LA
VISITA: ESPERANZAS
Plinio
Corrêa de Oliveira (*)
Aguardo con viva y simpática espectativa la visita a las naciones
septentrionales de América del Sur —Venezuela, y Ecuador, así como a Perú, ya
no septentrional— que S.S. Juan Pablo II comenzará en Caracas a partir del
próximo día 26.
Por cierto, el destino, no sólo de estas naciones sino de toda lberoamérica,
está en este momento en las manos del Pontífice. Una palabra suya podrá salvar
del abismo de la revolución social al mayor bloque de población católica de
nuestros días, el cual se extiende desde el Rio Grande, en los confines de
Méjico con los Estados Unidos, hasta las gélidas extremidades de la Patagonia,
ya vueltas hacia el continente Antártico.
"Salvar de la revolución social" —dije. Hay mucho más que esto.
Pues la agitación comunista y socialcomunista puede traer no sólo las
injusticias y las violencias que le son inherentes, sino también algo más
profundo y peor. Esto es, la conquista del Poder por grupúsculos marxistas
incrustados en los ambientes políticos de todas las naciones sudamericanas,
como también por la inmensa corriente filomarxista de la Teología de la
Liberación, esparcida en los medios católicos. O sea, horresco referens, la
victoria del virus del ateísmo, inyectado en nuestros días en la Iglesia entregada
a la autodemolición y penetrada por el humo de Satanás.
Es cierto que, comunistizada Iberoamérica, Estados Unidos y Europa
occidental perderán un apoyo económico y político absolutamente indispensable,
cuya falta sólo entonces sentirán.
En otros términos, pienso que la gran lucha mundial pro y contra el
comunismo podrá ser ganada o perdida en Iberoamérica.
Por otra parte es verdad también que —como arriba dejaba entender— el
comunismo sólo tiene importancia en el mundo iberoamericano en cuanto
infiltrado en la Iglesia.
Tal infiltración presenta zonas de intensidad desiguales. Es auténtica y
hasta fanática en ciertos medios de la sagrada Jerarquía, y en algunos
ambientes directivos del laicado católico. Sin embargo, sólo adquirió alguna
repercusión en los demás ambientes católicos, porque estos imaginan ver
fielmente reflejado el pensamiento de los Papas postconciliares en las
predicaciones (o más bien en las incitaciones demagógicas) de ciertos obispos,
sacerdotes y religiosas. Bastará una palabra de esclarecimiento del Pontífice,
que sea diáfana, consistente y fuerte, para que la inmensa mayoría de los que
siguen la "izquierda católica" se desinterese de las incitaciones
subversivas de esta.
..."Decid una sola palabra, que nuestra Patrias serán salvadas".
Es con esta fórmula en el corazón y en los labios (o por otra, en la punta de
la pluma) que me dispongo a acompañar de lejos esta nueva visita de S.S. a
nuestro continente.
En esto pensaba, precisamente con motivo del viaje a Brasil, con el que nos
honró el Pontífice en 1980. Entre tanto, ese pensamiento no se renueva en mi
exactamente con las características de 1980. El curso de los hechos le añadió
algo. Algo de prometedor que expresa en esta bonita palabra: esperanza. Esperanza
para la cual, confieso, no vi motivos en 1980.
Esta esperanza resulta de un hecho, o más bien de una cadena de hechos que
hace pocos meses llenaron las columnas de todos los periódicos de Iberoamérica,
y de muchos de los mayores periódicos de Occidente.
No hay quien no se acuerde de que, entonces, la Instrucción sobre algunos aspectos de la "Teología de la
Liberación", publicada por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la
Fe, diera ocasión a que la prensa Iberoamericana transformase súbitamente, y
con alboroto, a Fray Leonardo Boff en una celebridad, propia a contender con el
Cardenal Ratzinger de un modo sórdido y petulante al mismo tiempo.
Ahora bien, el tema alrededor del cual se desarrollaba toda esta controversia
era esencialmente la presencia del pensamiento marxista en muchas corrientes
de la Teología de la Liberación; esa presencia, el Cardenal Ratzinger la
censuraba en su famosa Instrucción,
al paso que Fray Leonardo Boff y tantos otros la justificaban, cuando no la
defendían abiertamente.
El propio Juan Pablo II confirmó y amplió con nuevas enseñanzas la doctrina
expuesta en el documento del Cardenal Ratzinger, en alocuaciones dirigidas
respectivamente a los episcopados de Ecuador y Perú, llegados a Roma en visita
"ad limina apostolorum", así como a los obispos del CELAM, durante su
viaje al Caribe, en octubre p.p. Así tuvimos ocasión de expresar nuestras esperanzas,
no sólo en artículo para la "Folha
de S. Paulo" el 10-12-1984, como en telex
oficial de la TFP brasileña a S.S., el 30 de octubre p.p.
Pero el curso de esas esperanzas, compartidas también por tantas otras
personalidades o grupos católicos, quedó provisionalmente suspendido por el
silencio gradual en que los medios de comunicación social atollaron el
importante debate.
Entretanto, parece absolutamente incoherente que el camino rumbo a la
expurgación de las influencias marxistas, en tan buena hora iniciada por el
Vaticano, quede así paralizado indefinadamente. Por el contrario, es razonable
esperar que el Pontífice aproveche su visita en tierras de América del Sur para
dar al asunto el impulso que merece. De lo que parece haber sido un inicio
alentador la alocución del Pontífice al Colegio de Cardenales, en el día 21 de
diciembre p.p., en la que defendió con vehemencia el documento del cardenal
Ratzinger.
Puede ser que no diga nada sobre el tema en Venezuela. Efectivamente esa
querida nación está gobernada por el partido fuertemente izquierdista, Acción
Democrática (AD), afiliado incluso a la Internacional Socialista (que se ufana
de ser la continuadora de la Asociación Internacional de los Trabajadores,
fundada por Karl Marx). El Presidente de la República y todo su Gabinete
pertenecen a AD. Igualmente es de AD la mayoría en el Senado y en el Congreso.
Además, AD cuenta, en ambas cámaras, con el apoyo de varias corrientes izquierdistas
menores, entre las cuales el Partido Comunista. No cause asombro, por tanto, que
el Pontífice se abstenga de decir algo sobre el gran asunto, cuando esté
visitando a tales anfritiones. Sin embargo, ya en Ecuador o Perú, le será mucho
más fácil hacerlo. Y es esta perspectiva la que explica nuestra esperanza,
así como la de tantos católicos iberoamerìcanos.
Que la Santísima Virgen ilumine al Pontífice en esta tan importante
coyuntura: es lo que al Cielo pedimos.
(*)
Transcrito de la “Folha de S. Paulo”, 21 de enero de 1985