Peregrinando dentro de una mirada

 

Plinio Corrêa de Oliveira (*)

 

Fisonomía igual no conoz­co. La tengo frente a mí, y mo­vido por el insalvable hábito de observarlo y explicarlo todo para mi propio uso, fijo la aten­ción en ella. Y de repente sien­to que me introduzco en ella.

¡Qué mirada! Ninguna tan limpia, tan franca, tan pura, tan aco­gedora. En ninguna se penetra con tal facilidad. Sin embargo, también ninguna presenta profundidades que se pierden en tan alejado hori­zonte. Cuanto más me adentro en esa mirada, tanto más ella me atrae hacia un indescriptible ápice inte­rior y profundo.

¿Qué ápice? El estado de alma que estaría inclinado a denominar como "lleno de paradojas", si no se me mueriese la expresión en los lábios por irrespetuosa. Toda perfección —dice la escolástica— resulta del equi­librio de contrarios armónicos. De ningún modo es un equilibrio preca­rio entre contradicciones flagrantes (y, diciéndolo, pienso en esta pobre paz, esclereótica y vacilante, que el mundo contemporáneo procura pre­servar a costa de tantas concesiones y tantas vergüenzas) sino una armo­nía suprema entre todas las formas de bien.

Es precisamente este vértice, en el cual todas las perfecciones se conju­gan, el que veo erguirse en el fondo de esa mirada. Vértice incomparablemente más alto que las columnas que sustentan el firmamento. Vértice des­de lo alto del cual un imperativo cris­talino, categórico, irresistible, exclu­ye toda forma de mal, por más leve y diminuto que sea.

Podría alguien pasar la vida entera caminando dentro de esa mirada, sin jamás tocar en ese vértice. ¿Caminata inútil? No. Dentro de esa mirada no se anda, se vuela. No se pasea, se peregrina.

A aquella montaña sagrada, com­pendio de todas las perfecciones creadas, el peregrino, sin jamás al­canzarla, cada vez la ve más clara­mente a medida que vuela en direc­ción a ella.

A lo largo de esta peregrinanción del alma, la mirada ya no la envuelve solamente. Sino que penetra en él. Cuando el peregrino cierra los ojos, juzga verla a manera de luz en lo más profundo de sí mismo. Tengo la im­presión de que, si durante toda la vida, él fuese fiel en ese vuelo, cuan­do cierre definitivamente los ojos, esa luz brillará en el fondo de su alma por toda la eternidad.

La mirada es el alma de la fisono­mía. ¡Qué fisonomía esa que tengo frente a mi! A un tonto le parecería inexpresiva. A un observador diestro ella le manifiesta una plenitud de alma mayor que la Historia, porque toca en la eternidad. Mayor que el universo, porque refleja lo infinito.

La frente parece contener pensamientos que, al partir de un pesebre y al terminar en una cruz, abarcan todo el acontecer humano.

Toda la faz, la nariz, cuya línea posee un encanto "más bello que la belleza", según dice el poeta, los labios silen­ciosos, pero que dicen todo constantemente, parecen ala­bar a Dios en cada criatura según las características de cada una (...). Estos labios tie­nen una elocuencia cerca de la cual la de Demósteles o la de Cicerón no serían sino barullo. ¿Qué decir del cutis: níveo? El calificativo dice todo y no dice nada. Pues, para describirlo sería necesario imaginar un níveo que dejase relucir en su profundidad, con discreción infinita, todos los matices del arco iris, y con eso mismo ins­pirase en el alma de quien la contempla todos los encantos de la pureza.

Sí, peregriné en esta mirada tan llena de sorpresas. E, inesperada­mente, me di cuenta de que su mirada peregrinaba al mismo tiempo dentro de mí. Pobre y misericordiosa pere­grinación no de esplendor en esplen­dor, sino de carencia a carencia, de miseria a miseria. Para cada defecto Ella me ofrece un remedio, para cada obstáculo una ayuda, para cada aflic­ción una esperanza.

Pero, al final, ¿a quién tengo frente a mí? A una imagen de madera como tantas otras, sin ningún valor artístico especial.

Pero sin embargo, basta mirarla que, sin moverse, sin la más mínima transformación, esa Imagen comien­za a hacer lucir todos esos esplendo­res.

¿Cómo? No lo sé tampoco.

 

(*) Comentários a la imagen de la Virgen de Fátima que lloró milagrosamente en Nueva Orleans, en 1972, conforme fue documentado por los grandes diarios de Occidente (cfr. “Lágrimas, milagroso aviso”, publicado en la “Folha de S. Paulo” del 6-8-1972). “Folha de S. Paulo”, 12-11-1976.