Platón
en el sindicato
Plinio
Corrêa de Oliveira (*)
El mediocre posee alguna noción de muchas cosas. Noción vaga y fluctuante,
por supuesto, que no le cuesta adquirir ni conservar. Se imagina alcanzar la cúspide
de sí mismo cuando encuentra —para designar cada noción—alguna palabra vistosa
o que, por lo menos, no forme parte del lenguaje corriente.
Entre nosotros, una de las palabras preferidas del mediocre es “radical”.
Siente en el aire que tachar a algún adversario de radical es serle nocivo. El
ser “radical” provoca un rechazo meticuloso y exacerbado. Entonces, conviene
ser antirradical, porque eso atrae simpatías. He aquí a nuestro mediocre
“quijoteando” antirradicalismo por donde quiera que pase. Pero se marchitará y
cambiará de tema en cuanto alguien le objete que un antirradicalismo tan ardoroso
no pasa de ser una mera forma de radicalismo. Pues para rebatir esa objeción
—por otra parte, tan obviamente verdadera— el mediocre necesitaría conocer
exactamente y a fondo lo que quiere decir “radical”. Ahora bien, su espíritu
divagante aborrece los conceptos precisos y profundos.
Análogo resulta el uso que el mediocre hace de la palabra “libertad”. Esta
le recuerda, al mismo tiempo, la trillada trilogía “libertad, igualdad,
fraternidad”, que él oyó elogiar mil veces, y que le gusta. Libertad recuerda,
además, la vistosa estatua del puerto de Nueva York, que él ha visto en
fotografías y anuncios. Y también un extenso y populoso barrio de la ciudad de
São Paulo. En sus tiempos de joven fumaba cigarrillos “Liberty”. Y, de modo
general, se encuentra en su espíritu la idea de que la libertad es algo que le
da a cada uno la posibilidad de hacer absolutamente todo lo que considere
deleitable.
De niño, esta palabra penetró en su espíritu. Su maestro retenía a los
alumnos castigados, después de la clase, para copiar incontables veces frases
como ésta: “El niño bueno es obediente y aplicado”. Cuando se acababa el
tiempo, el maestro exclamaba contento: “¡Libertad! ¡Libertad!” Y todos los diablillos
salían disparados a la calle, ávidos de extravagancias y tropelías. Este era
el núcleo ideológico central que le quedaba acerca de la palabra libertad. El
cigarrillo, el monumento, el barrio, homenajeaban de un modo o de otro esa
cosa tan placentera que es la libertad. La trilogía le parece contener el mismo
pensamiento con que la palabra florecía, sonriente, en los labios del
maestro.
El mediocre no imagina que su superficialidad pueda tener efectos profundos.
Si alguien se lo dijera, él se reiría incrédulamente.
Enfrentar a un mediocre sería tarea fácil para cualquiera. Menos fácil es
enfrentar cientos o miles. Pero ésa es hoy en día la contingencia inevitable
de quienquiera que se entregue a la publicidad. Pues los mediocres llenan la
tierra.
No creo que sean los más numerosos de entre los que leen estas líneas,
que, sin embargo, tratan de ellos. Comprendo que no les resulten agradables. Un
vistazo dado a un tópico u otro será suficiente para enfurecer a varios. Pues
todo hombre —hasta el mediocre— es vivo y perspicaz cuando se habla de él.
Sin embargo, no dudo en afirmar aun ante los mediocres, lo maléfico, lo
profundamente maléfico de su frivolidad.
Persuadido de que la libertad es un bien, el mediocre concluye que cuanto
más libertad, mejor. La libertad absoluta es, para él, la felicidad total.
Como elector, el mediocre dará su voto al candidato que le prometa libertad
sin límites. Como candidato, el mediocre atrae el apoyo de todos sus congéneres.
De donde transforma su campaña electoral en una predegustación de la libertad
absoluta, total y sin frenos. Naturalmente, eso acarrea, en todas las
corrientes partidarias, la presencia y la victoria de un porcentaje de
mediocres, mayor en unas, menor en otras. De ahí un impulso difuso de las
actividades legislativas y gubernamentales, rumbo a lo extravagante, a lo descabelado,
a lo desabrido. Pues, si todo está permitido... De la esfera estatal, ese
impulso se extiende a todos los otros sectores de la sociedad.
¿Cuadro ya muy conocido de la realidad actual? Considere el lector este
texto:
“Cuando un pueblo es devorado por la sed de libertad, suele tener a la
cabeza líderes serviciales que le proporcionarán toda la que quiera, hasta el
punto de embriagarse con ella.”
“Si los gobernantes resisten entonces a los deseos siempre más exigentes
de sus súbditos, pasan a ser calificados de tiranos.”
“Ocurre también que quien se muestra disciplinado en relación a los
superiores es definido como hombre sin carácter, servil.”
“Y que el padre, alarmado, acabe por tratar a sus hijos como a iguales, no
siendo más respetado por ellos.”
“El maestro no osa más reprender a los alumnos y éstos se ríen de él.”
“Los jóvenes reivindicarán los mismos derechos, la misma consideración
atribuida a los viejos, y estos últimos, a fin de no parecer demasiado severos,
acaban dando razón a los jóvenes.”
“En ese clima de libertad y en nombre de ésta, no hay consideración ni
respeto por nadie.”
“En medio de tanta licencia, nace y se desarrolla una mala hierba: la
tiranía.”
¿Es éste el cuadro de la situación actual? Sin duda, el cuadro describe
bien los días borrascosos que vivimos. Y llama la atención, con sutileza y
precisión geniales, hacia el provecho que de este tifón de demomediocridad
sacan los sembradores de tiranías. O sea, hoy, los comunistas.
Pero el cuadro data... de mucho antes: siglo IV antes de Cristo. Su autor
es Platón, que así denuncia a los radicales del liberalismo cómo siendo, en la
democracia, los verdaderos padres de la dictadura. El trecho es de “La
República”.
Eso no es sólo del siglo IV antes de Cristo, ni sólo de hoy. Es de siempre.
Está en la propia naturaleza de las cosas.
* * *
Y tengo algo más que añadir: no he transcrito al gran filósofo directamente.
Me he limitado a verificar que esas palabras son realmente suyas. Simplemente
fueron sacadas, a manera de condensación, del texto original auténtico (Cfr. “The
dialog of Platon”, Encyclopedia Britannica, In., Chicago-London-Toronto, 1952,
pág. 412).
Esa condensación la encontró un amigo, enmarcada y colgada, en una pared de
la sede... de un sindicato. He aquí cómo el gran y solemne Platón penetró así
en un sindicato. Y no de ricos patronos ni de cultos profesores, sino de...
¡chóferes de taxi de Roma!
Ese es el fruto, en un pueblo, no de la demagogia, sino de la cultura y de
la tradición. Insisto en la palabra “tradición”.
(*) “Folha de
S. Paulo”, 26 de marzo de 1983.