Mahoma renace
Plinio Corrêa de Oliveira (*)
Cuando estudiamos la triste historia de la caída
del Imperio de Occidente, nos cuesta comprender la miopía, la displicencia y la
tranquilidad de los romanos ante el peligro que iba tomando cuerpo. Roma
sufría, para colmo, de un arraigado hábito de vencer. A sus pies estaban las
más gloriosas naciones de la Antigüedad: Egipto, Grecia, toda Asia. La ferocidad
de los celtas estaba definitivamente ablandada. El Rhin y el Danubio
constituían para el Imperio una espléndida defensa natural. ¿Cómo recelar que
los bárbaros, que vagaban en las selvas vírgenes de la Europa Central, pudiesen
poner en riesgo serio tan inmenso edificio político?
Acostumbrados a esta visión, los romanos no
tuvieron flexibilidad de espíritu para comprender la nueva situación que, poco
a poco, se iba creando. Los bárbaros atravesaron el Rhin, comenzaron sus
invasiones; delante de ellos la resistencia de las legiones resultó débil,
indecisa, insuficiente. No obstante, los romanos continuaron ignorando el
peligro, cegados por la sed absorbente de los placeres, por una parte, e
iludidos, por otra, por lo que se llamaría en la detestable terminología
freudiana, un "complejo" de superioridad. Es lo que explica la
tranquilidad mortal en la que, hasta el fin, se mantuvieron.
Aunque consideremos dentro de este conjunto el
misterio de la inercia romana, el cuadro nos parece singular y, quizás, un tanto
forzado. Lo comprenderemos mucho mejor, más al vivo, si consideramos otro gran
misterio que ocurre ante nuestros ojos y del cual somos, en cierto modo,
participantes: la gran inercia del Occidente cristiano ante la resurrección de
la gentilidad afro-asiática. El tema es demasiado vasto para tratarlo en
bloque. Bastará, para que lo comprendamos bien, que consideremos un sólo
aspecto del fenómeno: la renovación del mundo musulmán.
Es un tema que el LEGIONARIO, ya habituado a no
ser comprendido, ha abordado con una insistencia que ha parecido a veces
inoportuna. Pero la cuestión merece ser examinada una vez más.
Recordemos rápidamente algunos datos generales
del problema.
Como se sabe, el mundo mahometano abarca una
franja territorial que comienza en India [en la época en que fue escrito
este artículo, Pakistán y Bangladesh aún hacían parte de India], pasa por
Arabia y Asia Menor, alcanza Egipto y termina en el Océano Atlántico. La zona
de influencia del Islam es inmensa desde todos los puntos de vista: territorio,
población, riquezas naturales. Pero hasta hace poco tiempo, ciertos factores
inutilizaban de modo casi completo todo ese poderío. El vínculo que podría
unir a los mahometanos de todo el mundo sería, evidentemente, la religión del
profeta. Pero ésta se presentaba dividida, débil, y totalmente desprovista de
hombres notables en la esfera del pensamiento, del mando o de la acción. El
mahometanismo vegetaba, y esto parecía ser suficiente para el celo de los
altos dignatarios del Islam. El gusto por el estancamiento y por la vida
meramente vegetativa era un mal que alcanzaba también la vida económica y
política de los pueblos mahometanos de Asia y de Africa. Ningún hombre de
valor, ninguna nueva idea, ningún emprendimiento verdaderamente grande podía
llevarse adelante en esta atmósfera. Las naciones mahometanas se cerraban,
cada cual sobre si misma, indiferentes a todo lo que no fuese el deleite
tranquilo y menudo de la vida cotidiana. Así vivía cada una en un mundo
propio, diversificada de las otras por sus tradiciones históricas, profundamente
diversas, separadas todas por su recíproca indiferencia, incapaces de
comprender, desear y realizar una obra común.
En este cuadro religioso y político tan
deprimido, el aprovechamiento de las riquezas naturales del mundo mahometano
—riquezas que, consideradas en su conjunto, constituyen uno de los mayores
potenciales del globo— era evidentemente imposible. Todo era ruina,
disgregación y torpor.
Así arrastraba sus días Oriente, mientras que
Occidente llegaba al ápice de su prosperidad. Desde la era victoriana, una
atmósfera de juventud, de entusiasmo y de esperanza soplaba por Europa y
América. Los progresos de la ciencia habían renovado los aspectos materiales
de la vida occidental. Se daba crédito a las promesas de la Revolución y, en
los últimos años del siglo XIX, se esperaba que el siglo XX fuese la era de
oro de la humanidad.
Un occidental colocado en este ambiente se
persuadía a fondo de la inercia y de la impotencia de Oriente. Hablarle de la
posibilidad de resurrección del mundo mahometano, le parecía algo tan
irrealizable y anacrónico, cuanto el retorno a los trajes, a los métodos de
guerra y al mapa político de la Edad Media.
De esta ilusión vivimos todavía hoy. Y, como los
romanos, fiándonos en el Mediterráneo que nos separa del mundo islámico, no
percibimos los fenómenos nuevos y extremamente graves que ocurren en las tierras
del Corán.
Es difícil abarcar, en un sintético
discernimiento, fenómenos tan vastos y ricos como este. Sin embargo, de un
modo muy general se puede decir que, después de la I Guerra Mundial, en todo el
Oriente —y entendemos esta expresión en un sentido muy lato, abarcando en su
totalidad las zonas de civilización no cristiana de Asia y de Africa— comenzó
a darse un fenómeno de reacción anti-europea muy pronunciado. Esta reacción
comportaba dos aspectos un tanto contradictorios, pero ambos muy peligrosos
para Occidente. Por una parte, las naciones orientales comenzaban a sufrir con
impaciencia el yugo económico y militar de Occidente, manifestando una
aspiración cada vez más pronunciada por la soberanía plena, por la formación
de un potencial económico independiente y de grandes ejércitos propios. Esta
aspiración llevaba consigo, evidentemente, una cierta "occidentalización",
es decir, la adaptación de la técnica militar, industrial y agrícola moderna,
del sistema financiero y bancario euro-americano. Por otra parte, sin embargo,
este brote patriótico provocaba un "renouveau" de entusiasmo por las
tradiciones nacionales, costumbres nacionales, culto nacional, historia nacional.
Es superfluo añadir que el espectáculo degradante
de la corrupción y de las divisiones a las que estaba expuesto el mundo
occidental, concurría para estimular el odio a Occidente. Esto trajo consigo la
formación en todo Oriente, de un nuevo interés por los viejos ídolos, de un
"neo-paganismo" mil veces más combativo, resuelto y dinámico que el
antiguo paganismo. Japón es un ejemplo típico, ultra típico tal vez, de todo
este "processus" que intentamos describir. El grupo ideológico y
político que lo elevó a la categoría de gran potencia y que ambicionó para él
el dominio del mundo, fue precisamente uno de estos grupos neo paganos
obstinadamente apegados a los viejos conceptos de divinidad del Emperador, etc.
Un fenómeno más lento y, sin embargo, no menos
vigoroso que el de Japón, se dio en todo el mundo oriental. India está en la
inminencia de conquistar, en virtud de este fenómeno, su independencia [recuérdese
que el presente artículo es de 1947]. Egipto y Persia ocupan hoy en día una
situación ventajosa en la vida internacional y progresan a pasos rápidos.
Mucho antes de esto, Mustafá Kemal renovó Turquía.
Todas estas naciones, estas potencias podemos
decir, se sienten orgullosas de su pasado, de sus tradiciones, de su cultura,
y desean conservarlas con ahínco. Al mismo tiempo, se muestran ufanas de sus
riquezas naturales, de sus posibilidades politicas y militares, y del progreso
financiero que están alcanzando. Día a día ellas se enriquecen, construyen
ciudades dotadas de un aparato gubernamental eficaz, de una política bien
adiestrada, de universidades estrictamente paganas, pero muy desarrolladas,
de escuelas, hospitales, museos, en fin, todo lo que para nosotros significa
algún modo de poder y de progreso material. En sus arcas, el oro se va
acumulando. Oro significa posibilidad de comprar armamentos. Y armamento
significa prestigio mundial.
Es interesante notar que el ejemplo nazi
impresionó fuertemente al Oriente. Si un gran país como Alemania tiene un
gobierno que abandona el cristianismo y no se sonroja al volver a los antiguos
ídolos, ¿que hay de vergonzoso en que un chino o un árabe permanezcan en sus
religiones tradicionales?
Todo esto transformó al mundo islámico, y
determinó en todos los pueblos mahometanos, de India a Marruecos, un
estremecimiento que significa que el sueño milenar en que estaban sumergidos
acabó. Pakistán —Estado musulmán hindú, en vísperas de independencia— Irán,
Irak, Turquía, Egipto son los puntos altos del movimiento de resurrección islámica.
Pero en Argelia, en Marruecos, en Libia, en Túnez, la agitación también se
intensifica. El nervio vital del islamismo revive en todos esos pueblos,
haciendo renacer en ellos el sentido de la unidad, la noción de los intereses
comunes, la preocupación de la solidaridad y el gusto por la victoria.
Nada de ésto quedó en el aire. La Liga Arabe, una
confederación vastísima de pueblos musulmanes, une hoy a todo el mundo mahometano.
Es, al contrario, lo que fue en la Edad Media, la Cristiandad. La Liga Arabe
actúa como un vasto bloque, ante las naciones no árabes y fomenta por todo el
norte de Africa la insurreción. La evasión del gran mufi fue una clara
manifestación de la fuerza de esa Liga. La puesta en libertad de Abd-El-Krim es
más que ésto, pues reafirma el propósito deliberado en que está la Liga de
intervenir en los asuntos del Africa Septentrional, promoviendo la
independencia de Argelia, Túnez, Tripolitania y Marruecos.
¿Será preciso tener mucho talento, mucha
perspicacia, informaciones excepcionalmente buenas para percibir lo que
significa este peligro?
(*)
“Legionário”, 15 de junio de 1947.