Adveniat Regnum tuum

 

Plinio Corrêa de Oliveira (*)

 

Si en todas las épocas de la historia cristiana, la fecha de Navidad abre una claridad alegre y tranquila en el curso normal y laborioso de la vida de to­dos los días, en nuestra época la tre­gua natalina asume un significado especial, porque ella equivale a un gran y universal "sursum corda" cla­mado a una humanidad tumultuosa y sufridora, que va sumergiéndose aceleradamente en el caos de la más completa disolución moral y social.

Nuestra época es un valle sombrío entre dos cumbres: la civilización del pasado, de la que decaímos a través de sucesivas catástrofes, que comenzaron con la pseudo-Reforma y cul­minaron con los totalitarismos de de­recha e izquierda, y la civilización del futuro, para la cual caminamos a través de luchas y de sinsabores que llena, a cada momento, de cruces nuestro cami­no.

Precisamente por eso, porque vivimos en los últimos mo­mentos de un mundo que expira, y ya ve­mos las señales pre­cursoras de otro que nace, la lección de Navidad tiene para nosotros un signifi­cado profundo, que debemos meditar en el día de hoy.

* * *

El pueblo elegido esperaba la sal­vación por medio de un Mesías, na­cido de la estirpe de David, según la auténtica e insofismable promesa di­vina. Todos los demás pueblos de la tierra, no habiendo sin embargo reci­bido los mensajes divinos por medio de los Profetas, conservaban una re­miniscencia de la promesa de un Sal­vador, hecha por Dios a Adán y Eva, cuando salieron del Paraíso. Y por esto también ellos conservaban, ora más, ora menos deformada, la espe­ranza tradicional de que un Salvador habría de regenerar la humanidad su­fridora y pecadora.

Esta esperanza, entretanto, llegó a su auge en la época en que Nuestro Señor vino al mundo. Como afirmó un historiador famoso, toda la huma­nidad se sentía vieja y gastada. Las fórmulas políticas y sociales utiliza­das entonces, ya no correspondían a los anhelos y al modo de ver de los hombres del tiempo. Un inmenso de­seo de reforma sacudía diversos pue­blos. La lucha de clases hervía, no hacía mucho tiempo, en Grecia, en Italia, en Fenícia y en otros países también. La organización política se hacía cada vez más opresiva. Roma había dilatado por todo el mundo las fronteras de su Imperio, y la Ciudad Eterna era, en aquella época, no la reina, sino la tirana de toda la huma­nidad, sujeta a las más injustas extor­siones para pagar las orgías de los patricios romanos. En todos los paí­ses, el contraste entre riqueza y mi­seria era patente.

De un lado, hombres riquísimos vivían en el fausto y en el lujo desor­denado. De otro lado, una multitud de parados infestaba muchos barrios de las grandes ciudades de entonces. Finalmente, como negro fondo de cuadro, millones y millones de escla­vos, arrinconados en las bodegas de las naves o aparejados como anima­les a los carros de transporte, o presos indisolublemente al arado, gemían bajo el guante de una opresión que parecía no tener fin. Una inmensa corrupción de costumbres se arras­traba por todo el territorio del Impe­rio, y ponía en ruína todas las insti­tuciones políticas. Los escándalos se multiplicaban en las filas de la más alta aristocracia y de ahí se proyecta­ban sobre todas las gamas de la so­ciedad. Augusto intentaba en vano reaccionar contra la creciente deca­dencia. No surtieron efecto sus leyes reaccionarias. En el seno de su pro­pia familia las aberraciones más monstruosas se multiplicaban. Y to­do el mundo sentía que una crisis inmensa amenazaba a la sociedad de una ruina inevitable.

* * *

Fue en este ambiente, mientras los hombres de Estado y los moralis­tas de la época discutían gravemente sobre tantos y tan insolu­bles problemas que, en el establo de Belén, en me­dio de una noche profun­da, rayó para el mundo la salvación. Es posible que, en el momento exac­to en que el Salvador na­ció, el orgulloso empera­dor romano estuviese, en su palacio, entregado a las más amargas reflexio­nes que le sugerían el fra­caso de su política mora­lizadora. Es posible que, a poca distancia de la ca­sa imperial, se prolonga­se noche adentro alguna de aquellas descabella­das orgías que eran el te­ma obligatorio de los "potins" de la época.

Ni unos, ni otros, ni el genial em­perador, ni los sibaritas que hacían perder a la sociedad, tenían idea de lo que en aquel momento, ocurría en Belén. Sin embargo, no era en el palacio imperial, ni en las orgías aris­tocráticas, ni en los conciliábulos de los conspiradores, donde se estaba decidiendo el destino del mundo. La sociedad del futuro, oriunda de la solución perfecta y completa de los más importantes y vitales problemas de la época, nacía en Belén, y era de las manos virginales de María, de donde el mundo recibía el Mesías, que habría de redimirlo con su sangre y reorganizarlo con su Evangelio.

* * *

¿Cuál es la lección primordial que debemos sacar de ahí?

En primer lugar, lo mismo que para la humanidad del tiempo de Au­gusto la solución de los más intrinca­dos problemas sociales y políticos no fue encontrada a no ser en Cristo, así también, en nuestro tiempo, es sólo en la Iglesia Católica, el Cuerpo Mís­tico de Nuestro Señor Jesucristo, en donde debemos concentrar nuestras esperanzas.

Es posible que, imitando incons­cientemente la vigilia de Augusto en la noche de Navidad, muchos Cesa­res modernos (¡qué diferencia de en­vergadura entre el César auténtico, y sus semejantes contemporáneos!), hayan pasado la noche de Navidad, indiferentes a la piedad de las masas, que rezan en las Iglesias, volcados sobre sus mesas de trabajo, pensando en los medios de arrancar del atolla­dero de la crisis contemporánea, sus sufridoras patrias.

Es posible que en esa misma no­che, las orgías desmandadas en mu­chos palacios (no ya de los palacios de la aristocracia de la Roma antigua, sino de los suntuosos "dancins" mo­dernos, palacios que el mundo ho­dierno erige en honra de su propia corrupción) rompan el silencio de la noche con el sonido de las músicas profanas del "reveillón". Es posible que mucho conspirador esté traman­do la revolución y la guerra, en el silencio de la noche, mientras el pue­blo conmemora el nacimiento del Príncipe de la Paz.

A pesar de todo esto, no es de los nuevos cesares, ni del conspirador de nuestros días y mucho menos de la sociedad que se corrompe en los "dancins", que nos vendrá la salva­ción. Si somos católicos, debemos esperar la salvación exclusivamente de la Santa Iglesia Católica, Apostó­lica y Romana.

* * *

Pero hay aún otra reflexión de mayor utilidad. Todos los teólogos son acordes en afirmar que, si la sal­vación rayó para el mundo en la época en que rayó, lo debemos a las oraciones omnipotentes de María, que consiguió anticipar el día del nacimiento del Mesías. Nadie puede decir cuantos años o cuantos siglos habría aún tardado la Redención, sin las oraciones de María.

No fue, por tanto, de aquellos que, en tiempo de Augusto, se agitaban en las plazas públicas o en los conciliá­bulos políticos para conseguir la reorganización del mundo, que ésta vino. Ella vino de la oración humilde y confiante de la Virgen María, ente­ramente ignorada por sus contempo­ráneos, y viviendo una vida contem­plativa y solitaria, en el pequeño rin­cón, en donde la Providencia la hizo nacer.

Sin querer, con esto, desmerecer, por poco que sea, la vida activa, es preciso hacer constar que fue por medio de la oración y de la contem­plación, que se anticipó el momento de la Redención. Y que los benefi­cios que el genio de Augusto, el tino de todos los grandes generales, eco­nomistas y administradores de su tiempo no pudieron dar al mundo, Dios los dispensó por medio de Ma­ría Santísima. Quien benefició más al mundo no fue quien más estudió, ni quien más actuó, sino quien más y mejor supo orar.

* * *

Si el mundo contemporáneo quie­re salir del caos en el que se encuen­tra, deberá en primer lugar, volverse hacia la Iglesia.

Así, con una suave y austera lec­ción, termina esta breve meditación de Navidad. Es sobre todo de las almas elegidas que Dios llamó al es­tado sacerdotal o al religioso para vivir la vida de acción o de oración, que, en el plano humano, puede de­pender una anticipación o un retraso de la restauración del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo.

Conscientes de la grandeza de esa misión, lo que nosotros, los seglares que militamos por la Iglesia debe­mos hacer es una oración junto al pesebre del Niño Dios: "Domine, ad­veniat regnum tuum".

"Señor, venga a nosotros tu Rei­no". Que lo realicemos en nosotros, para que después, con vuestro auxi­lio, lo hagamos también a nuestro alrededor.

 

(*) "O Legionario", 25-12-1938.