonatus).

San Roberto Belarmino, el león de la lucha contra el protestantismo, sostuvo que un papa puede ser hereje. Teólogos como Torquemada, Cayetano, Bañez, Graciano, Suárez, teólogos que aún hoy tienen una gran repercusión en la Iglesia, sostienen esta posibilidad.

Los teólogos que sostienen la tesis opuesta son mucho más numerosos; no los voy a leer todos aquí, porque son cerca de 30 teólogos, en su mayoría contemporáneos, y que también sostienen que un papa puede caer en herejía.

Hay también varios otros santos y varios otros teólogos que sostienen que la misericordia de Dios preservaría la Iglesia de la posibilidad de que un papa cayera en herejía. Hay, por lo tanto, opiniones discordantes al respecto. No es que unos piensen que un papa no puede caer en herejía, sino que esperan que la misericordia de Dios no lo permita.

La crisis modernista dentro de la Iglesia desde San Pío X hasta nuestros días

Pero ¿no podría caernos un gran castigo? … No estoy hablando del papa actual. Lo digo en teoría, para compreendermos después nuestra posición ante la crisis modernista.

¿Cómo surgió esta crisis modernista dentro de la Iglesia?

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San Pío X sagrado Obispo de Mantua, 1884

San Pío X, que fue papa de 1903 a 1914, santo canonizado por la Iglesia, publicó el 8 de septiembre de 1907 una encíclica llamada «Pascendi» [Pascendi Dominici Gregis (de 8 de septiembre de 1907) o «Pastoreando el rebaño del Señor»]. (*)

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El Pe. Ernesto Buonaiuti, excomulgado y reducido al estado secular

En esta encíclica él denuncia una corriente de herejes panteístas que quieren propagar el panteísmo en la Iglesia de forma oculta, lo que hacen desvirtuando el dogma católico y presentándolo como algo que no es. Pero cuchicheando y formando en la Iglesia una verdadera sociedad secreta. Esta era la secta de lo que en aquella época llamaban «modernistas». Él dice que es el peor enemigo que la Iglesia ha tenido jamás, porque no atacaba desde fuera, sino que era veneno que circulaba en su propia sangre. Y por eso, hirió a esos modernistas, muchos de ellos sacerdotes y algunos obispos, con penas tales que un sacerdote llamado Buonaiuti fue castigado con la pena de «excomulgado vitando». Es una excomunión tan fuerte que, al pasar cerca de él por la acera, sabiendo que es él, uno tiene la obligación de cambiar de acera para no pasar cerca de ese ser maldecido.

Esta secta modernista, en mi opinión, se calló con la condena de San Pío X. Existió en las cloacas, bajo tierra, existió en la Iglesia en tiempos de Benedicto XV. Renació en tiempos de Pío XI, se extendió en tiempos de Pío XII, y el error contra el que se escribió «En defensa de la Acción Católica» era un error típicamente modernista. Y la analogía con el modernismo de esa escuela era tal, que publiqué en «Apéndice» la encíclica «Notre Charge Apostolique», sobre los errores de “Le Sillon” [n.d.c.: el “modernismo” aplicado social y políticamente], de tal manera que una cosa tiene relación con la otra.

Estoy seguro de que el progresismo no es más que el modernismo resucitado, que asoma la cabeza y que hoy trata de arrastrar a la Iglesia al error, al que no fue arrastrada en aquella época gracias a la vigilancia de San Pío X.

Qué pensar de Pío XI, Pío XII y siguientes: la historia irrefutable

Resulta que, dentro de esta situación, Pío XI tomó algunas medidas; Pío XII tomó medidas más drásticas, pero no fueron suficientes para contener el error.

¿Hay alguna irreverencia hacia la memoria de estos papas al decir que las medidas que tomaron no fueron suficientes para contener el error? ¡Ahí está la historia! Es decir, ¡no puede haber duda! No son infalibles en esto. Serían infalibles si hubieran enseñado, error en este caso, pero no lo enseñaron. Simplemente, al administrar la fuerza de la Iglesia, por razones de las que habrán rendido cuentas a Dios, no utilizaron la energía que los hechos parecían exigir.

A mí me parecía que esa energía era necesaria. ¿Tuvieron buenas razones para no usarla? Es posible. Esto lo sabe Dios, que los juzgó. Yo constato el hecho. Emplearon medidas enérgicas y la energía no fue suficiente. Llegamos a donde llegamos.

Este error impregnó los ambientes teológicos del mundo contemporáneo y lo impregnó de tal manera que ustedes ven hoy la situación de la Iglesia tal como está. Lo que voy a decir no es una impresión mía. El cardenal Ratzinger, que redactó el documento sobre la «Teología de la Liberación», el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, concedió una amplia e importante entrevista al periodista italiano Vittorio Messori. Esta entrevista fue publicada parcialmente en una revista llamada «Jesús», de los padres paulinos (**), sobre el propio documento que había emitido. Posteriormente fue publicada, en 1985, en el libro titulado Informe sobre la fe. En esa entrevista, describe con estas palabras la situación del mundo contemporáneo después del Concilio. Dice lo siguiente, son sus palabras textuales:

«Ciertamente, los resultados parecen cruelmente opuestos a las esperanzas que todos, empezando por Juan XXIII y luego por Pablo VI, tenían con respecto a una nueva unidad católica; y, por el contrario, se ha llegado a un desacuerdo, a una desunión que, por usar las palabras del Papa Montini —Pablo VI, por tanto—, ha pasado de la autocrítica de la Iglesia a su propia autodestrucción».

Por lo tanto, ustedes ven la grave situación que él describe. Y continúa:

«Se esperaba un nuevo entusiasmo y, por el contrario, muchos se hundieron en el desánimo, en el descontento. Se esperaba un impulso hacia adelante y, por el contrario, nos encontramos ante un proceso progresivo de decadencia, que se desarrolló en gran medida precisamente bajo el signo y apelando a la enseñanza del Concilio Vaticano II, lo que dio pie a que esos errores ganaran crédito entre nosotros.

«El balance del posconcilio parece, por tanto, negativo. Repito lo que ya dije hace diez años sobre el discurso de clausura de los trabajos: es indiscutible que ese período fue decididamente desfavorable para la Iglesia católica».

Es decir, no habló del Concilio, pero señala el período como desfavorable para la Iglesia Católica, el período conciliar, de tal manera que la Iglesia se hundió en una crisis que el propio cardenal señala como una crisis negra.

Poco después dice que su opinión es que el Concilio no tiene responsabilidad alguna en ello y no dice cuál es la responsabilidad. Pero señala una situación de la mayor dificultad posible para la Iglesia Católica.

Esta valoración tan alta, que no puede calificarse de irreverente hacia la Iglesia, ni de irreverente hacia los pontífices que han gobernado la Iglesia, es una valoración que hacemos totalmente nuestra. Y resulta que consideramos, con el debido respeto, que algunos actos y algunas enseñanzas no revestidos del carisma de la infalibilidad, de pontífices conciliares o posconciliares, están en contradicción con las enseñanzas y los ejemplos de una larga serie de pontífices preconciliares que van desde Pío XII hasta San Pedro.

Nos encontramos, por tanto, en esta situación característica: una contradicción en la que el documento no revestido de infalibilidad, al no coincidir con la Tradición, por deber de obediencia al papado, que no es solo el papado actual, sino el papado a lo largo de todos los siglos, a lo largo de veinte [siglos] de historia de la Iglesia. Cuando un papa muere, sus enseñanzas no se cancelan, siguen vigentes hasta que otro papa las revoque, pero la enseñanza no se revoca. La enseñanza dada permanece.

Resulta que, en consecuencia, la fidelidad de un católico al papado es la fidelidad al conjunto de todas las enseñanzas de todos los papas, a enseñanzas que no contradicen ese conjunto. Nos jactamos de tener esta fidelidad y damos gracias a Nuestra Señora por tenerla, a quien amamos más que a la luz de nuestros ojos; la amamos más que a nuestra propia vida.

Y si en cierta enseñanza decimos, con respeto e incluso con veneración, dispuestos a besar los pies de quien emitió esa enseñanza: «No concuerda con aquella otra», lo decimos por amor a todas las enseñanzas, por amor a esa larga galería de papas que viene desde Nuestro Señor Jesucristo hasta hoy y llegará hasta el fin del mundo. Por amor al propio papa que en este momento gobierna la Iglesia. Porque solo le habremos manifestado, filialmente, nuestra convicción. A él [le corresponde] corregirnos, a él demostrar que realmente está de acuerdo con las enseñanzas de los papas. Esta es la posición clara de la TFP, es la posición leal de la TFP, adoptada tantas y tantas veces en todo el mundo, hoy en día incluso por tantos otros teólogos.

Recuerdo un libro muy bien escrito de un dominico francés, el padre de Blignières, que trata precisamente de esta cuestión. Este padre enseña esto, dice precisamente esto: puede darse el caso de que quien piense así no se equivoque en absoluto. Está en su derecho de pensar así, siempre que tenga razones respetuosas para hacerlo.

En estas condiciones, lo que queda por decir sobre nuestra posición ante el papado es que saludamos con alegría el comienzo —esperamos que sea el comienzo— de las enseñanzas y los actos de Juan Pablo II que reprimen el error, con la esperanza de que sea la represión total del error, en su integridad. Recemos por ello, seamos todos juntos un solo corazón y una sola alma en esta oración: para que así sea y hayamos cumplido con nuestro deber. Esto es lo que tenía que decirles al respecto.

Y… ¡Fugit irreparabile tempus!

Algo incomparablemente mejor que estas palabras nos espera. Dentro de una hora y media, se celebrará el Santo Sacrificio de la Misa en la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima. Todos están invitados a asistir. Todos nos acercaremos a la Santa Mesa. En el momento de la Consagración, en el momento de la Comunión, recemos por el Papa. Amemos al papa y el papado; es lo que debemos hacer y habremos cumplido con nuestro deber.


NOTAS

(*) Sobre la crisis del modernismo, remitimos a nuestros visitantes al artículo “San Pío X y la peor herejía de todos los tiempos: inyectada en las venas mismas de la Iglesia para destruirla desde dentro”, en que el Prof. Plinio trata exhaustivamente del tema.

(**) La cita mencionada proviene de una entrevista concedida por el entonces cardenal Joseph Ratzinger (quien más tarde sería el papa Benedicto XVI) al periodista italiano Vittorio Messori. Esta entrevista fue publicada en 1985 en el libro titulado Informe sobre la fe (en español; original en italiano: Rapporto sulla fede, y en inglés: The Ratzinger Report).

En el contexto, Ratzinger reflexiona sobre las consecuencias del Concilio Vaticano II, destacando cómo los resultados no cumplieron las expectativas iniciales de unidad y renovación, sino que llevaron a divisiones internas en la Iglesia. La cita aparece específicamente en las páginas 61-62 de la edición indicada en el link arriba. El texto completo en el original forma parte de un capítulo inicial donde se evalúa el estado de la Iglesia posconciliar.

Sin embargo, hubo anticipos parciales:

  • Algunos extractos o primicias de la entrevista se publicaron en noviembre de 1984 en la revista italiana Jesús (la revista mensual católica de los Padres Paulinos).
  • Estos adelantos generaron ya mucho debate y se tradujeron rápidamente a varios idiomas, pero el contenido íntegro y revisado (con la aprobación explícita de Ratzinger) apareció por primera vez en el libro de 1985.

 

 

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