¿Quién es el loco?

 

Plinio Corrêa de Oliveira (*)

 

En un consultorio psiquiátrico, el médico interroga largamente a un hombre:

"¿Vd. insiste, entonces, en que su hermano está loco?"

"Sí, doctor. Puedo narrarle algunos hechos sintomáticos a ese respecto". – Y el hombre continúa su cantinela con el médico, que le oye entre escéptico y aburrido. A las tantas, el facultativo le interrumpe:

"En fin, nada de lo que Vd. me cuenta es concluyente. Algunos hechos pueden tener una explicación normal. Otros varios son un tanto extraños. Pe­ro, en rigor, pueden ser explicados por cierta tensión nerviosa, causada, tal vez, por el estado de sus negocios. Na­da veo que demuestre claramente, in­discutiblemente, un estado de desequi­librio."

El hombre, perplejo, respondió:

"Doctor, sólo le pido cinco minutos más, para contarle un último caso". – Y ante el asentimiento del médico, la pequeña narración comenzó.

Póngase el lector en la posición del psiquiatra, y juzgue por sí los hechos.

* * *

"Mi hermano, doctor, vive en una casa pobre, sombría y mal arreglada, la cual es vecina del caserío X, pertene­ciente al mayor ricachón de la ciudad.

"Inconsolable por no ser él mismo el ricachón, mi hermano comenzó a hostilizar a su poderoso vecino. Armó intrigas en su servidumbre. Después, fomentó una especie de huelga de los criados contra el patrón.

"Este último, no queriendo perder tiempo –"time is money"– con cues­tioncillas de esas, resolvió la pelea doméstica como pudo, y se volvió ha­cia mi hermano.

"Vd. piensa con seguridad, que él encargó al abogado que amenazase a mi hermano y le denunciase a la poli­cía como subversivo. O que le asustó con alguna otra forma de persecución.

"¡Nada de eso! El rico mandó ofrecer créditos a mi hermano, para que reformase la casa vieja y fea, alimentase y lavase convenientemente a sus hijos sucios y hambrientos, co­menzase plantaciones metódicas en su tierra, que no es mala. Evidentemente, el rico esperaba hacer así una aplica­ción de capital pequeño, reembolsable a plazo indefinido y a intereses bajos. Pero que, al menos, le librase de la molestia de aquel vecino incómodo.

"El ofrecimiento debería haber dis­tendido a mi hermano. ¡Pero nada! El aceptó el ofrecimiento del dinero, que usó enseguida para prolongar la efervescencia en la propiedad del ve­cino y para sembrar contra éste anti­patías en todo el barrio. Previendo una agresión que de ningún modo le haría un vecino tan bonachón, mi hermano comenzó a armarse. Así fue como todos interpretamos la continua entrada de revólveres en su finca, donde, por otra parte, todo –casa y niños– continuaba pobre y sucio como antes.

"Pero las escamas se nos cayeron de los ojos cuando vimos que, con las gruesas bolsas del ricachón, mi pobre hermano demente montó, nada más y nada menos, que un taller para la fa­bricación doméstica de armas y peque­ños explosivos. Mi hermano, doctor, quería invadir el caserío del ricachón, rompiendo así con éste, y acabando como consecuencia con la fuente opu­lenta de los créditos con los cuales él podría salir de la miseria. De aquella miseria que fue la causa primera de su odio contra el rico.

"Vea bien, doctor, la contradicción. El odiaba al hombre porque éste era rico. Y él era pobre. El hombre le da medios de dejar de ser pobre, y él, en vez de sacar provecho del gesto, ataca al benefactor.

"Como Vd. puede imaginar, no fal­tó quien fuese a contar todo eso al ri­cachón. Y éste, siempre muy sensato, llegó a la conclusión de que en el cora­zón de mi hermano hervían la envidia y el odio porque las bolsas tal vez no fuesen suficientes para distender el ánimo.

"La locura, como Vd. sabe mejor que yo, tiene su lógica. Dándose cuen­ta de que, cuanto más moleste y ame­nace al ricachón, más dinero obten­dría, mi pobre hermano está aumen­tando sus equipos, las intrigas y los planes de agresión. Está claro, por lo menos en la cabeza de un loco.

"¿Vd. haría eso, doctor, con al­guien que le hiciese préstamos amisto­sos para reformar el consultorio y la residencia, y reequipar la despensa y los armarios de la familia y comprar un coche nuevo? ¿Está o no loco mi hermano, doctor?

* * *

Le pregunto, lector, en el lugar del médico ¿cuál sería su opinión? ¿Juz­garía loco al propietario bilioso?

En todo caso, Vd. no es médico. Ni yo tampoco. Veamos cual fue la reacción del médico.

Aburrido, cansado, se levantó dan­do por finalizada la consulta. Y, mien­tras se iba preparando para salir, dijo asperamente al hombre pasmado: "Su hermano no tiene nada de loco. Es un refinado vellaco, que explota al rico bonachón. Este sí, es el verdadero loco de la historia. Y Vd., amigo mío, no pasa de un ingenuo. Para su edad, un retrasado mental. O Vd. sale enseguida de aquí o mando encerrarlo para exá­menes psiquiátricos. Pues no es posible estar en sus cabales y al mismo tiempo ser así de ingenuo".

* * *

La historia termina con el pobre hombre huyendo con prisa por el ascensor. Cuando llegó a la calle, se calmó un poco, movió la cabeza y pensó:

— "Este mundo está cada vez más lle­no de locos. Mi hermano está loco. Veo que este médico no está lejos de serlo. El único hombre sensato de esa historia es el ricachón. Y, claro está, también yo".

         Lector, ¿cuál es su opinión? En todo esto, ¿quién es el loco?

Me acordé de toda esa historia le­yendo en la prensa, la semana pasada, la noticia de que un tal Patolichev, mi­nistro del Comercio Exterior ruso, amenazó al Sr. Simon, secretario del Tesoro de los EE. UU., con que Rusia se desinteresaría del mercado nortea­mericano si no progresan rápidamente sus negociaciones comerciales con Amércia del Norte. Simon, bonachón, prometió pedir a Carter que influencie al Congreso en el sentido de hacer ce­sar los obstáculos que todavía existen para el incremento de las relaciones co­merciales entre los dos países. Simon intentaba así, apartar de su patria la "amenaza" hecha por el tal Patoli­chev.

Junto a esto los despachos de pren­sa recientes informan que submarinos soviéticos apostados en el mar de Be­rents, junto a la Península de Kola, ahora ya pueden devastar tranquila­mente con bombas nucleares la costa atlántica de los EE. UU. Liquidar Nueva York, por ejemplo. Pero, no hay la menor señal de que, por causa de esto, las financiaciones norteame­ricanas a Rusia vayan a disminuir. En la lógica de la “détente”, deben inclu­so aumentarse, intentando estancar por fin la irritabilidad soviética.

* * *

– Entre estas noticias y la historia de más arriba, ¿hay algún nexo, lector?

Si lo hay, pregunto: ¿quién es el loco?

 

(*) “Folha de S. Paulo”, 10 de diciembre de 1976