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Parte III

La psicocirugía revolucionaria en cámara lenta

 

Tres operaciones de efectos reversibles y una  nueva vía revolucionaria...

·      Se desvencijan las estructuras del Estado sin desmontarlos todavía. (Sistema jurídico institucional – autonomías – Corona)

·      Corrosión de las instituciones en la sociedad (Propiedad – familia – educación).

·      Transformación “lúdica” de las mentalidades. (Ambientes – costumbres – cultura y civilización).

… que conduce a una sociedad disgregada autogestionaria, sin Dios ni ley.


 Sección primera:

La neorrevolución del PSOE: ¿una salida para que la revolución socialista mundial salga del atolladero?

Capítulo 6 - 1er. parte

Desintegrar el Estado y la sociedad a ambos lados del Telón de Acero: ¿meta de corrientes ideológicas actuales?

Guión para acompañar la psicocirugía en cámara lenta

 

Si se quiere comprender la dimensión histórica y el alcance concreto de la neorrevolución del PSOE, es necesario situarla en el contexto de la revolución socialista mundial. Es decir, conocer las metas, las debilidades, los obstáculos y los fracasos de esta última, de la cual el PSOE es un componente y una variante.

Si geométrica o físicamente el camino más corto entre dos puntos es la recta, en cuestiones que envuelven las complejidades del alma humana y de la vida político social puede no serlo. Se trata de nuestro caso. Para comprender el núcleo de la revolución del PSOE es necesario detenerse a considerar los vaivenes de la revolución mundial.

No pretendemos analizar exhaustivamente las diversas corrientes en las que se divide hoy el socialismo, embreñándonos en textos de lenguaje impenetrable para quien no sea especialista.

Queremos más bien establecer en este capítulo un guión que nos permita después interpretar correctamente y seguir en sus diversas fases —como en una película proyectada en cámara lenta— la psicocirugía revolucionaria y las transformaciones de fisonomía política y socio-económica a que está siendo sometida España.

La necesidad de este guión se comprenderá mejor si se tienen en cuenta las nociones erróneas que el hombre común de Occidente se formó sobre lo que son y lo que pretenden los partidos socialistas.

 

I — La radicalidad ideológica de la meta que une a comunistas, socialistas y anarquistas

 

1- Un equívoco frecuente

Corrientemente se piensa que los partidos socialistas occidentales son una suerte de versión moderada, sentimental y humanitaria del comunismo. Los socialistas serían hombres que tendrían un deseo más vehemente que otros políticos de acabar con las injusticias sociales a que ha dado lugar el régimen capitalista. Se inspirarían vagamente en el ejemplo comunista para hacer reformas estructurales, aunque moderadas y prudentes de acuerdo a las concepciones democráticas burguesas. Esta imagen tiene visos de realidad en algunos partidos social-demócratas del norte de Europa, por peculiaridades históricas y psicosociales de sus respectivos países, que no es el momento de analizar. Pero no corresponde a la verdad si se considera al movimiento socialista internacional tomado en su conjunto, y sobre todo a los partidos que hoy son la punta de lanza de dicho movimiento, entre ellos el PSOE. A pesar de las maniobras anestesiantes descritas en el capítulo anterior, el conocimiento de estos temas está al alcance de cualquiera que estudie el debate ideológico en el mundo de la intelligentsia socialista. Pero evidentemente, el público en general no tiene idea clara de esta realidad. Los grandes medios informativos no se ocupan en mostrar que, de hecho, el socialismo pretende realizar un cambio radical de las mentalidades —que a su vez redunda en una profunda transformación de la cultura y de la civilización— y no se ciñe a un simple programa de gobierno como el de cualquier otro partido burgués.

 

2- Una secta filosófica que aspira a una transformación radical de la sociedad y del propio hombre

a) Una concepción global del universo. — Los partidos socialistas entroncan en una concepción filosófica global —del hombre, de la cultura, de la civilización y del propio universo — atea, materialista y de inspiración hegeliana*.

b) El aparato político para imponerla. — Al servicio de este designio los socialistas colocan, sectariamente**, las organizaciones partidistas y sus líneas auxiliares en ámbito local o internacional***.

 

* La Internacional Socialista congrega partidos con un fondo filosófico común en que prepondera el marxismo. Aun quienes llegaron a los diversos partidos socialistas a través del humanismo laicista o de los izquierdismos cristianos, no rechazaron las nietas históricas del socialismo. Ni siquiera las abandonó el SPD alemán, considerado el más liberal de todos. Ver sobre este tema Klaus MOTSCHMANN, Sozialismus, Das Gescháft mii der Lüge, pp. 26 a 30.

 

** León Xlll, el gran Pontífice de la cuestión social afirma:”Sin dificultad alguna comprendéis, venerables hermanos, que nos referimos a esos hombres sectarios que con diversos y casi bárbaros nombres se denominan socialistas, comunistas y nihilistas. Esparcidos por toda la tierra, y coligados estrechamente entre sí con una inicua asociación, no buscan ya su defensa en las tinieblas de las reuniones ocultas, sino que confiados y a cara descubierta salen a la luz pública y se empeñan por ejecutar el plan, hace tiempo concebido, de derribar los fundamentos de la sociedad civil” (Quod Aposlolici Muneris, 28-12-1878. § I).

Haciéndose eco de las enseñanzas pontificias, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira observa: “Es preciso tener en cuenta, ante todo, que el movimiento comunista constituye fundamentalmente:

— una secta filosófica atea, materialista y hegeliana, que deduce de sus erróneos principios toda una concepción peculiar del hombre, de la economía, de la sociedad, de la política, de la cultura y de la civilización;

— una organización subversiva mundial: el comunismo no es apenas un movimiento de carácter especulativo. Por los imperativos de su propia doctrina, quiere tornar comunistas a todos los hombres, y moldear enteramente según sus principios la vida de todos los pueblos. Considerada en este aspecto, la secta marxista profesa el imperialismo integral, no sólo porque pretende imponer el pensamiento y la voluntad de una minoría a lodos los hombres, sino porque, más aún, esa imposición alcanza a todo el hombre, en todas las manifestaciones de su actividad” (Trasbordo ideológico inadvertido y Diálogo, p. 6).

 

*** Aunque evidentemente los diversos PS constituyen un conjunto de fuerzas políticas menos rígidas, jerárquicas y articuladas que las del movimiento comunista mundial conducido por Moscú, los dirigentes socialistas siempre dejaron claro el carácter esencialmente internacionalista de sus respectivos partidos. Son constantes las intervenciones de la propia Interna­cional Socialista, incluso en países en donde los socialistas no están en el Poder, para vencer las resistencias a! socialismo o estimular el combate ideológico contra gobiernos conservadores.

 

3- Rumbo a un “paraíso” revolucionario utópico, radicalmente igualitario y libertario: la autogestión integral

Esta concepción filosófica global puede ser estudiada desde diferentes puntos de vista. Para los efectos de este trabajo, considerémosla desde el ángulo de su proyección histórica, o sea, de las metas y estrategias sucesivamente trazadas por los socialistas para transformar al hombre y a la sociedad.

Los antecedentes ideológicos del socialismo se remontan, para no ir más lejos, a la Revolución Francesa. En la medida en que ésta fue radicalizándose y aproximándose a su auge, surgieron en su seno sectores extremistas. La Revolución ad­quirió así, durante el Terror, efímeros pero nítidos aspectos comunistas. Los revolucionarios radicales interpretaron el lema libertad, igualdad, fraternidad hasta sus últimas consecuencias. O sea, no era sólo necesario eliminar a los reyes y a la nobleza, sino también a los propietarios, reyes en los campos, en las empresas y en el comercio, y a los padres de familia, reyes en el hogar. El más característico representante de estos sectores fue Babeuf [1].

Naturalmente, la prematura revolución dentro de la Revolución del extremista Babeuf fracasó; pero la bandera revolucionaria por él levantada sería de uno u otro modo retomada a lo largo del siglo XIX por las llamadas corrientes del socialismo utópico*. Estas actuaron en los tumultos revolucionarios que sacudieron a Europa en 1848, y especialmente en la suble­vación de la Comuna de París de 1871.

Se fue definiendo así el ideal utópico revolucionario, según el cual en la sociedad deben ser abolidas la propiedad privada y las diferencias entre las clases sociales. Se eliminará entonces toda forma de superioridad entre los hombres, desapareciendo incluso la distinción entre gobernantes y gobernados. En este nuevo estado de cosas la libertad será absoluta, porque habrán sido suprimidas la ley moral y las leyes coercitivas que rigen la sociedad civil. Se establecerá el amor libre. Desaparecerán por inútiles la policía, el Gobierno, el Estado y, por supuesto, la Religión y la Iglesia. El hombre romperá por fin las cadenas de la Ley Natural impresa por el Creador en lo más íntimo de su alma. Lo imposible se volverá realizable: la anarquía, en el sentido etimológico de la palabra (an, en griego privado de, y arché, gobierno) no resultará en el caos. De ahí las descripciones románticas que muchos autores han hecho del modo de vida tribal, al pintarlo con las apariencias más idílicas posibles**.

 

* Sobre las relaciones entre las doctrinas inspiradoras de la Revolución Francesa, el movimiento de Babeuf y el socialismo utópico del siglo XIX ver también Julius BRAUNTHAL, Geschichte der Internationale, t. I, pp. 45 a 51; Elie HALEVY, Histoire du socialisme européen, pp. 80 a 92. Además hay un estudio sobre las relaciones entre la Revolución Francesa y el movimiento socialista en Karl MARX y Friedrich Engels, Utopisme & communauté de l'avenir, especialmente en las pp. 6 a 8 y 149-150. A ese propósito, afirma Engels, cofundador con Marx del llamado socialismo científico: “El socialismo científico alemán no olvidará jamás que se ha alzado sobre los hombros de Saint-Simon, de Fourier y d'Owen” (op. cit., p. 8). Hay aún más datos aclaradores sobre las relaciones entre la Revolución Francesa y el movimiento socialista en el libro de Filipo Buonarrotli (1761-1837), compañero de Babeuf en la Conspiración de los iguales de 1796, Histoire de la Conspiration pour l'Égalité, dite de Babeuf, Bruselas, 1828, apud LEHNING, De Buonarotti a Bakounine, pp. 45-98, y HALEVY, Histoire du socialisme européen, p. 81.

 

** Friedrich Engels describió con estas palabras la sociedad tribal de los indios iroqueses: “¡Admirable constitución esta de la gens, en toda su juventud y con toda su sencillez! Sin soldados, (policía, nobleza, reyes, gobernadores, alcaldes, jueces) sin prisiones ni procesos, todo marcha con regularidad. Todas las querellas y todos los conflictos los zanja la colectividad a quien conciernen, la gens o la tribu, o las diversas gentes entre ellas. (...) No hace falta nuestro estorbo de aparato administrativo, tan vasto y complicado, aún cuando hay entonces muchos más asuntos comunes que arreglar que en nuestros días; la economía doméstica es común para una serie de familias y es comunista; el suelo es propiedad de la tribu, y sólo al principio tienen las casas pequeños huertos. (...) Todos son iguales y libres.”

Con base en esta descripción, explica enseguida la etapa final de la revolución comunista: “Así, pues, el listado no existe desde toda la eternidad. Hubo sociedades que se pasaron sin él, que no tuvieron ninguna noción del Estado y de la autoridad del Estado. En cierto grado del desarrollo económico, necesariamente unido a la escisión de la sociedad en clases, esta escisión hizo del Estado una necesidad. Ahora nos aproximamos a paso de gigante a un grado de desarrollo de la producción en que, no sólo ha dejado de ser una necesidad la existencia de estas clases, sino que ha llegado a ser un obstáculo positivo para la producción. Las clases desaparecerán tan fatalmente como surgieron. (Con el desaparecimiento de las clases, desaparecerá inevitablemente el Estado). La sociedad que organizará de nuevo la producción sobre las bases de una asociación libre e igualitaria de los productores, transportará toda la máquina del Estado allí donde, desde entonces, les corresponde tener su puesto: al museo de antigüedades, junto al torno de hilar y junto al hacha de bronce” (Federico ENGELS, El origen de la Familia — La propiedad privada y el Estado, pp. 122, 216-217).

NOTA: Esta traducción, hecha por la Academia de Ciencias de la URSS, disfrazó u omitió en ciertos trechos el texto de Engels por razones políticas. Entre paréntesis hemos puesto las frases omitidas que figuran en otras traducciones.

 

Con la entrada en escena de Carlos Marx, auxiliado por Engels, las corrientes revolucionarias encontraron en las teorías de ambos una sistematización filosófica y un método de análisis para iniciar un proceso que llevase la utopía a la práctica. Fue el llamado socialismo científico o comunismo. Nació de ahí el movimiento internacional para realizar la revolución socialista. De su seno salieron los líderes del partido bolchevique ruso que, con Lenin a la cabeza, hicieron la revolución que transformaría a Rusia, a partir de 1917, en la Meca del socialismo mundial.

En 1919 este movimiento marxista tuvo su primera gran división. Los que adhirieron a la tesis de la toma del poder por la violencia propuesta por Lenin se aglutinaron en la Internacional Comunista, fundada poco antes por el líder ruso. Quienes consideraban que en Occidente no sería posible tomar el poder y derribar el orden capitalista vigente con la rapidez y la violencia de la revolución bolchevique, pasaron a llamarse socialistas a secas. Se definía así la Internacional Socialista, distinta de la Internacional Comunista dirigida por Lenin*. Años más tarde, el dirigente soviético Trotsky daría origen a una tercera facción dentro del marxismo: fue la corriente anarco-bolchevique, que acusaba a Stalin de caminar demasiado lentamente hacia la realización de la meta comunista, esto es, la utopía revolucionaria. Meta que también es el objetivo de las corrientes anarquistas propiamente dichas, o libertarias.

De este modo, socialistas, comunistas y anarquistas, compartiendo un origen doctrinal común, pero diferenciándose en los métodos de acción, se mantuvieron unidos en la aspiración de una misma meta final, radicalmente igualitaria y libertaria**; y por eso en Occidente se les ha podido ver incontables veces en lo que va de siglo formando frentes de acción común, y hasta coaliciones gubernamentales para desarrollar determinadas etapas del proceso revolucionario***.

 

*Bajo la dirección de Carlos Marx, los socialistas se unieron, a partir de 1864, en la Iª Internacional (“Asociación Internacional de Trabajadores''), que tuvo duración efímera y se auto-disolvió en el Congreso de Filadelfia, en julio de 1876. Años después, en 1889, se creó la llamada IIª Internacional para continuar la obra iniciada por Marx. Tras la victoria de la revolución comunista en 1917, Lenin protagonizó una escisión dentro de la IIª Internacional, fundando en 1919 la Internacional Comunista, que pasó a ser conocida como la IIIª Internacional.

La Internacional Socialista —que adquirió su actual configuración tras el congreso de Frankfurt de 1951— es la continuadora de la IIª Internacional.

 

** Sobre el hecho histórico de esta unidad en las metas, véase por ejemplo lo que dice un portavoz de grupos anarquistas congregados en la CNT: “¿Por qué tipo de sociedad luchamos? Por una sociedad sin clases, igualitaria, donde necesariamente los medios de producción estarán socializados (no estatalizados), autogestionados por los propios trabajadores, como el conjunto de la sociedad y sus estructuras. A esto es lo que llamamos comunismo libertario: una sociedad autogestionada federal e igualitaria.”

En la misma declaración se agrega más adelante: “No pienso que haya muchas diferencias entre la concepción de la sociedad final a la que aspiramos socialistas, comunistas y libertarios. Las diferencias vendrían más bien en los medios y en las etapas precedentes” (in Sergio FANJUL, Modelos de transición al socialismo, pp. 131-132 y 136).

 

*** Hasta los partidos comunistas occidentales, que mantenían la obediencia a Moscú en la época estaliniana, debieron reconocer que las condiciones de sus países no permitían aplicar las drásticas fórmulas con las que Lenin se apoderó de Rusia. Muchas veces buscaron formas de coalición a través de los Frentes Populares, de la “política de la mano tendida” de Thorez, etc. Esta necesidad de una estrategia gradualista marca también la obra teórica del mayor ideólogo comunista en Occidente, el italiano Antonio Gramsci. Su teoría del bloque histórico económico-político postula que las fuerzas socialo-comunistas alcancen una hegemonía cultural y política capaz de hacer posible la transformación radical de las estructuras socio-económicas.

 

II — El estancamiento revolucionario del comunismo ruso

 

1. Etapas que los soviéticos se proponían recorrer para llegar a la sociedad autogestionaria

Pese a estar divididos, socialistas, comunistas y anarquistas saben que, de acuerdo con las teorías de Marx y Lenin, la revolución soviética debe recorrer en el menor tiempo posible las siguientes etapas:

Dictadura del proletariado. — Acabar con el poder de la nobleza y de la burguesía capitalista en todos los terrenos, eliminando la propiedad privada de los medios de producción, que pasarían a manos del Estado; e implantar violentamente la llamada dictadura del proletariado, en la cual el partido comunista ejercería el poder en nombre de la clase obrera. Esta sería la democracia popular como sistema político, asentada sobre el capitalismo de Estado como régimen económico-social.

Creación de una nueva mentalidad colectivista. — Los pueblos bajo el régimen soviético —y los que fueran siendo incorporados por los mismos métodos a la órbita de Moscú— irían paulatinamente modificando su mentalidad, al vivir en una sociedad que habría destruido las estructuras económico-sociales básicas del capitalismo burgués. Abandonarían así la mitología burguesa con sus ideas religiosas alienantes, sus nociones de desigualdades sociales, de diferencia entre el trabajo intelectual y manual, etc., asimilando completamente el colectivismo nivelador. Se transformarían de este modo en auténticos socialistas.

Autogestión o comunismo integral. Extinción del Estado. — Llegaría entonces el momento de hacer efectiva la democracia socialista integral, el comunismo propiamente dicho, o sea, la autogestión.

El punto de partida sería la transformación de la propiedad de los medios de producción, ya entonces completamente estatalizada, en propiedad social. O sea, la transferencia de dichos medios de producción en carácter colectivo a los campesinos y obreros que con ellos trabajan*. Estos autogestionarían las respectivas unidades productoras rurales o urbanas, es decir, asumirían directamente la ejecución de todas las tareas manuales e intelectuales, indistintamente, incluida la dirección. Los campesinos y obreros dejarían la condición de proletarios para pasar a ser —según la fórmula de Marx—productores directos, asociados libre e igualitariamente a otros productores directos en la gestión de una propiedad social que se habría liberado del dominio estatal**.

 

* Esta meta está consagrada en el preámbulo de la Constitución soviética, donde se lee: “El objetivo supremo del Estado soviético es edificar la sociedad comunista sin clases, en la que se desarrollará la autogestión social-comunista”. (Constitución — Ley Fundamental — de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, 7 de octubre de 1977, p. 5).

 

** Esta fue la meta trazada por Marx, quien en El Capital afirma que en la etapa autogestionaria los medios de producción quedarán “en las manos de los productores asociados y en consecuencia serán propiedad social suya” (apud Wolfgang LEONHARD, Die Dreispaltung des Marxismus, p. 59). Refiriéndose a la nacionalización de la tierra, el mismo Marx explica que, al efectuarla, “la sociedad será transformada en una asociación de productores libres” (ib.).

Por su parte, Engels afirma que en esa misma etapa autogestionaria “las clases desaparecerán tan fatalmente como surgieron. La sociedad, que organizará de nuevo la producción sobre las bases de una asociación libre e igualitaria de los productores transportará toda la máquina del Estado allí donde, desde entonces, le corresponde tener su puesto: al museo de an­tigüedades, junto al torno de hilar y junto al hacha de bronce” (Federico ENGELS, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, pp. 216-217).

 

En cada una de estas nuevas unidades empresariales las decisiones directivas corresponderán a una asamblea de autogestores, en la cual participarán también representantes de los consumidores y de otros sectores relacionados con el ciclo productivo. La autogestión debería extenderse también a las empresas del sector de servicios, cuya importancia creciente en nuestros días es notoria. Socializada la propiedad estatal, los autogestores se asociarán —siempre colectivamente— a las otras unidades empresariales, productivas o de servicios, auto-gestionadas.

Por detrás de la autogestión, una dictadura menos ostensiva pero más meticulosa

Son numerosas las razones que permiten prever la permanencia de la dictadura comunista, menos ostensiva pero más meticulosa, en las comunidades autogestionarias.

Los teóricos marxistas son poco precisos sobre ciertos puntos neurálgicos de esta marcha hacia la autogestión. Por ejemplo, las pequeñas unidades autogestionarias, ¿cómo podrán llevar a cabo el esfuerzo productivo o de prestación de servicios, exigido por las costosas condiciones tecnológicas modernas, sin recurrir a una asociación cooperativa mayor?

Ciertas formas de producción exigen el concurso de millares de personas en una misma empresa, lo que torna inevitable que la asamblea de autogestores delegue la dirección en una minoría que dispondrá de hecho de los resortes de la empresa. La autogestión sería, pues, una mera figura. ¿Se renunciaría entonces a los adelantos y al bienestar que tales empresas proporcionan, para atomizarlas en pequeñas unidades incapaces de producir los mismos bienes?

Además, para que las complicadas relaciones de las unidades autogestionarias entre sí no resulten en un caos incontrolable, se impondrá la necesidad de que se asocien en cooperativas del mismo sector, todas ellas bajo la dirección de una supercooperativa que centralizará la coordinación del inmenso conjunto.

Tanto Marx como Engels fueron taxativos: dicho sistema cooperativo es una exigencia del traspaso de las empresas a los productores libres (autogestores); y la centralización de la dirección del conjunto de cooperativas constituye una necesidad imperiosa. Siendo así, ¿desaparecería realmente el Estado, o tan sólo cambiaría de forma, pasando a ejercer —a través de la referida centralización — un dominio más meticuloso que el actual?

*   *   *

Afirma Marx en La nacionalización de la tierra: “La centralización nacional de los medios de producción pasará a ser la base natural de una sociedad que se compondrá de asociaciones de productores libres e iguales que actuaren en plena conciencia siguiendo un plan común y racional” (apud PAPAIOANNOU, Marx et les marxistes, p. 216).

El mismo Marx escribe en La Guerra civil en Francia: “La Comuna buscaba la expropiación de los expropiadores. Ella quería transformar los medios de producción, la tierra y el capital, hoy en día esencialmente medios de sometimiento y de explotación del trabajo, en simples instrumentos de un trabajo libre y asociado (...) Si la producción cooperativa no debe permanecer como un fraude y una trampa; si ella debe despojar el sistema capitalista; si el conjunto de asociaciones cooperativas debe reglar la producción nacional según un plano común, tomándola así bajo su propia dirección (...) ¿qué será esto, señores, sino comunismo, un muy posible comunismo?” (ib.).

A su vez, Engels afirma en su Introducción a La Guerra civil en Francia: “EL decreto de lejos más importante de la Comuna instituía una organización de la gran industria e incluso de la manufactura, que debía basarse no sólo en la asociación de los trabajadores de cada fábrica sino también reunir todas esas asociaciones en una gran federación; en resumen, una organización que, como Marx dice muy justamente, debía desembocar finalmente en el comunismo” (ib., p. 217).

Paralelamente, el Estado iría perdiendo los poderes que con­centraba en la fase anterior, hasta quedar relegado a un ámbito de coordinador administrativo de esta galaxia de comunidades autónomas, más o menos articuladas entre sí, que constituirían la sociedad autogestionaria global. Y por fin, de un modo aún no definido, el Estado se extinguiría gradualmente por inutilidad de sus funciones.

Se superarían así todas las contradicciones de esta era histórica en un mundo sin Dios, sin Iglesia y sin Estado, en la que los hombres convivirían armónicamente en la más completa libertad e igualdad. La utopía se habría hecho realidad histórica (ver recuadro al lado).

En la sociedad como existe hoy, incluso detrás del Telón de Acero, el individuo encuentra alguna forma de libertad en el anonimato de las grandes concentraciones urbanas o en el aislamiento de la vida rural. Pero en el interior de un comité o asamblea autogestionaria queda sometido al control del poder cooperativo central. En nada podrá contradecir al interés colectivo de la pequeña comunidad a la cual pertenece y de la cual depende prácticamente en todo. Es la cárcel del micro-colectivismo en la que todos deben adoptar los padrones radicalmente igualitarios inherentes al comunismo. Así, pues, la autogestión, lejos de liberar al hombre, lo sujeta al colectivismo completo no sólo de los bienes, sino también de las mentalidades. Cada comité o asamblea autogestionaria se convertirá en un pequeño soviet donde la vigilancia será ejercida con mi­rada de lince y la represión con mano de hierro.

Por fin, puede preguntarse si la estructura estatal del comunismo, aun cuando su poder fuera menos aparente, permitirá a las unidades autogestionarias el desarrollo de sus actividades económicas y sociales en un sentido no estrictamente colectivista e igualitario. Parece claro que no, pues actitudes así pondrían en riesgo todo el sistema. En realidad, esta evolución autogestionaria supone que los hombres pierdan la noción de su interés personal y sean absorbidos por la vida colectiva, o entonces que la vigilancia revolucionaria impida que dicha noción renazca y se manifieste nuevamente.

 

2. Después de setenta años aún no han salido de la primera etapa: el capitalismo de Estado

Sin embargo, transcurridos setenta años desde la implantación del régimen marxista en Rusia, los hechos parecen aun estar muy distantes de la meta deseada...

Los desdichados países dominados por la secta comunista gimen hasta hoy bajo el peso del Estado-moloch establecido en Rusia por Lenin, Stalin y sus sucesores e impuesto a las naciones satélites.

La propiedad estatalizada no se ha convertido en propiedad socializada o autogestionaria. Las reformas económico-sociales y políticas impuestas por los partidos comunistas se han revelado por sí solas incapaces de desarraigar de la mentalidad de los pueblos los principios morales y las tradiciones que —según los teóricos marxistas— eran un simple producto de las estructuras capitalistas. Pese a que durante décadas se ha abatido sobre la Iglesia y la religión la más cruel persecución de la historia, resurgen hoy las convicciones religiosas entre los pueblos de detrás del Telón de Acero.

Ni siquiera dentro de los propios partidos comunistas los postulados colectivistas e igualitarios han sido íntegramente asimilados. Son constantes en este sentido las manifestaciones de preocupación de los dirigentes rusos y de Europa Oriental por la falta de convicciones ideológicas y por el franco opor­tunismo existente en los PCs, dispensadores de todos los privilegios a los que se puede aspirar en el Estado comunista.

A todo lo anterior debe agregarse que tampoco se cumplieron las promesas comunistas de un bienestar material. Por el contrario, el fracaso de la producción económica se hizo cada vez más patente.

 

3. El fracaso de los métodos clásicos de persuasión ideológica en Occidente

Para que este cuadro no quede incompleto, es necesario añadir el fracaso de la persuasión ideológica comunista en el mundo occidental. En efecto, según la famosa profecía de Marx, a medida que se desarrollara la economía capitalista, crecería la oposición entre el proletariado industrial cada vez más pobre y la burguesía cada vez más rica. Esto produciría una agudización de la lucha de clases, por medio de la cual la clase obrera conquistaría el poder en las naciones industrializadas de Occidente. Se implantaría entonces, por todas partes, la dictadura del proletariado, dando origen al proceso de socialización.

Ahora bien, durante casi un siglo la propaganda comunista, servida por habilísimos especialistas y teniendo a su disposición cuantiosos recursos económicos y una amplia libertad de acción —y contando además con simpatizantes en casi todos los sectores no comunistas de la sociedad occidental—, incitó continuamente a campesinos y obreros del mundo libre a apoderarse de los bienes de la burguesía explotadora. Sin embargo, en ningún país occidental los partidos comunistas llegaron a transformarse en fuerzas mayoritarias. Sus contingentes electorales, por el contrario, son escuálidos, cuando no irrisorios.

Los obreros y campesinos se muestran, pues, refractarios a aceptar las promesas del paraíso colectivista. Razones no les faltan para ello: además de las que les dicta el sentido común, enraizado en la misma naturaleza humana y fortalecido por una herencia cristiana milenaria, les basta conocer el llamado socialismo real implantado por los soviéticos detrás del Telón de Acero*.

 

* Sobre este impasse comunista y la estrategia de coexistencia pacífica, diálogo y convergencia que a partir de la década de los sesenta adoptaron los dirigentes del Kremlin en relación a Occidente, recomendamos la obra del profesor Plinio CORRÊA DE OLIVEIRA, Trasbordo ideológico inadvertido y Diálogo.

 

III — Los primeros intentos comunistas para encontrar una salida al atolladero

 

1. El humanismo marxista

A medida que se volvía patente el estancamiento de la revolución en Rusia, fue adquiriendo cuerpo en ciertos países de Europa oriental una nueva corriente dentro de la ortodoxia comunista. Esta facción se atribuía la tarea de abrir una vía que evitase el estallido del malestar popular creciente, aunque mudo y pasivo, y ofreciera una salida al impasse ya descrito.

Fue el llamado humanismo marxista que, interpretando sobre todo los escritos de juventud de Marx, lanzó el análisis crítico más difundido en el ámbito de la intelligentsia comunista a lo que llamó el estado socialista burocrático de tipo estaliniano. Al mismo tiempo, levantó con cautela la bandera de una cierta descentralización económica y liberalización política del régimen, camino de la etapa autogestionaria*.

 

* Los humanistas marxistas, minoritarios pero tolerados dentro de diversos PCs de Europa oriental de obediencia soviética, criticaban no sólo el estancamiento del socialismo burocrático estaliniano, sino también aspectos del propio materialismo histórico-dialéctico que Stalin había transformado en doctrina oficial de la Internacional Comunista. También ateos y materialistas, los humanistas marxistas, en su versión más categórica, comenzaron a sostener que las leyes de la dialéctica —que según Marx impulsan la evolución histórica— no eran un movimiento autónomo de la materia o de la naturaleza, sino el dinamismo de la autocreatividad del hombre en su lucha contra las alienaciones a través de la historia. Afirmaban que, por no aceptar esto, los dirigentes soviéticos habían transformado al hombre en un mero apéndice de la máquina estatal burocrática, estancando el proceso revolucionario en su fase de capitalismo de Estado. Y que asimismo ignoraban cuestiones vitales levantadas por las tendencias culturales antropocéntricas, que comenzaban a afirmarse en Europa después de la II Guerra, como el existencialismo de Sartre, Camus y otros, (cfr. Tone Stres, Il marxismo e la demanda sull'uomo in “CSEO documentazione”, n° 111, nov. 76, pp. 314, 316-320, 322-324).

 

a) En Polonia. — Ciertas tesis humanistas fueron asimiladas como reflexiones teóricas por filósofos y sociólogos del PC polaco, después del ascenso al Poder del equipo antiestalinista de Gomulka entre 1957 y 1958*. Uno de los mayores exponentes de este humanismo marxista en Polonia es el filósofo Adam Schaff.

 

* Más tarde, el humanismo marxista inspiró el intento de liberalización llevado a cabo por el secretario general del PC polaco Gierek que, en estrecho contacto con Moscú, fue conduciendo la política gubernamental en relación al sindicato Solidaridad (cfr. Jan PAWLICA, Ponencia en mesa redonda Insegnare marxismo in “CSEO documentazione”, nº 134, dic. 11978, pp. 393-394).

El sindicato Solidaridad se formó a raíz de las huelgas obreras de 1980, y en él se inscribieron incontables militantes comunistas polacos. En su seno adquirió gran influencia la llamada red de representantes sindicales de las grandes empresas estatales. Solidaridad propuso al país la implantación directa y amplia del sistema autogestionario. El propio gobierno comunista salió al paso del sindicato con la contra-propuesta de una tímida y controlada autogestión en ciertas empresas estatales, cristalizada en una ley aprobada por el Congreso en las vísperas del golpe de 1981 (cfr. SOLIDARNOSC, Le programme de Solidarnosc y Polonia: la revolución de Solidarnosc in “Apuntes”, pp. 138-139, 177-182).

 

b) En Hungría.— La corriente humanista se manifestó también en otro PC tan oficialista como el de Hungría, donde dicha tendencia estaba representada especialmente por el círculo Petöfi, que apoyó al dirigente comunista Imre Nagy durante los acontecimientos de 1956, postulando entre sus reivindicaciones la dirección obrera de las industrias. Entre los exponentes de esta facción se destacó el teórico comunista Giörgy Lukács*.

 

* En el mismo sentido puede leerse el manifiesto de la Sociedad de Escritores Húngaros (23-10-1956) que tiene como leit motiv introducir la autogestión obrera dentro de los marcos de una democracia socialista conducida por un Partido Comunista renovado (cfr. PAPAIOANNOU, Marx et les marxistes, pp. 451-452). Puede consultarse también LEONHARD, Die Dreispaltung des Marxismus, pp. 364-370.

 

c) En Yugoslavia. — Pero ha sido en Yugoslavia donde la corriente humanista marxista ha tenido su mayor proyección, después de la ruptura de Tito con Stalin. Los teóricos comunistas yugoslavos encontraron en dicha corriente la justificación ideológica —dentro de la ortodoxia marxista— para imponer desde arriba, y bajo cuidadoso control, una fachada autogestionaria al régimen. En la Yugoslavia autogestionaria los medios de producción siguen perteneciendo básicamente al Estado, y tanto la planificación estatal de la economía como el control comunista de la dirección de las empresas socializadas siguen existiendo. El partido comunista continúa asimismo ejerciendo dictatorialmente el poder en esta fase de transición, y dirige igualmente los mecanismos de expresión política de los autogestores. Los dirigentes comunistas están de tal manera conscientes de la falacia de esta organización supuestamente autogestionaria y de su falta de raíces en la men­talidad popular, que prohibieron constitucionalmente oponerse a la autogestión*.

Todavía son necesarias las alambradas

La utopía autogestionaria no acaba de llegar

El socialismo de estilo soviético no ha entregado el poder a los obreros como habían prometido los fundadores del comunismo, ni ha logrado tampoco persuadir a las masas. En los países comunistas siguen de pie las dictaduras y el capitalismo de Estado. En las últimas décadas se registraron en esos países varios intentos de superar el estancamiento revolucionario, a través de medidas de “liberalización” autogestionaria, pero todos terminaron en fracasos.

Sin embargo, gracias a una propaganda sistemática e insistente por parte de numerosos medios de información occidentales, la experiencia yugoslava ha servido para dar cierta credibilidad a la idea de que el revisionismo marxista podría suavizar el régimen colectivista; y esto incluso en Rusia, conforme al grado de influencia que allí pudiese adquirir la corriente humanista. Al mismo tiempo, presentó una vía revolucionaria más transitable para los propios comunistas y socialistas de los países occidentales. La subida al Poder en Rusia de Nikita Kruschev, inaugurando la llamada etapa de desestalinización, confería credibilidad a tales ilusiones. Pero con el paso del tiempo no iba a ser posible a los comunistas yugoslavos y a sus propagandistas en Oriente y Occidente ocultar el carácter limitado y decepcionante de la experiencia titoísta.

 

* La Constitución yugoslava considera la autogestión como una “forma particular de la dictadura del proletariado” (cfr. Constitución de la República Socialista Federativa de Yugoslavia, Borba, Belgrado, 1974, p. 74), Por si fuera poco, prohíbe toda actividad política destinada a restablecer una economía que no sea la autogestionaria (ib.). Considera aún “bases irreversibles”, del régimen “la propiedad social de los medios de producción” y “el derecho a la autogestión” (ib. pp. 65-66), El Partido Comunista yugoslavo —que adoptó el nombre de Liga de los Comunistas de Yugoslavia— mantuvo el control estricto del país y de las actividades autogestionadas, lo cual fue expresamente reconocido por Mijalko Todorovic, presidente de la Asamblea federal, al presentar la Constitución (ib., pp. 41-43). El artículo VIII de los “Principios fundamentales de la Constitución” (ib., pp. 84 a 88) tampoco deja dudas sobre este particular. La impopularidad de este sistema es tal que el gobierno se vio obligado a prohibir las críticas. Esta prohibición fue objeto de una denuncia en el Parlamento Europeo, cuya comisión sobre los derechos humanos en un informe elaborado por el diputado británico M. Pray dice: “Está prohibido criticar al ex presidente Tito, al partido y a la teoría de la autogestión socialista” (“Le Monde”, 2-3-1983. Ver además Franc PERKO, Il cristiano sloveno nella societá de l'autogestione in “CSEO documentazione”, n°s 53-54, sep-oct. 1971, pp. 202-203; Daniel CHAUVEY, Autogestión, pp. 40-41.

 

d) En Checoslovaquia. — Otro intento frustrado en el área soviética para romper el estancamiento y salvar el prestigio de la revolución socialista fue el de Checoslovaquia, bajo la dirección de Dubceck en 1968. También allí, teniendo por base doctrinal el humanismo marxista, y siempre tras cuidadosas consultas con Moscú, comenzaron a experimentarse una serie de medidas para rejuvenecer el socialismo burocrático. Fueron dados algunos pasos tímidos hacia el socialismo autogestionario. Pero cuando se verificó que la llamada Primavera de Praga se transformaba, por obra del malestar popular incontenible, en una oleada antisocialista que ponía en peligro los fundamentos del propio régimen marxista, los tanques soviéticos se encargaron de clausurar la experiencia.*

 

* Sobre la evolución del comunismo oficial checoslovaco rumbo a la autogestión de 1964 a 1968 ver Daniel CHAUVEY, Autogestión, pp. 41-49.

El XIV Congreso Extraordinario del PC checoslovaco realizado en agosto de 1968, cuando la Primavera de Praga tenía un fin trágico, adoptó una orientación claramente autogestionaria (cfr. PARTI COMMUNISTE TCHECOSLOVAQUE, Le Congrès Clandestin, pp. 156-159, 258-264, 277, 291-293).

Poco después, el manifiesto del 28 de octubre de 1970 del Movimiento Socialista de los Ciudadanos Checoslovacos, constituidos en parte por miembros del PC local, adoptó orientación análoga (cfr. Jiri PELIKAN, Socialist Opposition in Eastern Europe, pp. 126, 128, 130).

 

2. La Revolución Cultural china

Otro gigantesco esfuerzo, éste terriblemente sangriento, para sacar del atolladero a la revolución comunista, se llevó a cabo en la China de Mao Tse-Tung, a partir de la llamada Revolución Cultural. Los dirigentes del PC chino criticaban tanto el régimen soviético por desviarse de la meta comunista final, como los intentos revisionistas de los PCs de la Europa oriental.

Camboya: una experiencia autogestionaria violenta

Refugiados Camboyanos abandonan el país rumbo a Tailandia

Los Khmer rojos, apoyados militarmente por China vencieron las tropas gubernamentales camboyanas el 17 de noviembre de 1975. Ordenaron inmediatamente la evacuación de la capital, Phnom Penh. Miles de hombres y mujeres, viejos y niños murieron en las carreteras durante un éxodo dantesco. La población fue agrupada en comunas rurales. La ciudad, de casi tres millones de habitantes, quedó reducida a veinte mil personas. Desapareció la industria, se abandonaron los hospitales y las universidades, se eliminó el dinero, se prohibieron los contactos con el exterior. Todo ello con el objeto de crear una sociedad que no tuviera, nada en común con la civilización industrial.

Para ahorrar municiones, los Khmer rojos asesinaban con palos, bayonetas o picas a todos los sospechosos, es decir, a quienes pudieran ofrecer alguna oposición al régimen. Los primeros en morir fueron los que pertenecían a las clases dirigentes: militares, funcionarios del gobierno, intelectuales, profesionales y también los estudiantes. Por el simple hecho de saber francés — considerado un residuo intolerable del colonialismo europeo — eran eliminados sin piedad niños mayores de diez años.

En consecuencia del cierre de los hospitales, de la persecución a los médicos, de la escasez de medicamentos —lanzados a la basura como fruto de la cultura occidental — y de la falta de alimentos, aumentaron de modo aterrador las enfermedades. Por ejemplo, el 80 por 100 de tos campesinos contrajeron la malaria.

El Estado prácticamente desapareció. La dirección político-administrativa de aquello que ya no era una nación, sino un conglomerado de comunas rurales miserables, quedó a cargo de un órgano misterioso, siniestro e invisible, el Angkar.

Todos trabajaban por igual en las comunas. Plantaban arroz, abrían canales y construían diques sin las técnicas ni máquinas modernas. Los niños no podían convivir con sus respectivos padres, pues todos los adultos eran para ellos, indistintamente, papá y mamá. A su vez, los padres tampoco podían dar a sus hijos ningún trato preferencial. Los apellidos fueron suprimidos.

Para mantener esta situación, el Angkar formó un verdadero ejército de espías y nombró un responsable para cada unidad de producción. Había que defender por medio del terror policialesco al paraíso comunal emancipado e igualitario.

Una vez más se manifestaba, después de innumerables violencias y horrores, el clamoroso fracaso comunista al intentar cambiar a la fuerza la mentalidad del pueblo e imponer la vida comunal autogestionaria. Si hubiera cesado el control férreo del Angkar todo hubiera vuelto a sus cauces normales.

Las cifras sobre el número de personas sacrificadas en la experiencia de autogestión integral en Camboya, entre 1975 y 1978, son imprecisas. Muchas estimativas calculan en más de dos millones el número de muertos, otras hablan de tres millones. Cifra elevadísima si se tiene en cuenta que la población no alcanzaba los ocho millones.

Tras la invasión vietnamita, en 1978, la experiencia camboyana fue en parte suspendida (cfr. “Catolicismo”, São Paulo, diciembre de 1983; François PONCHAUD, Cambodge année zéro; Jean LACOUTURE, Survive le peuple cambodgien!; Jacques ELLUL, Changer de révolution — L'ineluctable proletariat, pp. 190-196; Michel LEGRIS, “Le Monde” tel qu'il est, pp. 132-141).

Miguel Bakunin (1814-1876), el más conocido teórico y líder anarquista del siglo XIX, que volvió a la actualidad con la rebelión estudiantil de 1968, describe el gobierno anárquico del mundo de un modo que recuerda al Angkar camboyano: “Ningún individuo tendrá poder — no habrá ni orden, ni autoridad pública. Y ¿qué ocupará su lugar, para que la anarquía revolucionaria no desemboque en la reacción?— La actuación colectiva de una organización invisible difundida en todo un país. (...) Y cuando suene la hora de la revolución, (vendrá) la eliminación del Estado y de la sociedad burguesa, incluidas todas las relaciones jurídicas. (...) Y para salvar la revolución, para conducirla a buen término, en medio de esta anarquía, la acción de una dictadura colectiva, invisible, no revestida de ningún poder, pero tanto más eficaz y poderosa. (…) Yo no veo más salvación que en la anarquía revolucionaria, dirigida en todos los aspectos por una fuerza colectiva invisible — la única dictadura que admito, porque es la única compatible con (…) la plena energía del movimiento revolucionario (...) Debemos producir la anarquía y, pilotos invisibles en medio de la tormenta popular, debemos dirigirla, (...) Esta dictadura será tanto más sana y poderosa cuanto no esté revestida de ningún poder oficial, ni de ningún carácter ostensible” (De la guerre a la Commune, pp. 460, 465, 469, 471, 472).

Lanzaron entonces una operación de una radicalidad y de una violencia física y moral inauditas. Se trataba de extirpar de la propia intimidad de las conciencias, dentro y fuera del partido, hasta la última raíz del pasado feudal y capitalista; objetivo éste para el cual la mera implantación dictatorial del colectivismo se había demostrado insuficiente.

De esta manera pretendía el PC chino —salteando la etapa de la industrialización bajo el signo del capitalismo de Estado— imponer drásticamente las condiciones para organizar la sociedad en base a comunas autogestionarias. Sin embargo, el Estado comunista, al mismo tiempo que estimulaba la anarquía terrorista de la juventud fanatizada de la Guardia Roja, frenaba el proceso de su propio desmantelamiento para garantizar un mínimo de orden*.

 

* Al analizar la revolución cultural china (1966-1978), afirmó el experto alemán Gúnter Bartsch: “Mao Tse-Tung quiso que su sistema echara raíces profundas de manera que no pudiera ser derrumbado. Para ello le pareció necesario crear tres condiciones: destrucción de los restos del confucionismo, ante todo el culto a la familia y a los antepasados; una separación definitiva entre maoísmo y bolchevismo, para impedir el aparecimiento de cualquier manifestación de éste (...) y, tercero, educación de millones de seguidores. La revolución cultural debería destruir todas las raíces del estilo de vida derivada del confucionismo (...) Ella era, por una parte, una revolución de base anarco-comunal para destruir e intimidar; por otra, una revolución de cúpula, estatal-comunista, para disolver una casta de funcionarios, garantizando, simultáneamente, un mínimo de orden” (Günter BARTSCH, Kommunísmus, Sozialismus, Anarchismus pp. 108-109).

El escritor socialista francés Jacques Ellul, al comentar las causas del fracaso de la revolución cultural china dice: “No se podía obtener el trabajador y el comunista ideales sino con mutaciones psico-morales y culturales. Se sabe que cuando fueron creadas las comunas, hubo que entrar en lucha contra la tradición familiar, la supremacía del jefe de familia, la inferioridad de la mujer, la cohesión de la estructura familiar, el trabajo individualizado en parcelas, y sobre todo el culto a los antepasados. Había que romper todo eso (...) y fue el drama. Porque no era fácil romper esta estructura milenaria, (...) Hubo que producir inevitablemente una ruptura cultural, un desarraigo. Y ese fue uno de los aspectos de la enorme 'Revolución Cultural', aplastamiento de los viejos que representaban el pasado, aplastamiento de aquellos que tenían alguna superioridad social (profesores, cuadros directivos, incluso los del partido, ingenieros, etc.), eliminación y destrucción de los vestigios del pasado: libros, monumentos, obras de arte... todo debía ser atrasado.”(Jacques ELLUL, Changer de révolution — L'inéluctable prolétariat, pp. 106-107).

 

El paroxismo de la revolución cultural de tipo chino se dio, a partir de 1975, ante el asombro del mundo entero, en el genocidio llevado a cabo en Camboya por los Khmer Rojos. Además de eliminar físicamente entre uno y tres millones de camboyanos, los Khmer pretendieron destruir hasta los últimos vestigios de civilización existentes en ese desdichado país. Y en parte lo consiguieron (ver recuadro al lado).

También estos feroces intentos de violentar el orden natural de las cosas para imponer la utopía revolucionaria acabaron fracasando. Bajo Deng Xiaoping, la China de los años 80 se aboca a remediar el atraso industrial del país, atrayendo créditos y tecnología capitalistas y utilizando sistemas de estímulo al interés individual para conseguir algún aumento de productividad en su atrofiada economía. Por su parte Camboya, al fracasar la experiencia de autogestión, entró en la vía soviética.

La realización de la utopía autogestionaria tarda en llegar... Los fracasos en acelerar la marcha revolucionaria se acumulan.

 

IV — Un dato estratégico fundamental habitualmente ignorado en la explicación de estos fracasos

 

Al margen de las divisiones ideológicas en el mundo comu­nista —sobre cuya mayor o menor autenticidad no trataremos aquí— hay un aspecto fundamental del atolladero revolucionario que venimos describiendo, del cual prácticamente no se habla. Tan sólo trasparece de vez en cuando en ciertos docu­mentos de altos dirigentes comunistas, sobre todo rusos.

Para que el establecimiento de la autogestión no sea una mera fachada, debe acarrear el desvencijamiento de la estructura estatal hasta llegar a su sustitución por formas fluidas de organización social incompatibles con la existencia de los grandes complejos industriales de hoy*.

 

* El camino hacia la autogestión, afirma el revolucionario francés Jacques Eílut, supone la desintegración de las grandes estructuras actuales: “Es necesario que, por todas partes, las minorías tengan, antes que nadie, la palabra y los medios de expresión. (...) En esta di versificación, aparecerán espontáneamente corrientes nuevas y parentescos nuevos. (...) Esto es la condición para que sea posible la autogestión. Suena a chiste el hablar de autogestión para empresas con miles de obreros, o para organismos complejos. (...) La autogestión solamente se puede concebir para unidades reducidas. (...) Decir autogestión equivale a decir desmontaje de los conjuntos industriales, comerciales, administrativos (Changer de révolution — L'inéluctable prolétariat, pp. 249-250).

Al respecto dice también André Gorz: “Sólo la pequeña o mediana unidad de producción puede ser subordinada a las necesidades de la población, controlada por ésta, y adaptada a los recursos y aspiraciones locales; (...) solo ella puede ser administrada por los que allí trabajan y contribuir a la autonomía del municipio, de la región, de las comunidades de base. La decadencia del Estado y la autogestión no son posibles más que en un espacio social en el que las pequeñas unidades restablezcan la relación directa, si no la unidad, entre los productores y los consumidores; la ciudad y el campo” (Adiós al proletariado (Más allá del socialismo), p. 109). Gorz considera, sin embargo, que una cierta organización estatal debe subsistir para garantizar la propia existencia igualitaria de los núcleos sociales autogestionarios (cfr. ib., pp. 111-113).

 

Ahora bien, los dirigentes soviéticos y los comunistas en general no pueden iniciar efectivamente la marcha hacia la disgregación autogestionaria del Estado y de la sociedad en el Este mientras no vean que, de uno u otro modo, las naciones capitalistas de Occidente entran en el mismo camino. Habría que ser ingenuo para imaginar a Stalin, Kruschev, Brezhnev o Gorbachov transformando a Rusia en un maremagnum de comunidades autogestionarias post-industriales, más o menos desmilitarizadas, frente a unos Estados Unidos y un Occidente supercapitalistas con toda su gigantesca organización industrial, tecnológica y militar intacta, pues se habrían creado entonces las condiciones para que a cualquier momento el mundo occidental acabase fácilmente con la amenaza soviética.

Comienza un movimiento de rebelión que no se levanta en nombre de la clase obrera ni se produce en el marco de los partidos políticos, sino que se presenta, por primera vez en la Historia, como la lucha de la sensibilidad libertaria de la generación joven contra los mayores y todo su sistema de valores. Se trata de una “revolución en las maneras de sentir, de actuar y de pensar.... una revolución de la civilización''.

Los partidos socialistas europeos intentaron transformarse en los primeros catalizadores de los efectos libertarios e igualitarios de esta revolución.

De esta manera, fuese cual fuese el itinerario ideológico marcado por la ortodoxia marxista, el cumplimiento de sus etapas está condicionado a la solución del siguiente problema. ¿Hay elementos que permiten esperar que el mundo occidental evolucione directamente desde el super-capitalismo hacia un modelo de sociedad autogestionario, sin pasar por la etapa del Estado totalitario y colectivista?*. ¿Existe un método psicológico revolucionario eficaz para estimular o acelerar la transformación de las mentalidades e instituciones burguesas en tal sentido?

 

* Es muy elucidativa la postura oficial del Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS: “El desarrollo de la democracia socialista fortalece el poder del Estado y, al mismo tiempo, prepara las condiciones de su extinción y, a la par con ello, el paso a un régimen social en el que pueda dirigirse la sociedad sin necesidad de un aparato político, sin la coerción estatal. (...)

“Ahora bien, exhortar a la más rápida desaparición del Estado con el pretexto de combatir el burocratismo y proclamar, a su vez, la necesidad de renunciar al poder estatal equivale en las condiciones del socialismo, cuando todavía existe el mundo capitalista (y, lo que es más grave aún, en el periodo de transición al socialismo), a desarmar a los trabajadores frente a su enemigo de clase” (ACADEMIA DE CIENCIAS DE LA URSS, Fundamentos de la Filosofía Marxista, KONSTANTINOV, pp. 538-539).

 

Por lo demás, los dirigentes del Kremlin no pueden dejar de plantearse en este contexto otra cuestión, que condiciona las dos anteriores: existen dentro del bloque no comunista más de 800 millones de personas dirigidas espiritualmente por un solo hombre. Es la Iglesia Católica. Su estructura esencialmente jerárquica, sus dogmas, sus doctrinas y sus leyes están en el polo opuesto de la sociedad autogestionaria atea y radicalmente igualitaria. Si este inmenso conglomerado no entrara en la vía de la autogestión —democratizando las estructuras eclesiásticas y promoviendo las reformas correspondientes en la sociedad temporal— paralizaría la marcha hacia la utopía autogestionaria.

Más aún: si en un mundo disuelto en micro-unidades autogestionarias sólo la Iglesia Católica permaneciese organizada y refractaria a esa atomización, ésta tendría en sus manos todas las condiciones para asumir en un momento determinado la conducción de los destinos de la humanidad, lo cual evidentemente se opone a los designios comunistas.

 


NOTAS

 

[1] Cfr. Plinio CORRÊA DE OLIVEIRA, Revolución y Contra-Revolución, pp. 40-41; véase también sobre ia relación entre la Revolución Francesa, el movimiento de Babeuf y la revolución comunista, Manifiesto de fundación de la III Internacional in Günter BARTSCH, Kommunismus, Sozialismus, Anarchismus, p. 80; Friederich ENGELS, Del socialismo utópico al socialismo científico, pp. 31-32.