En diciembre de 1977, el profesor Plinio Corrêa de
Oliveira publicaba el sencillo pero documentadísimo libro titulado "Tribalismo
indígena, ideal comuno-misionero para el Brasil del siglo XXI". En
él se denunciaban los sorprendentes postulados que los misioneros
"aggiornati" comenzaban a propugnar.
Treinta años después, la obra se está mostrando
verdaderamente profética. Es una pena que no esté traducida al castellano. Ofrecemos,
como botón de muestra, un resumen de la introducción.
* *
*
Cabezeando,
a veces se oye y se aprende
Aprovechando el mes de vacaciones, un turista recostado en un cómodo
sillón de hotel, cierra los ojos para intentar echar la siesta, en el sosiego
de una estación de reposo. Suavemente, deja rodar la memoria en búsqueda de
recuerdos que distiendan y conviden al sueño. Pero la imaginación es casi siempre
caprichosa. Y todo capricho, por naturaleza, es pertinaz. Las imágenes que se
le presentan —sin que él sepa por qué, quizá en razón de la bella selva que se
ve a lo lejos— son fotos, audiovisuales, películas que vió, en diferentes
ocasiones, sobre los indios, sus costumbres, sus viviendas, sus ritos de
fiesta, de luto y de guerra.
Nuestro personaje consigue huir, por fin, de la persecución indígena, poco
propicia para el reposo, y con los párpados bajos, en la insistente búsqueda
del sueño, va haciendo emergir de la memoria, mansa y suavemente, el recuerdo
de alguna gran ciudad de Occidente: París, Venecia, Roma, Londres, o Nueva
York. Si no, São Paulo, Río de Janeiro
o Buenos Aires. Y se distiende. Pero por sus oídos penetra lo que dicen
las personas próximas, instaladas en un grupo de sillas en el mismo salón del
hotel. Son dos las voces que conversan. Por rara coincidencia —¿telepatía?— el
tema de la charla parece un comentario a los primeros cuadros selváticos que
habían perturbado a nuestro desafortunado personaje. Una voz indaga:
—"¿Cuál es, entonces, el tipo de conglomerado que debe servir de
modelo para el hábitat humano: la choza o la gran ciudad?"
Medio sorprendido e indolente, nuestro turista se pregunta, aún con los ojos
cerrados, quién será la persona que levanta una cuestión cuya inevitable
respuesta es banal, a fuerza de tan obvia.
Con esto no pierde la esperanza de terminar durmiendo la siesta. La
banalidad es soporífera por naturaleza. ¿Quién sabe si le ayudará a dormirse?
Pero, en seguida, oye otra voz que responde enfática a la primera:
—"La tribu es el modelo del futuro. Representa para el hombre un
estilo de ser, pensar, querer y actuar, que debe modelar la sociedad en esta
etapa de desmoronamiento del siglo XX, y sobre todo a las sociedades que se
formarán a lo largo de muchos otros siglos venideros.
"Las grandes aglomeraciones urbanas de la civilización de consumo,
que aún hoy encantan o entusiasman a tanta gente, representan, por el
contrario, el pasado, la decrepitud y la muerte. En fin, todo cuanto debe
desaparecer". Esta vez, el turista no aguantó. Abrió los ojos en búsqueda
del "loco" y no consiguió dormir más.
Entre tanto, la voz enfática continuaba:
—"No soy yo sólo quien piensa así. En Brasil, los más modernos en la
actividad misionera piensan precisamente del mismo modo. ¿Has oído hablar de
los misioneros aggiornati?"
—"No. ¿Qué es eso?"
—"Pues es bueno que lo sepas. Aggiornato
viene de giorno, que en italiano
quiere decir día. Aggiornato es por tanto el misionero
que se proclama al día con la Iglesia-Nueva, post-conciliar".
—"¿Y entonces?"
—"Los misioneros aggiornati
quieren proteger, contra el riesgo de ser anexadas por la 'civilización'
actual, a las poblaciones indígenas que aún viven felices en sus chozas,
diseminadas aquí y allá en el fondo de las selvas. Restos de un inmemorial
pasado, es cierto. Pero sobre todo lecciones vivas para un sapientísimo
futuro...
"En la tribu llamada salvaje, no hay mandones, ni déspotas. El cacique
es tan sólo un líder-consejero. Todo se decide con el consenso de todos. Entre
los indios, no hay hacendados ni campesinos, patrones ni empleados,
propietarios ni marginados, ricos ni pobres; no hay leyes, reglamentos,
establecimientos públicos, tasas, impuestos, todos este infierno que conoces.
En suma, nada hay de lo que divide, jerarquiza y estrangula. La espontánea
desnudez de ambos sexos es completa, o casi tanto. Todos andan enteramente a
sus anchas por la selva, buscando algo para comer: pescado, aves, abejorros o fruta.
De vuelta, reparten con las familias todo lo que consiguieron. Nadie quiere ser
más que nadie, ni piensa mucho en el día de mañana. Es, en fin, el paraíso en
la tierra".
Sin extrañarse por el inesperado elogio, el otro interlocutor pregunta:
—"¿Y nosotros? ¿Continuaremos atados a esta vida que llevamos?"
La respuesta incluso esta vez no tarda:
—"¿No te das cuenta? También en el mundo de los blancos es necesario
acabar con esta manía de dinero, de capital, de lucro, de lujo, de status y de
desigualdades. El futuro está en dividir todo por igual, acabar con las
competencias, las "carreras", liquidar las inmensas estructuras
económicas, políticas, administrativas y sociales. Disolver las megalópolis y
los países, de modo que vengan a formar galaxias de pequeños grupos autónomos,
espontáneos, libres, iguales y hermanos. El indio, en suma, es mucho más un
modelo para nosotros, de lo que nosotros somos para él".
—"¿Entonces, se trata de un desmantelamiento general lo que tu predicas?"
—"Sí. Pero un desmantelamiento constructivo. Porque de él nacerá un
mundo nuevo".
—"¿Y cómo hacer este desmantelamiento?"
—"Sé que mucha gente ya quiere esto. Y gente importante. Sabios,
pensadores y escritores de renombre internacional. ¿Has oído hablar de Lévi-Strauss,
por ejemplo? Es un etnólogo famoso, actualmente es catedrático de
antropología en el Collège de France, de París, líder del pensamiento
estructuralista en nuestros días. Para él, la sociedad indígena, por haber
"resistido a la Historia" y haber fijado la forma de vivir del
período pre-neolítico, es la que más se aproxima al ideal humano. Y es a ese
tipo de sociedad que debemos volver.
"Cuando fuera mayoritario el número de los que quisieren eso, será
irreversible que venzan. Por lo demás, ni es preciso tanto. Bastará que, en
determinado momento, se ponga de moda querer esto. ¿Cuántas revoluciones
alcanzaron la cumbre de la victoria porque se hicieron cargar por los vientos
de la moda?"
—"Pero, al fin, además de la eminencia de la que me has hablado,
¿quién más lo apoya desde ahora?"
—"Mira, conozco especialmente lo que pasa en la Iglesia, porque soy
sacerdote misionero".
Cruzando las piernas metidas en bermudas tan cortas que indican una
tendencia hacia el taparrabos, el joven enfático aspira del cigarro una larga
bocanada, y continúa en tono más bajo:
—"Son sacerdotes y monjas, algunos laicos también, que uno va
convenciendo. Son obispos, muy especialmente. Pero no me preguntes sus
nombres".
—"Sí, entiendo. Vosotros sois comunistas y no queréis problemas con
la policía".
—"¡Qué tontería! El comunismo como está en Rusia es un vejestorio [recuérdese que esto fue publicado en 1977,
doce años antes de la caída del Muro de Berlín, n.d.t.]. Dictadura del
proletariado, capitalismo de Estado, redes administrativas mastodónticas,
todo eso también tiene que acabar. En cierto sentido,
somos comunistas, por supuesto. Pero no paramos en eso. Mira, por ejemplo, el
capitalismo de Estado. Es una cosa ultrapasada, ya que no queremos ni
capitalismo ni Estado. Vamos más allá de esas antiguallas..."
Definitivamente, nuestro pobre turista no consiguió dormir ya. Quiere huir
del pesado noticiario que ya le da dolor de oídos, pero la curiosidad le
encadena. Muchas preguntas le asaltan al espíritu. Es fácil imaginar cuáles
son...
* * *
La obra ofrece primeramente la concepción tradicional de las Misiones
católicas (Capítulo I) y, después, la condensación de lo que piensan los misioneros
"actualizados" (Capítulo II).
Ante tales textos, el autor sugiere al lector que no corra. Que se detenga
delante de cada uno y mida con precisión los abismos a donde conducen. Que
oiga cómo se predica el demantelamiento de la familia y de la sociedad
contemporánea, la extinción del pudor y la muerte de toda la tradición
cristiana. Que oiga cómo llaman tirano, opresor, sanguinario y ladrón a los
blancos que allí fueron. Que ni siquiera ahorran sus críticas ante la obra
sagrada del gran Anchieta, cuyo perfil moral casi sobrehumano alcanzó junto a
los indígenas tan magnífico éxito misionero. Que oiga cómo son conclamados
los jóvenes en los seminarios, en los conventos, en la nación entera, para ese
"neocomunismo" tribal que se ufana de ser más comunista que el propio
comunismo. Que considere esa coorte de demoledores utópicos, teniendo en su
vanguardia a dos obispos, don Pedro Casaldáliga y don Tomás Balduino.
Y finalmente, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira pide en este libro que
el lector comprenda que se trata de un peligro real para los indios, pero sobre
todo para los civilizados. En último análisis, estamos ante una envestida de
eclesiásticos contra la Iglesia. Y de civilizados contra la civilización.
Y el pobre indio ¿qué pinta en medio de todo esto? Una vez más, un pomo de
discordia, de luchas entre civilizados. Civilizados que quieren conservar la
civilización, algunos re-cristianizándola, otros hundiéndola en los errores que
la agitan. Y otros,
aún, intentando arrasarla.