Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

La tolerancia, virtud peligrosa

 

 

 

Catolicismo, N. 78, junio de 1957

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El resultado de las guerras de religión en Francia del siglo XVI fue el establecimiento de un sistema de tolerancia. Enrique IV, candidato de los huguenotes al trono francés, conviertiéndose al Catolicismo, pudo asumir la corona que por derecho dinástico le pertenecía. Y promulgó el edito de Nantes, que concedía un régimen de tolerancia a los protestantes. La medida, quizás necesaria en aquél momento, tuvo malas consecuencias a lo largo del tiempo. Fue mérito de Luis XIII abatir la soberbia de los herejes,  y mérito de Luis XIV revocar el peligroso edito. Arriba, una alegoría de la entrada de Enrique IV en París, por el pincel de Rubens.

En artículo anterior (“Catolicismo”, N. 75, marzo de 1957), tratamos el problema de la tolerancia, establecien­do que ésta, así como su contraria, que es la intolerancia, no se pueden calificar como intrínsecamente buenas, ni intrínsecamente malas. En otras palabras, hay casos en que tolerar es un deber, y no tolerar es un mal. Y otros casos hay, en que, por el contrario, tolerar es un mal y no tolerar es un deber.

Volvemos ahora al asunto, no para desarrollar aún más los prin­cipios básicos que ya expusimos, sino para mostrar los riesgos de la tolerancia y las precauciones con que se debe practicar.

Antes de nada, recordemos que toda tolerancia, por más necesaria y legítima que sea, tiene riesgos que le son inherentes. En efecto, la to­lerancia consiste en dejar subsistir un mal, para evitar otro mayor. Ahora bien, sucede que la subsistencia impune del mal trae consigo siempre un peligro, ya que el mal tiende necesariamente a producir efectos malos, y, además, tiene una seducción innegable. Así pues, existe el riesgo de que la tolerancia acarree, aún, por sí misma males mayores que aquellos que, por medio de ella, se desearon atajar. Es necesario que tengamos los ojos bien abiertos a este aspecto de la cuestión, pues es en torno de él que va a girar todo nuestro estudio.

Para evitar la aridez de una ex­posición exclusivamente doctrinal, figurémonos la situación de un oficial, que nota en su tropa graves síntomas de agitación. Se le pone un problema: a) ¿Será el caso de castigar con todo el rigor de la jus­ticia a los responsables? b) ¿O será mejor tratarlos con tolerancia? Esta segunda solución daría lugar a otras preguntas. ¿En qué medida y de qué manera practicar la tolerancia? ¿Aplicar penas blandas? ¿No apli­carlas, llamando a los culpables y aconsejándoles afectuosamente que cambien de actitud? ¿Fingir que se ignora la situación? ¿Empe­zar tal vez por la más benigna de estas soluciones, e ir aplicando su­cesivamente las demás, a medida que los procesos disuasivos o blan­dos se vayan haciendo notoriamen­te insuficientes? ¿Cuál es el mo­mento exacto en que se debe renun­ciar a este proceso para adoptar otro más severo?

Estas son preguntas que forzosa­mente asaltarán el espíritu de mu­chos oficiales, pero también de cualquier persona con autoridad o responsabilidad en la vida civil, siempre que tenga exacta concien­cia de sus obligaciones. ¿Qué padre de familia, qué jefe de la Adminis­tración, qué director de empresa, qué profesor, qué líder, no se ha tropezado mil veces con todas estas preguntas, con todos estos proble­mas, con situaciones como esta? ¿Cuántos males evitó por haberlas resuelto con perspicacia y vigor de alma? ¿Y cuántos tuvo que soportar por no haber dado una solución acertada a las situaciones en que se encontraba?

En realidad, la primera medida que debe tomar, quien se ve en si­tuaciones como ésta, consiste en hacer un examen de conciencia pa­ra precaverse contra las celadas que su carácter le pueda tender.

Debo confesar que, a lo largo de mi vida, he visto en esta materia los mayores disparates. Y casi todos ellos conducían al exceso de tole­rancia.

Los males de nuestra época han adquirido el cariz alarmante que ac­tualmente presentan, porque existe hacia ellos una simpatía generali­zada, de la cual participan frecuen­temente aquellos mismos que los combaten.

*     *     *

Hay, por ejemplo, muchos antidivorcistas. Pero entre ellos, numerosos son los que, oponiéndose al divor­cio, tienen una manera de ser senti­mental. En consecuencia, consideran románticamente los problemas nacidos del "amor". Puestos delante de la situación de un matrimonio amigo, esos antidi­vorcistas pensarán que es sobrehu­mano, por no decir inhumano, exigir del cónyuge inocente e infe­liz que rechace la posibilidad de comenzar una nueva vida (esto es, de dar muerte a su alma por el pe­cado). De boca para fuera, conti­nuarán "lamentándose por el gesto" de este último, etc., etc. Pero cuan­do se le ponga el problema de la tolerancia, habrán hecho todo un montaje interior para justificar las condescendencias más extremas y más contrarias a la moral. Así, co­mentarán con blandura e indolencia lo ocurrido, recibirán en su casa a los recién "casados", los visitarán, etc. O sea, por el ejemplo trabajarán en favor del divorcio, al mismo tiempo que por la palabra lo condenarán. Está claro que el divorcio tiene mucho más que ganar que per­der con tal conducta de millares o millones de antidivorcistas.

¿Cómo llegaron a la decisión de tolerar tan desdichadamente el cán­cer roedor de la familia? Es porque en el fondo tenían una mentalidad divorcista.

Pero no paremos aquí. Tenga­mos el valor de decir la verdad en­tera. El hombre moderno tiene ho­rror a la ascesis. Le es antipático todo lo que exige de la voluntad el esfuerzo de decir "no" a los senti­dos. El freno de un principio moral le parece odioso. La lucha diaria contra las pasiones le parece una tortura china.

Y por esto, no sólo con los divorciados, el hombre moderno, aún cuando dotado de buenos principios, es exageradamente complaciente.

Hay legiones enteras de padres y profesores que por esto mismo son indulgentes, en exceso, con sus hijos o alumnos. Y el estribillo es siempre el mismo: Pobreci­llo... Pobrecillo porque tiene pereza; no le gusta que los mayores le llamen la aten­ción; come dulces a escondidas; frecuenta malas compañías; va a malos cines; etc. Y porque es un "pobrecillo" raras veces recibe el beneficio de un castigo severo. No es necesario decir en que da esa educación. Los frutos ahí están. Son millares, millones de desastres morales ocasionados por una tole­rancia excesiva. "El que ahorra la vara a su hijo, odia a su hijo", ense­ña la Escritura (Prov. 13, 24). Pero, ¿a quién le interesa eso?

Lo mismo ocurre frecuentemen­te, mutatis mutandis, en las relacio­nes entre patrones y obreros de cier­to género, ya que aquellos, tan pa­ganizados cuanto estos, sienten que si fuesen obreros también serían unos revoltosos.

Y en todos los campos los ejem­plos se podrían multiplicar.

Claro está que dicha tolerancia se apoya en todo tipo de pretextos. Se exagera el riesgo de una acción enérgica. Se acentúa demasiado la posibilidad de que las cosas se so­lucionen por sí mismas. Se cierran los ojos para los peligros de la im­punidad. Y así por delante.

En realidad, todo esto se evitaría si la persona que está en la alternativa de tolerar o no tolerar fuese capaz de desconfiar humildemente de sí.

¿Tengo ocultas simpatías hacia este mal? ¿Tengo miedo de la lucha que la intolerancia traería consigo? ¿Tengo pereza de los esfuerzos que una actitud intolerante me impon­dría? ¿Encuentro ventajas personales de cualquier naturaleza en una actitud conformista?

Sólo después de un examen de conciencia como éste la persona podrá enfrentar la dura alternativa: tolerar o no tolerar. Pues sin este examen nadie podrá estar seguro de tomar en relación a sí mismo las diligencias necesarias a fin de no pecar por exceso de tolerancia.

Hay, a grosso modo, un consejo muy apropiado para los que se encuentran en esta alternativa. Todo hombre tiene tendencias malas que están particularmen­te arraigadas en él. Uno es apático, el otro violento, otro ambicioso, otro escéptico, etc. Siempre que la tolerancia exija la victoria sobre la mala tendencia que en nosotros sea más profunda, no necesitamos te­ner mucho miedo de pecar por ex­ceso de tolerancia. Pero siempre que ésta lisonjee nuestras malas in­clinaciones, abramos los ojos, pues el riesgo es grave. Así, si somos apáticos, no es probable que peque­mos por demasiada tolerancia para con un amigo que nos incita a la acción: nada más empalagoso, es­quivo o colérico que el perezoso contrariado en su modorra. Si so­mos irascibles, no corremos mucho riesgo en exagerar la tolerancia pa­ra con los que nos injurian. Si so­mos sensuales, es poco probable que nos mostremos demasiado ri­goristas en materia de modas. Y si tenemos un espíritu servil en rela­ción a la opinión pública, difícil­mente nos excederemos en invecti­vas contra los errores de nuestro siglo.

Otro excelente consejo, para no pecar por exceso de tolerancia, con­siste en desconfiar mucho más de una flaqueza nuestra en este punto, cuando están en juego derechos de terceros, que cuando se trata de los nuestros.

Habitualmente, somos mucho más "comprensivos" cuando los otros son los que están en causa. Perdonamos más fácilmente al la­drón que robó a nuestro vecino, que al que asaltó nuestra propia casa. Y somos más propensos a recomen­dar el olvido de las injurias, que a practicarlo.

Y en este punto no perdamos de vista el doloroso hecho de que, se­gún los primeros impulsos de nues­tro egoísmo, Dios sería muchas ve­ces para nosotros un tercero.

Así, estamos mucho más incli­nados a disculpar una ofensa hecha a la Iglesia, que la injuria que nos es hecha a nosotros; a soportar la lesión de un derecho de Dios, que un interés nuestro.

En general, éste es el estado de espíritu de los católicos hipertole­rantes. Su lenguaje es imaginativo, sin energía, sentimental. Sólo saben argumentar — si es que se puede llamar a esto argumento — con el corazón. Hacia los enemigos de la Iglesia, están llenos de ilusiones, atenciones, obsequios y muestras de afecto.

Pero se ofenden terriblemente, si un católico celoso les hace ver que están sacrificando los derechos de Dios. Y, en lugar de argumentar en términos de doctrina, transponen el asunto al terreno personal. ¿Acaso piensan que soy tibio? ¿Que no sé perfecta­mente lo que tengo que hacer? ¿Du­dan de mi sabiduría? ¿De mi valor? ¡Oh no!, ¡esto no lo puedo soportar! Y su pecho empieza a respirar ner­vioso, su rostro se llena de rubor, sus ojos se inundan de lágrimas, su voz toma una inflexión particular. ¡Cuidado! Este hipertolerante está en el auge de una crisis de intole­rancia. Cualquier violencia, cual­quier injusticia, cualquier unilateralidad se puede esperar de él. Es que su tolerancia de fachada sólo existía cuando estaban en jue­go valores insípidos y secundarios como la ortodoxia, la pureza de la Fe, los derechos de la Santa Iglesia. Pero cuando su nadilla entra en es­cena, todo cambia. Y helo aquí dis­puesto a precipitar al infierno a quien le ofenda, aún levemente, con indignación análoga a la que San Miguel tuvo contra el demonio: "¿Quién como yo?"

Veremos, finalmente, en un pró­ximo artículo, como debe ser prac­ticada la tolerancia en los casos en que es justa.


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