TRADICION
FAMILIA
PROPIEDAD
¿Por
qué?
DE UN CAMPO IDEOLOGICO enteramente opuesto al de las TFPs, proviene el
siguiente testimonio interesante y fuera de toda sospecha: "En varios
países de América Latina hay un grupo integrista [sic] que se titula
'Tradición, Familia y Propiedad'. Su existencia y su actuación son muy inquietantes,
pero lo que más me llama la atención es el nombre. Observadores superficiales
podrían sorprenderse con la trilogia: ‘Tradición — Família — Propiedad’ como si
se tratase de una amalgama artificial. En realidad, la unión de estos tres
términos no es debida a la casualidad, ni fue una elección arbitraria lo que
los reunió para designar a un movimiento de extrema derecha [sic]
particularmente poderoso. De la manera como son entendidas la mayoría de las
vetes, la tradición, la familia y la propiedad constituyen de hecho, tres
alienaciones [sic] fundamentales del hombre, las cuales coexisten una con otra,
y perpetuamente se sustentan por medio de un tejido extremamente complejo de
relaciones e interdependencias de orden económico, psicológico, jurídico (...)
Sería bastante fácil mostrar por ejemplo, cómo el acceso a la propiedad privada
fue posible sólo en unión con el desarrollo del particularismo familiar, y cómo
su manutención sólo puede ser garantizada gracias a un sistema que mantenga la
célula familiar en su individualismo. Podría mostrarse aún de que modo una
cierta tradición, hecha de hábitos solidificados en instituciones de todo
orden, pueda ser el instrumento adecuado de ese inmovilismo, etc. 'Tradición,
Familia, Propiedad' constituye un bloque coherente que se acepta o se rechaza,
pero cuyos elementos no es posible separar" (Max Delespesse, Jésus et
la triple contestation - Tradition, Famille, Propriété, Fleurus/Novalis,
Paris/Otawa, 1972, pp. 7-8).
Es de hacer notar que el autor de ese testimonio absorbió como buen progresista
la jerga y las ideas marxistas, por lo que no extraña que califique a la tradición,
la familia y la propiedad como las "tres alienaciones fundamentales del
hombre", a las TFPs como movimientos integristas y de extrema derecha, y
acuse a la familia de estar corroída por el individualismo y a la tradición de
ser fuente de inmovilismo.
No obstante, es necesario reconocer que el autor ha sabido ver el vínculo
inamovible que une los tres conceptos y la importancia del papel que desempeñan
esos tres valores como pilares del orden actual.
Para derribar este orden e instaurar en su lugar una sociedad colectivista
—como lo quieren los comunistas y sus simpatizantes de todos los matices— es
necesario destruir esos tres pilares fundamentales de nuestra civilización.
Tradición, Família y Propiedad no es, por tanto, un lema cualquiera. Es el
lema anticomunista por excelencia, que atrae las simpatías de todos aquellos
que aman la civilización cristiana, y provoca aversión, cuando no odio, en
todos aquellos que, en mayor o menor grado, se han dejado infectar por el
virus del comunismo.
Tradición, Familia y Propiedad
no es un lema cualquiera.
Es el lema anticomunista por excelencia,
que atrae las simpatias de todos aquellos que
aman la civilización cristiana,
y provoca aversión, cuando no odio,
en todos aquellos que se han dejado infectar
por el virus del comunismo
Cabe perfectamente en este libro, dedicado a presentar la acción de las
TFPs, una explicación de la trilogía que da el nombre a estas Sociedades.
Diversos artículos del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, servirán de base
para ella.
1. La tradición
Cuando se habla de tradición, muchos piensan inmediatamente en la
Inglaterra actual, con su Reina, su Cámara de los Lores, sus Rolls-Royce, los
sombreros hongos, la distinción y la flema británicas. Como telón de fondo, la
palabra evoca reminicencias de tiempos remotos que, vistas en su conjunto, causan
en los espíritus reacciones contradictorias.
Para imnumerables personas, la tradición así entendida es algo que cambia
de colorido a lo largo de los días en función de las impresiones sucesivas que
el estilo de la existencia de nuestro tiempo les va causando. Hay momentos en
que la agitación de las megalópolis modernas les fascina y les entusiasman las
organizaciones colosales, las planificaciones ciclópeas y las técnicas de hoy,
que van transformando la science fiction en realidad. En esos momentos, la tradición
parece a muchos de nuestros contemporáneos un triste atraso. Ante el vendaval
que va derribando todas las jerarquías y arrastrando todas las vestimentas, la
sienten como un yugo y una asfixia.
En las ocasiones en que, por el contrario, la vulgaridad triunfante de un
mundo cada vez más igualitario, los ritmos estrepitosos, frenéticos y
complicados de la existencia actual, la inestabilidad amenazadora de todas las
instituciones, de todos los derechos y de todas las situaciones causan
neurosis, angustias y extenuaciones a millones de nuestros semejantes, la
tradición se les presenta como un remanso de elevación de alma, sentido común,
buena educación, buen orden y, en suma, de sabio arte de vivir.
¿En qué consiste, pues, la tradición?
Tradición es sinónimo de progreso.
Progreso condensado
que se transmite de una generación a otra
Tradición viene del latín tradere, que significa transmitir. Se llama
tradición —verdadera tradición— al conjunto de realizaciones que una generación
leva a cabo —en el sentido de su propia elevación espiritual, religiosa,
moral, cultural y material— y comunica a la siguiente.
En ese sentido, tradición es sinónimo de progreso. Progreso condensado que
se transmite de una generación a otra.
Un luminoso trecho de Pío XII sintetiza estas consideraciones: "La
tradición es una cosa muy distinta del simple apego a un pasado ya desaparecido;
es todo lo contrario a una reacción que desconfia de todo sano progreso. Su
misma palabra, etimológicamente, es sinónima del caminar y del avanzar.
Sinonimia, no identidad. Y, en verdad, mientras el progreso indica tan sólo el
hecho del camino hacia adelante, paso a paso, buscando con la mirada un in cierto porvenir, la tradición significa también un camino hacia
adelante, pero un camino continuo que se desarrolla a1 mismo tiempo tranquilo y
activo, según las leyes de la vida, huyendo de la angustiosa alternativa:
"Si jeunesse savait, si vieillesse pouvait!"; semejante a aquel Señor
de Turena, de quien se dijo: "Il a eu dans sa jeunesse toute la prudence
d'un âge avancé, et dans un âge avancé toute la viguer de la jeunesse"
(Fléchier, Oraison funèbre, 1676). Gracias a la tradición, la juventud,
iluminada y guiada por la experiencia de los ancianos, avanza con un paso más
seguro, la vejez transmite y entrega confiada el arado a manos más vigorosas
que prosiguen el surco comenzado. Como indica con su nombre, la Tradición es el
don que pasa de generación en generación, la antorcha que el corredor pone, a
cada relevo, en manos de otro corredor, confiándosela de suerte que la carrera
no se detenga ni disminuya. Tradición y progreso se completan mutuamente con
tanta armonía que, así como la tradición sin el progreso se contraría a sí misma,
así el progreso sin la tradición sería una empresa temeraria, un salto en el vacío."
(Alocución del 19 de enero de 1944, Discursos y Radiomensajes de Su Santidad
Pío XII, Ed. Acción Católica Española, 1953, T. V, pp. 185-186).
Naturalmente, la tradición también puede entenderse en un sentido
peyorativo. Esto sucede cuando, tomadas por la modorra, las generaciones
siguientes no realizan nuevos perfeccionamientos, contentándose con los
valores que recibieron del pasado. Como lo que no se renueva, muere, cuando se
dan estas situaciones de esclerosis, los propios valores del pasado van
desfalleciendo y fenecen.
No es esto lo que sucede con la verdadera tradición.
La verdadera tradición niega que el pasado deba permanecer inmóvil, o que
todo lo que hay en el presente deba ser aceptado, sin más, pues no está a
favor del pasado por solo ser pasado, ni a favor del presente por solo ser
presente.
La verdadera tradición presupone, por el contrario, que todo orden de cosas
auténtico y vivo lleva en sí un impulso continuo rumbo al mejoramiento y a la
perfección; y que, por esta razón, el verdadero progreso no consiste en
destruir, sino en sumar; no es romper, sino continuar hacia lo alto.
En resumen, la tradición es la suma del pasado con un presente afín,
haciendo del día de hoy, no la negación del de ayer, sino su continuación
armónica.
En términos más concretos, la tradición cristiana es un valor incomparable
que debe regular los días actuales, impidiendo, por ejemplo, que la igualdad
sea entendida como destrucción de las élites y apoteosis de la vulgaridad;
evitando que la libertad sirva de pretexto a la depravación y al caos;
actuando para que el dinamismo no se transforme en delirio, para que la
técnica no esclavice al hombre, en una palabra, la tradición busca impedir que
el progreso se haga inhumano, insoportable, odioso.
Por tanto, la tradición no quiere extinguir el progreso, sino salvarlo de
desvaríos tan inmensos que lo transformen en barbarie organizada, contra la
cual muchos levantan otra barbarie también descabellada y furibunda, la del
estructuralismo, filosofia que, a su vez, abre la marcha hacia otras barbaries
aún más desmandadas (1).
Donde
florece pujante la vida de familia,
quedan
impregnadas de tradición
las costumbres
públicas y privadas,
la cultura y la civilización
2. Tradición y família
La tradición sólo encuentra su plena explicación a la luz de la noción de familia.
Si no hubiese familia, no habría tradición. Y en todos los lugares en que florece
pujante la vida de familia, quedan impregnadas de tradición las costumbres
públicas y privadas, la cultura y la civilización.
Incluso en instituciones como una orden religiosa, una universidad, una
empresa privada, un gobierno, una administración, etcétera, las tradiciones
solo se establecen y perpetúan cuando en ellas se forman, por así decir,
familias de almas que, siempre renovándose, mantienen sin embargo un norte de
progreso rumbo a un fin elevado.
Una vez más es en Pío XII que encontramos preciosos textos elucidativos.
Tratando de los factores de orden natural, moral y sobrenatural por los cuales
la familia es una riquísima fuente de continuidad entre las generaciones a lo
largo de los siglos, el Pontífice afirma: "De esta grande y misteriosa
cosa que es la herencia —es decir, el paso dentro de una estirpe, perpetuándose
de generación en generación, de un rico conjunto de bienes materiales y
espirituales, la continuidad de un mismo tipo físico y moral conservándose de
padre a hijo, la tradición que a través de los siglos une a los miembros de
una misma familia— ; de esta herencia, decimos, ciertamente se puede vislumbrar
la verdadera naturaleza mediante teorias materialistas. Pero semejante
realidad de tamaña importancia puede y debe considerasse también en la plenitud
de su verdad humana y sobrenatural.
"No se negará ciertamente la existencia de un substrato material en la
transmisión de los caracteres hereditarios; para sorprenderle de ellos sería
preciso olvidar la íntima unión de nuestra alma con nuestro cuerpo, y la gran
proporción en que aun nuestras mismas actividades más espirituales dependen de
nuestro temperamento físico. Por ello la moral cristiana nunca deja de recordar
a los padres las graves responsabilidades que en semejante materia les
corresponden.
"Pero lo que más vale es la herencia espiritual, transmitida no tanto
por medio de esos misteriosos lazos de la generación material, cuanto por la
acción permanente del privilegiado ambiente que constituye la familia; por la
lenta y profunda formación de las almas en la atmósfera de un hogar rico en
altas tradiciones intelectuales, morales y, sobre todo, cristianas; por la
mutua influencia entre los que moran en una misma casa, influencia cuyos
benéficos efectos se proyectan mucho más allá de los años de la niñez y de la
juventud, hasta el final de una larga vida, en aquellas almas elegidas que
saben fundir en sí mismas los tesoros de una preciosa herencia con la
cooperación de sus propias cualidades y experiencias.
"Tal es el patrimonio, más estimable que todo otro, que, iluminado por
una fe firme, vivificado por una fuerte y fiel práctica de la vida cristiana en
todas sus exigencias, elevará, afinará y enriquecerá las almas de vuestros
hijos." (Alocución del 5 de enero de 1941, op. cit., 1946, T. II, p.
380).
Si la
familia genera por sí la tradición y la jerarquia social,
es obvio
que los comunistas deben,
para abolirlas,
depauperarla, debilitarla y reducirla a harapos
Pero, se podrá preguntar, ¿no se opone esa concepción a la democracia? Pío
XII parece haber previsto la objeción al decir: "Según el testimonio de la
Historia, allí donde vive una verdadera democracia la vida del pueblo se halla
como impregnada de las más sanas tradiciones, que es ilícito derribar. Los
representantes de esas tradiciones son, ante todo, las clases dirigentes, o sea
los grupos de hombres y mujeres o asociaciones que, como suele decirse, dan el
tono a un pueblo, a una ciudad, a una región o a un país. De ahí que en todos los
pueblos civilizados existan instituciones eminentemente aristocráticas en el
sentido más elevado de la palabra, como son algunas academias de vasto y bien
merecido renombre." (Alocución del 16 de enero de 1946,
"Ecclesia", Madrid, N° 237, 26-1-1946).
Pero, se podrá decir también, ¿no conduce dicha concepción de tradición y de
familia a una sociedad escalonada en clases diferentes? Sí, efectivamente. Una vez
más es Pío XII quien lo afirma: "Inevitables son las desigualdades
sociales, aun las que van ligadas al nacimiento: la naturaleza benigna y la
bendición de Dios a la humanidad iluminan y protegen las cunas, las besan, pero
no las igualan. Mirad aun las sociedades más inexorablemente niveladas. Nunca
se ha podido lograr que el hijo de un gran jefe, de un gran conductor de masas,
continuase por completo en el mismo estado que un oscuro ciudadano perdido
entre el pueblo. Pero si desigualdades
tan inevitables pueden aparecer paganamente como una consecuencia inflexible
del conflicto de las fuerzas sociales y del poder adquirido por los unos sobre los
otros, por las leyes ciegas que al parecer rigen la actividad humana y que regulan
tanto el triunfo de los unos como el sacrificio de los otros; ante una mente instruída
y educada cristianamente no pueden considerarse sino como una disposición
querida por Dios con la misma finalidad que las desigualdades en el interior de
la familia, y destinadas por lo tanto a unir más aún a los hombres entre sí en
su viaje de la vida presente hacia la patria del cielo, ayudándose los unos a los
otros, a la manera que el padre ayuda a la madre y a los hijos.
"Si esta concepción paterna de la superioridad social excitó a veces,
por el choque de las pasiones humanas, los ánimos hacia desviaciones entre las
personas de rango más elevado y las de condición más humilde, la historia de la
humanidad decaída no se maravilla de ello. Semejantes desviaciones no pueden
disminuir ni oscurecer la verdad fundamental de que para el cristiano las
desigualdades sociales se funden en una gran familia humana." (Alocución
del 5 de enero de 1942, Discursos y Radiomensajes, 1948, T. III, pp. 371-372).
Si la familia genera por sí la tradición y la jerarquía social, es
menester, pues, para abolirlas, depauperar, debilitar y reducir a harapos a la
familia. Es lo que conscientemente procuran hacer los comunistas, a fin de
implantar el igualitarismo más radical, principio supremo de su filosofia (2).
3. Tradición, familia y propiedad
Cierto literato francés contó la siguiente fábula. Había una vez un joven
dilacerado por una situación afectiva crítica. Quería con toda el alma a su
esposa y tributaba afecto y veneración profundos a su propia madre. Ahora
bien, las relaciones entre nuera y suegra eran tensas y por celos, la joven encantadora,
pero mala, había concebido un odio infundado contra la anciana y respetada
matrona. En cierto momento, la joven colocó al marido en una alternativa
terrible: o iba a casa de su madre, la mataba y le traía el corazón de la
víctima, o ella abandonaría el hogar. Después de mil dudas, el joven cedió.
Mató a aquella que le había dado la vida, le arrancó el corazón del pecho, lo
envolvió en un paño y se dirigió de vuelta a casa. En el camino, el joven
tropezó y cayó. Oyó entonces una voz que, partiendo del corazón materno, le
preguntó llena de desvelo y cariño: ¿Te has hecho daño, hijo mío?
Con esta conmovedora narración, el autor quiso destacar lo que el amor materno
tiene de más sublime y tocante: su completo desinterés, su encera gratuidad,
su ilimitada capacidad de perdonar. Sin este amor, no hay paternidad o maternidad
digna de este nombre. Quien niega este amor en su excelsa gratuidad niega, por
lo tanto, la familia. Es este amor el que lleva a los padres a querer a sus
propios hijos más que a los otros —de acuerdo con la ley de Dios— y a desear
para ellos con afán una educación mejor, una mayor instrucción, una vida más
estable, una verdadera ascensión en todas las escalas de valores, inclusive
los de índole social.
Para esto, los padres trabajan, luchan y ahorran. Su instinto, su razón,
los dictámenes de la propia Fe los llevan a ello. Acumular un patrimonio para
transmitirlo a los hijos como herencia es un deseo natural de los padres. Negar
la legitimidad de ese deseo es afirmar que el padre está para su hijo como
para un extraño, es destruir la familia. Sí, la herencia es una institución en
la cual la familia y la propiedad se abrazan.
* * *
La
herencia fija muchas veces en una misma estirpe,
sea ella noble o plebeya,
ciertos
trazos fisonómicos y psicológicos
que constituyen
un eslabón entre las generaciones
Y no sólo la familia y la propiedad, sino también la tradición.
En efecto, entre las múltiples formas de herencia, no es la más preciosa la
del dinero. La herencia —como se observa habitualmente— fija muchas veces en
una misma estirpe, sea ella noble o plebeya, ciertos trazos fisonómicos y
psicológicos que constituyen un eslabón entre las generaciones, testimonio de
que de algún modo los antepasados sobreviven y continúan en sus descendientes.
Corresponde a la familia, consciente de sus peculiaridades, destilar a lo
largo de las generaciones el estilo de educación y de vida domestica, así como
de actuación privada y pública, en que la riqueza originaria de sus características
alcance su más justa y autentica expresión. Este progreso, realizado en el
transcurso de los decenios y de los siglos, es la tradición. O una familia
elabora su propia tradición como una escuela de ser, de actuar, de progresar y
de servir, —para el bien de sus propios miembros, como también de la Patria,
de la Cristiandad y de la Iglesia— o corre el riesgo de generar no pocas
veces individuos inadaptados, sin definición de su propio yo y sin ninguna
posibilidad de un encaje estable y lógico en cualquier grupo social.
¿De qué vale recibir de los padres un rico patrimonio, si de ellos no se
recibe —por lo menos en estado germinativo cuando se trata de familias nuevas—
una tradición, es decir, un patrimonio moral y cultural? Tradición, claro
está, que no es un pasado estancado, sino la vida que la semilla recibe del
fruto que la contiene. O sea, una capacidad de a su vez germinar, de producir
algo nuevo que no sea lo contrario de lo antiguo, sino su armónico desarrollo
y enriquecimiento. Así vista, la tradición se amalgama armónicamente con la
familia y la propiedad, en la formación de la herencia y de la continuidad
familiar. Este principio es de sentido común, y por eso vemos casos en que
incluso los países más democráticos lo acogen.
"Tradición,
familia, propiedad
constituye un bloque coherente
que se acepta o se rechaza,
pero cuyos
elementos no es posible separar"
Hasta la gratitud tiene algo de hereditario y nos lleva a hacer por los
descendientes de nuestros bienhechores, aún después de fallecidos, lo que ellos
nos pedirían que hiciésemos. A esa ley están sujetos no solo los individuos
sino también los Estados.
Un ejemplo basta para ilustrar esa afirmación. Durante la guerra civil española,
los comunistas se apoderaron del Duque de Veragua, último descendiente de
Cristobal Colón, e iban a fusilarlo. Todas las naciones de América se
unieron para pedir clemencia, porque no podían ver con indiferencia que se
extinguiera la descendencia del heroico descubridor.
* * *
Estas son las consecuencias lógicas de la existencia de la familia y los
reflejos de la misma sobre la tradición y sobre la propiedad (3). Ya lo ha
dicho al principio de este cuadro de forma lapidaria el citado autor francés:
«”Tradición, familia, propiedad” constituye un bloque coherente que se acepta o
se rechaza, pero cuyos elementos no es posible separar».
Notas
I. Cfr.
Plinio Corrêa de Oliveira, TFP: Tradición,
in "Folha de S. Paulo" del 12 de marzo de 1969.
2. Cfr.
Plinio Corrêa de Oliveira, Familia,
in "Folha de S. Paulo" del 24 de abril de 1969.
3. Cfr.
Plinio Corrêa de Oliveira, Tradición,
Família, Propiedad, in "Folha de S. Paulo" del 18 de
diciembre de 1968.