Tradición: no rancio estancamiento, sino base del verdadero progreso

“Santo del Día” – 13 de abril de 1971


A D V E R T E N C I A

El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.

Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.

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Tradición y tradición: lo fijo y lo mutable en las costumbres de la civilización cristiana

En la secuencia de una entrevista concedida por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveir sobre Tradición y progreso, un discípulo suyo le pide que desarrolle un poco más el tema:

(“Pedimos a Ud. que hable sobre la tradición. El reportero decía que la tradición tiene algo de rancio, un elemento que nunca cambia; la Tradición, que es la verdad tal y como Nuestro Señor la reveló, por ejemplo. Ahora hay otra tradición, la que un pueblo transmite a la siguiente generación. ¿Podría explicarnos qué es exactamente eso, por qué es mutable?”)

Digamos lo siguiente. Tomemos un fenómeno de una época más reciente, en la que todo es naturalmente un poco malsano, debido al efecto de la Revolución. Pero donde también se puede percibir algo sano, mezclado en medio de lo malsano.

Tome usted las normas de cortesía y educación que existen hoy en día. Se han reducido a lo más simple, pero cuando las examinamos, son una continuación de las normas de cortesía y educación. Simplificadas, decadentes, etc., pero son una continuación de normas de otros tiempos.

¿Cuál es el valor tradicional de esas normas? ¿En qué sentido constituyen una tradición? Fueron formas de vida que Occidente adoptó, en parte bajo la influencia de la religión católica, en parte bajo la influencia de la cultura civil, formas de vida que Occidente adoptó y que se estereotiparon, quedaron definidas, definitivas. Luego se fueron transmitiendo de generación en generación. Se mantuvieron fijas en lo esencial. Se volvieron mutables en lo secundario.

Por ejemplo, la presentación. El hecho de que, al conocer a dos personas, las presentemos. «Quiero presentarte a mi amigo Fulano, mi amigo Mengano». Las dos personas se saludan y se dicen mutuamente: «Encantado de conocerte». Esa es una forma práctica, una forma cómoda de poner a dos personas en relación, diciendo ya de cada una lo que es para la otra.

Y, en general, cuando se trata de presentar a personas que tienen una cierta trayectoria profesional, o ciertas obras realizadas, se dice: «Fulano, quiero presentarle aquí a mi amigo Fulano, que hizo esto, aquello, etc. Mi amigo Mengano, aquí presente, es un hombre no menos eminente; él hizo esto, aquello, lo otro». Los dos escuchan, escuchan sonriendo. Una vez terminado, se saludan.

La presentación es un rito característico de la civilización occidental. Se remonta a la Edad Media. La forma de realizar la presentación ha ido variando según la estructura social, según las costumbres de los pueblos, etc. Pero la presentación en sí misma se ha mantenido. Esta presentación, que es una tradición, es algo fijo que, probablemente, mientras el mundo sea mundo, permanecerá, con diversas variaciones.

La presentación alemana era, hasta hace algún tiempo, así: una persona, al presentar a dos personas de diferente jerarquía, la persona de menor jerarquía batía los tacones ante la de mayor jerarquía. Si se trataba de saludar a una señora más eminente, el alemán decía: … Le beso la mano, eminente señora.

El francés no decía que besaba la mano; la besaba. No batía los tacones, sino una reverencia, una inclinación. Son pequeños matices dentro del saludo, de la presentación, que varían según cada pueblo. Pero la esencia es la misma.

blankOtra cosa: comer, por ejemplo, con cubiertos. Los antiguos romanos no comían con cubiertos. Hasta la época de Luis XIII, más o menos, la gente usaba el cuchillo y comía con la mano. Y para beber, bebía del vaso. Y una sopa, por ejemplo, la bebía del plato. Los venecianos inventaron el tenedor y la cuchara. Parece imposible que se haya tardado tanto en inventar algo tan sencillo. Mientras el hippismo no se apodere del mundo, el uso del tenedor, el cuchillo y la cuchara, esa forma actual de disponer el plato, de colocar los cubiertos de postre delante, la comida salada a un lado y al otro, colocar las distintas copas para las distintas bebidas al alcance de la mano en un orden determinado, todo eso es una tradición que se inventó en el pasado, pero que representa la perfección dentro de una cierta forma humana de hacer las cosas.

Así pues, esa tradición se consolida y, normalmente, a menos que haya una decadencia, puede tener variantes de pueblo en pueblo, de época en época, pero en sí misma se conserva.

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Boda del príncipe Pedro Enrique de Orleans-Braganza y la princesa María Isabel de Baviera, 1937

Tomemos otra tradición, por hablar solo de las costumbres sociales. Tomemos otra tradición: el matrimonio. El matrimonio obedece a un rito fijo. La novia entra del brazo de su padre, entra con un velo; el novio la espera en el altar. Cuando ella se acerca al reclinatorio, o junto al presbiterio, el padre retira el brazo de junto a su hija y se la entrega al futuro esposo, que la lleva al reclinatorio. Esto es algo clásico: se hace en todo Occidente. Entiendo perfectamente que, en un país, por ejemplo, digamos en Persia, el rito no sea así. Pero en Occidente se ha establecido de esta manera. Y hay muchas razones para que sea así: el velo blanco representa la virginidad, lo cual conviene a la novia, para indicar que no es una mujer de mala vida. El hecho de que la lleve el padre, la afirmación de que el padre es el cabeza de familia, de que él es el responsable de la joven hasta el último instante. El hecho de entregarla al futuro marido a la entrada del presbiterio. Es un acto de confianza, como quien dice: te cedo el poder que tenía sobre ella. Tú eres el hombre en quien confío para esto.

Todas estas cosas son hábitos, son costumbres que se han inventado a lo largo de los siglos, pero que, si no hay una decadencia, todo indica que la civilización occidental y cristiana llevará hasta el fin del mundo, con pequeñas alteraciones, según los pueblos, según las costumbres, según las peculiaridades o cosas de ese tipo.

Si vamos a buscar el número de cosas de este tipo que nos vienen del pasado, encontraremos una cantidad incontable. Casi todo lo que hacemos viene del pasado, en ese sentido. Por ejemplo, el uso del zapato. El uso del zapato, el uso del calzado es una tradición. Ustedes saben bien que hay pueblos que no se calzan. Pero Occidente adoptó y luego generalizó el zapato completamente cerrado alrededor del pie, que lo protege por completo. El uso de los botones. Los antiguos no conocían los botones. Fue en Occidente, durante la Edad Media, cuando se empezó a usar botones. Se estableció la tradición de usar botones.

En la alimentación: comer pan con mantequilla por la mañana, por ejemplo. Y el café con leche, o el té con leche, es una tradición de cierto grupo de países. En cambio, por ejemplo, en los países anglosajones la costumbre es tomar un desayuno mucho más fuerte. Toman huevos, carne, mermeladas, etc. Es una tradición suya, pero que normalmente, si anda todo bien, debería perdurar.

Son cosas, por tanto, que no se derivan de la ley de Dios, no están directamente ligadas a la moral, sino que se refieren a la buena organización de la vida de los pueblos. Y en la que el papel de la tradición es capital.

No sé si estos ejemplos le bastan, o si usted querría otros. Por ejemplo, lo que usted ha hecho ahora: levantarse para decirme que no. Es una forma de dar a entender que se pone a disposición de la persona con la que está hablando. Es un símbolo, es un símbolo tradicional. Así que estamos llenos de tradiciones.

Principio de cambio: adición, no alteración

(Pregunta: Dr. Plinio, ¿cómo se distingue en la Iglesia constantiniana lo que podría cambiarse o mejorarse, perfeccionarse de lo inmutable?)

En general, estas cosas se incorporan a la tradición porque responden a razones de ser muy profundas en el orden natural de las cosas, en lo que ese orden natural tiene de inmutable. Pero ocurre que, por eso mismo, todas las grandes instituciones, como las grandes familias, como los entornos inspirados de una gran categoría, cuando adoptan una costumbre, adoptan una costumbre tan acertada que normalmente existe la tendencia a conservarla. Porque se justifica por su alta categoría.

De ahí que las grandes instituciones estén cargadas de costumbres que provienen del pasado y que llevan hacia el futuro. De ahí que en la vida de una gran institución muy pocas cosas sean cambiables por modificación. Las cosas son cambiables por adición.

Dentro de la Iglesia constantiniana, por ejemplo, se encontraban una serie de cosas que venían de lo más profundo de los siglos y que tenían un valor extraordinario, aunque su sentido práctico hubiera desaparecido. Por ejemplo, la mitra. Todo el mundo dice que la mitra es una forma de sombrero sirio que se extendió a los obispos de todo el mundo. Y que, normalmente, debería permanecer así hasta el fin del mundo. Porque de tal manera se ha vuelto innata a la dignidad episcopal, de tal manera resalta la importancia del obispo, su papel dentro de la diócesis, etc., que se ha generalizado más o menos por todo el mundo. Sería una sorpresa encontrar algo que añadir dentro de eso.

Bueno, a mi modo de ver, la Iglesia constantiniana lo tenía todo fijado, perfecto e inmutable, salvo por vía de adición. En el Reino de María (1), creo que, en ese sentido, por vía de adición, aún se añadirían más cosas como adornos de la Iglesia, reglamentos de sabiduría de la Iglesia. Pero considero que la Iglesia constantiniana, tal y como era, era perfecta.

La tradición no es estancamiento: los valores del pasado como fundamento del auténtico progreso

Alguien dirá, algún estúpido dirá: “Pero eso es paralizar las cosas, es llegar al estancamiento”. Es lo contrario del estancamiento. Es cuando tenemos las cosas completamente fijas y definitivas que podemos lanzarnos a hacer otras. De modo que el camino hacia la buena innovación es no estar todo el tiempo alterando lo que ya está establecido. Es poder pensar en hacer cosas nuevas, en crear cosas nuevas. Es precisamente el dominio de lo fijo lo que permite la innovación.

Voy a poner un ejemplo y con ello concluyo. Portugal y España, en la época de las grandes navegaciones, tenían una estructura social, política y económica, toda una cultura, toda una ideología en su apogeo. Y porque no tenían mucho que hacer en casa, ya que la casa estaba bien organizada, pudieron emprender las navegaciones. Si en casa hubiera un caos con mil problemas que resolver, no habrían podido emprender las navegaciones. Es decir, es el estar fijado en un punto lo que permite pasar a otro.

Así que esas grandes consolidaciones son precisamente el descanso del trabajo ya realizado y la posibilidad de añadir, de sumar perfecciones en otros campos. De modo que lo que parece estancamiento no lo es. Es la pista de salida para otros viajes y para la apertura de otros horizontes.

Por ejemplo, todo lo que he dicho sobre las normas de cortesía. La gente se cruza, come del plato, come con tenedor, bebe del vaso, usa mantel, usa cuchara, hace esto y aquello. Hubo un tiempo en que eso se inventó. Si vamos a reinventar eso, no podremos inventar otras cosas. De modo que lo fijo, insisto en este punto, no es lo rancio. Es exactamente el terreno conquistado, a partir del cual se puede hacer un nuevo progreso. Y solo un estúpido no comprende eso. No sé si este argumento, que me parece fundamental para comprender el valor de la tradición, está lo suficientemente claro.

Imaginen la química. Que a cada momento los principios fundamentales de la química, por ejemplo, estuvieran siendo cuestionados y discutidos. Y que se estuviera librando constantemente una batalla entre químicos para estudiar los fundamentos de la química. No se saldría de los fundamentos. No habría progreso en la química.

Es como la Acción Católica de antaño, que se definía como una entidad cuyo fin era conocer la definición de sí misma. En las reuniones de la Acción Católica no se hacía otra cosa que discutir qué era la Acción Católica. No se llegaba a un acuerdo. Resultado: No pudo crecer. Porque si respecto a ese punto preliminar no había una fijación, después una tradición, y no se consolidaba el terreno conquistado para enseguida partir hacia otras cosas, no había nada.

Es decir, es una burrice -perdónenme la trivialidad no tradicional de la expresión, pero es la indignación lo que provoca esto-,  lo del individuo que se atreve a pretender que renovar completamente las cosas ya hechas es el progreso. Eso es no salir del sitio, es quedarse en el punto de partida, dentro del punto de partida. Y es necesario que la Revolución sea Revolución para haber cegado a la gente hasta tal punto que nadie se atreva a decir esa pequeña banalidad.

Ahora, imaginen que, en una carrera de relevos, a la hora de pasar la antorcha, los dos se pelean porque quieren renovar la forma de la antorcha. ¡Se acabó la carrera!

 


NOTAS

 (1) Reino de María – San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, prevé la llegada a la Tierra de una era «en la que las almas respirarán a María como el cuerpo respira el aire», y en la que innumerables personas «se convertirán en copias vivas de María» (Cap. VI, art. V). Esa era la llama del Reino de María.

Esta profecía encaja orgánicamente con la de Nuestra Señora en Fátima. En efecto, tras predecir varias calamidades para el mundo, Ella afirmó: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». O sea, será una obra de Ella y la posición del Prof. Plinio era la de trabajar para que el mayor número de almas estuviese en condiciones de acceder a esa conversión.

No es milenarismo ni utopía; el Prof. Plinio insiste en que NO se trata de un paraíso terrenal perfecto ni de una fase final antes del fin del mundo (en el sentido milenarista condenado por la Iglesia). Es una era histórica mejor, pero aún dentro de las limitaciones humanas.

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