LA MANGUERA, EL DESEO Y EL DEBER
Plinio Correa de Oliveira (*)
Circunstancias diversas me impidieron que escribiese a propósito de la Instrucción
"Sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación", cuyo autor
fue el cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación para la
Doctrina de la Fe. Aprovecho sin embargo la primera ocasión para hacerlo. Cumplo
así —y con cuanto gusto— un deber especial, nacido para mí de un hecho que es
indispensable recordar apuí.
En 1974 —hace por tanto diez años— las TFPs entonces existentes publicaron
una declaración concerniente a la "Ostpolitik" vaticana y al
conjunto de la actuación de Pablo VI frente al comunismo, tan diferente de la
de su antecesor Pío XII. La declaración constituía un análisis esmerado del
asunto y se titulaba significativamente: "La
política de distensión del Vaticano con los gobiernos comunistas - para la
TFP: ¿omisión o resistencia?". Ocupó tres cuartos de página de
la Folha de S. Paulo (10-4-74). Su
Ienguaje era respetuoso, pero al mismo tiempo muy franco. Su tópico culminante,
y que resume el espíritu con que fue escrito, es el siguiente: "En este
acto filial, decimos al Pastor de los Pastores: Nuestra alma es Vuestra,
nuestra vida es Vuestra. Mandadnos lo que quisieréis. Sólo no nos mandéis que
crucemos los brazos delante del lobo rojo que embiste. A esto nuestra
conciencia se opone". El documento fue reproducido en 73 periódicos o
revistas de once países, sin que me conste que nadie haya hecho la menor
objeción a la ortodoxia y a la rectitud canónica de él.
Desde entonces, no conozco, de fuente vaticana, un sólo pronunciamiento
sobre el comunismo, que compense lo que se podría llamar, por lo menos, de
unilateralidad de la "Otspolitik" vaticana. "No conozco",—
acabo de decir. Note pues el lector que no estoy afirmando que no exista tal
documento. Es tan abundante la producción doctrinaria postconciliar, que dudo
mucho exista quien, fuera de los círculos estrictamente especializados, la
conozca toda, de tal modo que pueda afirmar que, por lo menos en este o en
aquel inciso de este o aquel documento, no se encuentre algún pronunciamiento
taxativamente condenatorio del comunismo. Sin embargo, esto es tan improbable,
que si alguien me apuntase ese inciso, me causaría satisfacción y también mucha
sorpresa...
Con la Instrucción del Cardenal Ratzinger, se puede decir que algo ha cambiado
en ese panorama desolador. Pues alerta a los católicos de los desvíos doctrinales
de inspiración marxista, los cuales proliferan ampliamente por todo Brasil y
América del Sur. Y, a mi ver, tiene gran responsabilidad por esa verdadera
erisipela de agitación social, la cual se viene arrastrando por todo el
interior de Brasil, con evidente tendencia a radicalizarse y a transformarse
en una inmensa guerrilla.
Para quien se afligía ante este espectáculo, de momento trágico, pero que
dentro de poco se puede transformar en apocalíptico, ver que un órgano como la
Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe afirma, claramente, la incompatibilidad
de la doctrina católica con el marxismo es algo así como quien, dentro de un
incendio, siente llegar a sí, inesperadamente, el chorro de agua fresca y
bienhechora de una manguera de bomberos.
Y a mi, que, como presidente del Consejo Nacional de la TFP brasileña, fuí
el primer firmante de la referida declaración de resistencia a la
"Otspolitik" vaticana, me incumbe el deber de justicia de manifestar
aquí la alegría, la gratitud y sobre todo la esperanza que siento, dentro del
incendio, con la llegada de este alivio.
Sé que hermanos en la fe, extrínsecos a los contornos de la TFP, y sobre
todo fuera de Brasil, se abstienen de exteriorizar análogos sentimientos,
especialmente porque juzgan que una sola manguera es insuficiente para apagar
todo un incendio.
También juzgo que una sola manguera no apaga un incendio. Pero esto no
impide que la saludemos como un beneficio. Tanto más cuanto que no tengo prueba
de que nos quedaremos sólo en esa manguera. Fue inesperada la Instrucción del
Cardenal Ratzinger? ¿Un paso inesperado no invita a esperar otros en la mima
línea, también más o menos inesperados?
Al escribir estas reflexiones, es natural que ponga los ojos sobre lo que podría
llamar el "lendemain" de todo el alboroto publicitario hecho por la
prensa internacional sobre la controversia, designada por la prensa de
"RatzingerBoff". De ella se ocupó el mundo entero. Desde los medios
de comunicación social comunistas hasta los más anticomunistas. De "extremismo
a extremismo"— diría alguien.
En el momento en que dicto esta frase tengo en las manos un bastón y me pregunto
si sería posible que existieran bastones sin extremos. Alguien me diría que
sí: bastaría cortar las dos puntas del bastón. Pero así que hubiese hecho este
corte, vería que el bastón continuaría teniendo dos extremos, que, poco antes
de la poda, tal vez se llamasen centro derecha y centro izquierda.
Y he aquí a nuestro hombre que corta, afligido, las nuevas puntas. Y así en
adelante hasta acabar con el bastón. La caza relativista de los extremos, sólo
por ser extremos, termina con la opinión pública exactamente como acabaría con
el bastón. Pero dado este pellizco de pasada, en los "enragés" del
centrismo, vuelvo a mi tema.
La opinión pública está tan exhausta de manipulaciones de todo orden, que
parece ansiosa de atonía. Apenas había llegado fray Boff a Brasil, cuando se
apagaron en torno de él los reflectores, se enmudecieron los altavoces, y se
silenciaron los periódicos. Y el pueblo con gusto se evadió de ese nuevo suspense,
para respirar un poco en las despreocupadas niñerías de la vida cotidiana.
Pero el Vaticano, siempre ejemplarmente informado, sabe que la Teología de
la Liberación no por eso cesó de crepitar en América del Sur. Y que especialmente
sus errores, de los cuales la Instrucción
en buena hora apuntó algunos, están retomando todo su dinamismo en la misma
medida en que sobre la Instrucción
baja la cortina del olvido. Todo esto nos hace augurar que ocurra lo
inevitable. Esto es, en la lógica de la propia Instrucción está claro que se debe recelar la difusión de esos
errores, si no fuesen contenidos por obstáculos doctrinales y prácticos.
Esperar que estos surjan es nuestro deber.
(*) Transcrito
de la "Folha de S. Paulo", 10 de diciembre de 1984