No
comprendo…
Plinio
Corrêa de Oliveira (*)
Los turbios días del motín ocurrido en Venezuela se van hundiendo en el
pasado, y así ya se vuelve más fácil el análisis de sus múltiples aspectos.
Sin embargo, un hecho sigue en pie. Es que, existiendo en la mayor parte de
las capitales iberoamericanas condiciones análogas a las de Caracas, en ellas
puede repetirse el drama que allí se desarrolló.
De esta manera, es plausible que estallen motines en serie en Iberoamérica,
como se multiplican en cadena los forúnculos en un cuerpo minado por la
forunculosis. Dondequiera que haya ciudades-tumor, la explosión de pus puede
sobrevenir de un momento a otro. Es lo que viene previendo extensamente la
prensa brasileña, a la vez que lo hacen, en el extranjero, importantes órganos
publicitarios en más de un país.
En la imposibilidad de citarlos todos, ejemplifico en especial con la
prensa de Estados Unidos —país donde se encuentran los principales acreedores de
nuestra deuda externa— y de Madrid, que, conjuntamente con Lisboa, da
particularísima atención al curso que van siguiendo los acontecimientos en las
naciones iberoamericanas, despertadas por ellas a la vida.
En estos últimos días, el «New York Times» advirtió en tono profético que
el drama caraqueño es una señal de que la crisis económica, que —según el
periódico—cunde en varias naciones de este continente, por motivo de la deuda
externa, amenaza con lesionar la estabilidad de toda Iberoamérica.
Muy expresivamente, el editorial del voluminoso órgano de prensa
neoyorquino registra: «Caracas hierve, Washington dormita.» Y hace ver que las
democracias iberoamericanas que tendrán elecciones este año, presionadas por el
peso de la deuda externa, podrán eligir gobiernos populistas que pregonen el
repudio de esa misma deuda y el antiamericanismo sistemático.
Un artículo del mismo periódico, publicado en la importante sección «La
semana en revista», lleva el título: «La crisis de la deuda externa hace explotar
la bomba de relojería latinoamericana». Y así sucesivamente.
La prensa madrileña, por su lado, no se queda atrás. En el conocidísimo
diario «ABC», del 4 de marzo, la portada está toda ella ocupada por la foto de
un incendio que un bombero intenta apagar. La foto viene coronada por el
título: «La deuda externa enciende el volcán iberoamericano». La materia trata
del caso de Caracas y pondera que lo mismo puede repetirse en Colombia, en
consecuencia del narcotráfico; en Méjico, Brasil y Argentina, en razón de la
deuda externa; y en Nicaragua, El Salvador y Panamá, por motivo de las
guerrillas.
No es mi intención comentar aquí el efecto deletéreo de la deuda externa
sobre las condiciones generales de Iberoamérica. Pero me causa extrañeza que en
Brasil, así como en las naciones hermanas de este continente, y aún en España y
en los Estados Unidos, las atenciones se concentren de tal manera en la deuda
externa, a punto de relegar a plano insignificante, o de pasar en completo
silencio, otras causas ponderables del malestar económico, causas ésas cuya
responsabilidad recae sobre nuestros gobiernos.
La primera de esas causas, cuya eliminación nuestros acreedores nos
indicaron como uno de los medios para evitar, por lo menos en parte, los
efectos desastrosos de la deuda externa, consiste en la ausencia de una
política global de saneamiento de nuestra economía, que el gobierno se obstina
inexplicablemente en no aplicar. Así, no comprendo, absolutamente no comprendo,
por qué motivo Brasil desde hace mucho ya no ha restituido a la iniciativa
privada las empresas estatales cuyo déficit va devorando nuestros recursos. De
la misma manera, no comprendo cómo un clamor nacional auténticamente suprapartidario
no haya forzado la adopción de esa medida.
Por otra parte, no comprendo cómo la prensa mundial y la iberoamericana no
registran que, en el caso de Venezuela, hubo obviamente una ágil, vigorosa y
sagaz operación comunista, sin la cual —todo lleva a creerlo— el motín
caraqueño ni de lejos hubiera tenido la gravedad que tuvo, o ni siquiera
hubiera ocurrido.
He aquí algunos indicios del carácter conspiratorio del motín:
1) La trágica sublevación caraqueña empezó en todas las chabolas de
Caracas al mismo tiempo. En efecto, muy exactamente a media noche, todos los
moradores de las chabolas bajaron en masa a los barrios ricos o acomodados.
Ahora bien, eso no hubiera sido factible sin el concurso de una poderosa y
subterránea coordinación de la fuerza de impacto de las chabolas, que
articulase la inmensa ofensiva.
2) La identidad de métodos: o sea, el ataque fue casi exclusivamente
asestado contra supermercados y «shoppings», habiendo sido dejadas de lado
víctimas mucho más gordas, como joyerías y otras formas de comercio de lujo.
Esto deja ver una disciplinada uniformidad de acción de la masa, no obstante
puesta en delirio. Uniformidad ésta que, también ella, sugiere la idea de un
poderoso órgano directivo que agudizó la indignación popular y la sistematizó
en tácticas de ataque muy definidas.
¿Quiénes son los responsables? Evidentemente, los ideólogos que se
benefician con todo ese drama. Y el clan, siempre al servicio de ellos, de los
insufladores sistemáticos de las pasiones populares.
También me causa extrañeza que, en toda esa prensa nacional e
internacional, haya sido omitida cualquier referencia de peso a la dinámica y
nefasta colaboración de la llamada izquierda católica.
La falta de espacio me impide tratar de otro aspecto del asunto. Si el
glorioso estandarte de la TFP no hubiese sido objeto de furibundas sanciones,
injusta y arbitrariamente tomadas por el gobierno Lusinchi, ¿cuál hubiera sido
el efecto de su presencia en el ambiente venezolano, tanto antes como durante
el motín? Tampoco comprendo por qué, sobre este punto, se hace tan extraño
silencio.
Registro tan sólo que de toda esta situación resulta un movimiento general
de antipatía contra América del Norte, con lo cual sólo gana Moscú. Parece que
de eso se dio cuenta el presidente Bush, quien, en un significativo gesto de
solidaridad continental, ha manifestado en los últimos días el propósito de
efectuar una reducción de la deuda de los países iberoamericanos.
No basta que el gesto sea expresivo; también es necesario que sea
efectivamente útil para esos países. ¿Lo es realmente? Sobre este asunto no me
pronuncio, porque rebasa en mucho la esfera habitual de mis reflexiones.
(*) Transcrito de la “Folha de S. Paulo”, 22-3-1989