Consideraciones sobre la cultura católica

 

Plinio Corrêa de Oliveira (*)

 

¿Qué es la cultu­ra? A esta pre­gunta se han dado respuestas muy distintas, unas inspiradas en la filosofía, otras en sistemas filosóficos o sociales de todo tipo. Es tal la maraña de contradicciones que se ha establecido en tomo a este vocablo, y a otro conexo, que es el de "civilización", que se han reunido congresos internacionales de sabios y profesores específica­mente para definir su contenido. Como suele suceder, de tanta dis­cusión no nació la luz...

No sería posible en la exi­güidad de este artículo, enun­ciar las tesis y los argumentos de las diversas corrientes, afirmar a su vez nuestra tesis y justificarla, para tratar des­pués de la cultura católica. Sin embargo, podemos consi­derar seriamente el asunto to­mando la palabra "cultura" con los mil significados de que se reviste en el lenguaje de tantos pueblos, clases so­ciales y escuelas de pensa­miento, y comenzando por demostrar que en todas estas acepciones, la "cultura" con­tiene siempre un elemento bá­sico invariable, que es el per­feccionamiento del espíritu humano.

En la médula de la noción de perfeccionamiento, está la idea de que todo hombre tiene en su espíritu cualidades sus­ceptibles de desarrollo, y de­fectos pasibles de represión. Así pues, el perfeccionamien­to tiene dos aspectos: uno po­sitivo, en el que significa cre­cimiento de lo que es bueno, y otro negativo, o sea, la poda de lo que es malo.

Muchas maneras de pensar y de sentir corrien­tes, a respecto de la cultura, se explican a la vista de este principio. Así pues, no tene­mos duda al reconocer el ca­rácter de institución cultural a una universidad, a una escue­la de música o teatro, o inclu­so a una sociedad destinada al fomento del juego de ajedrez o de la filatelia. Es porque estas entidades o grupos so­ciales tienen como objetivo directo el perfeccionamiento del espíritu, o por lo menos persiguen fines que de por sí perfeccionan el espíritu. Sin embargo, podemos concebir una universidad, u otra insti­tución cultural, que trabaje virtualmente contra la cultu­ra, lo que se da cuando, por efecto de errores de cualquier tipo, su acción deforma los espíritus.

Por ejemplo, se podría ha­cer esta afirmación a propósi­to de ciertas escuelas que, lle­vadas de un entusiasmo exa­gerado por la técnica, infun­den en sus alumnos el despre­cio de todo cuanto es filosófi­co o artístico. Un espíritu que adopta la mecánica como va­lor supremo y hace de ella el único firmamento del alma, niega toda certeza que no ten­ga la evidencia de las expe­riencias de laboratorio y re­chaza desdeñosamente todo lo hermoso, es sin lugar a du­das un espíritu deformado. Como sería deformado el es­píritu que, movido por un ape­tito filosófico inmoderado, negase todo el valor a la mú­sica, al arte, a la poesía, o incluso a actividades más mo­destas que también exigen in­teligencia y cultura, como la mecánica. Y de las universi­dades que plasmasen según alguna de estas falsas orienta­ciones a sus alumnos, diría­mos que ejercen una acción anticultural, o que propagan una falsa cultura.

En la acepción corriente, se reconoce que hacer esgri­ma es un ejercicio de cierto valor cultural, porque supone cualidades de destreza física, vivacidad de alma, elegancia. Pero el sentido común se muestra reacio a reconocer carácter cultural al boxeo, que tiene en sí algo tan degradante para el espíritu, por el hecho de tener por blanco de golpes contundentes y brutales el rostro del hombre. En todas estas acepciones, y en tantas otras también, el lenguaje co­rriente incluye en la noción de cultura la idea de perfeccio­namiento del alma.

A primera vista es menos clara en el concepto general, la distinción entre instrucción y cultura. Pero, bien analiza­das las cosas, se ve que tal distinción existe, y reposa so­bre un sólido fundamento.

De una persona que leyó mucho se dice que es muy culta, por lo menos compara­tivamente con otra que lee poco. Y entre dos personas que leyeron mucho, se presu­me que la que más leyó es más culta. Como de suyo la ins­trucción perfecciona el espíri­tu, es natural que, salvo razo­nes en contra, se reputa más culto quien fuere más leído. El peligro de un error en este asunto nace del hecho de que muchas personas simplifican inadvertidamente las nociones y llegan a considerar la cultura como mera resultante de la cantidad de libros leídos. Error craso, pues la lectura es prove­chosa, no tanto en función de la cantidad como de la calidad de los libros leídos, y principal­mente de la calidad de quien lee, y del modo como lee.

En otros términos, en tesis la lectura puede hacer hom­bres instruidos: tomamos la palabra instrucción en el sen­tido de mera información. Pero una persona muy leída, muy instruida, es decir, infor­mada de muchos hechos o no­ciones de interés científico, histórico o artístico, puede ser menos culta que otra de cau­dal informativo menor.

Es que la instrucción sola­mente perfecciona el espíritu en toda la medida posible, cuando es seguida de una asi­milación profunda, resultante de una apurada reflexión. Y por esto quien leyó poco, pero asimiló mucho, es más culto que quien leyó mucho, pero asimiló poco. Como norma general, por ejemplo, un guía de museo está muy instruido de los objetos que debe ense­ñar a los visitantes. Pero no raras veces él es poco culto: se limita a aprender de memo­ria, y no procura asimilar.

Todo lo que el hombre aprehende con los sentidos o la inteligencia, ejerce un efec­to sobre las potencias de su alma. De este efecto, una per­sona puede librarse más o me­nos, o incluso enteramente, según el caso, pero en sí cada aprehensión tiende a ejercer un efecto sobre ella.

Como ya hemos dicho, la acción cultural consiste positivamente en acentuar los efectos perfeccionantes, y ne­gativamente en frenar los otros.

Claro está, la reflexión es el primer medio de esta ac­ción positiva. Pero mucho más que un ratón de bibliote­ca, un depósito vivo de he­chos y fechas, nombres y tex­tos, el hombre de cultura debe ser un pensador. Y para el pensador, el libro principal es la realidad que tiene ante los ojos; el autor más consultado, él mismo, y los demás autores y libros, elementos preciosos pero nítidamente subsidia­rios.

Con todo, la mera refle­xión no es suficiente. El hom­bre no es un puro espíritu. Por una afinidad que no es sola­mente convencional, existe un nexo entre las realidades superiores que él considera con la inteligencia, y los colo­res, los sonidos, las formas, los perfumes que alcanza con los sentidos. El esfuerzo cul­tural sólo es completo cuando el hombre embebe todo su ser, por estas vías sensibles, de los valores que su inteligencia ha considerado. El canto, la poe­sía, el arte tienen exactamente ese fin. Y por medio de una convivencia perfeccionada y superior con lo hermoso (rec­tamente entendida la palabra, claro está) es como el alma se embebe enteramente de la verdad y del bien.

Así pues, para que una cul­tura esté fundamentada sobre bases verdaderas, es necesa­rio que contenga nociones exactas sobre la perfección del hombre –ya en las poten­cias del alma, o en las relacio­nes de ésta con el cuerpo– so­bre los medios por los cuales debe alcanzar esta perfección, los obstáculos que encuentra, etc.

Es evidente que la cultura bien conceptuada, debe estar completamente nutrida por la savia doctrinal de la Religión verdadera. Pues es la Religión a quien le compete enseñar­nos en qué consiste la perfec­ción del hombre, la vía para alcanzarla, y los obstáculos que se le oponen. Y Nuestro Señor Jesucristo, personifica­ción inefable de toda la per­fección, es así la personifica­ción, el modelo sublime, el foco, la savia, la vida, la glo­ria, la norma y el encanto de la verdadera cultura. Lo que equivale a decir que la cultura verdadera sólo puede estar basada en la verdadera reli­gión, y que solamente puede nacer la cultura perfecta de la atmósfera espiritual creada por la convivencia de almas profundamente católicas, como el rocío se forma natu­ralmente de la atmósfera sana y viva de la madrugada.

Esto se demuestra tam­bién a la luz de otras consi­deraciones.

Antes hemos dicho que todo cuanto el hombre ve con los ojos del cuerpo o con los del alma es susceptible de in­fluenciarle. Todas las maravi­llas naturales de las que Dios llenó el universo están hechas para que al considerarlas el alma humana se perfeccione. Pero las realidades que trans­cienden los sentidos son in­trínsecamente más admira­bles que las sensibles. Y si la contemplación de una flor, una estrella o una gota de agua puede perfeccionar al hombre, cuanto más lo puede hacer la contemplación de lo que la Iglesia enseña sobre Dios, sus Angeles, sus San­tos, el Paraíso, la gracia, la eternidad, la Providencia, el infierno, el mal, el demonio, y tantas otras verdades. La imagen del Cielo en la tierra es la Santa Iglesia, sus dog­mas, sus Sacramentos, sus instituciones, es, por ello mismo, un supremo elemento de perfeccionamiento huma­no. Un hombre que, nacido en los subterráneos de alguna explotación minera, no hubie­se visto nunca la luz del día, perdería con esto un elemento de enri­quecimiento cultural precioso, y tal vez capital. Pierde mucho más, culturalmente, quien no conoce la Iglesia, de la que el sol no es más que una figura pálida en el sentido más literal de este adjetivo.

Sin embargo, hay más. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. En ella circula la gracia, que nos viene de la Redención infinitamente pre­ciosa de Nuestro Señor Jesu­cristo. Por la gracia, el hom­bre es elevado a la participa­ción de la misma vida de la Santísima Trinidad. Basta de­cir esto para afirmar el incom­parable elemento de cultura que la Iglesia nos da abrién­donos las puertas del orden sobrenatural.

Así pues, el más alto ideal de cultura está contenido en la Santa Iglesia de Dios.

¿Puede el hombre elaborar, fuera de la Iglesia, una cultura verdadera? Distingamos.

Nadie puede afirmar que los egipcios, los griegos, los chinos, no fueran poseedores de auténticos y admirables elementos de cultura. Sin em­bargo, es innegable que la cris­tianización del mundo clásico vino a propiciar a éste valores culturales mucho más altos.

Santo Tomás enseña que la inteligencia humana puede, de por sí, conocer los princi­pios de la ley moral, pero que como consecuencia del peca­do original los hombres fácil­mente se desvían del conoci­miento de esta ley, por lo que se hizo necesario que Dios re­velase los Diez Mandamien­tos. Además, sin el auxilio de la gracia nadie puede practi­car durablemente en su inte­gridad la Ley. Y si bien que la gracia sea dada a todos los hombres, sabemos que los pueblos católicos, con la su­perabundancia de gracias que reciben en la Iglesia, son los que consiguen practicar todos los Mandamientos.

Por otra parte, una socie­dad humana solamente está en su estado normal cuando la generalidad de sus miembros observa la ley natural. Y de ahí se deduce que, si bien los pueblos no católicos pueden tener producciones culturales admirables, siempre tienen graves fallos en algunos pun­tos capitales, lo que le quita a su cultura la integridad y ple­na regularidad, presupuesto necesario de todo cuanto es eximio o incluso simplemen­te normal.

La cultura verdadera y per­fecta solo se encuentra en la Iglesia.

 

(*) “Catolicismo”, N. 51, marzo de 1955 (www.catolicismo.com.br). Conferencia que nuestro colaborador Prof. Dr. Plinio Corrêa de Oliveira hizo el 13-11-1954 en el Seminario Central de San Leopoldo, Río Grande do Sul (Brasil), por invitación del Revmo. Pe. Leonardo Fritzen, S. J., Rector de aquella Casa.