Lutero:
¡no y no!
Plinio
Corrêa de Oliveira (*)
En 1974 tuve la honra de ser el primer firmante de un manifiesto publicado
en algunos de los principales diarios de Brasil y reproducido en casi todas las
naciones donde existían las TFP, que eran once a la sazón.
Su título era: “La
política de distensión del Vaticano con los Gobiernos comunistas - Para la
TFP: ¿omisión o resistencia?” (cfr. “Folha de S. Paulo”, 10-4-1974).
En éste las entidades declaraban su respetuoso desacuerdo con la Ostpolitik
conducida por Pablo VI y exponían sus razones pormenorizadamente. Sea dicho de
paso que todo fue expresado de una manera tan ortodoxa, que nadie levantó
ninguna objeción al respecto.
Para resumir al mismo tiempo, en una sola frase, toda la veneración y
firmeza con la que declaraban su resistencia a la Ostpolitik vaticana, las TFP
decían al Pontífice: “Nuestra alma es vuestra, nuestra vida es vuestra.
Mandadnos lo que queráis. Sólo no nos mandéis que nos crucemos de brazos ante
el lobo rojo que arremete. A esto nuestra conciencia se opone.”
Me acordé de esta frase con especial tristeza al leer la carta escrita por
Juan Pablo II al cardenal Willebrands (cfr. “L'Osservatore Romano”, 6-11-1983),
a propósito del quingentésimo aniversario del nacimiento de Martin Lutero, y
firmada el 31 de octubre p. p., fecha del primer acto de rebelión del
heresiarca en la iglesia del castillo de Wittenberg. Ella está tan llena de
benevolencia y amenidad, que me pregunté si el augusto firmante se había
olvidado de las terribles blasfemias que el fraile apóstata lanzó contra Dios,
Cristo Jesús, Hijo de Dios; el Santísimo Sacramento, la Virgen María y el propio
Papado.
Lo cierto es que él no las ignora, pues están al alcance de cualquier
católico culto, en libros de buen quilate que todavía no se han hecho
difíciles de obtener.
Tengo en mente dos de ellos. Uno es nacional: “La Iglesia, la Reforma y la
Civilización”, del gran jesuita P. Leonel Franca. El silencio eclesiástico
oficial va dejando caer el polvo del tiempo sobre el libro y su autor.
El otro libro es de uno de los más conocidos historiadores franceses de
este siglo: Funck-Brentano, miembro del Instituto de Francia. Este autor, por
más señas, es protestante.
Comencemos citando trechos recogidos en “Luther”, obra de este último
(Grasset, París, 1934, séptima edición, 352 páginas). Vamos directamente a esta
blasfemia sin nombre: “Cristo —dice Lutero— cometió adulterio por primera vez
con la mujer de la fuente de quien nos habla San Juan. ¿No se murmuraba en
torno a El: "¿Qué hizo, entonces, con ella?"? Después, con Magdalena;
enseguida, con la mujer adúltera, que El absolvió tan livianamente. Así,
Cristo, tan piadoso, también tuvo que fornicar antes de morir” (“Propos de
table”, núm. 1472, ed. de Weimar II, 107 - cfr. op. cit., pág. 235).
Leído esto, no nos sorprende que Lutero piense —como apunta Funck-Brentano—
que “ciertamente Dios es grande y poderoso, bueno y misericordioso (...), pero
estúpido —"Deus est stultissimus" ("Propos de table", núm.
963, ed. de Weimar, I, 478). Es un tirano. Moisés procedía, movido por su
voluntad, como su lugarteniente, como verdugo que nadie superó, ni aún igualó,
en asustar, aterrorizar y martirizar al pobre mundo” (op. cit., pág. 230).
Esto es estrictamente coherente con esta otra blasfemia que convierte a
Dios en el verdadero responsable por la traición de Judas y la rebelión de
Adán: “Lutero —comenta Funck-Brentano— lega a declarar que Judas, al traicionar
a Cristo, procedió bajo la imperiosa decisión del Todopoderoso. Su voluntad
(la de Judas) era dirigida por Dios; Dios lo movía con su omnipotencia. El
propio Adán, en el paraíso terrenal, fue obligado a proceder como procedió.
Estaba colocado por Dios en tal situación, que le era imposible no prevaricar”
(op. cit., pág. 246).
Aún coherente con esta abominable secuencia, en un panfleto titulado “Contra
el pontificado romano fundado por el diablo”, de marzo de 1545, Lutero no llamaba
al Papa de “Santísimo”, según la costumbre, sino de “infernalísimo”, y agregaba
que el Papado siempre se mostró sediento de sangre (cfr. op. cit., págs.
337-338).
No sorprende que, movido por tales ideas, Lutero escribiese a Melanchton, a
propósito de las sangrientas persecuciones de Enrique VIII contra los
católicos de Inglaterra: “Es lícito encolerizarse cuando se sabe qué especie de
traidores, ladrones y asesinos son los papas, sus cardenales y legados. Le
complacería a Dios que varios reyes de Inglaterra se empeñaran en acabar con
ellos” (op. cit., pág. 254).
Por eso mismo también exclamó: “Basta de palabras. ¡El hierro! ¡El fuego!” Y
añadió: “Castigamos a los ladrones a espada; ¿por qué no hemos de agarrar al
Papa, a los cardenales y a toda la pandilla de la Sodoma romana y lavarnos las
manos en su sangre?” (op. cit., pág. 104).
Este odio de Lutero lo acompañó hasta el fin de su vida. Afirma
Funck-Brentano: “Su último sermón público en Wittenberg es del 17 de enero de
1546: el último grito de maldición contra el Papa, el sacrificio de la misa,
el culto de la Virgen” (op. cit., pág. 340).
No asombra que grandes perseguidores de la Iglesia hayan festejado su memoria.
Así, “Hitler mandó proclamar fiesta nacional en Alemania la fecha conmemorativa
del 31 de octubre de 1517, cuando el fraile agustino rebelde fijó, en las puertas
de la iglesia de Wittenberg, las famosas 95 proposiciones contra la supremacia
y las doctrinas pontificias” (op. cit., pág. 272).
Y a pesar de todo el ateísmo oficial del régimen comunista, el doctor Erich
Honnecker, presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Defensa (el
primer hombre de la República Democrática Alemana), aceptó encabezar el
comité que, en plena Alemania roja, organizó las aparatosas conmemoraciones de
Lutero este año (cfr. “German Comments”, de Osnabrück, Alemania occidental,
abril de 1983).
Nada más natural que el fraile apóstata haya despertado tales sentimientos
en un líder nazi y más recientemente en el líder comunista.
Nada más desconcertante, y hasta vertiginoso, que lo que ocurrió en un
escuálido templo protestante de Roma, con motivo de la recientísima
conmemoración del quingentésimo aniversario del nacimiento de Lutero, el día
11 del corriente.
Participó de ese acto festivo, de amor y admiración por la memoria del
heresiarca, el prelado que el cónclave de 1978 eligió Papa; a quien incumbe,
por tanto, la misión de defender los santos nombres de Dios y Jesucristo, la
Santa Misa, la Sagrada Eucaristía y el Papado contra heresiarcas y herejes.
“Vertiginoso, espantoso”, gimió a propósito de eso mi corazón de católico,
que, sin embargo, redobló su fe y su veneración por el Papado.
* * *
Sólo me queda por citar, en el próximo artículo, “La Iglesia, la Reforma y
la Civilización”, del gran sacerdote Leonel Franca.
(*) “Folha de
S. Paulo”, 27 de diciembre de 1983.