Mediocrologos
Plinio
Corrêa de Oliveira (*)
"Al mediocre le agradan los escritores que no dicen ni sí, ni no, a
respecto de ningún asunto, que nada afirman, y que tratan con respeto todas las
opiniones contradictorias.
Toda afirmación categórica le parece insolente, pues excluye la propuesta
contraria. Pero si alguien es un poco amigo y un poco enemigo de todas las
cosas, el mediocre lo considerará sabio y reservado, le admirará la delicadeza
de pensamiento le elogiará el talento de las transiciones y de los matices.
Para escapar a la censura de intolerante, hecha por el mediocre a todos
los que piensan con firmeza, sería necesario refugiarse en la duda absoluta: e
incluso en tal caso, sería preciso no llamar a la duda por su nombre. Es
necesario formularla en términos de opinión modesta, que respeta los derechos
de la opinión opuesta, toma aires de decir alguna cosa y no dice cosa alguna.
Es preciso atìadir a cada frase una perifrasis azucarada: 'parece que’, 'yo
osaría decir que', 'si es licito expresarse así’.
Al activista de la mediocridad, cuando actúa, le queda una preocupación: es
el miedo de comprometerse. Asi, él expresa algunos pensamientos robados a
'Pero-grullo' (1), con el cuidado, la timidez, la prudencia de un hombre
receloso de que sus palabras, demasiado osadas, estremezcan al mundo.
Al juzgar un libro, la primera palabra de un hombre mediocre se refiere
siempre a un pormenor y, habitualmente, a un pormenor de estilo. 'Está bien
escrito’, dice él, cuando el estilo es corriente, tíbio, incoloro, timido.
'Está mal escrito’, afirma el, cuando la vida circula en una obra, cuando el
autor va creando para sí un lenguaje a medida que habla, cuando expresa sus
pensamientos con ese desembarazo osado que es la franqueza del escritor. El
mediocre detesta los libros que le obliguen a pensar. Le agradan los libros que
se parecen a todos los otros, los que se ajustan a sus hábitos, que no hacen
estallar su molde, que caben en su ambiente, que se conocen de memoria antes de
haberse leido, porque tales libros se parecen a todos los otros que leyó desde
cuando aprendió a leer".
"El hombre mediocre dice que hay algo de bueno y de malo en todas las
cosas, que es preciso no ser absoluto en sus juicios, etc.".
"Si alguien afirma con fuerza la verdad, el mediocre lo acusará de
exceso de confianza en sí mismo. El, que tiene tanto orgullo, no sabe lo que el
orgullo es. El es modesto y orgulloso, dócil frente a Marx (2), y rebelde
contra la Iglesia Católica. Su lema es el grito de Joab: 'Soy audacioso sólo
contra Dios’ ."
* * *
"El mediocre, en su temor de las cosas superiores, afirma apreciar por
encima de todo el sentido común: pero el no sabe lo que es el sentido común. Pues
por esas palabras entiende la ncgación de todo cuanto es grande.
* * *
"El hombre inteligente eleva la frente para admirar y para adorar; el hombre
mediocre eleva la frente para burlarse; le parece ridículo todo lo que está por
encima de el, y lo infinito le parece vacío".
* * *
Para sentir todo el sabor de estas frases, sería preciso leerlas en el
original francés. Las escribió uno de los héroes del catolicismo militante en
Francia. Ernest Hello (1828-1885).
Al recorrer esas observaciones sobre el mediocre, el lector habrá tal vez
sonreído maliciosamente, más de una vez, por sentir cuanto esta o aquella se
aplica a tales o cuales personajes de la vida privada, y más especialmente de la
vida pública del mundo contemporáneo.
Se habla tanto de la conscientización. ¿Tienen nuestros pueblos entera
consciencia de la mediocridad de tantos de nuestros 'astros`?
Ahora bien, esto me parece una obra de salvación nacional. Me explico. Los vemos
tambalearse indecisos, envueltos en las terribles marañas de sus problemas
actuales. Pero todo parece irse hundiendo gradualmente. Y muchas cosas por aquí
o por allá amenazan seriamente con desmoronarse de un momento para otro.
Falta en la vida pública el número suficiente de hombres capacitados para
resolver tal situación. Y, sobre todo, los que hay, están esparcidos,
desarticulados, aturdidos. En suma, hombres, cuyo consenso todavía podría salvarlo
todo, ahi están sin salvar nada.
¿Y por qué son ellos así? Porque los legitimos anhelos de paz
experimentados por los hombres a raiz de la ultima post-guerra comenzaron a ser
desviados, ya por ocasión de Yalta, hacia el pantanal de un pacifismo invertebrado
y utópico. Pacifismo ese que tuvo en la politica exterior de Carter, como en
multiples modalidades de “détente”, de "Ostpolitik" y de ecumenismo,
su expresión más exacta.
Nada afirmar, nada negar, por casi ningun derecho reclamar, contra ninguna
obscenidad protestar, en fin, enarbolar la moderación como regla suprema de
pensar, condición forzosa del querer, del sentir y del actuar: todo esto lanzó
a Occidente en el pantanal de la mediocridad.
Mientras tanto, los dirigentes de la otra parte del mundo se ríen de nuestra
inmensa miseria, que progresa sin cesar un instante.
Su sede está en el Kremlim...
He leído sobre especialistas en Kremlim: los kremlinólógos. Cuando están
bien orientados, son de una indiscutible utilidad.
Pero nos falta otra categoría de especialistas: los mediocrólogos. ¿Qué de
definitivo se puede obtener combatiendo al Kremlin, reduciendole en algunos centimetros
o en algunos metros la orgullosa torre de mando, si su adversario, el Occidente,
se ufana en mediocrizarse cada vez más? ¿En esa caminata hacia abajo, no es verdad
que llegaremos muchisimo antes que el Kremlin, al punto cero?
(1) En el
original francés, “M. de la Palisse”.
(2) En el
original francés, “Voltaire”.
(*)
Transcrito de la “Folha de S. Paulo”, 22-7-1983.