1993 – V
Centenario de la
Evangelización
de América
Cristiandad
auténtica o revolución comuno-tribalista
La
gran alternativa de nuestro tiempo
Comisión
inter-TFPs de Estudios Hispanoamericanos.
Coordinador:
Alejandro Ezcurra Naón
Colaboradores:
Fernando Gonzalo Elizondo, Carlos Moya Ramírez, Carlos Ibarguren, Fernando
Larraín Bustamante, José de la Riva-Agüero, Alvaro Mejía Londoño
Prefacio
Quando en mi remota infancia oía hablar de indios, la versión que me llegaba
de ellos era ambivalente. De un lado, se los mencionada como una raza digna de
simpatia por el hecho de hader sido los primeros ocupantes del suelo brasileño.
Eran, si se quiere, mis más antiguos compatriotas, hacia quienes debíamos tener
un sentimiento de solidaridad nacional y desde ese punto de vista debía vérselos
con una especial benevolencia.
Pero, por otro lado, si se examinaba la vida de los indígenas que erraban
en su estado primitivo en nuestras selvas y en nuestros campos, así como sus
costumbres, su moral, el producto que obtenían más bien de su inacción que de
su trabajo ya que tenían aversión a toda actividad metódica, la generalidad de
las opiniones les era rotundamente desfavorable.
Ese cuadro contrastada rudamente con otro, incondicionalmente elogioso,
que ciertas máquinas de fabricar opinión presentaban acerca del progreso
moderno. Este último era el gran mito dominante en la época hollywoodiana que
despuntaba en mi niñez, cuando el mundo occidental —especialmente Europa y norteamérica—
era mostrado de la numera más favorable y optimista posible, como generador de
un estado de ascensión continua, que habría de mejorar indefinidamente la vida
de tos hombres.
Y la mejoraría de tal manera, vaticinaban algunos (¡hasta allí llegó ese optimismo!), que
con los progresos de la medicina, antes del fin del siglo XX, o entonces en el
transcurso del siglo XXI, apareceria un medio de restituir la “salud” a los
hombres que hubieran muerto. En efecto, el materialismo hollywoodiano entendía
la muerte, no como una separación del alma del cuerpo, sino como un estado
archimorboso del cuerpo humano, que lo llevada a descomponerse a temperaturas
normales; y se consideró entonces que guardándose los cadáveres en frigoríficos,
éstos conservarían un cierto estado vital y así, habría de llegar un día en que
podrían ser tratados por la medicina como cuerpos enfermos y, por lo tanto,
ser “resucitados”.
Aparecieron así —sobre todo en los Estados Unidos— varios casos de millonarios
o personas que llevaban vida fácil y agradable, quienes al morir dejaron
legados especiales para gastos con su eventual “resurrección”, incluyendo un
conjunto de cláusulas estrictas sobre cómo debían ser guardados sus cuerpos en
cámaras frigoríficas por empresas constituídas ad hoc desde los años 60, para que estuviesen en condiciones de
ser "resucitaddos".
Ese ejemplo extremo ilustra hasta dónde llegaron la euforia del progreso y
el deseo de vivir indefinidamente esta vida que, hollywoodianamente hablando,
era una vida deliciosa.
En esa óptica, la situación de los indios —como también de las tribus
primitivas de Africa, Asia u Oceanía que permanecían en estado salvaje—
represantada el grado cero de progreso, y la situación de los hombres que
vivían según Hollywood era, digamos, el grado mil. Esto inducía a que
incontables personas se entusiasmaran por el progreso y se esforzaran cada vez
más para llevar adelante el sueño de un crecimiento científico y tecnológico
indefinido.
Así, durante varias décadas se hablaba de vez en cuando de masacres
perpetradas por indios, de canibalismo, de asesinatos, de cómo era peligrosa su
vida errática en nuestras selvas, del riesgo de encontrarse con ellos, etc.
En cierto momento, sin embargo, el tema indígena comenzó a salir de la
atención general, y gradualmente se hablaba cada vez menos de ellos.
Más tarde, al cabo de un intervalo tal vez de quince o veinte años en que
permaneció sumergido en un mar de silencio y de olvido, el asunto comenzó a
resurgir, pero entonces bajo un prisma completamente diferente. A las mismas
fuerzas que, para demoler la civilización cristiana, les interesó en su momento
promover el mito neopagano de Hollywood, pasó a interesarles más tarde la
demolición de dicho mito y de la civilización edificada con base en éste, a fin
de dar un salto adelante en el proceso revolucionario, rumbo a la anarquía
neotribal. Era preciso, entonces, para este nuevo objetivo, presentar las
condiciones de vida de los indios de otro modo, lo más favorable posible.
De esto yo fuí testigo: comenzaron a aparecer referencias a tal autor, que
aseveraba ser exagerada la versión de que todos los indios eran caníbales, o a
tal otro que sostenía que nunca hubo canibalismo entre ellos, y que al
contrario poseían tales y tales cualidades. Los elogios al arte, a la cultura y
a la civilización de los indios se hicieron cada vez más frecuentes y se
encaminaban hacia lo hiperbólico.
De hecho, puede hablarse francamente de un arte y de una civilización
indígenas, si se toman en cuenta los incas y los aztecas, los cuales tuvieron
imperios organizados, verdadero arte y elementos culturales dignos de mención.
Sobre todo, es verdad que en toda América los indios, después de convertidos a
la verdadera Fe, revelaron un talento que los capacitó para producir cosas
buenas y hasta relevantes. Era una capacidad natural latente, que se transformó
en una cualidad patente, como fruto del bautismo y de la civilización, es
decir, como resultado del contacto con los eclesiásticos y con el elemento
civil de Portugal y España.
Pero hablar de arte indio precolombino fuera de los aztecas y de los incas,
y de alguna otra eventual excepción, es, desde el punto de vista histórico,
extremamente cuestionable.
Esa vuelta del tema indígena en tiempos más recientes culmina ahora en la
virtual glorificación del indio y de sus condiciones de vida milenarias,
promovida por todas las izquierdas. La ECO 92, realizada en Rio de Janeiro, fue
una manifestación muy curiosa, muy aguda y muy sintomática de esa
glorificación, que el movimiento contrario a las celebraciones de los 500 años
del Descubrimiento de América ha llevado hasta su paroxismo.
Era de una necesidad imperiosa, pues, derribar esa propaganda comuno-tribalista
por una exposición seria y documentada de lo que eran las costumbres de los
indios precolombinos, incluso aquellos que en comparación con los más salvajes
podrían considerarse civilizados; porque si bien las civilizaciones que ellos
crearon fueron en cierto sentido un tanto desarrolladas, en otro sentido,
estuvieron impregnadas de manifestaciones de barbarie categóricas y extremas.
Dicha exposición debería al mismo tiempo deshacer todas las calumnias que
esa misma corriente comuno-indigenista lanza contra la colosal obra misionera y
civilizadora emprendida en el Nuevo Mundo por la Iglesia Católica y por los
tronos de Portugaly España.
Tuve la allegria de ver que ese trabajo, que yo juzgaba tan necesario y
tan benemérito fue emprendido por una comisión ad hoc de cultos e inteligentes estudiosos, cada uno de ellos
perteneciente a alguna TFP ibérica o iberoamericana, coordenados meritoriamente
por mi amigo, D. Alejandro Ezcurra Naón, a quienes felicito por la
documentación excelente, la vivacidad del texto y el lenguaje impecable, que
arrasa con ese nuevo mito izquierdista, justamente cuando éste va levantando
vuelo.
Junto con mis felicitaciones a sus autores, auguro a esta obra tan oportuna
y de tan auténtico apostolado, la más amplia difusión, para el bien de la
Iglesia, de la civilización cristiana, y de los propios indios, tan
perjudicados por la propaganda deletérea que aqui se denuncia.
Plinio
Corrêa de Oliveira
Presidente
del Consejo Nacional de la Sociedad Brasileña
de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad.