Del «Dizionario di Teologia Morale», dirigido por el cardenal Francesco Roberti y el arzobispo (posteriormente cardenal) Pietro Palazzini, cuarta edición revisada a la luz del Concilio Vaticano II, Editrice Studium, Roma, 1968, pág. 257:

San José Moscati (Benevento, 25/07/1880 – Nápoles, 12/04/1927), tercero por la izquierda (sentado), un joven y brillante médico-profesor con sus primeros alumnos. Consagró su castidad a Nuestra Señora del Buen Consejo.
La castidad, parte subjetiva de la templanza, es aquella virtud moral que inclina al hombre a moderar el uso y el apetito de los placeres venéreos según las normas de la recta razón. A esta norma natural, que regula el uso de la facultad procreadora dentro de los límites de su fin, se añade en la fe cristiana la consideración de la dignidad del cuerpo humano, que por el bautismo ha sido elevado a miembro de Cristo y templo del Espíritu Santo (I Cor. 6, 15-20). El objeto material de esta virtud es el acto y el placer sexual propiamente dicho, mientras que la pudicicia se refiere a los actos periféricos. Como toda virtud, la castidad implica una facilidad en el ejercicio de sus actos; por lo tanto, la abstención del uso ilegítimo del placer sexual a costa de grandes esfuerzos no es aún castidad, sino simplemente continencia.
Castidad perfecta e imperfecta
La castidad se divide en perfecta e imperfecta. Es imperfecta en quien se abstiene del uso desordenado del placer venéreo, sin excluir por ello el uso legítimo tanto presente (en los casados), como futuro (en los jóvenes), como pasado (en los viudos). Es perfecta cuando, además de la abstención presente del uso ilegítimo, excluye también el legítimo en el pasado y en el presente con el propósito (con o sin voto) de mantener este estado también en el futuro.
La castidad preserva al hombre de la tiranía de la concupiscencia
Aunque en la jerarquía de las virtudes la castidad ocupa un grado inferior al de muchas otras virtudes, en la práctica se le atribuye, con mucha razón, una función preponderante en la vida cristiana; porque es esta virtud la que preserva al hombre de la tiranía de la concupiscencia, la cual, por la vehemencia de sus pasiones, puede perturbar notablemente las funciones morales de las facultades superiores (intelecto y voluntad), creando, con los defectos y vicios que de ello se derivan, grandes dificultades y, a menudo, la imposibilidad de una vida virtuosa informada por la caridad (Sum. Theol., II-II, q. 153, art. 5).
Ventajas de la castidad tanto para el individuo como para la sociedad en general
La castidad perfecciona al hombre individualmente y beneficia a la comunidad no solo indirectamente, en cuanto que la perfección individual se refleja en la vida social, sino también directamente, porque regula la procreación, que es un bien de toda la especie; y esto:
a) de manera negativa, en cuanto que limita el acto sexual a aquellas circunstancias que, según la recta razón, hacen posible una educación adecuada (matrimonio);
b) de manera positiva, contribuyendo al incremento del género humano, ya que no permite el acto sexual completo, incluso en el matrimonio, si no es de la manera adecuada para la generación.
Nota: Las negritas y los subtítulos son de este sitio web.