Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Bienes de alma en la vida popular

 

 

 

Catolicismo, Nº 113 - Mayo de 1960

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El Museo Nacional de Arte Antiguo de Portugal guarda entre otras preciosidades el Nacimiento de "San Vicente de Fora", realizado por Joaquím Machado de Castro, en el siglo XVIII. He aquí un pormenor de dicho belén: los pastores adorando al Niño Dios en el portal.

A pesar de que la intención del escultor fuese representar a hombres del campo de Judea, en la época del nacimiento de Nuestro Señor —andrajosos, como frecuentemente eran en el Oriente los pastores— sin embargo, los tipos humanos las fisonomías, los gestos, los modos de ser que fijó en su obra corresponden a personas del ambiente que le cercaba, o sea, de los campesinos portugueses del siglo XVIII.

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En un primer momento, al contemplar esta escena, es posible que se experimente una sensación de desorden. Estamos habituados a las masas disciplinadas y sin alma de las grandes ciudades modernas, que vemos llenar silenciosamente los cines, o atravesar sombría y apresuradamente las avenidas cuando el semáforo detiene el tránsito de los vehículos. Esas multitudes están padronizadas hasta cuando, al tiempo, gritan o aplauden en las grandes manifestaciones colectivas, como si fuesen un solo ente inmenso en el que se habrían disuelto las personas como gotas de agua en el mar.

En esta perspectiva, este montón de gente causa extrañeza. Todos, habiendo oido el mensaje angélico, corren al Pesebre. Hasta el perro, en un primer plano, va apresuradamente. Pero en cada figura la nota personal es tan peculiar, que el grupo tiene en su conjunto algo de efervescente y caótico.

En efecto, cada rostro, cada modo de andar o de correr, muestra una reacción personal a propósito de la Buena Nueva. Los dos chicos que van al frente parecen movidos simplemente de curiosidad. Es la despreocupación real, y muchas  veces excesiva, de su edad. Un campesino, ya más maduro, con ojos dilatados y brillantes por la alegría, y fisonomía inteligente, parece intuir con mucho discernimiento el alcance del gran acontecimiento. Más atrás, un viejo con un sombrero de ala ancha grita y llora de emoción. En el fondo, un personaje con capucha y barba blanca, a un tiempo veloz y meditativo, se muestra profundamente impresionado.

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Cada alma, en este grupo de lúcidos analfabetos, es como un mundo interior del cual nace la expresión de una personalidad pujante.

Ignorantes, sin estudios, no fueron sometidos a los terribles procesos de padronización de la civilización mecánica del siglo XX. No tienen el pensamiento impuesto por los periódicos, la sensibilidad modelada por el cine, la atención subyugada todo el día por la atracción magnética de la radio y la televisión.

Y esto nos hace recordar un trecho admirable —y nunca suficientemente sabido— de Pío XII sobre "pueblo y masa": "Pueblo y multitud amorfa, o, como suele decirse, masa, son dos conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve por su vida propia. La masa es de por sí inerte y sólo puede ser movida desde fuera. El pueblo vive de la plenitud de vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales —en su lugar y según su estilo— es una persona consciente de su propia responsabilidad y de sus propias convicciones. La masa, por el contrario, espera el impulso del exterior, fácil juguete en manos de cualquiera que explote sus instintos o sus impresiones, presta a seguir sucesivamente hoy esta bandera, mañana otra distinta. De la exhuberancia de vida propia de un verdadero pueblo se difunde la vida, abundante, rica, por el Estado y por todos los organismos de éste, infundiéndoles, con un vigor renovado sin cesar, la conciencia de su propia responsabilidad, el sentido verdadero del bien común.” (Radiomensaje de Navidad de 1944)


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