Mes
de María
Plinio
Corrêa de Oliveira (*)
Se siente en el mes de mayo —Mes de María—, que una protección especial
de Nuestra Señora se extiende sobre todos los fieles, y que hay una alegría
que brilla e ilumina nuestros corazones, expresando la universal certeza de los
católicos de que el indispensable patrocinio de nuestra Madre celestial se
hace, durante el mes de mayo, aún más solícito, más amoroso, más exuberante de
visible misericordia y exorable condescendencia.
Sin embargo, algo queda después de cada mes de mayo, si hubiéramos sabido
vivir convenientemente esos treinta y un días especialmente consagrados a la
Santísima Vírgen. Lo que nos queda es una devoción mayor, una confianza más
especial, y, por así decir, una intimidad aún más acentuada con Nuestra Señora,
con la que en todas las vicisitudes de la vida sabremos pedir con más
respetuosa insistencia, esperar con más invencible confianza, y agradecer con
más humilde cariño todo el bien que Ella nos haga.
Nuestra Señora es la Reina del Cielo y de la Tierra, y, al mismo tiempo
nuestra Madre. Con esta convicción entramos siempre en el mes de mayo, y tal
convicción se ahonda cada vez más en nosotros, lanza claridades y fortaleza
siempre mayores cuando el mes de mayo termina. Mayo nos enseña a amar a María
Santísima por su propia gloria, por todo cuanto Ella representa en los planos
de la Providencia. Y nos enseña también a vivir de modo más constante nuestra
vida de unión filial a María.
Los hijos nunca están tan seguros de la vigilancia amorosa de sus madres,
como cuando sufren. La humanidad entera sufre hoy en día. Y no sólo todos los
pueblos sufren, sino que casi se podría decir que sufren de todos los modos por
los que pueden sufrir.
Las inteligencias son barridas por el vendaval de la impiedad y del escepticismo.
Tifones locos de mesianismos de todo orden desvastan los espíritus. Ideas
nebulosas, confusas, audaces se infiltran en todos los ambientes, y arrastran
consigo, no sólo a los malos y a los tíbios, sino, a veces, hasta a aquellos de
quienes se esperaría mayor constancia en la Fe.
Sufren las voluntades obstinadamente apegadas al cumplimiento del deber,
con todas las contrariedades que les vienen por su fidelidad a la Ley de
Cristo. Sufren los que transgriden esa Ley, pues lejos de Cristo todo placer no
es, en el fondo, sino amargura, y toda alegría una mentira.
Sufren los corazones, dilacerados por la guerra psicológica revolucionaria,
tan intensa en nuestros días. Sufren los cuerpos depauperados por el trabajo,
minados por la molestia, acongojados por todo tipo de necesidades.
Se podría decir que el mundo contemporáneo, semejante al que vivía en el
tiempo en que Nuestro Señor nació en Belén, llena el aire de un gran y
clamoroso gemido, que es el gemido de los malos que viven lejos de Dios, y de
los justos que viven atormentados por los malos.
Cuanto más sombrías se vuelvan las circunstancias, cuanto más lancinantes
los dolores de toda especie, tanto más debemos pedir a Nuestra Señora que ponga
término a tanto sufrimiento, no sólo para hacer cesar, así, nuestro dolor, sino
para mayor provecho de nuestras almas. Dice la Sagrada Teología que la oración
de Nuestra Señora anticipó el momento en que el mundo debería ser redimido por
el Mesías. En este momento lleno de angustias volvamos confiantes nuestros ojos
a la Santísima Vírgen, pidiéndole que abrevie el gran momento esperado por
todos, en que un nuevo Pentecostés abra claridades de luz y de esperanzas en
estas tinieblas, y restaure por todas partes el Reinado de Nuestro Señor
Jesucristo.
Debemos ser como Daniel, de quien dice la Escritura que era:
"desiderio-rum vir", esto es, hombre que deseaba grandes y muchas
cosas. Para la gloria de Dios, deseemos grandes y muchas cosas. Pidamos a
Nuestra Señora mucho y siempre. Y sobre todo debemos pedirle aquello que la
Sagrada Escritura suplica a Dios: "Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et
renovabis faciem terrae". Debemos pedir, por la intercesión de Nuestra Señora,
que Dios nos envie nuevamente en abundancia el Espíritu Santo, para que las
cosas sean nuevamente creadas, y purificada por una renovación la faz de la
tierra.
Dice Dante, en la "Divina Comedia", que rezar sin el patrocinio
de Nuestra Señora es lo mismo que querer volar sin alas. Confiemos a Nuestra
Señora este anhelo en que va todo nuestro corazón. Las manos de Maria serán un
par de alas purísimas por medio de las cuales llegará ciertamente al trono de
Dios nuestra oración.
(*)
“Legionário”, 23 de Mayo de 1943.