La “gallarda”
de don Juan de Austria
Plinio
Corrêa de Oliveira (*)
“Ver, juzgar y actuar”: tal es, según Santo Tomás, la secuencia del recto
proceder humano. Comencemos por el “ver”.
Y veamos los hechos precisamente como se dieron. Los tomo de “ABC”, el
grande, prestigioso... y moderado... diario madrileño, del 30 de octubre
último.
a) En la Cámara anterior, el
Partido Socialista Obrero Español (PSOE) disponía de ciento veintiún escaños.
En la Cámara ahora elegida contará con doscientos uno. Ha ganado, pues, ochenta
escaños.
b) Numéricamente más importante que el grupo parlamentario socialista era
el de Unión de Centro Democrático (UCD), que disponía de ciento sesenta y ocho.
En la nueva Cámara se verá reducido a doce escaños. La pérdida espectacular del
centrismo ha sido, por tanto, de ciento cincuenta y seis escaños.
c) El Partido Comunista contaba con veintitrés escaños en la Cámara
anterior. Ahora no tendrá más que cuatro. La pérdida de diecinueve escaños es
importante, dada la ya diminuta votación del partido.
d) El partido que más ha progresado ha sido Alianza Popular (AP), que
contaba con sólo nueve diputados y ha pasado a ciento seis. Ha ganado noventa
y siete escaños; es decir, más del 1.000 por 100.
Me abstengo de analizar la votación de algunas pequeñas corrientes que no
alteran el cuadro.
Pasemos a “juzgar”.
a) La votación socialista proporciona al PSOE la mayoría en el Congreso.
Pues de un total de trescientos cincuenta escaños le tocarán doscientos uno.
Con esto le cabe el derecho de que el nuevo gabinete sea escogido entre sus
filas.
b) La oposición de derecha, aureolada por la irradiación de dinamismo que
le viene del hecho de ser la formación que más ha progresado en las últimas
elecciones, podrá crear serias dificultades a la mayoría gubernamental. Sin
embargo, no veo que, normalmente, pueda impedir que el PSOE haga aprobar una
legislación ampliamente socialista.
En suma, la ventaja obtenida por el socialismo con el aumento del número
de sus escaños es menor que el perjuicio que le proviene del prestigio
ocasionado por el hecho de que la derecha haya crecido (proporcionalmente a
los escaños de la legislatura pasada) más que él.
Y pasemos, por fin, al “actuar”.
En nuestros sillones de espectadores brasileños, actuar es “torcer” (actitud
de hincha). Cosa importante para nosotros, ya que la “torcida” es una de las
actitudes predilectas del espíritu brasileño. Pero también porque nuestra “torcida”,
en cuanto a asuntos externos, condiciona en buena medida nuestras actitudes
ante los asuntos domésticos.
Dicho esto, vamos a nuestra “torcida”: ¿Qué es lo que tiene más probabilidades
de suceder?
Como hemos visto, esencialmente lo más importante que ha acontecido ha sido
la disgregación del centro. Este se ha escindido en dos partes. Una se ha
deslizado hacia la izquierda, y otra, hacia la derecha. Del centro, otrora
omnipotente, no ha quedado más que un puñadito de ceniza funeraria. El
significado de este hecho no se agota en los límites de una mera redistribución
de escaños en el Parlamento. Significa un cambio en lo más profundo de la
psicología española. Esta tiende hacia Sancho Panza cuando es centrista, hacia
Don Quijote cuando es izquierdista (¿qué fue la Pasionaria sino una siniestra “Quijota”
de izquierda?), o hacia Lepanto, que don Juan de Austria, el heroico vencedor
de la célebre batalla naval, simbolizó.
Ahora bien, los españoles que del centro se pasaron a la izquierda o a la
derecha no eran propiamente devotos de Sancho Panza. Cansados de tensiones,
cuando en 1977 y en 1979 votaron a favor del centro, querían simplemente una
distensión. Y fundamentalmente continúan queriéndola. Pero habiendo verificado
que Adolfo Suárez (hasta 1981) y Calvo Sotelo (desde entonces hasta ahora) les
imponían como ambientación de la distensión (perdóneme el lector los dos “ones”)
la paz de Sancho Panza en el reino de Sancho Panza, se disgustaron.
Y fueron a buscar la distensión en otra parte. Según simpatías instintivas,
unos fueron para la izquierda y otros para la derecha. Pero siguen
constituyendo un sólo bloque psicológico, tanto dentro del PSOE como de AP,
ligado por debajo de la frontera partidaria por invisibles, pero firmes
vínculos temperamentales. Si los centristas que huyeron de Sancho Panza rumbo
al PSOE fueren solicitados para un programa definidamente socialista, se
pasarán del PSOE a AP. Pero del mismo modo, si esta última, estando en el
poder, quisiera realizar un programa muy de derechas, los centristas instalados
en dicho partido se pasarían al PSOE.
Resulta que quien estará en el poder es el PSOE. A él es a quien le cabe
ejecutar su programa. Son sus ex centristas los que se pueden pasar a AP. Y si
no ejecuta un programa a fin de conservar la adhesión de los neófitos deseosos
de distensión, otra desventura parece esperarle, inevitable. Ya que comenzará
a ser apedreado por su frustrada mayoría quijotesca. Se comprende, pues, que
el chiste [dibujo] de “ABC” (...) presente tan fatigado y perplejo al partido
mayoritario.
Para la derecha quedan las alegrías de la oposición, el salado deleite hispánico
del “estar en contra”. Se respira en el ambiente que los “pro-distensionistas”
del centro que se fueron a AP tenían, crepitándoles en el fondo de sus anhelos
de distensión, un renovado gusto por los toros, por las castañuelas. Leí
cierta vez que cuando don Juan de Austria venció a los turcos en Lepanto se lo
agradeció a la Virgen Auxiliadora. Pero también danzó una “gallarda”. Es gente
que añora la “gallarda” de don Juan de Austria. Tales ex centristas darán menos
trabajo a la derecha que los distensionistas de izquierda al PSOE.
Pero aquí aflora otro problema. Se hizo de todo para inocular en la Espana
del pos-Yalta el espíritu optimista, pragmático, aideológico, supinamente
burgués y falto de luces caballerescas, que se esparció por el mundo. Este
espíritu, que tuvo en la era Truman su grisáceo apogeo, llevó al naufragio el
anticomunismo en el mundo, y postró de rodillas un occidente trémulo y desvirilizado,
ante una Rusia sañuda, “knut” en puño. España, la llamarada de heroismo de la
cristiandad, parece haberse dado cuenta de que este espíritu desfiguraba su
identidad, la deformaba, la desviaba de su misión. Rechazó el centro,
sustentáculo de esa ideologia sin fe y sin carácter. Y una vez más se vuelve
encantada para contemplar en los espacios dorados de la memoria nacional a don
Juan de Austria, el caballero de Lepanto, danzando por siempre su “gallarda”
ante un mar cuajado de cadáveres de los vencidos. Esta centella de
caballerosidad, ¿no encontrará en el mundo otros espacios por donde propagar
su llama brillante y ágil?
Asunto sutil, deslumbrante... para algunos, irritante. Queda para otro día.
Tal vez.
(*)
“Folha de São Paulo”, 4 noviembre 1982.