Catolicismo Nº 115 - Junio de
1960 (www.catolicismo.com.br)
AMBIENTES, COSTUMBRES, CIVILIZACIONES
Espíritu de fe y laicismo en el arte funerario
En la foto al lado, vemos el túmulo, de
piedra, de Felipe Pot, mariscal de Borgoña (siglo XV). Armado de los pies a la cabeza, con las manos puestas
en actitud de oración, el guerrero parece estar simplemente descansando, a la
espera de las claridades de la resurrección. A sus pies, un perro, símbolo de
la fidelidad y de la vigilancia. Inmersos en profundo dolor, ocho plañideros,
cuatro de cada lado, ostentando los diversos blasones del muerto, lo llevan con
veneración.
En este momento impresionante, el
hombre manifiesta varios de sus estados de alma: el heroísmo, la piedad, la
serenidad, la resignación y el dolor. El conjunto está marcado por la fe. El
guerrero parece estar preparado para presentarse ante Dios lleno de virtudes
militares, pero suplicando con humildad y confianza el perdón por sus faltas.
Se tiene la impresión de que murió en paz, y hasta con una noble alegría: le
espera el Cielo. Por el contrario, los que quedan lloran su partida. Las
separaciones ocasionadas por la muerte son, en efecto, una prueba dolorosa por
la cual todos debemos pasar después del pecado original. Las figuras están quebradas,
pero no desesperadas. A pesar de su dolor profundo, llevan con toda conformidad
y compostura el pesado fardo que tienen sobre los hombros: y es que, la
resignación cristiana comunica a las almas una fuerza inquebrantable. En la
foto, no se ve ninguna cruz, ninguna imagen, sin embargo todo nos habla de Religión.
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En la
segunda foto, tampoco se ve ninguna cruz, ninguna imagen... y nada despierta en
nuestra alma una impresión religiosa.
La sepultura es
una caja de mármol, en la que yacen los restos de Napoleón. Caja pesada,
sólida, bien cerrada, tan bien cerrada que hasta parece que sea de forma
definitiva. Se tiene la impresión de que el Corso
reposará allí in perpetuum.
No hay nada que eleve el pensamiento hacia la idea de que una vida futura está
reservada al hombre mortal. Bien trabajado, bien bruñido, con las proporciones
estudiadas por un geómetra seguro, el sepulcro tiene el acabado irreprensible
de un epílogo bien hecho. Hay en él algo que le da el aire perentorio de un punto
final. El punto final de la vida del César del siglo XIX.
Un punto final que no nos dice nada de eternidad, y todo presenta la frialdad
implacable de la muerte.
Al fondo, unas
figuras cuyos semblantes tanto pueden ser de ángeles como de genios paganos,
parecen aterrorizadas y contagiadas por la estabilidad de la muerte, y en nada
concurren para dar al ambiente algún contenido cristiano.
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Era de fe, era de
laicismo. El contraste de los tiempos queda patente en el contraste de las
sepulturas.