De la obra “TRADICION, FAMILIA, PROPIEDAD - Un ideal, un lema, una
gesta”, Parte II, España:
Ante el aborto, santa
indignación
TFP-Covadonga publica en la prensa el manifiesto Ante
la matanza de los inocentes — Dentro del orden y de la ley: santa indignación.
Posteriormente divulga en puntos neurálgicos de Madrid y más tarde en
provincias 950.000 resúmenes del mismo. El texto es firmado por los directivos
de la entidad en el Cerro de los Angeles, a los pies del Sagrado Corazón de
Jesús, a cuyo amparo confían la iniciativa. Los católicos son invitados a dejar
las actitudes pasivas y melancólicas y a reaccionar vigorosamente frente a la
amenaza abortista ("ABC", Madrid, 5-4-1983; un resumen del
documento es publicado en el "Diario de Cuenca", 19-4-1983; "Las
Provincias", Valencia, 21-4-1983; "Heraldo de Aragón", Zaragoza,
24-4-1983; "La Gaceta del Norte", Bilbao, 1-6-1983; "El
Alcázar", Madrid, 8-5-1983).
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Ante la matanza de los inocentes
Dentro del orden y de la ley: santa indignación
I - La tristeza de una previsión confirmada
Habitualmente el hombre se alegra con la realización de lo que habría
previsto. Y esto no por un tonto sentimiento de amor propio, sino porque,
siendo la previsión una operación de la mente, lo normal es que esta última
sienta la recta alegría de su propio acierto.
No es éste, sin embargo, el estado de alma de los socios y cooperadores de
la Sociedad Española de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad-Covadonga
(TFP), al constatar ahora que los hechos confirman las perplejidades
formuladas en la Carta abierta al PSOE
(1). La TFP manifestó en aquel entonces su aprensión ante la posible victoria
de aquella corriente política en las elecciones que se aproximaban.
Entre otros motivos para tal aprensión, la Carta abierta resaltaba que:
a) Las Resoluciones de los Congresos del PSOE preconizan la implantación
del amor libre («divorcio sin excepciones», dice eufemísticamente el texto de
una Resolución), la miserable «rehabilitación» de la homosexualidad, así como
la «legitimación» del aborto y de los anticonceptivos.
b) Es verdad que no todas esas medidas se incluían en el Programa Electoral
en el cual el PSOE presentaba al electorado solamente las medidas que serían
puestas en práctica a corto plazo.
c) Por ello, la esperanza
escuálida y vacilante de que las medidas ajenas al Programa Electoral acabasen
no siendo propuestas en la actual legislatura, dejaba a los católicos propensos
a votar en aquella corriente de izquierda (2).
d) Claro está que tal esperanza estaba subyacente en la distinción entre
Resoluciones partidarias, por un lado, y Programa Electoral, por otro, pero
nada impedía al PSOE que, una vez victorioso, propusiese a las Cortes, ya en
las primeras sesiones, cualquier ítem de las Resoluciones de sus Congresos, en
las que están fijadas las metas del Partido a largo, medio y corto plazo.
Considerando que la posible aprobación, no sólo de los diversos ítems del
Programa Electoral, sino también de las varias Resoluciones, llevaría consigo
una ofensiva total contra los principios cristianos milenares, con los que la
legislación hasta aquí vigente protege la moralidad pública y la familia, la
TFP constataba con asombro que numerosos católicos se inclinaban a votar al
PSOE. Y que la Conferencia Episcopal, a quien le corresponde por misión divina
preservar de este abismo de horrores a la nación de los Reyes Católicos, por
el contrario declaraba de modo implícito, a través de una nota de su Comisión
Permanente, ser lícito a los fieles, desde el punto de vista moral, votar al
PSOE (3).
e) Ante este panorama, que la displicencia abobada del hombre moderno
considera más o menos normal, pero que la posteridad no titubeará en calificar
de dantesco, la TFP todavía intentó alertar a la opinión pública, y más
especialmente a los sectores católicos propensos al voto suicida en favor del
socialismo. Por ello, en la referida Carta abierta, en la que previó lo que
podría suceder, interpeló también al mismo PSOE a propósito de la fragilidad
de las ilusiones con las que adormecía a esos sectores católicos, trabajados
profundamente por imponderables artimañas de la guerra psicológica
revolucionaria, en la cual Moscú es maestra.
La alternativa se planteó claramente. Si el PSOE respondiese a la Carta abierta, nacería de ahí una
polémica en la que la TFP, empuñando la documentación editada por el mismo Partido,
ilustraría aún más fácilmente al público.
No procediendo así, no le quedaba al PSOE sino callarse. Es decir, confesar
por el silencio la falsedad de su posición. El PSOE escogió claramente este
camino.
Uno y otro resultados de la Carta
abierta han contribuido para hacer absolutamente evidente, a quien quisiera
abrir los ojos, lo que antes de eso ya era fácil percibir que la victoria
electoral del PSOE no supone para la España católica un peligro menor que el
que trajeron las hordas mahometanas que en el lejano siglo VIII transpusieron
el estrecho de Gibraltar. Alcanzado tal éxito, a los invasores sólo les
quedaba avanzar contra la España visigoda tontamente optimista, adormecida y
dirigida por hombres cuya mentalidad y cuya política puede simbolizarse muy
bien en la mentalidad y en la política entreguista del enigmático arzobispo
Don Opas.
Pero hay estados de alma que ni siquiera la evidencia corrige. Venció el
PSOE con notable concurso de votos católicos (4).
En esta coyuntura nos encontramos, transcurridos solamente 133 días desde
la apertura de las nuevas Cortes. Y, así, las previsiones de la TFP se
confirmaron, pero con tanta fuerza y plenitud, que hoy podemos decir que hemos
llegado al borde del precipicio.
Frente a esta situación, ¿cómo alegrarse con la previsión horriblemente
triunfante?
No. La situación actual no está como para eso.
II – Con perspectivas de futuro
Si los que ocupan los altos escalones de la Conferencia Episcopal o los
puestos de dirección de los movimientos de reacción pública no se mueven con
toda la fuerza de impacto contra el proyecto de ley del aborto, al PSOE,
vencedor de las elecciones, sólo le quedaba avanzar, al igual que la morisma de
antaño.
No hay lugar a dudas. La actitud de las Cortes, del Gobierno e incluso del
mismo Monarca estará condicionada no sólo por la amplitud, sino también por el
calor de esa saludable reacción. De poco le valdrá a España la protesta de
grandes multitudes tristonas y plácidamente silenciosas, cuya pasividad puede
dar a los abortistas la esperanza de que incluso los sectores más católicos
acabarán «absorbiendo» la ley abortista que la mayoría parlamentaria
socialista imponga a la nación. Así mismo, de poco le servirían las
manifestaciones frenéticas de minorías inexpresivas, que por su propia
pequeñez inducirían a pensar que la gran mayoría de la nación no está en
desacuerdo con las innovaciones socialistas.
Si se quiere recuperar real y seriamente el terreno que la catástrofe
electoral del día 28 de octubre hizo perder a la España católica, es necesario
sumar el calor al número.
El camino de la victoria pasa por ahí. Todo cuanto no sea esto implica la
aceptación de la política de Don Opas y el rechazo del espíritu heroico y
cristiano del Cid Campeador; espíritu éste tan identificado con la misma
España que, una vez perdido, nuestra nación dejaría de ser ella misma.
III – Oración y penitencia
Ante el peligro, la actitud del católico no es el pánico. Y si le brotan
las lágrimas, no es con desesperación estéril, sino con fe. Lágrimas y aprensión
que invitan antes que nada a la oración.
Nuestro país, lleno como está de tantas iglesias monumentales que van desde
las catedrales hasta las encantadoras parroquias de aldea, pasando por todas
las gamas intermediarias, está poblado, al mismo tiempo, por una inmensa
mayoría católica.
La TFP se acerca aqui, reverentemente, a la Sagrada Jerarquía, a quien
suplica que llene con todo ese pueblo las tan numerosas iglesias. Que promueva,
día y noche, una cruzada de oraciones con el Santísimo expuesto, de manera que
delante de El y de las imágenes de la Virgen Santísima se eleve sin fin la
súplica aflijida, ardiente, confiante y, por eso mismo, ya victoriosa delante
del trono de Dios. Súplica, sí, de que sea apartado de España el peligro
abortista.
Mejor que nadie saben los señores obispos, nuestros pastores y maestros,
cuál es el valor de la plegaria cristiana. Mejor que nadie saben que todo el
heroísmo de nuestros ocho siglos de Reconquista no habría culminado en una
victoria completa de la Fe si no fuera por el incesante concurso de la
plegaria y de su noble hermana, la penitencia.
Que sin una ni otra habría sido vana la resistencia indomable de la nación
española contra las tropas de un déspota, ante el cual se curvó toda Europa:
Napoleón Bonaparte, el sembrador de los errores de la Revolución francesa.
Igualmente, habría sido vano el noble y heroico impulso del Alzamiento, que
libró a España del yugo del comunismo, hijo genuino de la misma Revolución.
Reconózcase el mérito de tantos y tan abnegados héroes, de cuya memoria se
enorgullece la España cristiana, pero reconózcase sobre todo la importancia de
la ayuda de Dios, de su Santísima Madre y de toda la Corte celestial.
Así, en este llamamiento a la acción, no podía faltar un llamamiento a la
penitencia y a la oración.
Suplicamos a los señores obispos de España que les digan claramente a los
fieles que la victoria de la legislación socialista en materia de aborto, como
en los otros temas regidos por los VI y IX mandamientos, podrá perpetrar en
1983 —en estas tierras en que tantos vivieron y lucharon por medio de la
oración, de la mortificación, del estudio y de la palabra— una nueva
Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo.
¡Cuánto agrada imaginar lo que sentiría, diría y haría, en esta coyuntura,
el gran corazón de misionero de un San Antonio María Claret (5).
Llenen, señores obispos, nosotros se lo pedimos, llenen de ardorosos
misioneros los caminos de España, convocando a los pueblos para las grandes y
decisivas batallas de la oración, de la penitencia y de la acción.
Si en una ocasión como ésta no se hace algo semejante, entonces ¿cuándo se
hará?
IV – La matanza de los inocentes y la tutela de los
izquierdistas
No hay nada más comprensible que una tal reacción de los católicos
españoles delante de la programada matanza de los inocentes.
En este siglo, que se ufana de un igualitarismo absoluto e inflexible, no
hay acto de injusticia... o de justicia practicado contra izquierdistas, aunque
sean radicales en el orden del pensamiento y terroristas en el orden de la
acción, que no provoque la erupción en cadena de protestas indignadas del
humanitarismo laico universal: instituciones internacionales de gran calibre,
gobiernos, personalidades de las más celebradas por la propaganda, programas
torrenciales de radio y televisión, vocerío de la prensa, manifestaciones de
masas; todo se moviliza. Y a esta movilización acuden también voces
eclesiásticas impacientes por aplaudir siempre lo que todos aplauden y por
obtener su parte en la popularidad «moderna».
Sin embargo, todo ese humanitarismo parece enmudecer —¡ oh, asombro!—
cuando se trata de la protección de las víctimas inocentes, sorprendidas por
el asesinato en el claustro materno,
Nosotros, los católicos, que para execrar el aborto voluntario tenemos los
más graves motivos, ¿caeremos en tal aberración ?
Peor todavía. Esa matanza es, la mayoría de las veces, fríamente confabulada
entre el padre y la madre, y realizada con la complicidad hiperespecializada
de la ciencia. Y ello hasta tal punto que, «despenalizado» el aborto, la
interrupción técnica del embarazo será una especialidad profesional que
dentro de algún tiempo ya no causará horror. Es decir, se considerará como
cosa normal la matanza de inocentes.
Pero todo esto, por muy malo que sea, aún no será lo peor. El nefando
crimen de asesinato de inocentes en muchísimos casos no roba a sus víctimas
sólo la vida terrena, sino también la bienaventuranza eterna, ya que, con mucha
frecuencia, los abortados expiran antes de haber recibido el Sacramento del
Bautismo.
Alguien objetará que todas esas consideraciones sólo tienen fundamento en
el supuesto de que el aborto constituye un crimen contra la vida humana; una
transgresión grave del V Mandamiento: «No matarás». Pero, añadirá, una
designación tan severa parece exagerada, tratándose de la interrupción de la
vida de un ente humano todavía incompletamente constituido.
Un análisis de tal argumentación tendría sentido si el presente Llamamiento, además de ser dirigido al
venerable Episcopado nacional y a la opinión católica, lo fuese también a los
sectores, verdaderamente minoritarios, en los que impera la indiferencia, el
laicismo o el ateísmo. Sin embargo, éste no es el caso. Bastará con que le
recordemos al lector católico que los documentos pontificios relativos al
asunto siempre censuraron severamente el aborto (6).
Criminales, sí, responsables por «intervenciones mortíferas»: la expresión
fluye de la pluma autorizada de Pío XI (cfr. nota 6). Así, pues, los católicos
no pueden censurar como exagerado el calificativo dado aquí a los que
practican el aborto.
V – Llamamiento especial al público católico: ¿por qué?
Es el momento de describir aquí las circunstancias que llevaron a la TFP a
dar al presente documento, no el carácter de un llamamiento a toda la opinión
pública, sino solamente a la opinión católica de la nación, desde sus más altos
hasta sus más modestos integrantes.
Este Llamamiento solamente pretende
ser una voz dentro del conjunto de voces que se están pronunciando contra el
aborto. Una componente de esta realidad más amplia que es el movimiento
antiabortista visto en su globalidad.
A tal movimiento le cabe incorporar contra el aborto cada sector de la
opinión pública nacional: hasta los mismos ateos, por lo tanto. A este esfuerzo
antiabortista global le corresponde alertar a los distraídos, orientar a los
que dudan y persuadir a los que objetan.
El presente Llamamiento tiene un
objetivo mucho más circunscrito. Se dirige específicamente hacia la opinión
católica con la intención de ofrecerle, con todo el aprecio y con cristiano
afecto, algunas reflexiones apropiadas para el momento.
VI – La participación de los católicos en la catástrofe
Como ya hemos dicho (cfr. ítem 1), y tal como los hechos lo hacen clamorosamente
patente, la victoria del PSOE constituye para los católicos una catástrofe bajo
cuyo peso estamos gimiendo.
Tal catástrofe se debió —como ya hemos recordado también (cfr. nota 4)— a
la colaboración amplia de votos católicos. Es lo que se desprende, por ejemplo,
del análisis de los resultados electorales de las zonas más señaladamente
católicas de la nación. La importancia de la colaboración católica para la
victoria socialista aparece incluso en unas declaraciones de Felipe González
(cfr. nota 4).
Un hecho anómalo tan sorprendente debe ser explicado y corregido en sus
causas, pues de lo contrario éstas podrán pesar de modo igualmente desfavorable
en la conducta de los católicos durante la campaña antiabortista.
Más claramente: el mismo factor que nos llevó a la catástrofe nos impedirá
de salir de ella. Y eso no espanta, pues, por muy justo que sea el empeño de
los múltiples dirigentes de la campaña antiabortista en interesar a las más
variadas corrientes de opinión en el esfuerzo general, sin embargo, la fuerza
de impacto del movimiento antiabortista está en los católicos. Y si esa
fuerza fuera débil, también lo sería el impacto. Es decir, la campaña
antiabortista corre un grave riesgo de no producir toda la impresión necesaria
para alcanzar la victoria.
Tal observación impone la pregunta: ¿cuál fue el factor determinante de la
conducta de los católicos que votaron en favor del socialismo?
VII – Estado de espíritu
Un loable deseo de preservar al género humano de una nueva guerra mundial
indujo a numerosisimos hombres de Estado contemporáneos a promover, ya desde
Yalta, una politica «distensionista» con relación a Rusia. El imperio
comunista, continuamente instalado sobre las bases artificiales —y en cuanto
tales, precarias— de una dictadura feroz y omnímoda, y devastado por crisis
económicas cada vez más graves, debe, por paradoja, a esa política su triunfal
expansión a lo largo de las cuatro décadas de esta posguerra.
Esa política está fundamentada en un concepto de los hombres y de las cosas
del que está excluido la idea del mal. Parecería que según los seguidores de
esa política, los hombres (por lo menos los de izquierda) son concebidos sin
pecado original. Y que, por lo tanto, si los de izquierda están dispuestos a
agredir, eso se debe esencialmente a que sus adversarios de centro y de
derecha no han sabido tratarlos adecuadamente.
A cada exigencia de los de izquierda correspóndase con una actitud de
«comprensión», de simpatía y de confianza. Háganse concesiones. No se les
manifieste el menor temor. En consecuencia, ábranse nuestras fronteras,
franquéense nuestros ambientes religiosos, culturales, científicos, políticos,
publicitarios e incluso militares.
Convívase con ellos desprevenida y cándidamente en cualquier tipo de
actividades, desde el ballet hasta la producción industrial.
Sobre todo, nunca jamás se polemice con ellos. La era de las polémicas
cesó. La del diálogo se abrió. Y por diálogo entiéndase un estilo de relaciones
que supone, del lado no comunista, todas las ingenuidades, todos los
malabarismos verbales, y, por fin, los pequeños y los grandes falseamientos
doctrinales (7).
Agréguese a todo eso la colaboración económica infatigable y cada vez más
notoria del capitalismo occidental con la Rusia soviética y las naciones
satélites, con China y con cuantos enclaves más o menos ocultos el comunismo
tiene por el mundo; y ahí se explica como lo que sucesivamentese denominó política de la mano tendida, caída de las barreras ideológicas y, por
fin, Ostpolitik y détente, dejó al mundo entero, al cabo
de cuarenta años, en un estado de terror ante el peligro comunista, y a tal
extremo que personajes serios, desde otros puntos de vista, llegan hoy hasta
pronunciarse a favor... del desarme nuclear unilateral de Occidente. Es
decir, ¡la vergonzosa capitulación del Occidente ante el molock rojo! Esta
«ola» más reciente de pacifismo es el fruto más característico de la táctica
que aquí está siendo descrita. De tanto agradar a la fiera, estamos empezando a
capitular totalmente delante de ella.
Como se ve, la fuerza motriz de toda esta galopada de errores ha sido un
estado de espíritu: el del hombre occidental obsesionado por el pánico de una
nueva guerra y propenso a caer en todos los engaños, mientras pueda continuar
alegremente el ludus de su vivir seguro, abundante y despreocupado.
Este estado de espíritu también contagió a los medios específicamente
religiosos, llevándolos a atenuar paulatinamente la conducta de la Santa
Iglesia de Dios frente al comunismo. De ahí nació la política muy peculiar del
Concilio Vaticano II, que omitió toda condenación explícita del mayor
adversario de la Iglesia en nuestros días, es decir, el comunismo. Un mensaje
de 450 Padres Conciliares de 86 países pidiendo la condenación del comunismo
no fue sometida a la apreciación de la Magna Asamblea debido a una «luz roja»
hasta el día de hoy poco explicada en la Secretaría de la Comisión Conciliar
responsable por la preparación del esquema sobre la Iglesia en el mundo
moderno (8). Y la «Iglesia Ortodoxa Rusa», simple administración eclesiástica
al servicio de los señores del Kremlin, fue invitada, ya antes del Concilio, a
enviar «observadores» a este último. Según consta, tales observadores
«vetaron» la aprobación de documentos como el referido mensaje (9).
La política de Pablo VI frente al Gobierno soviético tuvo además una
evidente correlación con el pacifismo de posguerra. Y por eso mereció llamarse
«Ostpolítik» vaticana (10).
De todo lo dicho no es difícil sacar la gran conclusión. Si un lado tiene
la determinación de afirmarse, de expandirse, de conquistar, y otro sólo tiene
el deseo de engañarse asimismo, de despreocuparse, de ceder, forzosamente el
primero acabará por eliminar al segundo...
Hasta ese punto puede llevar la acción destructiva de los estados de
espíritu, hábilmente conducida desde Moscú, por medio de la guerra psicológica
revolucionaria.
VIII - Doctrinas
El hombre es un animal racional. Y, en consecuencia, siempre buscará
justificaciones doctrinales mejor o peor bien articuladas, que le cohonesten
el modo de proceder (11).
No cabe en los límites naturales de este Llamamiento el tratar de cada una de estas doctrinas. Baste indicar
las que se encuentran más difundidas en varios sectores del público.
Según una de ellas, el mundo está caminando, desde hace mucho, y caminará
cada vez más, por determinado fatalismo histórico, hacia la izquierda. Y de
nada sirve, pues, resistir hoy al socialismo. Con esto se afirma,
implícitamente, que de nada servirá resistir mañana al comunismo.
Otra es la de que todo el mundo comunista tiende hacia una mitigación de
sus doctrinas y formas específicas, con lo cual, a su vez, se postula que el
mundo occidental haga lo mismo. De esa recíproca pérdida de particularidades
y de los contornos de los dos mundos resultaría en el futuro una convergencia
de filosofías y de regímenes, en algún punto ideal del camino que los une. Es
decir, en un orden de cosas semicomunista. La utopía autogestionaria
socialista, pregonada por el actual Gobierno francés, sería tal vez el modo
concreto de realizar ese sueño. Sueño que a los desprevenidos les puede parecer
una atenuación de las metas de Marx, pero que los que conocen el asunto saben
muy bien que tal sueño es, por el contrario, la realización de la transmeta
del comunismo (12).
Esas varias doctrinas erróneas parecen culminar en una actitud que
constituye un matiz muy sintomático de las distintas manifestaciones antiabortistas.
Este matiz es la quintaesencia más concentrada del pacifismo. Conviene
señalar su efecto concreto.
IX – El mutismo flemático de las manifestaciones
antiaboristas
En vista de la bofetada (no cabe otra palabra) dada por el PSOE a los
sectores católicos que le votaron —o que declaran lícito votarle—, la reacción
de ciertos antiabortistas no ha consistido en usar todos, enteramente todos,
los medíos lícitos para evitar la matanza de los inocentes que amenaza
comenzar en breve en España, por un tiempo indeterminado, siglos tal vez. Sin
duda, que esta preocupación está presente, pero divide la atención y el celo de
sus mentores con otra preocupación inesperada: no herir a los socialistas. En
otras palabras, defender las víctimas de la matanza de los inocentes, sí;
pero, pari passu, evitar causarles
traumas ideológicos o afectivos a los que trabajan por tal matanza.
Análoga postura sería manifiestamente considerada inadmisible si se
tratase de asesinos de niños ya nacidos. ¿Por qué, entonces, considerarla
admisible con relación al «nasciturus»?
No se debe deducir de ahí que la agresión física o moral contra la persona
del abortista sea legítima. Este tipo de agresiones no sirven a la causa
antiabortista, sino que le confieren aires de ilegalidad y dan pretexto a
persecuciones legales que no sirven más que para hacerla antipática y para
restringir, consecuentemente, su indispensable libertad de acción.
Pero entre este posible antiabortismo exacerbado y un antiabortismo sin
sal, sin fuego y sin vida —en una palabra, sin una verdadera y cristiana
hispanidad— la distancia es muy grande. Y entre estos dos extremos corre la
vía del sentido común, el cual sabe inspirar las campañas que exige el momento;
campañas cuyas manifestaciones públicas no se reduzcan sólo, o casi sólo, al
desfile largo y melancólico de multitudes silenciosas, sino que encuentren
medios de expresarse digna y naturalmente con carácter, nervio e impacto.
Por cierto, en esta España en donde hay libertad para todo y para todos,
hasta tal punto que el abortismo inherente a la doctrina socialista (13) ha
podido alcanzar el grado de influencia que hoy disfruta, no se comprende por
qué el antiabortismo debería amordazarse a sí mismo, reduciendo de esta forma
muy notablemente sus posibilidades de éxito.
En otros términos, las manifestaciones antiabortistas constituidas de
multitudes a las que muy españolamente les gustaría proclamar y cantar sus
convicciones en alta voz, y explicar caballerosamente su noble disconformidad,
reciben, por el contrario, la norma de desfilar en un silencio lívido y sumiso.
Tales técnicas a lo mejor impresionen a otros pueblos, en cuyas venas
circule otra sangre y cuyos hijos hubieran visto la luz de un sol menos
ardiante.
Entre nosotros sirven para reunir a los antiabortistas más decididos, pero
nunca para mover ciudades enteras.
Alguno replicará, tal vez, que esa técnica del silencio no pretende evitar
ecuménicamente la ruptura del diálogo y la inauguración de la polémica con los
socialistas, sino que la inspira, eso sí, el recelo de agresiones físicas de
estos últimos contra los antiabortistas.
Si esto fuese verdad nos veríamos obligados a constatar que, bajo el signo
del socialismo, la España democrática ya se ha transformado en una dictadura.
En la dictadura de un partido que reduciría al silencio a los que discrepasen.
Y esto ante la mirada indolente o complaciente de un gabinete emanado de este
mismo partido.
No; no es creíble que hayamos llegado ya tan lejos.
¿Serán otros los motivos del mutismo oficial de la táctica antiabortista?
Sencillamente, a la TFP no le es posible averiguarlo. Y lo mismo a millones
de españoles que, interrogados a este respecto, nada sabrían responder. Que el
presente Llamamiento sirva, pues, para que los organizadores de las actuales
manifestaciones antiabortistas —dignos de simpatía y de aplauso por causa de
las concurridas manifestaciones que empiezan a apoyar al movimiento— expliquen
públicamente las razones del modo de actuar que preceptúan.
X – La indignación, un deber moral
En suma, delante de una propuesta como la abortista, la indignación —dentro
de la ley y del orden— no es sólo una actitud lícita para los católicos, sino
que es el resultado forzoso de un verdadero imperativo moral, el fruto noble y
bello de celo. Tal como ocurría ante el exterminio en masa de recién nacidos.
¿Por qué no podemos nosotros, los católicos, emplear contra el exterminio
del «nasciturus» toda la indignación con la que se expresan (y es el caso de
recordarlo una vez más) las protestas humanitarias contra las violencias cuyas
víctimas son izquierdistas?
En fin, ¿por qué dos pesos y dos medidas?
XI – Un apólogo
Imaginémonos en plena época de Herodes. Para matar al Niño Dios comenzó el
execrable exterminio de los inocentes. Inmediatamente la indignación popular
empieza a hervir, pero un influyente judío se interpone, temeroso no sólo de
que, como consecuencia de tal reacción, sea conmovida la autoridad
constituida, sino también que se irriten los ánimos y la marca de la discordia
divida irremediablemente al país por mucho tiempo. Ese judío interpone
entonces su influencia para disminuir la reacción popular. En buena parte lo
consigue, y la matanza continúa. Es comprensible que Herodes, que ya había
comenzado a vacilar, se sienta menos cohibido para continuar su atroz
persecución. No es difícil admitir que ese apaciguador influyente pase
entonces a gozar de su crédito y simpatía, que sea invitado a sus fiestas y
sea alabado públicamente delante de sus coterráneos. Pero es imposible no
preguntarse lo que le dijeron a Dios acerca de tal «apaciguador» las voces
cándidas de esos inocentes.
Con este apólogo terminamos el presente Llamamiento.
XII – Mirada puesta en el futuro
No lo haremos, sin embargo, sin volver la mirada hacia el futuro de España.
¿Qué efecto tendrá sobre el carácter de los españoles el mutismo inexplicado
de una campaña tan justa?
Quien presencia una acción de admirable valor moral, pero la ama y admira
menos de lo que se merece, o la alaba menos de lo que le corresponde, peca
contra la justicia; e, ipso facto, deforma su propio modo de ser moral.
Quien, ante un acto atrozmente censurable, lo censura menos de lo que
merece, incurre en falta análoga y deforma su propio modo de ser moral. Este
sería el caso, por ejemplo, de un hombre que, al ver a un extranjero arrancar
de lo alto de un mástil la bandera nacional y pisotearla, inspirado por
razones de prudencia, encontrase como modo de expresar su disconformidad
solamente un silencio melancólico.
No conviene inducir a análoga conducta a lo que hay de más sano en la opinión
pública española. Ni dar este ejemplo nocivo a las generaciones que se están
formando para la vida.
XIII – Súplica de la TFP
La fe inspira una osadía muy diferente de ese mutismo. La esperanza
infunde la certeza anticipada de la ayuda de la Virgen en favor de las osadías
inspiradas por la fe. La caridad, esto es, el amor de Dios y el amor al
prójimo por amor de Dios, conduce a sacrificios mucho mayores que esos simples
silencios prudentes.
Que la fe, la esperanza y la caridad muevan el conocido celo de la España
cristiana a todas las osadías moralmente lícitas y legalmente permitidas, es
lo que la TFP pide en favor de la civilización cristiana —en la cual es
intrínseca la garantía del derecho del «nasciturus».
La TFP —entidad cívica de insiración cristiana destinada a defender, en el
campo temporal, la civilización nacida de las enseñanzas del Evangelio— dirige
su Llamamiento:
— a la ilustre Jerarquía eclesiástica, con la filial veneración que le
debe;
— a los dirigentes de la
campaña antiabortista, con la consideración, la simpatía y el deseo de
colaboración que se merecen;
— a todos y a cada uno de los
participantes de la campaña antiabortista, para que consideren nuestras
alegaciones y, si a ellas acceden, que procedan en consecuencia con gallardía;
— a todos los católicos
españoles, para que se dediquen a fondo a la campaña antiabortista, que comenzó
en buena hora y en cuyo éxito se puede depositar toda esperanza:
— a todos los españoles, para
que la experiencia trágica de la ofensiva proaborto lanzada por el PSOE les
abra los ojos sobre la verdadera índole y las metas reales del socialismo.
XIV – Petición pro referéndum: una iniciativa que
entusiasma
Este Llamamiento también incluye
un apoyo entusiasmado a las beneméritas entidades que hán comenzando la
recogida de firmas pro referéndum. Incluso en la hipótesis extrema de que el
Gobierno, procediendo antidemocráticamente, rehúse consultar a la nación sobre
asunto de importancia tan grande, es necesario —es absolutamente necesario—
que un número aplastante de apoyo abrumador a la petición pruebe al mundo que
España no quiere la ley que el socialismo pretende imponerle.
La TFP, que de modo especial está trabajando en la recogida de firmas,
convoca a todos sus socios, cooperadores y corresponsales en el territorio
español, a dar su apoyo a las varias formas legítimas de manifestación de
disconformidad con la ley del aborto.
Este Llamamiento fue firmado en
el Cerro de los Angeles, delante de la imagen histórica del Sagrado Corazón de
Jesús, a quien la TFP confía el éxito de la presente iniciativa.
Madrid,
1 de abril de 1983
__________
En ese mismo lugar, y antes de firmar este documento, los signatarios
rezaron un rosario por la grandeza y por la paz cristiana en España.
Sociedad
Española de Defensa de la Tradición, Família y Propiedad-Covadonga (TFP).
Notas:
(1) Con el título El socialismo español y la
doctrina tradicional de la Iglesia, la Carta abierta al PSOE fue publicada
en el «ABC» de Madrid el 22 de octubre de 1982. Desde este día hasta la
antevíspera de las elecciones, los socios y cooperadores de la TFP
distribuyeron 150 mil ejemplares de la Carta abierta en las vías públicas de
Madrid, Zaragoza y Málaga. Con motivo de esa publicación y su posterior
distribución directa a los transeúntes, la TFP recibió calurosas manifestaciones
de apoyo de la población.
Ni antes ni después de las elecciones la entidad
recibió alguna respuesta del PSOE a esa Carta abierta, formulada, sin embargo,
en términos serenos y elevados.
(2) Esta esperanza era, además, enteramente
injustificada en lo referente al aborto y a la planificación familiar, pues el
Programa Electoral ya preconizaba medidas que conducían a eso (cfr. Cap. II,
item 9.2, y Cap. III, item 2.2.4).
En su Carta abierta al PSOE, la TFP teje
consideraciones sobre la alegada moderación en esa y otras materias, del
Programa Electoral del partido actualmente en el poder.
(3) En una nota del 23 de septiembre del año
pasado, la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal declaraba que «la
Iglesia no debe identificarse con ninguna postura politica ni imponerla
autoritariamente a sus fieles». Y agregaba: «Sin ignorar que ningún programa
politico agota las exigencias del Evangelio (el elector cristiano) procura
inclinarse por aquel que a su juicio conduzca con mayor eficiencia hacia el
bien común de la sociedad, del cual son componentes la vida religiosa y los
comportamientos morales» (cfr. ABC, 24-9-82). Así la comisión Permanente de la
Conferencia Episcopal dejaba a criterio de cada fiel decidir cuál sería el
programa partidario preferible desde el punto de vista católico. Lo que
equivalía en las condiciones concretas de nuestra nación, a dejar la puerta
abierta para que muchos católicos simpatizantes del socialismo les diesen su
voto a los candidatos del PSOE. Es público y notorio que así fue, efectivamente
entendido por innumerables fieles (cfr. Nota 4).
Además, el cardenal Tarancón declaró, un año
antes que «si el PSOE llegara al Poder, en la Iglesia española no pasaría
nada», agregando que «con gobiernos menos católicos la Iglesia vive mejor»
(ABC, y EL PAIS, 22-8-81).
Después de las elecciones, el mismo purpurado
confirmó sus esperanzas de unas buenas relaciones con el PSOE: «Creo que los
socialistas españoles harán todo lo posible por no enfrentarse con la Iglesia.
Pienso, por el contrario, que tenderán cables de diálogo» (ABC, 6-1-83).
El obispo de Canarias, monseñor ramón Echarren,
también «ve con un gran optimismo» las relaciones de la Iglesia con el
PSOE —según informa un diario madrileño—
y hace «una llamada a todos los españoles para que colaboren seriamente con
los que han ganado las elecciones» («Ya», 3-12-82).
Monseñor Ramón Buxarrais, obispo de Málaga, va
más lejos. Además de la colaboración, exhorta a la sumisión al sistema
socialista que el PSOE quiere implantar (cfr. «Heraldo de Aragón», 26-11-82).
El obispo auxiliar de Madrid, monseñor Alberto
Iniesta, señala incluso la posibilidad de que la Iglesia acepte la despenalización
del aborto:
«Doy por sabidas, en principio, las razones de
los abortistas y antiabortistas y deseo fijarme especialmente en los aspectos
no eclécticos, que no caben en este terreno, pero si fronterizos y dialogantes.
Deseo recordar, en primer término, que en el
mensaje fundamental del Evangelio hay suficiente sintonía con todas las causas
en favor del hombre como para que los católicos podamos comulgar y colaborar
con todas las opciones de lo que hoy podría englobarse con el enunciado
general de una ética de izquierdas o programa socialista en el sentido amplio
de la palabra, y así lo venimos haciendo muchos y lo seguiremos haciendo.
Inclusive en aquellos aspectos que no compartimos desde nuestra moral
cristiana, no tenemos inconveniente, por respeto a la libertad de conciencia
y al pluralismo de la sociedad, en aceptar su legalización, como ocurrió con la
despenalización del adulterio o con la implantación del divorcio civil (...).
Es el tema de la legalización del aborto el único
quizá en el que, aun la Iglesia más abierta, no puede en su conciencia dar el
sí» («El País, 18-1-83).
En otras palabras, la Iglesia, probablemente, no
dirá sí a la legalización del aborto: pero háganlo los socialistas, que ella
tampoco dirá no. Es decir, vivirá sin clamar a cada momento, en todos
los lugares, para que cese cuanto antes la injusticia clamorosa de la matanza
de los inocentes.
Afortunadamente, en las filas del Episcopado no
faltó quien asumiese una posición valiente de enfrentamiento al aborto. De
entre los que así procedieron entusiasmó a la opinión pública, recibiendo los
aplausos generales, monseñor Guerra Campos, obispo de Cuenca, que el 28 de
enero divulgó una firme Instrucción alertando a las autoridades y fieles
sobre sus responsabilidades frente al problema:
«Es hora de reflexión para tantas personas
responsables en la Iglesia que han contribuido a crear la situación que ahora
se condena. Situación que, según se declara, mina los fundamentos de todo el
orden moral y de la sociedad; no solo por el aborto, sino por el contexto de
ataque brutal a la familia, de erosión sistemática y oficialmente favorecida
del sentido cristiano de la vida, de corrupción de niños y jóvenes. (...)
Esos males no eran imprevisibles, porque sus
promotores ya los patrocinaban y anunciaban abiertamente desde hace años.
Dicho queda que personas responsables en la Iglesia,
entre ellas pastores y prelados, han contribuido a plantar el árbol que da
tales frutos. ¿Cómo? Con incitaciones, con silencios y neutralidades
habilidosas, con orientaciones equívocas, con predicciones optimistas, con
respuestas legitimadoras, con expresiones de satisfacción por la cooperación de
los católicos. No se puede evitar que algunas declaraciones de ahora
reproduzcan otra vez la imagen clásica de quien levanta cadalsos a los efectos
después de haber entronizado las causas. Estamos ante un fenómeno de ligereza y
complicidad, cuyas consecuencias dañosas son incalculables» (“El Alcázar”,
26-2-83).
También tuvo un efecto alentador la declaración
categórica y sustancial de la Hermandad Sacerdotal Española, en la cual
califica al aborto de «asesinato» y de «matanza de inocentes», y lamenta «las
flagrantes contradicciones de unos gobernantes que, tras haber luchado
ardientemente por la abolición de la pena de muerte para los asesinos, ahora
vienen de hecho a aceptar la pena de muerte por ley para seres más inocentes,
débiles e indefensos» (cfr. «Fuerza Nueva», 26-2 al 12-3-83, págs. 24-25).
(4) Al comentar la noticia, que circula en medios
políticos, de que el PSOE impondrá la disciplina de partido en la votación
del aborto, el órgano oficioso del Episcopado, «Ya», comenta: «El respeto tan
traído y tan llevado a la libertad de conciencia, que los líderes socialistas
proclamaban antes de las elecciones para tranquilizar el voto de algunos
católicos, va quedar, como preveíamos, en agua de borrajas. Y en algo peor.
Los millones de electores católicos que dieron su sí al socialismo, y que son
los que han permitido a éste alcanzar la anormal mayoría hegemónica de que hoy
dispone, tendrán la lamentable eficacia de encadenar también el voto de los
diputados católicos que hay en el PSOE a la ley que propugna la permisividad
del aborto» («Ya», 30-1-83).
También el presidente de la Conferencia Episcopal
Española, monseñor Gabino Díaz Merchán, arzobispo de Oviedo, reconoce que
millones de católicos votaron al PSOE, no viendo, sin embargo, en eso una traición
a la conciencia cristiana:
«Ha habido muchos católicos que han votado al
PSOE, pero ello no significa una aceptación íntegra de su programa. (...).
Considero que el voto a favor del PSOE ha sido,
en muchos cristianos, un voto a la esperanza y a los aspectos que les parecían
positivos en su programa, lo que no suponía echarse a la espalda su condición
de cristianos.
Se ha visto mejor con la venida del Papa. Los
millones de personas que han estado con él y le expresaron su adhesión y su
alegría de sentirse cristianos –aunque no pueda deducirse de esto que sean unos
católicos convencidos– demostraron que no es contradictorio el voto socialista
y el masivo recibimiento al Papa.
Pero no admito que el voto al PSOE equivalga a un
voto al aborto. Poseo testimonios de gentes, tanto creyentes como no creyentes,
que dicen que han votado al PSOE y consideran el aborto una monstruosidad»
(“Ya” y “El Pais”, 20-2-83).
Monseñor Iniesta, obispo auxiliar de Madrid,
admite como verdadero el voto de muchos católicos a los candidatos del PSOE:
«Si diez millones votaron al PSOE, otros diez por lo menos dijeron sí al Papa.
Pero ni aquéllos ni éstos estamos muy seguros de que sucribirían un cheque en
blanco ni al PSOE ni a la Iglesia en todos sus programas. Aparte de que en
muchos casos se trataba de los mismos ciudadanos» (“El Pais”, 18-1-83).
El mismo presidente del gobierno, Felipe
González, declara que su partido recibió, en las últimas elecciones, tres
millones y medio de votos «en prenda», «probablemente porque no había otra
opción que los recibiese» (“Informaciones”,17-2-83). Sobre el origen de esos
votos «en prenda», las declaraciones antes citadas son bastante ilustrativos.
Pero no hay que perder de vista que dentro del mismo PSOE los cristianos son
numerosos, como él afirma con toda naturalidad: «Felipe González fue tajante al
decir que no se debía sacralizar la doctrina de Marx, que, en todo caso, ha
supuesto una aportación al acervo de toda la humanidad y no sólo del
socialismo. En el PSOE no se plantea este problema en la actualidad porque
coexisten pacificamente personas que defienden a Marx, pero apenas le conocen,
con otros que le conocen, pero no defienden con tanto ardor sus teorías, hasta
cristianos que desean modificar la sociedad más por su cristianismo que desde
la perspectiva marxista» (“Informaciones”, 17-2-83).
El obispo de Gerona, monseñor Jaime Camprodón, en
carta abierta a los sacerdotes de su diócesis, también señala complacido que
«ahora hay cristianos presentes en todos los partidos, hecho que no se daba
años atrás», y que «muchos cristianos han votado por el cambio, algunos lo han
hecho por motivaciones cristianas». Concluye monseñor Camprodón: «No podemos
acotar la Iglesia en un sector político determinado, como se había hecho en
otro tiempo» («Ya», 9-1-82).
(5) Poco antes de la revolución republicana del
siglo pasado, cuando era confesor de la reina, San Antonio María Claret
conoció el socialismo en Andalucía, y lo condenó en términos categóricos. En
dos revelaciones proféticas, San Antonio María Claret vio que los males que
sobrevendrían a España serían la descristianización, la proclamación de la
República y el comunismo (cfr. San Antonio María Claret, Escritos
autobiográficos y espirituales, B. A. C., Madrid, 1959. págs. 381, 384, 390 y
393).
(6) Para citar sólo Papas de este siglo, y
teniendo en cuenta las limitaciones naturales de espacio de un documento como
el presente, serán mencionados aqui - de entre muchos– un único texto de Pío XI
y otro de Pío XII.
En la Encíclica Casti Connubii, de 31 de
diciembre de 1930, enseña Pio XI: «Y tenemos que tocar todavía venerables hermanos,
otro delito gravisimo con el que se atenta contra la vida de la prole encerrada
en el claustro materno. Pretenden unos que esto sea permitido y que quede al
beneplácito de la madre o del padre; otros, por el contrario, lo estiman
ilícito, a no ser que concurran motivos graves, a que dan el nombre de indicación
médica, social o eugenésica. Todos éstos, por lo que se refiere a las leyes
penales que prohiben la muerte de la prole engendrada y no nacida todavía,
exigen que las leyes públicas se reconozcan y declaren libre de toda pena el
tipo de indicación que cada cual defiende. Más aún, no faltan quienes
pidan el concurso de los magistrados públicos en estas intervenciones
mortíferas, que, ¡oh, dolor!, son
sumamente frecuentes en algunas partes, como es sabido de todos. (...). Pero
¿qué podrá jamás excusar en modo alguno la muerte directa del inocente? Y de ésta
se trata aquí. Se la infiera a la madre o a la prole, está contra el precepto
de Dios y la voz de la naturaleza: “!No matarás!” (Ex. 20, 13; cfr. Decretos
del Santo Oficio de 4 de mayo de 1898, 24 de julio de 1895 y 31 de mayo de
1884). La vida de ambos es igualmente sagrada, y ni siquiera la autoridad
pública estará facultada jamás para conculcarla» (Doctrina Pontificia.
Documentos Sociales, B.A.C., Madrid 1964, vol. III, 2ª. Edición, pags. 578-9).
Pío XII no es menos vehemente en la condenación
del aborto. Afirma en su alocución del 29 de octubre de 1951 a las matronas:
«Además de esto, todo ser humano, incluso el niño en el seno de su madre,
recibe el derecho a la vida inmediatamente de Dios, y no de los progenitores ni
de cualquier sociedad o autoridad humana. Por tanto, no existe ningún hombre,
ninguna autoridad humana, ninguna ciencia, ninguna “indicación” médica,
eugénica, social, económica, moral, que pueda exhibir u otorgar un título
jurídico válido para directa y deliberadamente disponer de una vida humana
inocente, es decir, una disposición que se dirija a su destrucción, sea como
fin, sea como medio para obtener un fin que tal vez en si mismo no sea
absolutamente ilegítimo. Así, por ejemplo, salvar la vida de una madre es un
fin muy noble; pero directamente matar al niño como medio de obtener ese fin no
es licito. La destrucción directa de una así llamada "vida sin
valor", nacida o aún no nacida, practicada desde hace unos años en gran
escala, de ninguna manera puede justificarse. (...) La vida de un inocente es
intocable y cualquier atentado directo o agresión contra ella viola una de las
leyes fundamentales, sin las cuales no es posible una convivencia humana
segura. No necesitamos enseñaros detalladamente el significado y el alcance,
en vuestra profesión, de esa ley fundamental. Pero no os olvidéis que por
encima de cualquier ley humana y por encima de toda "indicación" se
levanta, indefectible, la ley de Dios» (Discorsi e Radiomessaggi di Sua
Santità Pío XII, vol. III. pág. 336).
El Magisterio conciliar y posconciliar, en el que
ciertas corrientes católicas afirman la existencia de disonancias con relación
al Magisterio preconciliar tradicional, tampoco toleró, sin embargo, ninguna
discrepancia en este asunto.
La Constitución Pastoral Gaudium et Spes,
del Concilio Vaticano II, afirma claramente que «el aborto y el infanticidio
son crímenes abominables» (núm. 51).
No es otra fa enseñanza de Juan Pablo II,
impartida con motivo de la visita a nuestra Patria:
«Hay otro aspecto, aún más grave y fundamental,
que se refiere al amor conyugal como fuente de la vida: hablo del respeto
absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o
pública, puede ignorar. Por ello, quien negara la defensa a la persona humana
más inocente y débil, a la persona humana ya concebida, aunque todavía no
nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede
legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la
sociedad.
¿Qué sentido tendría hablar de la dignidad del
hombre, de sus derechos fundamentales, si no se protege a un inocente o se
llega incluso a facilitar los medios o servicios, privados o públicos, para
destruir vidas humanas indefensas? ¡Queridos esposos! Cristos os ha confiado a
su espíritu para que no olvidéis sus palabras. En este sentido sus palabras son
muy serias: “Ay de aquel que escandaliza a uno de estos pequeñuelos!...; sus
ángeles en el cielo contemplan siempre el rostro del Padre”. El quiso ser
reconocido por primera vez por un niño que vivía aún en el vientre de su madre,
un niño que se alegró y saltó de gozo ante su presencia» (El proyecto cristiano
para la vida familiar – Homilia durante la misa para las familias cristianas,
in Juan Pablo II en España – Texto completo de todos los discursos,
B.A.C., Madrid, 1982, pág. 54).
Por fin, tanto el Código de Derecho Canónico de
1917 como el que acaba de ser promulgado, determinan la pena de excomunión latae
sententiae a «los que procuran el aborto (...) si él se verifica»
(respectivamente, cánones 2350 y 1398).
(7) Sobre este tema léase el excelente estudio
del profesor Plinio Corréa de Oliveira, Trasbordo ideológico inadvertido
y diálogo, Editorial C.I.O., S. A., Madrid, 1971, 79 páginas.
(8) Cfr.
Pe. Ralph M. Wiltgen S. V.
D., The
La Constitución Pastoral Gaudium et Spes
se limitó a la inclusión de una nota, en el punto que se refiere al ateísmo,
remitiendo a documentos de Pío XI, Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI, en los que,
entre otros errores, es condenado también el comunismo. Según la norma propia
de todas las citas, los documentos a que se hace referencia sólo son alegados
en tanto en cuanto corroboran la censura al ateismo. Así, la Gaudium et Spes
parece limitar su condenación explícita al ateísmo comunista.
Detáquese, además, que la Gaudium et Spes
evitó cuidadosamente emplear la palabra comunismo, sea en el texto, sea
en la nota. La referencia al comunismo es hecha por circunloquios:
«20. (...) Entre las formas del ateísmo moderno
debe mencionarse la que pone la liberación del hombre principalmente en su
liberación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su
propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el
espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del
esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de
esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan
violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia
educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance el
poder público.
21.
(Actitud de la Iglesia ante el ateísmo.) La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los
hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta
ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son contrarias
a la razón y a la experiencia humana universal y privan al hombre de su innata
grandezza (16)» (Gaudium et Spes, números 20 y 21).
La
nota 16 del documento conciliar remite, sin mayores aclaraciones, a las
enciclicas Divini Redemptoris, de Pío XI, Ad Apostolorum Principis,
de Pío XII, Mater et Magistra, de Juan XXIII, y Ecclesiam Suam,
de Pablo VI.
(9) Cfr. Ulisse Floridi, S.J., Moscou
et le Vatican – Les dissidents soviétiques face au dialogue, Editions France-Empire, Paris, págs. 147-148.
Hasta hoy, los buenos historiadores y canonistas
se indignan con el derecho de veto que los Jefes de las grandes Monarquías
católicas de Europa ejercían en los cónclaves para elegir a los Pontífices romanos.
Y así no ahorran críticas, por cierto justas, a Francisco José, emperador de
Austria, por haber vetado la elección del cardenal Rampolla como sucesor de
León XIII. San Pío X suprimió muy oportunamente ese derecho de veto.
Mucho más grave que ese veto, cuyo objeto
inmediato fueron personas y no doctrinas, fue el veto ejercido por el Kremlin,
a través de los «simples» observadores de la “Iglesia Ortodoxa Rusa”, sobre el
pronunciamiento, de inmediato e incalculable alcance doctrinal, que 450 padres
conciliares consideraron necesario.
(10) Cfr. La
politica de distensión del Vaticano con los gobiernos comunistas – Para la TFP:
¿omisión o resistencia?,
documento en que las TFP y entidades congéneres se declraban en estado de
resistencia frente a la “Ostpolitik” de Pablo VI. Publicado en 73 periódicos y
revistas de once países, esa Declaración no sufrió ninguna contestación
por parte de autoridad religiosa alguna, quedando así reconocida implicitamente
su ortodoxia y conformidad con las leyes de la Iglesia.
Las TFP constituyen una familia de entidades,
profundamente pacíficas, pero no conformes con el estado de espíritu y la
política aquí llamadas peyorativamente de pacifistas, comenzada en Yalta y que
todavía en nuestros días marca profundamente varios aspectos de la vida internacional.
Tal pacifismo penetró, naturalmente, en el
llamado movimiento ecuménico, que tiende a borrar cada vez más, en el
terreno religioso, las fronteras entre la verdad y el error, el bien y el mal,
dicho sea de paso y para completar el panorama. Pues el ecumenismo es
extrínseco al tema de este Llamamiento.
(11) Dice Paul Bourget en su célebre obra Le
démon du midi : «Cumple vivir como se piensa, so pena de, más tarde o
más temprano, acabar pensando como se vivió» (op. Cit., Librairie Plon, Paris,
1974, vol. II, pág. 375).
(12) Cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, El socialismo autogestionario:
frente al comunismo, ¿es una barrera o una cabeza de puente?, Mensaje de
las Sociedade de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad de España,
Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Colombia, Chile, Ecuador, Estados Unidos,
Francia, Portugal, Uruguay y Venezuela, publicado en 49 periódicos de 19
países (cfr. «Covadonga Informa», edición especial, números 49-52, septiembre-diciembre
1981).
El sistema autogestionario es propugnado también
por el PSOE, como se desprende de varios de sus documentos (cfr. El socialismo
español y la doctrina tradicional de la Iglesia-Carta abierta de la Sociedad
Cultural Covadonga-TFP al PSOE, «ABC», Madrid, 22-10-82, nota 3).
(13) Habituado a ver en el socialismo tan sólo
una doctrina y una estructura partidaria orientadas hacia la implantación de un
régimen socioeconómico igualitario, el gran público ignora que la instauración
del aborto no es una mera peculiaridad accidental y extrínseca del PSOE, sino
que, por el contrario, el aborto forma parte del orden de cosas ideal soñado
por los socialistas. Así se explica que la legalización del aborto figure en el
programa y en las resoluciones no sólo del PSOE, sino también en el de otros –
e importantes – partidos socialistas.
Una resolución del XI Congreso de las Mujeres de
la Internacional socialista dice así: «Las mujeres de la Internacional
socialista defienden con todos sus medios el progreso hecho en diferentes
países del mundo con relación a las leyes relativas a los anticonceptivos,
aborto y divorcio» («Socialist International Women Bulletin», número 1, 1981,
pág. 4).
Otra resolución del Congreso de las Mujeres de la
Internacional Socialista manifiesta la solidaridad con las mujeres del
PSOE y «apoyan su lucha en favor del
acceso libre e informado de la mujer al control de su fertilidad, incluida la
posibilidad de recurrir al aborto voluntario» («Socialist International Women
Bolletin», números 4-5, 1982, pág. 29).
El programa del Partido socialista Portugués
propugna: «Se revocará toda la legislación represiva del aborto, ilustrando a
las poblaciones sobre los medios anticonceptivos y sobre el hecho de que el
aborto no sea un medio de resolver los problemas de los excesos de natalidad.
Se asegurarán rigurosas condiciones clínicas cuando el aborto sea realizado»
(item 3.7.2.4).
También el programa del Partido Laborista inglés
– integrante de la Internacional socialista – es favorable al aborto: «Creemos
que es necesario a una legislación que asegure a todas las mujeres el derecho
de interrumpir la gravidez dentro de los límites de tiempo normalmente
permitidos por la legislación» (Labour's
Programme 1982, pág. 104).
A su vez, los dos Partidos Socialistas italianos
–el PSI y el PSDI– apoyaron la ley abortista 194 en el referéndum de 1981.
De igual manera es favorable al aborto el Partido
Socialista francés (cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, El socialismo
autogestionario frente al comunismo: ¿es una barrera o una cabeza de puente?.
Mensaje de las 13 TFP, nota 20).
Por lo que se refiere al PSOE, cfr. El
socialismo español y la doctrina tradicional de la Iglesia - Carta abierta de
la Sociedad Cultural Covadonga al PSOE, «ABC», Madrid, 22-10-82, ítem 1,
2.