Catolicismo Nº 110 – Febrero de
1960 (www.catolicismo.com.br)
AMBIENTES, COSTUMBRES, CIVILIZACIONES
Plinio Corrêa de Oliveira
Tranquilidad del orden
Excitación en el desorden
Unas a otras se suceden armoniosamente las
colinas, hasta el fondo lejano en que se pierde el horizonte. Una atmósfera
llena de frescura y de claridad matinal inunda el cuadro y produce la impresión
de que las laderas de los montes, la delicada hierba, el tenue follaje de los
arbustos, destilan suavidad. Las ovejas, espléndidamente integradas en la
armonía del ambiente, pacen lenta y tranquilamente, tan satisfechas y dóciles,
que al frente el perro pastor, digno y "pensativo", camina distendido
como si estuviera de vacaciones.
En el centro, el hombre, modesto
campesino de los Pirineos, en las cercanías de Lourdes. Todas esas sencillas
magnificencias, espléndidas como la vestidura del lirio del campo, le entran
por los sentidos, le confortan el cuerpo, pero sobre todo le hablan al alma.
¿Qué le dicen?, él mismo
probablemente no lo sabrá describir. Pero, levemente meditativo, él está ahí
como un rey para el que todo existe. Y en esa plácida alegría, nada hay que no
le hable de la dulzura y de la grandeza inenarrables de Dios, del significado
de su propia existencia y del sublime y eterno destino de su alma. Faltaría
sóio en ese paisaje un campanario a lo lejos, el severo perfil de una cruz o un
nicho con una imagen de la Santísima Virgen que nos recordase la belleza —tan
superior a la de las cosas de la naturaleza— de la obra prima que es la Santa
Iglesia Católica.
Este ambiente inspira paz en los
corazones. Es la tranquilidad en el orden del cual habla el Papa Juan XXIII en
su recente Mensaje de Navidad.
* * *
Cuántas veces la vida diaria se
aleja de este ideal, que es evidentemente realizable, tanto en el campo como en
una existencia urbana concebida según los padrones cristianos.
Pero el sonido típico de las
inmensas babeles modernas, el ruído de las máquinas, el tropel y las voces de
los hombres que se afanan tras el oro y los placeres; que ya no saben caminar,
sino sólo correr; que no saben trabajar sin extenuarse; que no consiguen dormir
sin calmantes ni divertirse sin estimulantes; cuya carcajada es una mueca
frenética y triste; que ya no saben apreciar las armonías de la verdadera
música, sino sólo las cacofonías del rock; todo esto es la excitación en el
desorden, de una sociedad que sólo encontrará la verdadera paz cuando haya
reencontrado al verdadero Dios.