La tolerancia, virtud peligrosa
Plinio Corrêa de Oliveira (*)
En artículo anterior (“Catolicismo”, N. 75, marzo
de 1957), tratamos el problema de la tolerancia, estableciendo que ésta, así
como su contraria, que es la intolerancia, no se pueden calificar como
intrínsecamente buenas, ni intrínsecamente malas. En otras palabras, hay casos
en que tolerar es un deber, y no tolerar es un mal. Y otros casos hay, en que,
por el contrario, tolerar es un mal y no tolerar es un deber.
Volvemos ahora al asunto, no para desarrollar aún
más los principios básicos que ya expusimos, sino para mostrar los riesgos de
la tolerancia y las precauciones con que se debe practicar.
Antes de nada, recordemos que toda tolerancia,
por más necesaria y legítima que sea, tiene riesgos que le son inherentes. En
efecto, la tolerancia consiste en dejar subsistir un mal, para evitar otro
mayor. Ahora bien, sucede que la subsistencia impune del mal trae consigo
siempre un peligro, ya que el mal tiende necesariamente a producir efectos
malos, y, además, tiene una seducción innegable. Así pues, existe el riesgo de
que la tolerancia acarree, aún, por sí misma males mayores que aquellos que,
por medio de ella, se desearon atajar. Es necesario que tengamos los ojos bien
abiertos a este aspecto de la cuestión, pues es en torno de él que va a girar
todo nuestro estudio.
Para evitar la aridez de una exposición
exclusivamente doctrinal, figurémonos la situación de un oficial, que nota en
su tropa graves síntomas de agitación. Se le pone un problema: a) ¿Será el caso
de castigar con todo el rigor de la justicia a los responsables? b) ¿O será
mejor tratarlos con tolerancia? Esta segunda solución daría lugar a otras
preguntas. ¿En qué medida y de qué manera practicar la tolerancia? ¿Aplicar
penas blandas? ¿No aplicarlas, llamando a los culpables y aconsejándoles
afectuosamente que cambien de actitud? ¿Fingir que se ignora la situación?
¿Empezar tal vez por la más benigna de estas soluciones, e ir aplicando sucesivamente
las demás, a medida que los procesos disuasivos o blandos se vayan haciendo
notoriamente insuficientes? ¿Cuál es el momento exacto en que se debe renunciar
a este proceso para adoptar otro más severo?
Estas son preguntas que forzosamente asaltarán
el espíritu de muchos oficiales, pero también de cualquier persona con
autoridad o responsabilidad en la vida civil, siempre que tenga exacta conciencia
de sus obligaciones. ¿Qué padre de familia, qué jefe de la Administración, qué
director de empresa, qué profesor, qué líder, no se ha tropezado mil veces con
todas estas preguntas, con todos estos problemas, con situaciones como esta?
¿Cuántos males evitó por haberlas resuelto con perspicacia y vigor de alma? ¿Y
cuántos tuvo que soportar por no haber dado una solución acertada a las
situaciones en que se encontraba?
En realidad, la primera medida que debe tomar,
quien se ve en situaciones como ésta, consiste en hacer un examen de
conciencia para precaverse contra las celadas que su carácter le pueda tender.
Debo confesar que, a lo largo de mi vida, he
visto en esta materia los mayores disparates. Y casi todos ellos conducían al
exceso de tolerancia.
Los males de nuestra época han adquirido el cariz
alarmante que actualmente presentan, porque existe hacia ellos una simpatía
generalizada, de la cual participan frecuentemente aquellos mismos que los
combaten.
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Hay, por ejemplo, muchos antidivorcistas. Pero
entre ellos, numerosos son los que, oponiéndose al divorcio, tienen una manera
de ser sentimental. En consecuencia, consideran románticamente los problemas
nacidos del "amor". Puestos delante de la situación de un matrimonio
amigo, esos antidivorcistas pensarán que es sobrehumano, por no decir inhumano,
exigir del cónyuge inocente e infeliz que rechace la posibilidad de comenzar
una nueva vida (esto es, de dar muerte a su alma por el pecado). De boca para
fuera, continuarán "lamentándose por el gesto" de este último, etc.,
etc. Pero cuando se le ponga el problema de la tolerancia, habrán hecho todo
un montaje interior para justificar las condescendencias más extremas y más
contrarias a la moral. Así, comentarán con blandura e indolencia lo ocurrido,
recibirán en su casa a los recién "casados", los visitarán, etc. O
sea, por el ejemplo trabajarán en favor del divorcio, al mismo tiempo que por
la palabra lo condenarán. Está claro que el divorcio tiene mucho más que ganar
que perder con tal conducta de millares o millones de antidivorcistas.
¿Cómo llegaron a la decisión de tolerar tan
desdichadamente el cáncer roedor de la familia? Es porque en el fondo tenían
una mentalidad divorcista.
Pero no paremos aquí. Tengamos el valor de decir
la verdad entera. El hombre moderno tiene horror a la ascesis. Le es
antipático todo lo que exige de la voluntad el esfuerzo de decir "no"
a los sentidos. El freno de un principio moral le parece odioso. La lucha
diaria contra las pasiones le parece una tortura china.
Y por esto, no sólo con los divorciados, el hombre
moderno, aún cuando dotado de buenos principios, es exageradamente
complaciente.
Hay legiones enteras de padres y profesores que
por esto mismo son indulgentes, en exceso, con sus hijos o alumnos. Y el
estribillo es siempre el mismo: Pobrecillo... Pobrecillo; porque tiene pereza;
no le gusta que los mayores le llamen la atención; come dulces a escondidas;
frecuenta malas compañías; va a malos cines; etc. Y porque es un
"pobrecillo" raras veces recibe el beneficio de un castigo severo. No
es necesario decir en que da esa educación. Los frutos ahí están. Son millares,
millones de desastres morales ocasionados por una tolerancia excesiva.
"El que ahorra la vara a su hijo, odia a su hijo", enseña la
Escritura (Prov. 13, 24). Pero, ¿a quién le interesa eso?
Lo mismo ocurre frecuentemente, mutatis
mutandis, en las relaciones entre patrones y obreros de cierto género, ya
que aquellos, tan paganizados cuanto estos, sienten que si fuesen obreros
también serían unos revoltosos.
Y en todos los campos los ejemplos se podrían
multiplicar.
Claro está que dicha tolerancia se apoya en todo
tipo de pretextos. Se exagera el riesgo de una acción enérgica. Se acentúa
demasiado la posibilidad de que las cosas se solucionen por sí mismas. Se
cierran los ojos para los peligros de la impunidad. Y así por delante.
En realidad, todo esto se evitaría si la persona
que está en la alternativa de tolerar o no tolerar fuese capaz de desconfiar
humildemente de sí.
¿Tengo ocultas simpatías hacia este mal? ¿Tengo
miedo de la lucha que la intolerancia traería consigo? ¿Tengo pereza de los
esfuerzos que una actitud intolerante me impondría? ¿Encuentro ventajas
personales de cualquier naturaleza en una actitud conformista?
Sólo después de un examen de conciencia como éste
la persona podrá enfrentar la dura alternativa: tolerar o no tolerar. Pues sin
este examen nadie podrá estar seguro de tomar en relación a sí mismo las
diligencias necesarias a fin de no pecar por exceso de tolerancia.
Hay, a grosso modo, un consejo muy apropiado para
los que se encuentran en esta alternativa. Todo hombre tiene tendencias malas
que están particularmente arraigadas en él. Uno es apático, el otro violento,
otro ambicioso, otro escéptico, etc. Siempre que la tolerancia exija la
victoria sobre la mala tendencia que en nosotros sea más profunda, no
necesitamos tener mucho miedo de pecar por exceso de tolerancia. Pero siempre
que ésta lisonjee nuestras malas inclinaciones, abramos los ojos, pues el
riesgo es grave. Así, si somos apáticos, no es probable que pequemos por
demasiada tolerancia para con un amigo que nos incita a la acción: nada más
empalagoso, esquivo o colérico que el perezoso contrariado en su modorra. Si
somos irascibles, no corremos mucho riesgo en exagerar la tolerancia para con
los que nos injurian. Si somos sensuales, es poco probable que nos mostremos
demasiado rigoristas en materia de modas. Y si tenemos un espíritu servil en
relación a la opinión pública, difícilmente nos excederemos en invectivas
contra los errores de nuestro siglo.
Otro excelente consejo, para no pecar por exceso
de tolerancia, consiste en desconfiar mucho más de una flaqueza nuestra en
este punto, cuando están en juego derechos de terceros, que cuando se trata de
los nuestros.
Habitualmente, somos mucho más
"comprensivos" cuando los otros son los que están en causa.
Perdonamos más fácilmente al ladrón que robó a nuestro vecino, que al que
asaltó nuestra propia casa. Y somos más propensos a recomendar el olvido de las
injurias, que a practicarlo.
Y en este punto no perdamos de vista el doloroso
hecho de que, según los primeros impulsos de nuestro egoísmo, Dios sería
muchas veces para nosotros un tercero.
Así, estamos mucho más inclinados a disculpar
una ofensa hecha a la Iglesia, que la injuria que nos es hecha a nosotros; a
soportar la lesión de un derecho de Dios, que un interés nuestro.
En general, éste es el estado de espíritu de los
católicos hipertolerantes. Su lenguaje es imaginativo, sin energía, sentimental.
Sólo saben argumentar — si es que se puede llamar a esto argumento — con el
corazón. Hacia los enemigos de la Iglesia, están llenos de ilusiones,
atenciones, obsequios y muestras de afecto.
Pero se ofenden terriblemente, si un católico celoso
les hace ver que están sacrificando los derechos de Dios. Y, en lugar de
argumentar en términos de doctrina, transponen el asunto al terreno personal.
¿Acaso piensan que soy tibio'? ¿Que no sé perfectamente lo que tengo que
hacer? ¿Dudan de mi sabiduría? ¿De mi valor? ¡Oh no!,¡ esto no lo puedo
soportar! Y su pecho empieza a respirar nervioso, su rostro se llena de rubor,
sus ojos se inundan de lágrimas, su voz toma una inflexión particular.
¡Cuidado! Este hipertolerante está en el auge de una crisis de intolerancia.
Cualquier violencia, cualquier injusticia, cualquier unilateralidad se puede
esperar de él. Es que su tolerancia de fachada sólo existía cuando estaban en
juego valores insípidos y secundarios como la ortodoxia, la pureza de la Fe, los
derechos de la Santa Iglesia. Pero cuando su nadilla entra en escena, todo
cambia. Y helo aquí dispuesto a precipitar al infierno a quien le ofenda, aún
levemente, con indignación análoga a la que San Miguel tuvo contra el demonio:
"¿Quién como yo?"
Veremos, finalmente, en un próximo artículo,
como debe ser practicada la tolerancia en los casos en que es justa.
(*)
“Catolicismo”, N. 78, junio de 1957.