“Covadonga Informa”, Agosto/Septiembre 1985, Año VIII
– Núm. 96
CARTA PASTORAL DEL EXMO. SR. OBISPO DE
CUENCA
TFP-Covadonga se honra hoy en publicar el texto íntegro
de la Carta Pastoral de Monseñor José Guerra Campos sobre la reciente
promulgación en nuestra Patria de la ley que introduce la matanza de los
inocentes.
Siempre causa admiración —dentro y fuera de nuestras
fronteras— las categóricas posturas del actual Obispo de Cuenca, pero la
publicación de la que ahora transcribirnos muestra como él se superó a si
mismo.
¡Que la Providencia Divina mantenga este gran
prelado a esta altura y haga fructificar su ejemplar actitud!
* * *
LEGITIMACIÓN DE UN CRIMEN
ABORTO PRÁCTICAMENTE LIBRE
Ley inmoral
El Jefe del Estado y Rey de España acaba de
sancionar y promulgar una ley —aprobada por las Cortes Generales, a propuesta
del Gobierno— por la cual queda permitido en España el aborto provocado en
determinados supuestos. («Boletín Oficial del Estado», 12 de julio de 1985,
día negro en la historia de España).
De este modo, a pesar de los avisos de las más altas
instancias morales, se ha consumado la legitimación de unas agresiones «contra
la vida del ser humano más indefenso e inocente» (Episcopado Español): «Crimen
abominable» (Concilio Vaticano II), «que nunca, en
ningún caso, se puede legitimar» (Papa Juan Pablo II).
Una exposición razonada de la ley moral y la
doctrina de la Iglesia, en el marco de la situación española, la hemos dado en
el Boletín del Obispado de Cuenca, enero y febrero-marzo de 1983. No es hora de
reiterar doctrinas, sino de señalar la gravísima situación que se ha creado y
de interpelar a los agresores con la fuerza que exigen la justicia y la sangre
de los inocentes. Con la dureza implacable con que Nuestro Señor Jesucristo
fustigó a quienes se auto justificaban mientras inducían a engaño al pueblo, a
quienes escandalizaban a los sencillos.
El Papa Juan Pablo II,
hablando solemnemente a España y refiriéndose precisamente a las autoridades y
a una ley del tipo de la ahora promulgada, ha dicho: «Quien negara la defensa a
la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida,
aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral».
Los Poderes públicos en España, en contra de su misión primaria, niegan
protección a la vida de los más débiles. Más aún: facilitan con medios públicos
la acción homicida. Por eso no cabe hablar sólo de despenalización. Estamos
ante una legalización de un crimen.
No vale invocar el pluralismo de pareceres ni
conformarse con una simple manifestación de opiniones, como si todo fuese una
amable tertulia. Porque, según la enseñanza pontificia, «la vida de un niño
prevalece sobre todas las opiniones». Prevalece sobre todas las constituciones.
Prevalece, a fortiori,
sobre todas las argucias propagandísticas. Prevalece sobre todas las simulaciones
diplomáticas.
Decir que esta ley es sólo permisiva y que no obliga
a nadie, es una falacia cruel: porque es ley permisiva de una matanza de
inocentes, y condena a la indefensión a las víctimas de la agresión injusta.
Legitima un crimen.
La restricción de la ley a algunos supuestos no
modifica su calificación moral; pues, en ningún caso, es permisible el aborto
voluntario. Pero, además, el juicio moral no se detiene en apariencias
formalistas. Mira al bien y al mal reales: y es notorio que en el contexto
social en que la ley se implanta su proyección abortista es mucho más amplía
que el tenor de la letra. La ley no funciona como expresión de benignidad
penal, sino como incentivo y justificación. La sentencia del Tribunal
Constitucional ha puesto al desnudo la omisión de garantías por parte de los
legisladores. Numerosas declaraciones de gobernantes (algunas muy recientes y
referidas a la sentencia mencionada) y las de publicistas y personas que se
jactan impunemente de promover y realizar abortos demuestran que los
interesados en aprovecharse de la ley dejan de lado los supuestos «oficiales»,
que apenas toman en consideración, y acogen la ley como un portillo para
lograr la impunidad del aborto en otros muchos supuestos. La voluntad de «protección»
de los «nascituros», que la Constitución exige, está
oscurecida. Se destaca, en cambio, la voluntad de favorecer a las abortantes,
ensanchando alguno de los motivos hasta poder usarlo como pretexto universal.
Para mayor irrisión, la misma ley autoriza a las
embarazadas a abortar sin ninguna de las garantías que la ley establece y el
Tribunal Constitucional exigía (!!!). Aborto
prácticamente libre.
En todo caso, la abundancia de feticidios, con la
agravante de la monstruosa utilización comercial de los fetos, hace que en el
mundo de hoy el problema moral del aborto sea cualitativa y cuantitativamente
el más grave, más que el terrorismo: y esta ley no contribuye a remediarlo.
No puede cesar la oposición a la ley
La oposición a otras leyes cesa en el momento de ser
promulgadas; se acatan, aunque sean insatisfactorias. Esta, no. Después de su
promulgación es cuando empieza lo peor, lo intolerable. Mientras la ley dure,
hay que denunciarla, rechazarla, exigir su revocación.
Personas e instituciones, que mantienen ruidosas e
inacabables batallas en defensa de intereses de menor cuantía, se muestran muy
solícitas por conseguir el silencio en este asunto. Y entran con vergonzosa
complicidad en la conspiración del silencio. Como si se tratase de un episodio
ya terminado, que sería mejor olvidar. Pero ese silencio encubre una matanza
de inocentes. Es muy cómodo para algunos, mientras chorrea la sangre y los
niños son descuartizados, pretender acallar las voces de protesta manejando con
cínica elegancia de guante blanco vocablos como «tolerancia», «convivencia
pacífica», «moderación», «regulación de una realidad existente». ¿Qué
significa todo eso, cuando lo que se hace es autorizar y facilitar el crimen, a
costa de los más débiles e inocentes? ¿Qué sentido tiene tan falsa palabrería,
a no ser como síntoma de una sociedad en descomposición? ¿Pueden ser tales
palabras la reacción de un organismo sano? ¿Se puede admitir la sinceridad de
ese lenguaje? ¿Aceptan que otros lo utilicen cuando los que así hablan se
sienten víctimas de la agresión?
Es inmoral cooperar en la aplicación de la ley
La cooperación en los abortos legalizados es
gravemente inmoral. Lo es —como advirtió el Papa en España— facilitar medios y
servicios, públicos o privados, para dar muerte a las víctimas indefensas. El
Estado no tiene autoridad para obligar a los médicos y demás sanitarios, ni a
ningún funcionario, a esa cooperación, a la que en conciencia deben negarse.
Un mandato del Poder público en este sentido, no sólo sería desacertado, sino
radicalmente nulo y perverso. Ante él sería necesario decir con los Apóstoles:
«Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres». El Rey dice: «Mando a a todos los españoles, particulares y autoridades, que
guarden y hagan guardar esta ley». Este mandato, incluso a tenor de la ley,
sólo puede exigir la obediencia de los poderes judiciales en cuanto a no
imponer penas: entre otras razones, porque quedan privados de facultad para
hacerlo. Cualquier mandato que implicase cooperación sería recusable. Un
Obispo español, de los órganos directivos de la Conferencia, escribió al ser
anunciada la ley: «No es lícito cooperar ni a la elaboración ni a la promulgación
ni a la puesta en práctica de una ley que va claramente contra las normas
primarias de la moral humana».
Ruina moral de la sociedad
La Constitución Española, al decir que «todos tienen
derecho a la vida», no establece distinciones. Tal derecho ha de ser protegido.
Es extraño que el Tribunal Constitucional interprete
que los de unos sí y los de otros no. Y que donde la Constitución excluye, en
tiempo de paz, la pena de muerte para los asesinos y otros delincuentes, autorice
el Tribunal la muerte de los inocentes en ciertos casos. Pero el problema no
es la interpretación. El gran problema es que, si la Constitución, en su
concreta aplicación jurídica, permite dar muerte a algunos, resulta evidente
que, no sólo los gobernantes, sino la misma ley fundamental deja sin protección
a los más débiles e inocentes. (Y a propósito: ¿tienen algo que decirnos los
gobernantes, más o menos respaldados por clérigos, que en su día engañaron al
pueblo, solicitando su voto con la seguridad de que la Constitución no
permitía el aborto? Y digan lo que digan, ¿va a impedir eso la matanza que se
ha legalizado?)
Mientras dure esta situación, un socavón temible
amenaza los cimientos de la sociedad. El Papa avisó en España que, legitimando
la muerte de un inocente, «se mina el fundamento mismo de la sociedad».
Se mina el fundamento. Por tanto, es patente el
error de los que tratan esto como un punto aislado. Rechazar de modo absoluto
el aborto obliga a revisar la predicación moral sobre la estructura de la
sociedad. Obligación que incumbe igualmente a la Corona. Es contradictorio dar
por bueno un sistema que lleve legítimamente a efectos inadmisibles. No es
posible en conciencia instalarse tranquilamente en él, sin hacer lo necesario
por enderezarlo y por desligarse de responsabilidades que no se pueden
compartir. Pero no es este el momento de desarrollar cuestión de tanto
alcance.
Los responsables deberían, al menos, abrir los ojos
para ver que su actuación mina sus propios cimientos. Es suicida. Porque ellos
seguirán procurando su propia defensa contra los agresores. Y si esto es justo
en sí, ¿es equitativo cuando dejan en la indefensión a los más necesitados? Los
que están patrocinando, a costa de otros, la ley del más fuerte, ¿conservan
alguna credibilidad cuando apelan a valores morales? ¿No han perdido toda
autoridad moral para reclamar respeto a sus propias vidas y para protestar
contra el terrorismo? Los terroristas aplican a sus intereses en determinados
supuestos el mismo criterio moral que los legitimadores del aborto aplican a
otros intereses.
Ahora mismo todas las personas e instituciones
responsables se han hundido en la indignidad: de la que no saldrán mientras
siga el clamor, aunque esté ahogado, de las víctimas inocentes.
Hay que señalar la responsabilidad de quienes
rechazan como absolutamente inmoral el aborto y la desprotección de sus
víctimas, pero han contribuido o contribuyen todavía a que los culpables de ese
crimen se apoyen en votos católicos, ¿Qué se ha hecho, en determinados
ambientes eclesiásticos, de las tan cacareadas «denuncia profética», «voz de
los que no tienen voz», «conciencia crítica de la sociedad»? ¿Dónde está Juan
Bautista diciendo a los poderosos: «No te es licito»? Los profetas, ¿se nos han
vuelto de pronto complacientes cortesanos?
No se libran de responsabilidad los que han «legitimado»
la votación de la ley del aborto, cualquiera que haya sido el sentido de su
voto. ¿No se negaron a participar en la votación de otra ley, por no hacerse
cómplices de la aprobación «ni tan siquiera por la vía pasiva»?
Mientras sea legal matar a los que viven en las
entrañas de sus madres, toda la nación queda manchada: en unos, por comisión o
complicidad; en otros, por omisión. Queda en entredicho su condición de Patria.
Queda especialmente herida la Corona, tradicional amparadora de los débiles y
del derecho natural. Es bien lamentable que ese amparo se haya interrumpido a
costa de los más indefensos, tanto si la institución quiere y no puede como si
puede y no quiere. Esta llaga sólo podrá cerrarse, y no sin humillación, con la
revocación de la ley y la repulsa de los comportamientos homicidas. Y con el
saneamiento estructural al que antes hemos aludido.
* * *
La ley es promulgada en el mes de julio, cuando se
celebra la festividad del Apóstol Santiago, en que la Nación española hace a su
Patrono una de las dos Ofrendas anuales, instituidas hace más de tres siglos,
una por las Cortes, otra por el Rey; suprimidas en 1931, restablecidas en 1937.
¿Puede una nación hacer ofrendas a un Apóstol de Cristo y, al mismo tiempo,
inmolar niños en el altar de Moloc? El Apóstol San
Pablo nos sale al paso clamando: «¿qué concordia hay
entre Cristo y Belial?», «¿qué concierto entre el templo
de Dios y los ídolos?» «No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los
demonios» (1 Cor. 10, 21 y 2 Cor.
6, 15-16).
Los católicos en su relación con la Iglesia
La posición ante la Iglesia de los católicos
responsables de aborto se define en dos planos:
A) El Código de Derecho, en el canon 1.398,
establece para toda la Iglesia: «Quien procura el aborto, si éste se produce,
incurre en excomunión latae sententiae»
(es decir, por el hecho mismo de cometer el delito). La excomunión importa,
entre otros efectos, la prohibición de recibir los Sacramentos y de
celebrarlos y la de tener participación ministerial en cualquier acto de
culto.
Dadas las condiciones de imputabilidad, contraen
esta excomunión todos los que procuran, realizan, cooperan a realizar un aborto
efectivo: los que inducen a la madre; los que gestionan o preparan los medios
para realizarlo; la madre que quiere o deja realizarlo; los autores físicos,
los médicos y ayudantes técnicos y demás colaboradores; los que proporcionan
los medios de clínicas y otras instituciones sanitarias y económicas. Nótese
que si el aborto no resulta efectivo, no se incurre en la excomunión, aunque el
intento ineficaz tenga la misma malicia moral.
B) Los católicos que favorecen el aborto en puestos
de autoridad y de función pública, en la medida en que cooperan a la
realización de un aborto concreto y efectivo, incurren evidentemente en la
misma excomunión. A veces, no se podrá determinar si la acción de las
autoridades recae en un aborto concreto y efectivo, o se queda en el fomento de
posibilidades y facilidades generales. En este caso, será dudosa la
excomunión; pero no es dudosa su tremenda responsabilidad moral, ordinariamente
mayor que la de los ejecutores, ni es dudoso que merecen reprobación pública y
penas espirituales, aunque no se contraigan automáticamente.
Ciertas manifestaciones de eclesiásticos, sobre
este punto, desorientan indebidamente a los fieles, porque, aunque los
enunciados sean verdaderos, en el contexto suenan necesariamente a atenuación
de responsabilidad o a interpretación benévola de actuaciones que, al
contrario, han de ser denunciadas según su enorme gravedad. Tres ejemplos
mostrarán oportunamente cómo hay que evitar equívocos:
Primer ejemplo.— Si alguno proclamare: «el que mate al Rey,
a la Reina y a la Familia Real no incurre en excomunión», diría verdad; sin
embargo, todos estimarían con razón que esa proclamación, sin más, sería imprudente,
ambigua e intolerable.
Segundo ejemplo.— El crimen de una madre que, con actos
imputables, asesinase a todos los miembros de su familia, o el de un médico que
hiciese lo mismo con decenas de enfermos en un hospital, nadie dirá que es
menor que el de un aborto, aunque por éste incurra en excomunión y no por aquella
matanza.
Tercer ejemplo (que
nos acerca al tratamiento práctico de nuestro caso).—El
Código de Derecho no establece pena automática para «los fieles que pertenezcan
a asociaciones masónicas»; pero la Santa Sede ha declarado expresamente que
«se hallan en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la santa
comunión».
La autoridad de la Iglesia puede determinar de modos
variables lo referente a las penas canónicas. Ninguna autoridad de la Iglesia
puede modificar la culpabilidad moral ni la malicia del escándalo. A veces, se
pretende eludir las responsabilidades más altas como si la intervención de los
Poderes públicos se redujese a hacer de testigos, registradores o notarios de
la «voluntad popular». Ellos verán. A Dios no se le engaña. Lo cierto es que,
por ejemplo, el Jefe del Estado, al promulgar la ley a los españoles, no dice:
«doy fe». Dice expresamente: «MANDO a todos los españoles que la guarden».
Los que han implantado la ley del aborto son autores
conscientes y contumaces de lo que el Papa califica
de «gravísima violación del orden moral», con toda su carga de nocividad y de
escándalo social. Vean los católicos implicados si les alcanza el canon 915,
que excluye de la Comunión a los que persisten en «manifiesto pecado grave».
¿De veras pueden alegar alguna eximente que los libre de culpa en su decisiva
cooperación al mal? ¿La hay? Si la hubiere, sería excepcionalísima y, en todo
caso, transitoria. Y piensen que los representantes de la Iglesia no pueden
degradar su ministerio elevando a comunicación in sacris la mera relación social o
diplomática.
La regla general es clara. Los católicos que en
cargo público, con leyes o actos de gobierno, promueven o facilitan —y, en
todo caso, protegen jurídicamente— la comisión del crimen del aborto, no podrán
escapar a la calificación moral de pecadores públicos. Como tales habrán de ser
tratados —particularmente en el uso de los Sacramentos—, mientras no reparen
según su potestad el gravísimo daño y escándalo producidos.
José, Obispo de Cuenca
13 de julio de 1985