Catolicismo Nº 81 - Septiembre de
1957 (www.catolicismo.com.br)
AMBIENTES, COSTUMBRES, CIVILIZACIONES
No se debe dar a los perros el pan destinado a los
hijos
¿Qué decir de esa "facies"? Piel
horriblemente gruesa y rugosa, boca vulgar y desmesuradamente rasgada, hocico
chato y casi sin naríz, pelos escasos, sin belleza, formando un remedo de barba
al mismo tiempo hirsuta y pobre. Y... en medio de toda esta disformidad, una
cierta semejanza que hace pensar en el hombre. Semejanza terriblemente
acentuada por los ojos. ¡Y qué ojos! En ciertos momentos parecen pensativos y
llenos de malancólica expresión. En otros momentos se nos figuran vacíos,
anodinos y sin ninguna significación.
Así es el reino animal. Dios puso
en él especies admirables en las que el hombre viese la sabiduría, la gracia y
la bondad de quien las creó, pero al mismo tiempo dejó ver de forma patente
toda la rudeza de la naturaleza irracional en seres como éste. Contemplando a
unos nos elevamos hacia Dios. Observando a otros, sentimos, por el contraste,
nuestra dignidad natural, comprendemos perfectamente la jerarquía que el Señor
puso en el Universo, y amando nuestra propia superioridad y la santa
desigualdad de la creación, nos elevamos también hasta El.
Quizá nunca sintamos tan
vivamente el abismo que nos separa del mundo animal como cuando contemplamos
precisamente aquellas especies que más se parecen a nosotros.
* * *
Los animales puestos por Dios
para convivir con el hombre son precisamente aquellos en los que la rudeza
natural está velada por apariencias hermosas e incluso espléndidas. Por
ejemplo, los pájaros, con sus brillantes plumas y melodiosos cantos; los gatos,
con sus actitudes elegantes y sedosos pelos; los perros su compañía, veló con
esas apariencias magníficas la rudeza natural propia de todo ser no espiritual.
Y así, en el reino animal, estos seres son para el hombre lo que las flores en
el vegetal. En el reino vegetal las flores parecen hechas para nuestro hogar.
Según las reglas de la buena
tradición, hay modos ordenados para que el hombre aprecie las flores hermosas o
conviva con los animales bonitos, sin tener por qué pasarse de la justa medida,
dedicando a esos seres un afecto o concediendoles una intimidad que solo se
debe dar a las criaturas humanas.
* * *
Los animales pueden, por tanto,
tener un lugar en una sensibilidad cristiana bien formada, pero con límites.
Así como hay plantas que sirven de adorno
para la vida del hombre y otras de una tosquedad incompatible con tal fin, así
también ocurre con de noble porte e imponente catadura, o los peces que
reflejan brillos preciosos en la placidez de sus acuarios. Todos ellos son, en
resumen, factores de belleza distracción y reposo en nuestra existencia diaria.
Dios respeta la nobleza del hombre y por eso, en los animales destinados para
los animales. Una dama no se rebaja al mirar una flor, apreciar su perfume y
tomarla como adorno. Pero ...¿ y si hiciese lo mismo con una coliflor ?
Por esta razón, el hombre, al
cual le es tan beneficiosa la convivencia con el perro, no fue hecho para besar
sus hocicos como quien besa a su esposa o su hija, ni tampoco para intimidades
con monos, ratas, jabalíes o jirafas. La inferioridad de la naturaleza animal,
patente en estos seres, es incompatible con tales actitudes
.
Y el hombre se degrada cuando
ahoga en sí la natural repugnancia que causa la intimidad con esas criaturas,
en las cuales la rudeza animal no fue velada por ninguna apariencia. Ahogando
esta repugnancia, el hombre abotarga el sentimiento de su propia superioridad
y, por así decirlo, acepta y asume en sí lo que en el animal hay de inferior.
Actitud de espíritu frecuente en
una época como la nuestra, en la cual todos los igualitarismos, incluso los más
degradantes, encuentran un clima de comprensión. 
No se debe dar a los perros el
pan destinado a los hijos (Marc 7, 27), advierte Nuestro Señor, ni tirar perlas
a los cerdos (Mat 7, 6).
Es lo que hace quien, llevado por
un estúpido sentimentalismo de fondo igualitario, concede a los animales
cariños e intimidades que el orden de la Providencia reservó para las
relaciones entre los seres humanos.